4. Si tuviera una caja con todos mis sueños rotos…
Anna se había quedado sin lágrimas que derramar desde hacía varias horas. En ningún momento se había apartado de la puerta del estudio de Elsa, aguardando pacientemente en un estoico esfuerzo por mantenerse junto a su hermana en tiempos de crisis.
Había aprendido a apreciar el silencio que reinaba en el desértico pasillo en el que se encontraba tendida completamente inmóvil.
De cierto modo, cada hora que pasaba esperando algún tipo de respuesta por parte de Elsa le había ayudado a aclarar sus pensamientos y a reflexionar sobre los eventos que acababan de acontecer.
Su panorama de la situación era pobre, pero contaba con algunas migajas de información que podían ponerla en la dirección correcta.
Todo parecía indicar que Elsa le había ocultado demasiadas cosas, incluso después de su célebre coronación y los improbables acontecimientos que la acompañaron.
De alguna manera la desaparición de Kristoff, la misteriosa carta del príncipe Hans y el ataque de pánico de su hermana se encontraban conectados, y la única persona que parecía comprender la relación existente entre estos fatídicos acontecimientos era precisamente Elsa.
Anna estaba convencida de que todo lo que su hermana necesitaba era tiempo para reflexionar y tranquilizarse, para dejar que las heridas recién abiertas volvieran a sanar y para encontrar algo de paz en medio de la tormenta en la que su vida se había convertido.
Pero el tiempo no parecía ser su aliado en esos momentos en los que el mundo entero amenazaba con dejarse caer sobre Arendelle y sus desdichados habitantes.
Los fervientes deseos de la princesa de recuperar el control de la situación para restaurar el orden se veían frenados por su confusión y el profundo dolor que la soledad le provocaba.
Anna comenzaba a cuestionar si era prudente conservar la fe ciega que tenía en su hermana, pero la idea de darle la espalda en un momento de adversidad como el que estaban viviendo le resultaba impensable.
Sumida en lo profundo de estas reflexiones, las horas seguían pasando incesantes.
…
Elsa estaba sumida en un mar de recuerdos. Las sombras de su pasado se habían prolongado hasta llegar a amenazar con cubrir el resto de sus días en tinieblas.
Casi instintivamente, la reina se puso de pie y se dirigió a una de las estanterías. El estrés emocional al que Elsa se había visto sometida, fue más que suficiente para convertir el estudio en una especie de caverna helada.
Elsa tuvo que remover varios centímetros de escarcha y hielo sólido del anaquel antes de dar con lo que estaba buscando. La albina extrajo de la estantería un pequeño cofre de lustrosa madera de ébano y lo puso sobre el escritorio. El candado que mantenía el cofre cerrado tenía la peculiaridad de carecer de una ranura en la cual insertar una llave, la forma de abrirlo era escasamente ortodoxa.
La reina cubrió el candado con ambas manos por unos segundos hasta que su temperatura bajó lo suficiente como para que un golpecito bastara para desmoronarlo.
Nunca antes le había resultado necesario recurrir al contenido de ese cofre. Los recuerdos guardados entre sus paredes de madera eran cálidamente reconfortantes e insoportablemente dolorosos a la vez.
Pero en esos momentos necesitaba volver al momento que comenzó todo, debía enfrentar los errores de su pasado si deseaba tener la fuerza de mantenerse de pie en el presente. La reina de las nieves respiró hondo y abrió el cofre.
Los ojos de la reina se llenaron de lágrimas al encontrarse con las hojas de papel cuidadosamente conservadas en el interior del peculiar recipiente. Dejándose llevar por el mar de emociones que fluían a través de ella, extrajo los documentos y los colocó cuidadosamente sobre la mesa.
Tomó la primera de las hojas y la desdobló lentamente mientras apreciaba la pulcra caligrafía y la textura del material en el que estaba escrita. La historia detrás del pedazo de papel que la reina de las nieves sostenía entre sus manos correspondía a uno de los recuerdos más felices de la solitaria infancia que vivió prisionera dentro de sus propios aposentos en el palacio de Arendelle.
