A mi llegada…

El bosque no había cambiado tanto desde la última vez que estuve allí. De inmediato me dirigí a la cabaña de la anciana Kaede donde solíamos descansar al final de una batalla o donde nos refugiábamos para curar nuestras heridas.

Pero la cabaña no estaba, tampoco la anciana sacerdotisa. Habían pasado ya diez años, por lo que concluí con gran tristeza que ella había muerto en estos años. ¿Cuánto tiempo habría pasado¿Habría muerto por una enfermedad o se habría ido en paz luego de una larga vejez?

No pude seguir pensando mucho en ella, de inmediato regresó a mi mente la imagen de Inuyasha y su desaparición en la historia. ¿Sería ya demasiado tarde?

Caminé hacia la aldea cercana donde encontré a mucha gente de la que conocí aquellos días y se sorprendían de verme. Los que eran niños ya habían crecido y muchos hasta tenían hijos ya. Algunos no me reconocían de inmediato, pues mis rasgos de adolescente habían dejado paso a una apariencia más adulta.

De repente lo vi en la lejanía luchando con algunos hombres de la aldea. Estaba tan cambiado que casi no lo reconocí; si no hubiera sido por su habitual traje rojo y sus adorables orejitas no lo habría reconocido. Tenía el cabello recogido, lo cual no era común en él y su rostro juvenil había madurado añadiéndole atractivo y un brillo especial en sus ojos, tan concentrado en la batalla.

– ¿Qué está haciendo? –pregunté.

– Es algo muy noble. Entrena a todos los hombres para poder defenderse en caso que atacaran la aldea.

– No lo entiendo –dijo un jovencito que observaba la pelea –si él es tan fuerte. ¿Por qué no nos protege él?

– Si piensas así¿Por qué entrenas con él? –le dijo ella en tono amable.

– Porque quiero ser fuerte –respondió él –para proteger yo a la aldea.

– Es cierto que él es muy fuerte, pero es un alma muy solitaria. Nadie puede estar sólo toda su vida.

El joven tomó una espada y se acercó al grupo de hombres para esperar su turno.

– Para un Youkai es algo admirable –dijo la mujer dirigiéndose a mí.

¿Youkai¿Entonces se convirtió en un Youkai completo?

Si así era¿por qué el pozo seguía abierto?

No pude responderle nada a la mujer, yo estaba temerosa de encontrar la respuesta a mi pregunta.

Yo lo observaba luchar con una determinación distinta a la que tenía mientras luchábamos con Naraku. Y yo sólo podía pensar en la facha que llevaba con mis pantalones deportivos y un viejo suéter que me había puesto para desempacar cómodamente. Él no me había visto aún y me preguntaba si me reconocería, si se alegraría de verme, si me seguiría viendo como la niña de dieciséis años.

Sus movimientos eran perfectos, sin embargo contenía su fuerza según el contendiente al que se enfrentaba. Era más suave con los jóvenes y más rígido con los mayores, pero ninguno lograba vencerlo.

– Vamos, nunca lograrán vencer a ningún Youkai con la fuerza que tienen ahora –les dijo provocándolos.

Los hombres cuchichearon entre sí y se pusieron en guardia. Él se limitó a sonreír de medio lado y se puso en guardia incitándolos a tomar la iniciativa.

En un instante todos estaban vencidos.

– Cuando unan sus fuerzas y logren vencerme, sabrán que pueden vencer a cualquier Youkai, sin embargo correrán peligro si mas de uno los ataca a la vez.

– Pero tú estás con nosotros, de seguro con tu ayuda no correremos peligro.

Él sonrió con melancolía.

– Si –dijo él con un ligero temblor en la voz que nadie pareció notar, pero yo lo conocía muy bien y sabía que algo ocultaba en sus palabras.

Los hombres se incorporaron y le hicieron una reverencia. Fue entonces que volteó hacia donde estaba yo y sonrió cálidamente. Mi corazón latía con fuerza, emocionada por volver a verlo y porque me había reconocido a pesar de mi cambio. ¿Me vería muy extraña con el atuendo que llevaba? Volví a sentirme como la joven de dieciséis años, temerosa del mundo en el que me encontraba, temerosa de aquellos ojos dorados que en ese momento tenía fijos sobre mí, pero más que todo, rebosante de alegría por volver a verlo.

