2. Hospitalidad Sureña
No le tomó mucho tiempo a los hombres de la guardia real desmontar las tiendas y prepararse para la infiltración. El grupo avanzó en silencio en dirección a la columna de humo que se alzaba en la distancia sin decir una sola palabra.
La tensión era respirable, la expectación generada por el posible enfrentamiento que estaba por venir era apreciable en el rostro consternado de cada hombre en la caravana. Cada segundo pasaba con pesadez mientras se aproximaban a la fuente del humo.
Kristoff no pudo dejar de maldecir su suerte, los siguientes días hubieran transcurrido de una manera infinitamente menos complicada si tan solo los rumores hubieran resultado ser mentiras, habladurías sin sentido de un borracho melancólico en una taberna de poca monta.
Pero todas estas esperanzas murieron en el momento en el que divisaron el imponente campamento en el que ondeaban los blasones de la casa real de las Islas del Sur.
_Bueno ahora sabemos que esos sureños se aburrieron de su clima infernal y han decidido venir a vacacionar a Arendelle_ susurró Darius, el capitán de la guardia, esperando contagiar su optimismo al resto de los hombres que lo acompañaban.
Solo nos falta comprobar si su majestad se ha dignado de honrarnos con su visita_ contestó Kristoff_ El grupo se mantenía oculto entre los árboles mientras observaban el amplio claro en el que se habían instalado los visitantes indeseados.
El campamento consistía de 5 tiendas con el tamaño suficiente para alojar a una docena de hombres, todas con excepción de una. Kristoff desvió su atención hacia la tienda que se encontraba en el extremo oeste del campamento. Esta se encontraba vigilada por 2 guardias adicionales y sus proporciones eran visiblemente mayores a las de las demás tiendas.
_Oye, Kristoff_ le espetó Darius_ creo que encontramos la tienda del príncipe Hans, es la única con el tamaño suficiente para contenerlo a él y a su ego_ Kristoff soltó una risa por lo bajo, resultaba agradable ver como Darius se empeñaba por preservar su buen humor incluso en las situaciones más adversas.
_He contado solo 5 guardias, creo poder evadirlos sin problemas y abrirme camino hasta aquella tienda, si encuentro lo que venimos a buscar les daré una señal, lo que pase a partir de ese momento, lo dejaré a consideración tuya y de tus hombres.
Kristoff deseaba evitar cualquier derramamiento desangre innecesario, nunca en su vida se había encontrado en la necesidad de tomar una vida y no planeaba que esto cambiara durante el transcurso de la noche.
Darius evaluó un momento la estrategia de Kristoff y finalmente contestó _ Vale, tienes cinco minutos, si no das señales de vida después de eso, entonces mis hombres y yo bajaremos y les enseñaremos el brillo del acero de una espada fabricada en Arendelle en una noche de invierno.
Kristoff asintió y se preparó para el descenso hasta el campamento. Se encontraba armado solo con el práctico pico que usaba para partir los bloques de hielo que antaño le proveían del dinero suficiente para mantener su modesta vida y una navaja de afeitar escasamente afilada.
Por armadura contaba tan solo con su confiable abrigo de lana, visiblemente desgastado tras años de uso. Se había negado rotundamente desde un principio a cargar con más equipo del que le resultaría indispensable para su misión.
A pesar de la tremenda seriedad de la misión, Kristoff no podía evitar encontrar cierta comicidad en lo surrealista que la situación se había tornado. 15 guardias, un repartidor de hielo y su reno habían sido asignados con la captura del príncipe de una nación extranjera que amenazaba con declararles la guerra. En ningún momento se había atrevido a cuestionar las decisiones de la reina Elsa, pero el plan parecía bastante proclive a fracasar miserablemente.
Su vida había dado demasiados giros inesperados en los últimos meses, y todo había comenzado la noche en la que aceptó auxiliar a una dama en apuros a subir una montaña. Si tan solo no hubiera estado tan perdido en los preciosos ojos azules de la chica pelirroja en el umbral de la puerta del establo en el que planeaba dormir aquella noche, la vida de Kristoff Bjorgman sería completamente diferente.
