Epílogo

Escuché un ruido que me hizo parar de escribir.

Me levanté a investigar de donde venía el ruido y descubrí que era del pozo. Caminé con algo de temor, imaginé que sería una rata o algo parecido pero me sorprendí mucho más al ver salir dos orejitas muy conocidas para mí y luego cruzarme con los ojos dorados de Inuyasha.

Mi vista se nubló por las lágrimas. Lo último que recuerdo haber visto fue que él saltó del pozo y corrió hacia mí.

Debí haberme desmayado por la impresión y la alegría.

Al despertar me encontraba en mi habitación y él estaba a mi lado con las hojas que ya había escrito entre sus manos.

—No sabía lo que estabas pasando… perdón —dijo al notarme despierta.

Sonreí y negué con la cabeza.

—Eso ya no importa. Inuyasha, quise ir… quise regresar pero no pude. ¿Cómo es que tú…

—Aunque me pediste que te dejara sola, yo no pude hacerlo y te seguí de cerca. Vi cuando Sayuri se acercó a ti, creía que quizá sería bueno que hablara contigo pero no pensé que fuera a empujarte —un claro tono de resentimiento invadió su voz— y quise seguirte pero el pozo estaba cerrado.

Me levanté un poco para quedar sentada en mi cama, él se acercó y se sentó en la orilla colocando su mano sobre la mía.

—Pero entonces ¿cómo llegaste aquí?

Él sonrió.

—Al parecer, mi deseo no se había cumplido.

Me explicó que la perla había continuado su labor durante estos días, que Emiko había estado en cama todo este tiempo terminando de curarse. Pero en cuanto ella se levantó, Inuyasha supo que era el momento de saltar.

—¿Cómo lo supiste?

—Por que el deseo que yo pedí fue "Desearía que el pozo se abriera cuando la perla se haya desvanecido"… y yo tenía toda la esperanza de que el deseo se cumpliera tal y como yo lo había formulado.

Mi sorpresa fue grande. Si ese había sido el deseo de Inuyasha y se había cumplido… ¿cómo fue que pude cruzar hacia el Sengoku?

—Pero… si tú sabías cual había sido tu deseo. ¿Por qué mi llegada fue una señal?

—También dudé. Por un momento creí que la perla había desaparecido pero cuando fui por ella aquella mañana comprobé que no. Pensé que quizá no importaba la forma en que se pidiera el deseo. No estaba seguro, pero sabía que era el momento de pedir los deseos restantes.

Acarició mi mejilla y depositó un suave beso en mis labios.

Y entonces recordé, recordé el momento antes de dejar la perla en sus manos.

Tenía la perla en mi poder, finalmente estaba completa y yo la apreté contra mi pecho y sin saberlo desee volver a ver a Inuyasha, aunque fuera una vez más…

—Fui yo… —le confesé— yo pedí el cuarto deseo, o mejor dicho el primero.

—¿Cómo? —preguntó él confundido.

Le expliqué cómo había ocurrido todo. Él sonreía conforme mi relato avanzaba y al concluir rió.

— Sin saberlo pedimos el mismo deseo…

Me lancé sobre él para abrazarlo y él me recibió con un beso. De mis ojos comenzaron a salir lágrimas de alegría.

—No volveremos a separarnos.

—Nunca —respondí con seguridad. Ahora que podía disfrutar de la segunda oportunidad que la vida me había dado no la desperdiciaría por nada en el mundo.

Ahora podemos estar juntos, no importa en qué época. He podido ser testigo del crecimiento de Emiko quien, por cierto, ahora tiene un pequeño hermano al que llamaron Hiroshi.

A Sayuri nunca volvimos a verla. Inuyasha me contó en cierta ocasión que cuando la vio empujarme al pozo él se molestó mucho con ella al punto de hacerla llorar. Más tarde, la sacerdotisa líder me explicaría que Inuyasha era el ídolo de Sayuri al haberla salvado hace diez años y llevado con él al templo. Ella era muy joven y nunca supo entender si el aprecio que por él sentía era el mismo que una hija sentía por su padre, una mujer por su amante o un devoto por su dios. Nunca lo sabríamos, Sayuri nunca volvió a aparecer frente a nosotros desde aquel día y había dejado atrás todas sus pertenencias que incluían una serie de pergaminos donde había relatado detalladamente todas las acciones de él hasta ese momento y que yo reconocí como aquellas que había encontrado en aquel libro que se había colado entre mis cosas.

Era curioso como las cosas iban entretejiéndose en el tiempo para tejer mi destino.

Por mucho tiempo dejé sin terminar esta historia, hasta ahora, dos años después de que aquello ocurriera. Encontré guardadas en una carpeta las hojas que utilicé para desahogar mi tristeza, para dejar en la eternidad mi historia; estaban guardadas en la gaveta de mi antiguo escritorio y cuando la saqué para mover el mueble fuera de la habitación para hacer espacio a una cuna, repasé de nuevo cada bello momento y escribí estas líneas finales.

FIN