3. Correspondencia nocturna

No era la primera vez que Anna despertaba agitada y con lágrimas en los ojos. La joven princesa había sido víctima de una pesadilla recurrente desde hacía cuatro meses.

Cada noche, la princesa se veía atrapada dentro del mismo sueño, donde estaba a condenada a repetir incesantemente el momento de su propia muerte. La escena había quedado grabada en su mente de manera irreversible, y la veía recrearse con nitidez frente a sus propios ojos en una distorsionada realidad onírica.

La ventisca le impedía ver más allá de su nariz, a lo lejos escuchaba la voz de Kristoff mientras sentía como la vida se escapaba gradualmente de su cuerpo para ser remplazada por un intoxicante frío glacial. Todas sus esperanzas se encontraban en las palabras del muñeco de nieve, si deseaba sobrevivir, debería de confiar en que el gruñón repartidor de hielo que acababa de conocer realmente la amara y con algo de suerte, ese sentimiento bastaría para salvarla.

Y entonces, aparecía la figura de su hermana a punto de sucumbir bajo la espada del hombre que había destrozado su corazón.

Mientras cada una de sus extremidades cedía a las gélidas temperaturas, la hoja del mandoble del príncipe se dirigía incesante contra el vulnerable cuerpo de Elsa. Con el último aliento que le quedaba, la princesa se abalanzaba sobre su hermana esperando que su sacrificio bastara para salvar su vida. Su conciencia se perdía entre el peso de la espada y el hielo sólido que se extendía por cada centímetro de su cuerpo.

De repente se volvía a encontrar a sí misma en su habitación, respirando pesadamente entre sollozos. Kristoff no había tardado en notar sus problemas de insomnio, y solía dejar la puerta de su habitación abierta para permitirle entrar. Anna entonces se levantaría a hurtadillas y cruzaría el pasillo hasta llegar a la habitación en la que se alojaba el repartidor de hielo real. El pobre debía de encontrarse tan agotado con el cumplimiento de sus reales tareas que no notaba el momento en el que la princesa se colaba en su cama hasta quedar acurrucada entre sus voluminosos brazos.

Solo entonces Anna se sentía auténticamente segura, de repente, todo el mundo se limitaba a la acompasada respiración del montañés, el rítmico latido de su corazón y al calor que emanaba de su cuerpo. En este momento de paz absoluta, no tardaba en conciliar el sueño nuevamente solo para despertar varias horas más tarde de regreso en su propia recámara, asumiendo que Kristoff se había tomado la molestia de devolverla a su propia cama en algún punto de la noche, para evitar tener que explicarle a su hermana como es que habían terminado despertando juntos.

Pero Kristoff no estaba en el palacio esa noche. Anna había tenido que pasar las noches en vela desde hacía tres semanas, incapaz de volver encontrar la paz necesaria para volver a dormir después de que las pesadillas la despojaran hasta del último ápice de tranquilidad.

La princesa, resignada a pasar el resto de la noche despierta, se levantó de la cama para disponerse a realizar uno de sus rutinarios paseos por las demás habitaciones del palacio.

Al salir de su recámara se encontró con un amplio pasillo cubierto en penumbra, Anna comenzó a vagar en rumbo al ala oeste, donde esperaba encontrar un libro que le ayudara a sobrellevar la larga noche que tenía por delante.

Se deslizaba silenciosamente, auxiliándose de una vela encendida, evitando llamar la atención de los guardias que hacían sus rondas nocturnas.

No pudo evitar entreabrir la puerta que daba a la habitación de Kristoff, con la absurda esperanza infantil de encontrarlo durmiendo apaciblemente como si su ausencia de las últimas semanas solo se hubiera tratado de otro mal sueño.

Sus pertenencias seguían en el mismo lugar donde las había dejado antes de partir, pero la habitación se había llenado de cierto aire de tristeza desde entonces, hacía una semana que el montañés debía de haber regresado de su viaje de cacería con los demás guardias, pero no había dado señales de vida.