Y sin embargo, no se arrepentía de nada. Cada minuto que había logrado pasar al lado de su adorada Anna bastaba para compensar la vida de soledad y miseria que había llevado hasta ese día.
Con estas tribulaciones en su cabeza, bajó lentamente por la escarpada pendiente hasta llegar a la muralla de troncos que rodeaba las tiendas.
Subió por el tronco de un árbol cuya rama se extendía hasta cruzar la improvisada muralla. Una vez que alcanzó la copa del árbol, se detuvo por un momento para observar el interior del campamento, concentrándose en planificar la ruta más segura para llegar a la tienda donde esperaba encontrar el príncipe Hans, antes de soltarse del extremo de la rama para dejarse caer en territorio enemigo.
Kristoff chocó pesadamente contra el suelo produciendo un ruido sordo y unos segundos después ya se había incorporado y se movía en dirección de un arbusto.
Uno de los guardias se encontraba a tan solo 2 metros de distancia, cualquier intento de de acercarse por esa dirección provocaría que el montañés fuera descubierto, por lo que se apresuró a improvisar una forma de burlar al vigía.
El humilde repartidor de hielo no sería uno de los hombres más brillantes del reino, pero una vida en el agreste territorio de las gélidas montañas de Arendelle donde un descuido puede implicar la muerte, lo habían dotado con un extraordinario instinto de supervivencia y cierta creatividad que le había salvado la vida en más de una ocasión.
Tomó un guijarro del suelo y lo arrojó con certera puntería hacia una de las botellas de licor vacías que yacían regadas en la nieve alrededor de la fogata, el sonido del vidrio colapsando fue más que suficiente para llamar la atención del guardia quien se dirigió a investigar la fuente del sonido.
Sin perder tiempo, Kristoff se desplazó aceleradamente a la enorme tienda del centro del campamento mientras la fogata proyectaba tenebrosas sombras que se extendían a través del helado suelo.
El joven montañés llegó a la parte trasera de la tienda respirando pesadamente, debía de encontrar una manera de entrar a la tienda sin despertar a su ocupante y sin alertar a los guardias. Sin pensarlo dos veces, Kristoff sacó la desgastada navaja de afeitar y desgarró la tela aterciopelada de la tienda.
Una vez en el interior, se encontró con una estancia digna de la realeza. Finos muebles de caoba decoraban cada esquina de la tienda y una fina alfombra de varios centímetros de grosor se encontraba tendida en el suelo. Por unos momentos, Kristoff sintió que estaba de regreso en las suntuosas habitaciones del palacio de Arendelle.
La tienda se encontraba divida en dos secciones por una cortina en el centro. La sección en la que Kristoff se encontraba, estaba destinada a la planificación de estrategias a juzgar por la cantidad de mapas y documentos tendidos sobre la mesa.
El repartidor se permitió revisar el contenido de los documentos a la luz de una vela que alguien debió de haber dejado encendida. Lo que encontró no fue muy alentador.
Llamaron su atención una serie de pergaminos cuidadosamente enrollados en uno de los cajones. Se trataba de correspondencia entre el gobierno de las islas del Sur y los dignatarios de Weselton en donde se establecían las condiciones de su alianza militar. La flota militar de las islas del sur contaría con libre tránsito a través de las rutas comerciales de Weselton, convirtiendo esta alianza en una auténtica pesadilla naval.
Sin pensarlo mucho Kristoff tomó varios pergaminos y los ocultó entre sus ropas antes de cruzar la cortina que daba a la otra sección de la tienda.
Al otro lado de la cortina se encontraba un improvisado pero lujoso dormitorio. Cargar con las pertenencias del príncipe para volver a montarlas cada vez que caía la noche debería de resultar un auténtico dolor de cabeza para sus subordinados.
El montañés se aproximó con lentitud a la cama, pensando en una forma de dejar al príncipe fuera de combate y sacarlo del campamento evitando armar un escándalo. Sus pensamientos fueron detenidos por el frío tacto de la hoja de una espada contra su cuello y una voz familiar.