Él caminó hacia mí con velocidad y se paró frente a mí con la arrogancia a la que me había acostumbrado. A mi memoria volvió la imagen del joven semidemonio que solía acabar con mi paciencia pero también hacerme sentir tan segura y tan fuerte mientras nos protegíamos el uno al otro.

– ¿Qué haces aquí, Kagome?

Fingí estar molesta con él.

– ¿Así me recibes después de diez años?

Quería abrazarlo y decirle cuánto lo había extrañado. Quería contarle lo preocupada que estaba por su desaparición de la historia. Quería preguntarle si se había convertido en un Youkai, pero no lo hice, me quedé callada sonriéndole amigablemente.

Quería hacer tantas cosas pero no me atreví a hacerlas. Más tarde me arrepentiría de no haberlo hecho.

– Kagome, te extrañé –dijo él en voz suave.

– Yo también –respondí con timidez.

Yo intentaba contener mis lágrimas y el impulso de querer abrazarlo pero pensé que en una mujer de veintiséis años se vería inadecuado.

– Necesitaba hablar contigo –me dijo con una gran alegría que intentaba ocultar tras su mirada serena.

– El pozo… no estaba cerrado como creí –dije intentando quitarle importancia al hecho que moría por verlo. Aún no podía quitarme la idea que fuera un Youkai completo.

– ¿Sucede algo? –dijo él notando mi inseguridad.

– Eh… yo… bueno, quería saber ¿por qué estabas entrenando?

– Ah, me aburría.

– No te creo. Me pareció que había algo más pero realmente te preocupan estas personas.

Rió con arrogancia y se volteó hacia sus pupilos.

– ¿Me dirás por qué? –le grité.

– Eso no te importa –respondió petulante.

– Inuyasha, no me obligues a… –amenacé perdiendo la paciencia pero él entendió antes que pudiera concluir mi frase y volteó hacia mí temeroso.

– Espera un minuto, mujer –intentó fingir tranquilidad pero sin mucho éxito.

Los hombres detrás de él reían silenciosamente y cuchicheaban cosas que él seguramente pudo escuchar porque volteó hacia ellos enfadado.

– ¿QUÉ ESTÁN HACIENDO, DEBILUCHOS? Entrenen entre ustedes y no se detengan hasta que vuelva.

Ellos obedecieron y él me apartó de todos para hablar a solas.

– He vencido a casi todos los youkai de la región, a todos los grandes y poderosos que amenazaban a todos, algunos buscaron enfrentarse a mí pero no pudieron conmigo. Sin embargo, los más débiles no se enfrentarán a mí ni se aparecerán ante mis ojos y son los que se aprovechan de los humanos.

– ¿Y los entrenas para que puedan defenderse por su cuenta? –le dije sonriéndole en signo de admiración, lo que provocó en él un ligero sonrojo.

– No es gran cosa –dijo alejándose mientras yo no podía despegar la mirada de él, su forma de caminar, su gallarda apariencia…

Alguien se acercó a mí por detrás.

– Tanto tiempo –fue su forma de saludar. Reconocí la voz de inmediato y me volteé a abrazarla.

– ¡Sango! No creí que te encontraría aquí.

– Acompáñame –dijo enérgicamente, me tomó del brazo y me hizo seguirla a una cabaña a las afueras de la aldea.

La observé mientras preparaba el té y me lo ofrecía.

– Sango, cuéntame cómo te ha ido –aunque le pregunté eso, lo que yo quería preguntarle era sobre Inuyasha, pero me pareció descortés.

– Es bueno tenerte aquí de nuevo –respondió y tomó algunos sorbos de té, permanecimos en silencio unos minutos en los que no pude dejarme llevar por el impuso de preguntar sobre él. Sin embargo, ella fue la que continuó la conversación.

