Día soleado.

Ryoko finalmente soltó a Haruhi, aunque se prendió de mí y comenzó a llorar de nueva cuenta. Un lamento sereno, pero descorazonado que lejos de volver peor el momento lo hacía más llevadero. Haruhi la tomó con suavidad y después de tratar de consolarla la puso en brazos de Nagato, que la recibió con el rostro carente de toda expresión para quien no supiera interpretar sus gestos.

Ryoko acababa de cumplir cuatro, y hasta ese momento era Nagato la única con quien se quedaba sin quejarse, en quien más confiaba, así que no tardó mucho en quedarse con ella, aunque no dejó de llorar. Caminamos apresurados hacia la puerta… aunque ya no había razones para tener prisa.

—Suzumiya—. Llamó Nagato. Mi esposa se volvió sin responder. —Lo lamento.

—Gracias, Yuki.

Llegamos al auto y conduje en silencio. A pesar de todo, Haruhi luce serena, eventualmente me mira y trata de dibujar una sonrisa, pero dura sólo un instante… y finalmente aparece aquel edificio siniestro…

Caminamos hombro con hombro por los pasillos, lucían lúgubres y tristes, como en una película de los cincuentas… y a medida que nos acercábamos a nuestro destino, reducíamos el paso, como tratando de detenerlo, como tratando de evitar lo inevitable. Subimos seis pisos por las escaleras antes de darnos cuenta. Habíamos estados las últimas semanas visitando el lugar, pero ver de nuevo el nombre del pabellón fue como si nos agrediera.

Ala de oncología.

Ahí estaban los seis médicos que siguieron el caso, que de sólo vernos bajaron la mirada y se dispersaron en el pasillo. Nos plantamos frente a la habitación sin saber a ciencia cierta qué hacer… abrir. Sí. Abrí y cedí el paso a Haruhi, yo la seguí de inmediato.

Ahí estaba mamá Suzumiya, de pie a un lado de la cama.

Sábanas limpias, aparatos ahora apagados, y un silencio difícil de soportar.

Una mortaja sobre la cama.

Papá Suzumiya en ella.

El rostro de Haruhi no mostraba expresión alguna, pero era una seriedad forzada, sus ojos estaban muy irritados, su respiración era dificultosa, caminó hacia su madre como un títere sin cuerdas. Se abrazaron y mamá Suzumiya se derritió al momento. Lloró amargamente en brazos de su única hija. Me sentí sobrante, inoportuno de estar ahí. Mamá Suzumiya me miró por un instante y extendió una mano hacia mí sin soltar a Haruhi, invitándome al abrazo. Hice el mayor esfuerzo posible por no mirar a la cama, pero no pude soportar el impulso.

Miré el rostro sin expresión del único hombre al que Haruhi quiso tanto como a mí, ahora con los ojos cerrados, en silencio, sin embargo, no lucía pálido… era como si estuviera tranquilamente dormido, satisfecho de haber cumplido con su misión.

No era un anciano, a la mitad de sus cincuenta, y por insensible que suene, fue un gran alivio que no padeciera una larga agonía, sólo comenzó a enfermar el diciembre pasado, y ese primero de abril todo simplemente concluyó.

Un par de minutos después nos soltamos finalmente, sin saber qué más hacer caminé hasta el amplio ventanal al fondo de la habitación, un ventanal muy semejante a aquél que con una luz igual de cálida y agradable me dio el regalo más maravilloso de mi vida cuando recibí a Ryoko… y que ahora se llevaba un pedazo del alma de la mujer que amo, rompiéndola, dejándola con el corazón lisiado, si bien no para siempre, sí por una buena temporada.

Me quedé junto a la ventana, viendo la calle a través de ella, concentrándome en las nubes, en las aves, tratando de no pensar en la escena que se estaba desarrollando a sólo unos pasos de mí. Escucho sin escuchar la charla referente a los trámites y papeleos para sepelio y sepultura, avisar a la familia, decidir donde descansará… he visto esta escena antes en mi vida, los hijos suelen ser efusivos cuando sus viejos se marchan, yo no sé qué voy a hacer cuando los míos falten… y estaba dispuesto a dar todo el apoyo moral que Haruhi necesitara, estaba preparado para ayudarla cuando cayera sobre sus rodillas y llorara desconsoladamente por el hombre que la trajo a este mundo y la formó como la persona que es, y al cuál debo agradecer por haberme dado la oportunidad de encontrar al amor de mi vida.

Y enseñándome nuevamente que la estaba subestimando, aquella mujer con el corazón roto me volvió a mostrar todo su temple, haciéndome el sujeto más digno y orgulloso de tenerla por esposa. Caminó a un lado de la cama y con dulzura se inclinó hacia el rostro de su padre, depositando un beso suave sobre su frente. Y susurró:

—Te voy a echar de menos… Gracias por todo. Adiós, papá.

Día Soleado.

Fin.