Con cada día que pasaba sin recibir noticias del repartidor, la angustia de Anna aumentaba frente a la posibilidad de que corriera algún peligro y necesitara de su ayuda.

Intentaba convencerse a sí misma de que Kristoff había crecido en esas montañas y que no había razones para temer por su vida, pero su mente no dejaba de atormentarla al pensar en todos los imprevistos y accidentes que podrían haber provocado la desaparición del montañés.

Cuando cruzó al otro extremo del pasillo, Anna notó que una luz se escapaba por debajo de la puerta del estudio de Elsa. ¿Sería posible que su hermana siguiera trabajando a tan tardías horas? La princesa hizo un esfuerzo por tranquilizarse y borrar de su expresión los vestigios de su violento despertar.

Anna se aproximó a la puerta y repitió su habitual procedimiento de dar unos golpecitos acompasados para llamar la atención de su hermana.

_Adelante_ contestó Elsa mientras su hermana se introducía en la habitación_ ¿No se ha pasado ya tu hora de dormir hermanita? _Preguntó la princesa al encontrar a la albina detrás de un escritorio cubierto de documentos que lucían importantes.

La reina se encontraba visiblemente agotada, en sus facciones se manifestaban los efectos de la falta de sueño y su majestuoso porte había desaparecido completamente. Levantó sus ojos cansados de uno de los documentos en los que trabajaba sin entusiasmo y se esforzó por darle a su hermana una afable sonrisa.

_Tu sabes cómo funciona esto de ser de la realeza, el trabajo de una reina no tiene horario fijo.

A Anna le dolía ver a su hermana cargando con el futuro del reino, a veces se preguntaba si el peso de la corona terminaría por costarle más de lo que estaba dispuesta a pagar.

_Por suerte esta reina cuenta con una hermana que tiene demasiado tiempo libre entre manos y que posee el mal habito de leer la correspondencia ajena_ Dijo Anna mientras tomaba asiento en la silla al otro extremo del escritorio.

Anna alargó su brazo para tomar uno de los sobres sellados que estaban regados frente a ella y encontró uno con el sello lacado que le resultaba poco familiar.

_Oh, Anna, no quiero aburrirte con la correspondencia de esos estirados dignatarios extranjeros, ¿Por qué no mejor me ayudas a leer la correspondencia habitual? _ Preguntó Elsa con cierto nerviosismo en su voz.

_Está bien, como lo ordene su majestad_ Contestó Anna soltando una risita_ ¿Qué gallardos caballeros han escrito esta semana esperando conseguir el favor de la cotizada reina Elsa?_ Las hermanas habían encontrado un peculiar divertimiento semanal, que consistía en leer en voz alta las cartas donde príncipes de todo el reino buscaban desesperadamente derretir el corazón de la reina de las nieves.

Este material de lectura solía abarcar desde auténticas obras maestras de poesía, hasta patéticos intentos de auto-indulgencia y coqueteo desvergonzado. A pesar de lo cómico que la actividad llegaba a resultar en ocasiones, Anna guardaba en secreto la esperanza de que las sinceras palabras de algún príncipe bastaran para conquistar a su hermana. Consideraba a su hermana completamente capaz de reinar en ausencia de un rey, pero no podía evitar preguntarse si Elsa realmente planeaba pasar el resto de sus días negándose a sí misma la posibilidad de enamorarse.

_Veamos que tenemos aquí… uuh ¿Recuerdas al archiduque de Lordran? Parece que no está nada contento con tu respuesta a su última carta_ dijo la princesa tras darle una rápida ojeada a las primeras líneas de la carta. _Te escucho_ le contestó la albina, que por primera vez en toda la noche se disponía a dejar de lado sus deberes, para permitirse un momento de relajación.

Anna se aclaró la garganta y comenzó a leer en voz alta, imitando la voz de uno de los tantos príncipes que habían llegado a las puertas del palacio de Arendelle desde hacía varios meses.

