Brotes
by
Aline S.V
Disclaimer: Los personajes y el universo no me pertenecen, son de propiedad de Rumiko Takahashi, esta historia está hecha sin fines de lucro.
Capítulo 2: El milagro
Después de disponer todos los sobres en la mesa, que deberían sacar al final, y de ordenarlos por fechas y números, pues algunos eran del mismo año y época. Su madre contuvo el aliento y tomó el primer contenedor como si se tratara de la cristalería más fina y lo abrió con las manos temblorosas.
Souta respiró cuando la primera carta salió a la luz, el papel era viejo y rugoso, pero aparte de ello estaba perfectamente conservado, lo que le hacía sentir las esperanzas resurgir, ardiendo con fuerza en su pecho. Si el papel no estaba dañado, entonces el contenido tampoco, se repetía.
―Mi querida familia… ―la voz de su madre estaba quebrada y de pronto dejó escapar las lágrimas que sus ojos habían contenido hasta ese momento. Souta inmediatamente tomó el papel de sus manos, impacientes por leer y así lo hizo, con voz fuerte y clara mientras que con su mano libre le hacía pequeños masajes a su progenitora para que se calmara y escuchara.
―Mi querida familia…―repitió mientras sobaba la espalda de su madre―… en ésta época no existe el calendario, los días pasan sin número ni nombre y me hacen perder la noción del tiempo, lo único que me permite darme cuenta que los años pasan es ver a los niños correr y crecer, por supuesto, el cambio del clima también ayuda.
―Tu hermana siempre tuvo problemas con la puntuación―comentó mientras repasaba con la mirada el pequeño enunciado.
―Su ortografía es excelente, sin embargo―musitó. Se reacomodó en su asiento y acarició el papel ausentemente, aún no creía lo que leía, pero realmente podía ver el trazo limpio de las líneas, su hermana siempre había sido muy pulcra en ese aspecto y podía sacar perfectamente sus particularidades al escribir, cómo las curvas estaban más presionadas y como el pincel había dejado de cargarse al final de cada sílaba, la forma en que daba énfasis en ciertas palabras, como intentándole dar más dramatismo al texto. Definitivamente lo que estaba entre sus manos era autoría de Kagome, no era una broma de mal gusto ni una alucinación―La idea de escribir esta carta es mi esperanza, no puedo estar completamente segura si esto llegará a sus manos algún día, quién sabe qué ocurrirá de aquí a cien o doscientos años más, pero es un alivio para mí poder compartir mis experiencias en ésta época, contarles todas las cosas que han pasado, pero deberíamos empezar por aclarar algo. Sí, Inuyasha y yo estamos oficialmente casados.
―Hubiera querido estar en la boda―la mujer se inclinó un poco, saboreando con la mirada la palabra casados con vehemencia―Debió ser tradicional.
―Creo que sí, en esa época aún no llegaba la idea del casamiento por la iglesia.
―1502, todavía no puedo creer que mi hija haya vivido en una época tan distante.
― ¿Sigo? ―desvió el tema con rapidez, sabiendo que su madre empezaría a tener pensamientos funestos sobre el destino de Kagome, y él definitivamente no quería meterse en eses terreno. No ahora, por lo menos.
―Sí, sigue.
―Pero eso no es lo que quiero contarles con detalle, sería bueno admitir que escribir esto no fue mi idea, sino del Monje Miroku, tras recibir la más milagrosa y maravillosa noticia. Comenzó en plena madrugada, hace dos días atrás…
――――
En la quietud de la cabaña, Kagome se movió inquieta en los brazos de su marido, lo único que quería en ese momento era deshacerse de su agarre y correr al bosque hasta estar lo más lejos posible de su pequeño hogar, dónde él no pudiera detectar su aroma, pero Inuyasha no pensaba lo mismo y aún en esa noche de luna nueva, su abrazo era tan férreo que le dejaba el menor espacio para moverse.
Intentó otra vez, sacando sus piernas fuera del futon y con desesperación apretó la mano del hanyou que más al alcance tenía, jalando ya sin tacto. Necesitaba salir de allí, ¡PERO YA!
― ¿Kagome?
Mierda.
