Lust at First sight.

Las callejuelas de París no parecen a ver cambiado demasiado o quizás era mi memoria la que decidía engañarme con su sabor dulzón en mi lengua. Froto mis manos con furia tratando de alejar el frío que sentía, pero con un demonio si todo parecía inútil.
Todo parecía igual y al mismo tiempo sabía que todo había cambiado. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que tuve la voluntad de pisar pie en tierra, de vivir en vez de soñar y de crear en vez de solo recordar.

El Sena seguía igual de esplendoroso, eso no podía omitirlo jamás ni en mis más vividas pesadillas.

Un cigarrillo encuentra mis labios y solo me concentro en la belleza delante de mis ojos, no hay nada, no hay nadie. Solo estamos él y yo. El humo de cigarro desaparece con facilidad ante la grandeza del espacio e inmensidad de mis alrededores.
El sol naciente comenzaba a hacer aparición con diversión. Aniquilaba la negrura total de mi ser y daba paso a un comienzo, a una esperanza, ¿es que acaso yo tenía algo así? ¿Tenía yo algo por lo que sentirme esperanzado?
Si antes no lo sentía fue justo el momento en que él apareció que creí, creí por primera vez que de verdad valía. De verdad valía el despertar y mirar el firmamento.

El divisar como poco a poco todo cobraba vida ante mis ojos en tonalidades cambiantes e indiferentes pero aun así deliciosas.

Tiro el cigarrillo y ajusto el cuello de mi chaqueta de cuero escondiendo parcialmente del mundo, mis pies cobran vida y deciden llevarme al más cercano Café. No podía negar el hambre atroz y el antojo por una taza de café cargado.

Con un lápiz de grafito y un bloc de dibujo lleno de garabatos, medios trabajos inconclusos y verdaderas obras de arte, decido llevarme la taza a los labios y ojear con prisa pero determinación cada una de las páginas. Esto era mi vida, en esto se había volcado todo mi centro y me creía feliz por ello.

Mas tazas de café están por venir e inclusive un recién horneado croissant con queso y algunas aceitunas.

Mis hombros pierden tensión mientras el olor a cocina impregna el local, pequeño, poco concurrido, un perfecto paraíso. Veces algunas, paseaba la mirada por la ventana y divagaba mientras personas seguían su caminar en una dirección y luego en otra totalmente contraria.
En mi rostro comienza a crecer un fruncido concentrado y determinante. No iba a dejar de trabajar, no podía dejar de pensar, de idear, de crear miles y millones de fantasías maravillosas con las que poder…

Unos delicados toques en el hombro atraen mi atención.

— ¿Petra?—Frente a mí se posaba una chica, pocos años menor que yo, de cabello corto y rubio alisado en conjunto con unos ojos achocolatados y cálidos.
—Levi—su voz aterciopelada combina a la perfección con toda su presentación. Porte agraciado y sonrisa amigable, una verdadera ternura.
— ¿Qué demonios pasa?—arqueo una ceja mas mi expresión no es algo que pueda revelar gran emoción. Allí estaba yo, en uno de mis lugares preferidos en el mundo, creando maravillas para mi satisfacción y por mucho que pueda apreciar a la menuda figura, ella sabía mejor que molestarme justo a esa hora, justo en ese momento.
—Levi, te han envidado una taza de café—Mis ojos se entornan suspicaces buscando algún tipo de mentira, pero Petra era incapaz de tal cosa, al menos en mi presencia.

Observo la bandeja que llevaba en las manos, y en efecto había una taza de café esperando ser servida.
Asiento con un movimiento rápido de la cabeza mientras posa la bebida en la mesa y no falta demasiado para que sea atacada por mi boca ansiosa de renovada cafeína.

— ¿No vas a preguntar quién te lo ha enviado?—Ahora podía ver su expresión cambiante, divertida. Ella disfrutaba estos momentos.
—Sabes tan bien como yo la respuesta a eso—Cruzo las piernas bajo la mesa y me apoyo en el respaldo de la silla; me faltaba tan poco y estas distracciones seguían sucediendo.
—Algún día tendrás que hablarle, ¿lo sabes verdad?—habla por lo bajo inclinando su cuerpo hacia mí.
—Eso no sucederá hoy—Mi tono es hiriente e intencional. No era ningún estúpido. Hace más de un mes que esta situación se venía dando y todo era porque el muy descarado no parecía entender el significado de vergüenza o mucho menos la derrota. No, a mi me daba la impresión de ser uno de esos bastardos persistentes hasta el punto del acoso.
—Una verdadera lástima. Estaba esperando que hoy fuese mi día de suerte. —Allí estaba. Allí estaba ese hijo de, a la expectativa, al asecho como un maldito buitre.