_Estimada Reina Elsa, ¿Es qué acaso no recibió la caja de finos chocolates que envié con motivo del aniversario de su coronación...?_ el sonido de la puerta abriéndose repentinamente a sus espaldas bastó para interrumpir a la princesa. Al dar media vuelta se encontraron con Gerda, quien con visible consternación avanzaba rápidamente en dirección al escritorio.

_Reina Elsa, dos de los miembros de la escolta real del joven Kristoff acaban de llegar a las puertas del palacio_ Sus palabras hicieron que el alma de Anna cayera a sus pies, llevaba semanas esperando saber algo del montañés, pero no esperaba recibir noticias de una manera tan repentina y vaga a la vez.

_ ¿Kristoff no está con ellos? ¿Se encuentran bien?_ se apresuró a preguntar Anna, sobrellevada por la emoción.

_Llegaron acompañados del reno del amo Kristoff, pero no había señales de su dueño. Uno de ellos fue enviado a la enfermería con un proyectil de ballesta en el hombro derecho, el otro las está esperando en el comedor_ contestó con paciencia Gerda, sabiendo el impacto que la situación podía tener en la princesa.

_ ¡Apúrate Elsa, no hay tiempo que perder!_ exclamó Anna mientras jalaba a su hermana fuera de su estudio.

Al llegar al comedor, encontraron a un guardia demacrado, hambriento y con el uniforme reducido a jirones. Devoraba ansiosamente una hogaza de pan y las migajas quedaban atrapadas en la descuidada barba que decoraba su famélico rostro.

Al ver a la reina, interrumpió su tan esperado banquete para ponerse de pie, hacer una torpe reverencia para después alargarle un tembloroso brazo haciéndole entrega de un sobre. Sin estar dispuesto a decir una palabra, el hombre volvió a su lugar y continuó devorando la comida frente a él.

_Garantizo que sus servicios serán recompensados y su lealtad será condecorada_ prometió la reina al hombre miserable que se encontraba frente a ella.

De vuelta en el estudio de la reina, Anna era incapaz de contener su nerviosismo mientras en su cabeza se arremolinaban cientos de preguntas ¿Cómo es que solo dos hombres habían vuelto de la expedición? ¿Si se trataba de un simple viaje de caza, cómo había terminado uno de ellos con un perno de ballesta en el hombro? Y más importante aún ¿Dónde estaba Kristoff? Para bien o para mal, la carta era un comienzo para comenzar a conseguir respuestas.

_Elsa, dame la carta_ pidió la princesa con determinación_ Anna, tal vez no deberías de leerla, el sobre indica que la carta está dirigida a mí y…._ su hermana parecía saber más que ella sobre la desaparición de la caravana del repartidor, de ser así, estaba empeñada en ocultarle la verdad y eso comenzaba a molestarle_ Elsa, tienes que comprenderme, ¡Esa carta podría contener el único indicio del paradero de Kristoff! _ Exclamó Anna mientras su voz comenzaba a quebrarse.

_Anna, soy tu hermana y solo hago lo que creo que es mejor para ti, si te entrego esta carta no habrá vuelta atrás, pues te garantizo que no te gustará lo que leerás_ dijo la reina, conmovida por la insistencia de su hermana. Elsa no podía evitar sentirse culpable, si el montañés estaba en peligro, la responsabilidad parecía caer en sus manos al haberlo enviado a una misión que excedía sus capacidades.

_Elsa, estoy lista, dame el sobre_ dijo Anna tomando aire, preparándose para lo que estuviera por venir.

Elsa le extendió la carta en silencio, evitando la mirada expectante de su hermana. Al recibirla, la princesa Anna sintió un escalofrío al reconocer el sello lacado de la casa de la familia real de las Islas del Sur. Después de tragar saliva, la princesa rompió el sello y comenzó a leer en voz alta.

_"Para la bella dueña de mis pensamientos:…"_ Anna se detuvo un momento, a sopesar el significado de aquellas palabras.