_ ¿Disfrutando de nuestra hospitalidad Sureña?_ preguntó sardónicamente el príncipe Hans cubierto por las tinieblas_ Tranquilo, no intentes nada estúpido_ dijo mientras se desplazaba con elegancia hasta que la luz cubrió la mitad de su rostro, sin separar la hoja de su mandoble del cuello de Kristoff en ningún momento_ ¿Sabes? Tú y tu grupo de sabuesos de la reina fueron difíciles de seguir, debo decirlo, para ser un palurdo iletrado realmente sabes moverte por estas montañas_ Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Kristoff ¿No era acaso su caravana la encargada de seguir el rastro del príncipe Hans? ¿Cómo es que el príncipe Hans había terminado siguiéndolos a ellos?
_Oh Kristoff, ¡Deberías ver tu cara! ¿Te resulta tan difícil comprender un sencillo juego del gato y el ratón? Bien, lo explicaré en términos que hasta tú puedas entender. Desde que nos enteramos que enviarían una caravana en mi búsqueda nos hemos dedicado a ocultarnos en un lugar donde no buscarían, ¡Justo detrás de ustedes! Solo tuvimos que esperar algunas semanas hasta que el hambre y el frio agotaran sus fuerzas…
_Y entonces montaron este campamento a manera de carnada_ lo interrumpió Kristoff con un gruñido.
_ ¡Miren eso! Parece que esa cabeza dura es capaz de producir una idea de vez en cuando, si tan solo hubieras llegado a esa conclusión hace un par de semanas, no me habrías entregado a todos esos hombres en una bandeja de plata_ el repartidor se encontraba destrozado, había caído en el juego del príncipe y ahora 15 hombres honestos que solo cumplían con su trabajo pagarían por su estupidez.
_ ¡Oh venga Kristoff no te desanimes! No es como si fuera la primera vez que me entregas a alguien que confió en ti con un moño de regalo.
Kristoff sabía precisamente a lo que Hans se refería, el recuerdo de Anna despidiéndose de él antes de desaparecer detrás de las puertas del palacio, solo para quedar a merced del despiadado príncipe no había dejado de atormentarlo. No había sido capaz de proteger a Anna entonces y seguía sin poder mantenerla a salvo ahora.
Entonces recordó lo que estaba en juego. Si la flota de las Islas del Sur llegaba a las costas de Arendelle entonces nadie estaría a salvo, si no lograba enviar comunicarle sus hallazgos a la reina Elsa, estaría dejando a Anna a merced del príncipe Hans. No volvería a cometer ese error. Protegería a Anna aunque le costara la vida.
Kristoff dejó caer todo el peso de su cuerpo sobre el príncipe haciéndolo perder el equilibrio y separando la hoja del mandoble de su cuello. Justo cuando se disponía descargar un golpe contra la cara de Hans el príncipe se recuperó y lo golpeó en la base de la columna con la empuñadura de la espada.
El repartidor de hielo intentó mantenerse de pie apoyándose contra un mueble que parecía ser una mesita de noche, el príncipe tomo su cabeza y la impactó con violencia contra la dura superficie de madera.
Kristoff fue capaz de escuchar el sonido de su nariz rompiéndose antes de derrumbarse contra el suelo mientras perdía la noción de lo que pasaba a su alrededor. Por un momento solo pudo percibir el rostro del príncipe Hans, su amplia sonrisa y el único mechón de pelo que se encontraba fuera de su característico peinado. Y luego vino el dolor penetrante del primer puntapié que propinó contra sus costillas, y el siguiente, y el que vino después del anterior.
_Diablos Kristoff, ¡Te dije que no intentaras nada estúpido!_ exclamó Hans sin dejar de sonreír mientras se pasaba una mano por el cabello para devolver el mechón de pelo rebelde a su posición original.
Kristoff tosió algo de sangre y pregunto con un hilillo de voz _ ¿Cómo….cómo sabe mi nombre?, ¿Cómo se enteró de la misión?
_Te diré un pequeño secreto Kristófforo, la reina Elsa debería de indagar más los antecedentes del personal de limpieza del palacio, esas mucamas pueden llegar a ser muy indiscretas_ le dijo antes de tomarlo por el abrigo para arrastrarlo fuera de la tienda.