– Las cosas han cambiado mucho desde que te fuiste. Inuyasha recorrió casi el mundo entero eliminando a los youkai peligrosos y enseñando a los hombres a defenderse.

Lo primero lo sabía por el libro, fue lo segundo lo que me sorprendió. Yo había creído que sólo se trataba de los hombres de esta aldea pero ¿en todos lados?

– Al principio, Miroku y yo lo acompañamos pero con el nacimiento de nuestra hija tuvimos que dejarlos a él y a Shippo.

– ¡Tienes una hija! –la emoción de esa noticia me hizo olvidar momentáneamente del motivo que me tenía allí – ¿Dónde está¿Y el monje?

– Salieron a dar un paseo. Ella tiene ahora cinco años pero sabe controlar muy bien a su padre que la adora. La llamamos Emiko porque desde que nació le sonrió a Miroku y lo conquistó de inmediato. Se lleva muy bien con Inuyasha.

Cinco años… la mitad del tiempo que yo llevaba lejos. Una idea se fijó en mi mente en ese momento¿acaso el pozo había estado abierto todos estos años? Y si era así¿Inuyasha lo sabía¿Por qué no había ido por mí?

– Su trabajo es muy importante, todos cuentan con él para protegerlos.

Lo sabía, estaba de acuerdo y por eso había regresado, para estar a su lado y protegerlo.

– Todos aquí lo adoran –continuó ella.

¿Cuál era el fin de decirme todo esto?

– Él disfruta mucho estar con esos chicos, han sido su compañía desde que regresó a la aldea.

– Sango, yo…

Iba a decirle lo que había pasado en realidad, por qué estaba allí, lo que sabía de Inuyasha, pero una pequeña voz me hizo cambiar de opinión.

– ¡Ya volvimos mami!

– Sango, mi vida… –saludó la grave voz del monje.

La niña del cabello oscuro estaba prendida en el cuello de Sango, se parecía tanto a ella pero tenía los ojos de su padre quien me miraba fijamente como si fuera una desconocida.

– ¿Señorita Kagome?

– Que gusto verlo, excelencia –respondí.

– Hijita, quiero que conozcas a Kagome, la amiga de la que te hemos hablado tanto.

La pequeña se acercó a mí sonriendo.

– ¿De la que Inu–chan está enamorado? –preguntó con inocencia.

Oculté toda emoción que sus palabras me provocaron. No podía amarme o habría ido tras de mí en estos años… ¿pero si no sabía que el pozo estaba abierto?

Tanta confusión en mi cabeza me ayudó a ignorar los rostros avergonzados de mis amigos e intenté cambiar de tema.

– ¿Y dónde está Shippo? –pregunté con alegría.

– Él ha seguido los pasos de Inuyasha y se encarga de ir a las aldeas que visitaron antes para comprobar el estado de su entrenamiento. Inuyasha dejó de viajar hace un año.

¿Ya no viajaba¿Por qué¿Le había ocurrido algo?

– Justo después que la anciana Kaede murió –dijo el monje que jugaba con su hija.

Muerta… aunque lo imaginaba, la noticia me afectó más de lo que creía.

– ¿Cómo… cómo fue? –pregunté temerosa.

– Fue mientras dormía, no te preocupes. Su expresión estaba muy relajada, podría decirse que hasta estaba feliz.

La conversación continuó hasta muy entrada la noche mientras me contaban sus aventuras y las gracias de la pequeña Emiko que yacía dormida en el regazo de Sango.

– Debo regresar a mi casa –dije sin saber la razón, las palabras simplemente se escaparon de mi boca.

– Espera –dijo Inuyasha que entraba en ese momento –no te vayas aún, tengo mucho que hablar contigo.

– Pero… no le dije a mi madre a donde fui, no vine preparada.

– Quédate –suplicó y no pude resistirme a su mirada. Me quedé esa noche en el Sengoku, como lo había hecho tantas veces diez años atrás.


Notas de autora: Es difícil, adaptar una historia a un fandom es difícil pero no imposible.

De nuevo le agradezco a Miya que sea mi Beta y a todos los que me dejaron review de apoyo...