Fue durante una cálida mañana de verano en la que su madre le entregó el sobre que la contenía.
…
La reina nunca había estado de acuerdo con el asilamiento a la que se sometía a su hija, la polémica decisión del rey de recluir a la princesa del resto del mundo había sido la causa de múltiples discusiones entre la pareja real.
Había decidido que la pequeña Elsa necesitaba tener contacto de algún modo con el mundo exterior sin que su padre se enterara, pero el control absoluto que el rey tenía sobre cada rincón del palacio lo volvía una tarea imposible.
La solución apareció durante un viaje que la real pareja realizó a las Islas del Sur con motivo de la celebración del segundo matrimonio de su rey.
Durante la cena de gala, se volvió evidente la ausencia del menor de los trece príncipes en la mesa. El monarca explicó que el pequeño aún tenía problemas para superar la muerte de su amada madre y desde entonces se había vuelto reservado y esquivo de cualquier tipo de contacto humano.
Cuando la fiesta alcanzó su apogeo, la reina abandonó la sala de baile para tomar aire por un momento y para su sorpresa se encontró con un chiquillo pelirrojo y flacucho que vagaba cabizbajo por el pasillo.
_ ¿Es que no deseas entrar al baile pequeño?_ preguntó la reina con curiosidad.
_No tengo interés en actividades tan mundanas como un baile_ contestó el niño mezquinamente.
La reina se sintió desconcertada frente a la manera tan sofisticada que tenía de expresarse, impropia de un niño de su edad. Entretenida, decidió seguirle el juego.
_ Vale, allá tu, pero debo informarte que te estás perdiendo de la mesa de aperitivos, he encontrado una bandeja llena de suculentos sándwiches, me han gustado tanto que no he podido evitar traer uno conmigo_ dijo la reina mientras le ofrecía al niño el atractivo manjar.
Los ojos verdes del pequeño se abrieron como platos y no pudo evitar acercarse un par de pasos mientras extendía su manita para tomar el emparedado, justo antes de recuperar la compostura.
_ Solo porque acepte su generosa oferta, no quiere decir que me haya convencido de entrar al baile_ dijo el niño con las mejillas todavía llenas del emparedado que devoraba con celeridad, el pobre debía de estar muriendo de hambre tras haberse ausentado durante la cena.
_Como a su majestad le parezca, mientras recuerde no masticar mientras habla_ contestó la reina con una sonrisa. El niño se sonrojó visiblemente, pero no pudo evitar bajar sus defensas frente a la afable sonrisa de la reina.
_Dígame,… ¿De casualidad tienen chocolate ahí dentro?_ preguntó el niño después de terminar su segundo emparedado_ Por supuesto, hemos traído como regalo de bodas a tu padre una escultura hecha solo con el mejor chocolate de Arendelle_ contestó la reina, satisfecha ver como el niño comenzaba a tenerle confianza.
_¡Genial, me encanta el chocolate de Arendelle!_ dijo el niño emocionado. Al notar la predilección que el pequeño pelirrojo sentía por esa golosina en particular, una idea surgió en la cabeza de la reina.
_Sabes, tengo una pequeña hija de tu edad a la que le encanta el chocolate casi tanto como a ti_ comenzó a decir la reina, mientras recordaba aquella curiosa anécdota en la que sus dos hijas habían entrado a hurtadillas en la cocina y habían acabado con las reservas de chocolate del palacio en una sola noche.
_¿En serio?_ preguntó el niño intrigado_ Claro, es más, te diré algo, si entras conmigo al baile te contaré de ella mientras comemos una bandeja de chocolates completa_ Contestó la reina.
El niño pensó por un momento y finalmente exclamó con la elocuencia de un comerciante experimentado_ Hágalo dos bandejas y tenemos un trato_ La reina asintió y guió al pequeño al interior del salón de baile.
Un mes más tarde, Elsa recibió la primera carta del príncipe Hans Westergaard, treceavo hijo del Monarca de las Islas del Sur.
….
La pequeña Elsa se sintió conmocionada el día que recibió la carta, no pudo evitar leerla varias veces hasta memorizarla casi en su totalidad.