El exterior del campamento se había convertido en un pandemonio. Los quince miembros de la guardia que acompañaban a se encontraban arrodillados alrededor la fogata con las manos en la nuca. Se encontraban rodeados por soldados en el uniforme de las islas del sur quienes estaban preparados con una ballesta a la mano.
_Dime Kristoff, ¿Cuánto crees que la pequeña princesa Anna esté dispuesta a pagar para volver a ver a su real mascota? _le preguntó el príncipe Hans después de dejarlo arrumbado frente a la fogata_ Conociéndola se olvidará de ti en una semana y encontrará a otro montañés desaliñado para mantenerla acompañada_ el repartidor intentaba decidir si las costillas le dolían más que el orgullo_ Haremos esto, le enviaremos a su hermana esta carta donde establezco mis exigencias a cambio de tu liberación y veremos que tanto le importas a la princesita realmente._ dijo mientras se sacaba un sobre sellado del abrigo.
En ese momento 3 soldados entraron al campamento mientras jalaban con cuerdas a un reno que se resistía a avanzar. Ni siquiera Sven había quedado exento de las consecuencias del error de Kristoff.
_Ustedes dos, pónganse de pie, es su día de suerte_ comenzó a decir el príncipe, dirigiéndose a un par de los miembros de la guardia real de Arendelle que estaban de rodillas_ tendrán el privilegio de ser mis mensajeros, monten ese reno y hagan llegar este mensaje a la reina Elsa.
Kristoff se deshizo de lo que le quedaba de orgullo y exclamó_ Espere, su majestad, ¿Podría concederme una única petición? Estoy seguro que no le resultará problemático en su infinita misericordia_ El adolorido montañés se esforzaba por sonar como uno de los tantos dignatarios aduladores que había escuchado durante su estancia en el palacio.
_Bueno Kristoff, tu sabes cómo conmoverme, ¿Qué es lo que deseas?_ preguntó el príncipe mientras se inclinaba frente al repartidor sin perder la compostura.
_Solo quiero una oportunidad para despedirme de mi reno su alteza, si está usted en lo correcto y la princesa Anna es indiferente a la suerte con la que yo corra, esta podría ser la última vez que lo vea_ cada palabra que salía de su boca era otro alfiler clavado en su ego.
_Nunca entenderé las costumbres de los montañeses, pero si es lo que deseas, no soy quien para detenerte_ dijo el príncipe con una mirada que reflejaba cierta repugnancia.
Kristoff silbó y esperó a que Sven se acercara a él. Una vez que se encontró frente al que parecía ser su único amigo en el mundo puso sus brazos alrededor del cuello del animal con las pocas fuerzas que le quedaban.
_Voy a extrañarte amigo, envíale mis saludos a todos en casa y…. si ves a Anna,… dile que lo siento_ le susurró antes de desplomarse en el suelo.
_Bueno eso ha sido auténticamente conmovedor_ exclamó Hans_ Pero la noche es corta y la guerra se nos viene encima, no hay tiempo que perder_ Y con estas palabras, uno de los mensajeros montó a lomos de Sven mientras el otro lo guiaba fuera del campamento.
Los prisioneros miraban como se alejaban a la distancia mientras la fría noche de invierno se cernía sobre ellos.
La misión había fracasado, y el destino de Arendelle parecía colgar de un hilo, pero el joven repartidor de hielo no logró contener una sonrisa mientras se encontraba reposando contra la fría superficie del suelo. Hans acababa de derrotarlo física e intelectualmente pero había cometido el error de subestimarlo a él y su mejor amigo. En la alforja que el reno cargaba, había algo aparte de un saco de zanahorias. Kristoff había conseguido deslizar en su interior los pergaminos que había robado de la tienda del príncipe Hans.
Pero su alegría se vio interrumpida por las próximas palabras del príncipe_ Dime Jossef, ¿Cuántas personas crees que se necesiten para enviar un mensaje?
_Me parece que una es más que suficiente su alteza_ contestó un fornido soldado de la guardia real del príncipe.
_ ¿Por qué no me pasas mi ballesta? Es una noche perfecta para practicar tiro al blanco.