― ¿Qué haces? ―pero ella no podía contestarle, porque si le contestaba… si habría un poquito la boca, iba a devolver toda la cena en su lecho y eso era algo que no estaba dispuesta a dejar que ocurriera― ¿Kagome?
― ¡Mmmm! ―se quejó casi en un sollozo. Inuyasha se puso tieso tras de ella antes de sentarse disparado, en completa alerta y aprovechando que él la soltó, se puso de pie, reacomodando la ligera yukata que llevaba encima, mientras con la otra se tapaba la boca hasta que sus labios se adormecieron por la falta de circulación.
― ¡Kagome! ―gritó Inuyasha, alarmado. Sus pisadas cada vez más próximas a ella. No importaba qué forma tuviera, él siempre iba a ser más rápido, pero siguió apretando el paso hasta llegar a un sector lleno de arbustos. No se detuvo ahí por que quisiera, más tarde se repetiría que hubiera deseado hacer esto aún más lejos de su hogar para no molestar el olfato sensible de su marido, pero ni su estómago ni su garganta aguantaban más. Se arrodillo entremedio y dejó que la naturaleza siguiera su curso, dejando que su cuerpo se llenara de espasmos involuntarios. Sólo las caricias sorpresivas de Inuyasha aliviaron esa penosa escena, una mano hacía pequeños masajes circulares en la espalda y otra agarraba su desordenado cabello para que no se manchara. Él permaneció en silencio todo el rato.
Kagome quería llorar, en estos momentos lo que más quería era pasta de dientes y un buen enjuague bucal.
A la mañana estaba sentada frente a la Anciana Kaede, junto a ella estaba Inuyasha devuelta en su forma natural, una de sus puntiagudas orejas se acomodaba cada tanto; captando cada sonido, mientras la otra estaba bien direccionada hacia ella, como esperando que alguna otra lamentación saliera de sus labios. Estaba preparado para cualquier cosa.
―Nunca habías venido a mí con un problema de estómago, niña―comentó Kaede.
―No sé qué comí, pero no he podido probar ni un solo bocado.
― ¡Kagome lo devuelve todo en un instante! ―exclamó Inuyasha. Quiso matarlo, no es que le molestara que dijera que vomitaba cada vez que intentaba llenar su estómago, pero había forma más sutiles y menos vergonzosas para decirlo.
―Ya veo―la anciana se aclaró la garganta y con un tono autoritario prosiguió: ―Será mejor que nos dejes a solas, Inuyasha.
― ¿Qué? ―gruñó― ¡De ninguna manera, vieja bruja, de aquí yo no me muevo!
―Tu esposa merece un poco de espacio personal y tú definitivamente no se lo estás dando―señaló. No quiso decírselo, pero era cierto, Inuyasha estaba pegado a ella y la estaba sofocando. Necesitaba explicarle lo que sentía a la sacerdotisa y su muy querido esposo no le permitía ni un respiro. Estaba segura que si en estos momentos decía que le dolía la uña del pie, él tomaría cualquiera de los dos y lo observaría hasta encontrar el problema ficticio.
― ¿Podrías dejarnos a solas? ―musitó hacia un costado, no se atrevía a hablarle de frente por temor a su aliento. Kami, sentía que era un contenedor de basura ambulante.
―No me muevo de aquí, he dicho―sentención.
―Inuyasha, si no estás fuera de aquí antes de que termine contar tres, te sentaré diez veces ¡¿entendiste?! ―el poder de la amenaza, agradecía que él se hubiera negado a quitarse el kotodama cuando se lo ofreció, porque el hanyou se levantó y salió disparado fuera de la cabaña.
― ¡Ya estoy afuera, maldita sea! ―exclamó. Bueno, al menos sería menos vergonzoso que tenerlo ahí dentro.
―Parece que no se irá más lejos―comentó Kaede.
―No, no lo creo―concordó.
―Por favor, recuéstate, Kagome, voy a revisarte―asintiendo, buscó lugar en el viejo futon que la anciana usaba para atender a sus pacientes.
―No sé qué pasa…―intentó decirle, pero la anciana le dirigió una mirada severa y ella cerró la boca de inmediato. Kaede la desvistió con maestría, sus arrugados dedos nunca tocaron su piel aunque apartó tela por tela, hasta dejar expuesto su torso. Sus mejillas se tiñeron de rojo, se sentía expuesta.