Su mirada soñadora y su sonrisa sacada de un comercial subliminal de ortodoncia. Sus vaqueros malgastados y un sweater cuello en "v" arreglados a la perfección bajo una chaqueta de tweed.
Allí estaba de nuevo como cada viernes esperando como algún tipo de perro faldero.

Dejo unos cuantos billetes en la mesa y tomo mis pertenencias, no tenía la paciencia ni las ganas como para deleitarlo con una conversación. Con un nuevo movimiento de cabeza me despido de Petra y en un acuerdo silencioso de guardar el cambio, ella me deja huir del establecimiento sin mirar atrás.
Huir de penetrantes y encantadores ojos azules, casi tan profundos como el mismísimo mar. Mar en el cual yo no tenía la intención navegar. Al menos no aun.

Frente al espejo estoy sentado y contemplo mis facciones por momentos, era como mirar pero sin llegar a ver en realidad. Había una razón por la cual hacía lo que hacía y aunque ahora no puedo imaginarme lejos de esto, en el fondo todo había iniciado por el ferviente deseo de escapar. Escapar del exacto lugar en donde me encontraba.

Tres grandes focos iluminan mi cara y cuello dando la perfecta ayuda para mi propósito.
Mis manos buscan a tientas la base de maquillaje y con ayuda de una mota comienzo a aplicarlo con suavidad por mi rostro.
Mi sentido del tiempo se volvía irrelevante en aquellos momentos, podía caer bajo el hechizo infinito de la belleza, del arte y volver a la realidad gracias a un aviso apresurado, cayendo en cuenta que solo habían pasado escasos minutos.

El delineador negro marca mis ojos en combinación con la maravillosa genética que había decidido brindarme bolsas obscuras bajo las pestañas. Color a las mejillas y una sonrisa pronunciada con ironía y sarcasmo palpables en un color purpura obscuro, ciruela.
Tras un abrir y cerrar de ojos mi cabellera azabache queda resguardada bajo una cascada de ondas rubias.

Ladeo el rostro casi imperceptible admirando toda mi obra. Era una obra, era encantadora y maravillosa. En el preciso momento en que mis pies tocaban aquel establecimiento mi existencia se veía disminuida, destruida al punto de la desolación. Ya no había más confusión y miedo, en mi cara solo verás una sonrisa juguetona y ventanas a un alma rota y sin retorno.

Las luces. Oh, las luces. Que encantadora sensación el sentir como la piel quemaba bajo esas luces que tenían un solo objetivo: llamar la atención. La quería, quería cada pequeño incentivo y dedicación, cada diminuto pensamiento era para mí en el momento en que mis piernas me dejaban frente al micrófono arrastrando un vestido cóctel de mangas largas.
Hoy era un día para celebrar, un día donde celebraba mi libertad, ¿y qué podía conmemorar tal dicha que experimentando la libertad en su máxima expresión? Liberaba mi alma al darle sentido, forma a través de palabras, de sonidos, de notas, de música.

I put a spell on you.
Because you're mine.

Las luces. Oh las luces. Se iban, se alejaban de mí para dejarme una vez más rodeado de sombras, de resentimiento. ¿Es que acaso después de todo este tiempo, no podía olvidar?

De regreso en la habitación del fondo. Con un algodón la magia desaparece, la sonrisa risueña se pierde y las alas se ven apresadas por nada más que memorias, recuerdos. Los mismos recuerdos que me hicieron pelear una vez, seguían atormentándome sin descanso.

De cuenta nueva vagando por las callejuelas de París hasta posar los ojos en la magnificencia del Sena. Un cigarro bailaba en mi boca añadiendo nicotina a mi sistema y mis ojos disfrutaban del espectáculo: Un cielo cambiante con esperanza y sueños.

—Estuviste maravillosa esta noche—El cigarrillo cae de mis labios al tiempo que giro sobre los talones para encararlo. No era posible que olvidase esa voz, no era posible que me diera el lujo de olvidarla.

Allí estaban otra vez esos ojos. Ojos azules que batallaban con el mar por pertenencia. Un iris brillante que me seguía y me hipnotizaba sin poder evitarlo. Había intentado, lo había intentado tantas veces y con todas mis fuerzas pero él estaba allí.
Estaba parado frente a mí con su mirada soñadora y su sonrisa de comercial de irónica ortodoncia y estaba dispuesto a aceptarlo. No podía negarlo más, No iba a negarlo más. Esa noche decidí abrir una puerta hacia una realidad la cual no estaba preparado para afrontar pero estaba seguro de que tomaría el riesgo.