_"… ¿No es curioso cómo el mundo da vueltas y nosotros sus humildes habitantes nos encontramos sometidos al yugo del azar? ¿No eran hace escasos diez años cuando en tus manos sostenías aquella primera carta escrita por mí, con la infantil expectación de encontrar una amigo en ese frío y solitario mundo en el que vivías?

Luego vino tu silencio, tu indiferencia y finalmente tu desprecio. Esperaba con ansias el día que tuviera la oportunidad de volver a escribirte, incluso aunque tuviéramos que tratar temas tan turbios como los que me impulsan a tomar la pluma en esta ocasión…"_ con cada palabra que salía de los labios de la princesa, la temperatura de la habitación parecía descender, hasta que el aliento de Anna se hizo visible en forma de vapor.

_"…Si estás leyendo esto, quiere decir que los perros rabiosos que enviaste tras mi rastro han fracasado miserablemente en su misión y que ya han sido ejecutados como los animales que son…"_

Anna intentaba procesar el significado de la críptica carta que tenía frente a sus ojos, incapaz de percibir la invernal temperatura que reinaba en la habitación.

_"… No consideré que valiera la pena negociar por sus insignificantes vidas.

Deseo que sepas que atrás quedaron los días en los que fui atormentado por tu silencio, no me interesa más compartir un trono a tu lado como prometimos en nuestras ensoñaciones infantiles. Me despido de ti con una promesa, llegará el día en el que ocupe el trono que se me prometió, y lo lograré así tenga que atravesar con mi espada tu helado corazón.

Cómo espero seas capaz de recordar, me considero un hombre de palabra" firmado…. príncipe Hans Westergaard_

Anna dejó caer la carta sobre el escritorio. Había comenzado a leerla buscando respuestas, pero ahora su cabeza se encontraba inundada con aún más interrogantes.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que la habitación se encontraba cubierta por una fina capa de escarcha y que el frío en la estancia se había vuelto insoportable. Levantó la mirada y notó como una lágrima recorría la mejilla de su hermana, solo para congelarse en mitad de su rostro.

Un silencio sepulcral reinó en la habitación por varios minutos, mientras las dos mujeres se encontraban paralizadas. Finalmente Anna tuvo el valor de hablar.

_Elsa…. ¿Qué significa todo esto?... ¿Tu…. Conocías al príncipe Hans antes de tu coronación?_ la reina mantenía la mirada perdida, sin reaccionar a las palabras de su hermana. Anna finalmente pronunció las palabras que estrujaban su corazón_ Elsa…. ¿Dónde está Kristoff? ¿Está bien? ¿Esta...vivo?

La reina levantó finalmente la mirada solo para encontrarse con la visión de su hermana sobrellevada por una pena demasiado grande como para ser contenida por su alma.

_Oh Anna…. Yo…. Lo siento tanto…._ Comenzó a decir mientras una intensa ventisca comenzó a arrastrar a la princesa fuera de la habitación

_No, no , no ¡Elsa, no hagas esto! ¡Por favor, detente!_ exclamó Anna, dejando escapar las lágrimas que había contenido durante las últimas semanas.

_Perdóname… todo esto es mi culpa…yo, te lo explicaré después... solo... perdóname_ contestó la reina, fortaleciendo la intensidad de la corriente de aire gélido. Finalmente, la princesa fue incapaz de seguir resistiendo, y la ventisca la sacó de la habitación, antes de que pudiera reincorporarse la puerta se cerró con fuerza frente a ella.

Y así, Anna terminó encontrándose a sí misma frente a la puerta de Elsa, incapaz de comprender las razones por las que su hermana se alejaba de ella.

Entonces Anna lloró. Lloró al encontrarse en un escenario tan enfermizamente familiar. Lloró al sentirse traicionada por su hermana. Lloró al sentirse pequeña e insignificante en un enorme mundo de mentiras y secretos.

Y finalmente, lloró por su amado repartidor, cuya vida parecía haberse extinguido en las frías montañas que lo habían visto nacer.