―Calma niña, respira hondo―le dijo y ella hizo lo pedido, aunque no era fácil al ver a la anciana tan concentrada en su pecho, y quiso gritar cuando Kaede tocó sus pechos con sus arrugadas manos sin previo aviso. Palpó rápidamente la zona, con mirada clínica y antes de que ella abriera la boca para preguntar qué estaba buscando, sus manos se dirigieron directamente hasta su vientre, presionando ligeramente de un costado a otro y cuando estuvo satisfecha, se retiró―Ya puedes cubrirte.
― ¿Gracias? ―musitó. Sus manos se movieron nerviosas, atando nudos hasta que su ropa estuvo bien sujeta―Entonces, Anciana Kaede yo…
―Mi niña, necesito que me contestes algo con sinceridad―volvió a interrumpirla con el mismo tono autoritario con el que había ordenado a Inuyasha salir― ¿Cuándo fue tu último sangrado?
―Ah…―la pregunta la descolocó. La verdad es que aún le costaba acostumbrarse el no tener calendario para contar lo días hasta la llegada de su último periodo, pero su cabeza trataba de recordar aceleradamente cuándo es que había sido su última menstruación. Debería estar alarmada, recordaba que la última vez había sido cerca del final del invierno y ya estaban a mitad de primavera, ¿dos meses y medio tal vez? ―A finales de la temporada pasada―dijo en un murmullo.
Kaede sonrió.
―Me impresiona que no te hayas dado cuenta de las señales en tu cuerpo, ya has visto los cambios en los cuerpos de otras mujeres embarazadas antes―tan pronto esa palabra salió de la boca de la anciana, la esterilla se movió hacia un costado violentamente y un pálido Inuyasha entró como autómata a la cabaña.
― ¿Qué dijiste, vieja bruja?
―Kagome, tu esposa, está embarazada―un silencio sepulcral se extendió en el cuartucho.
― ¡¿Kagome está preñada?! ―exclamó sin creérselo.
― ¡No soy un animal!, ¡Siéntate! ―exclamó enojada y mientras su marido se estampaba contra el suelo, Kagome dejó que el impacto de la noticia se filtrara por sus poros― ¿Está usted segura que estoy embarazada?
―Sí, niña―afirmó, la anciana había atendido demasiados partos como para saber cuándo una mujer estaba esperando y cuando no. No por nada era la partera del pueblo también.
―Pero… pensé que Inuyasha era estéril―susurró lo último, rogando que su marido no la escuchara. Claro que sin éxito.
― ¿Qué quieres decir con eso, mujer? ―gruñó desde su posición en el suelo. Kagome se tragó el orgullo y lo miró.
―En mi época…―no sabía cómo ponerlo suave para que Inuyasha no se sintiera incómodo, pero aunque buscaba cómo decir esa información sin dañar sus sentimientos ni su orgullo, no encontraba ninguna palabra suave que le permitiera llevar a cabo tal proeza. Estuvo pensándolo unos minutos, pero finalmente se dio por vencida―Es por los genes, cuando dos razas distintas se cruzan, la probabilidad de que la cría resultante sea fértil es mínima o nula.
― ¿Qué mierda son los genes? ―atacó. Kagome notó cómo hundía las garras en la madera, astillándose los dedos.
―Son los que nos hacen a todos diferentes y es la razón por la que no eres igual a tu madre ni a tu padre.
― ¿Y esos malditos genes también te impiden procrear?
―En algunos casos sí―musitó.
―Nunca he escuchado que un hanyou haya podido procrear―atajó Kaede y la pobre muchacha sintió alivio. Parte de ella había asumido que no sería madre nunca, cuando se unió a Inuyasha aceptaba el hecho de que él pudiera ser estéril y cuando no quedó embarazada durante todo ese tiempo, no dejó que eso la amargara, ni dejó que eso se interpusiera en su relación con su marido.
―Yo tampoco―finalmente, el hanyou se incorporó del suelo y se sentó a su lado. Kagome quiso tomarle la mano, pero no se atrevía― ¿Por qué no puedo oler el cambio?, ¿qué no las mujeres embarazadas huelen a leche y esas cosas?, Sango huele a leche cuando está esperando y cuando…
―No en la primera etapa―interrumpió la anciana―Kagome aún tiene poco tiempo, así que su cuerpo está recién adaptándose al bebé. ¿No has puesto atención al ver si Kagome es más sensible que antes en algunas áreas o si su pecho y caderas han crecido un poco?
― ¡Eso no es de tu incumbencia, anciana!
―De todas formas, este embarazo puede ser delicado―sentenció.
― ¿Q-Qué quiere decir? ―musitó―Sólo tengo nauseas matutinas, eso es algo normal.
―No me refiero a eso, Kagome―Inuyasha se enderezó y sus orejas se pusieron en alerta. De pronto, la joven mujer se sintió intimidada por el tono funesto de la sacerdotisa―Nunca he visto ni oído de un embarazo en que uno de los padres sea híbrido. No sabemos cómo reaccionaría el cuerpo de una mujer en estas circunstancias y, dado que eres una sacerdotisa, tampoco sabemos cómo reaccionará tu reiki cuando el bebé empiece a desarrollar su youki.
― ¡Mi cuerpo no dañará a mi bebé! ―declaró vehemente.
― Ojalá tengas razón, Kagome.
―Que sea fuera de lo común no significa que sea peligroso, nuestro bebé es un pequeño milagro y yo lo traeré sano y salvo a este mundo―sintió la fuerte mano de Inuyasha apretar la suya, instintivamente buscó refugió en sus brazos, dejando que su marido, el padre del bebé que crecía dentro de ella, la envolviera con su calor.
―Voy a protegerlos a ambos, lo juro―musitó en su cabello.
―Conozco las intenciones de ambos―prosiguió la anciana y dirigió su vista al futuro padre―Pero debemos ser cuidadosos, cualquier cosa fuera de lo común, debes traerla inmediatamente―Inuyasha asintió con firmeza y reforzó su abrazo, dejando que las mangas de su haori dejaran fuera de la vista el torso de su mujer―Por ahora te daré una hierbas para asentar tu estómago, necesitarás toda la energía para mantener a la criatura que llevas ahí dentro.
―Gracias, Anciana Kaede.
―No me agradezcas, niña, es mi trabajo―sonrió.
La vieja sacerdotisa se levantó entonces y caminó hacia un rincón, buscando entre sus cosas, fue en ese momento que Kagome se atrevió a observar a Inuyasha una vez más, sus ojos color del sol refulgían como nunca antes, para ella era como ver llamas danzando. Su rostro era firme, decidido y lleno de orgullo con un toque de miedo e incertidumbre, pero sobre todo, podía ver bailando en ese par de ojos de la cautivaba, la alegría de la inesperada noticia. Quiso lanzarse a sus brazos y besarlo con demencia, pero el recuerdo de su aliento y el hecho de que estaban en una casa ajena se lo impidió, a cambio le sonrió con dulzura y él correspondió el gesto, colocando una de sus manos sobre el vientre aún plano de ella.
Primavera de 1502, y el bebé fue concebido a finales de invierno lalalala. Ahora bien, no me gusta eso de que Inuyasha y compañía puedan detectar un embarazo con el olfato (nunca me ha gustado la verdad), hasta donde yo sé y por experiencia con animales, los bebés huelen bastante a la madre, razón por la que siempre le dicen a los niños que no tomen en brazos a los cachorros recién nacidos porque los pueden apestar (más súltil, impregnarles un aroma ajeno), lo que hace que las madres desconozcan a la cría. Así que jugaré con ese concepto aquí, nada de saber si es niña o niño por el aroma o escuchar latidos de corazón a la distancia, nope nope nope.
También jugaré con el tema de los genes, Inuyasha es un híbrido y como todos sabemos, normalmente los híbridos son infértiles y la mayoría de los embarazos de estos son por intervención humana, o sea, in-vitro. Por lo menos no he escuchado sobre ningún embarazo natural en una hembra híbrida o que un macho híbrido tenga un conteo de espermatozoides alto que le permita procrear, aunque si es lo contrario, por favor, corrijanme. Así que cuando se habla de milagro, técnicamente lo es (In-fic), ahora ¿cómo es que lo lograron?, se hablará de eso más adelante XD