Para la princesa Elsa de Arendelle:
Es mi honor y mi privilegio tener esta oportunidad de comunicarle mi interés de conocerla.
He tenido la suerte de hablar con su madre en su reciente visita a la boda de mi señor padre y debo confesarle que me siento intrigado frente a las maravillas que me ha contado sobre usted.
Desconozco las razones por las que usted ha decidido vivir aislada de las personas que viven a su alrededor, pero me veo en la necesidad de comunicarle que comparto su sufrimiento, conozco el dolor de vivir en un mundo de soledad y rechazo. Vivo rodeado de doce hermanos que me ignoran y una madrastra que me desprecia.
Mi único deseo en estos momentos es contar con una persona que me ayude a sobrellevar mi penosa vida en este palacio.
Le ofrezco mi amistad esperando a cambio recibir la suya.
PD: (¿Le gustan los Sandwiches?)
Príncipe Hans Westergaard
…
Los años pasaron y cientos de cartas siguieron a la primera. Los dos jóvenes no tardaron en descubrir lo similares que eran y los intereses en común que compartían.
Elsa no dejaba de sorprenderse del talento que Hans tenía para aprender todo lo referente a administrar un reino y el talento innato que lo convertían en un monarca prometedor.
Hans vivía usando máscaras que le permitieran ganarse el favor de cada persona que conocía. Desde pequeño había demostrado un talento innato para la actuación y no dudaba en usarlo para salir de los aprietos en los que se llegaba a meter. Sin embargo, Elsa era la primera persona con la que no necesitaba usar máscara alguna.
Hans se sentía fascinado por el misterio que rodeaba a la joven princesa y esa fascinación no tardó en convertirse en un sentimiento completamente desconocido para él.
Cuando Hans cumplió 14 años, Elsa recibió una carta que la sorprendió gratamente.
Mí querida Elsa:
Disculpa que me haya tardado tanto tiempo contestar a tu última carta.
En este momento mi corazón es víctima de un terrible pesar.
Mi padre me ha dado a conocer una terrible verdad que ha hecho añicos mis sueños y aspiraciones.
Tal parece ser que me será imposible tener acceso al trono, la suerte ha querido que doce hermanos se encuentren sobre mí en la línea sucesoria. Nunca tendré acceso al gobierno de mis amadas Islas del Sur y no hay nada que pueda hacer para cambiar este hecho.
Tú sabes que he pasado mi vida preparándome para convertirme en el mejor monarca que pueda llegar a ser, pero todos esos esfuerzos han resultado en vano, pues no hay para mí esperanza alguna.
Es en este momento de absoluta tristeza en el que he encontrado el valor suficiente para confesarte mis sentimientos.
Desde la muerte de mi madre, la vida carecía de ningún tipo de felicidad para mí. Pasaba cada día sin tener razones para esperar el siguiente.
Luego recibí tu primera carta, que llegó como un resplandor en medio de la oscuridad.
No tengo palabras suficientes para expresarte la gratitud que te guardo por cada una de tus cartas, la expectativa de recibirlas al final de cada mes me han llenado con toda la determinación que necesitaba para recuperar mi gusto por la vida.
En este momento en el que me he quedado sin razones para seguir peleando, me he dado cuenta de que tú eres la única razón que necesitaba.
Eternamente tuyo:
Hans Westergaard
La princesa guardó esa carta debajo de su almohada esa noche, pero la emoción no le permitió dormir. Las cartas de Hans habían vuelto tolerable su solitaria vida en el palacio.
Finalmente tenía una persona con la cual podía convivir y expresarse abiertamente sin el temor de ser reprimida o de hacerle daño con la helada maldición que le aquejaba.
Entre las líneas de cada carta, la reina había visto crecer a Hans, hasta verlo convertido en un prometedor líder, un brillante estratega y un gallardo caballero.
Sin haber visto su rostro, había caído bajo los encantos del galante príncipe y la confesión de sus sentimientos la habían conmovido profundamente.
Le dolía ver a Hans víctima de las circunstancias que le evitaban alcanzar su sueño de convertirse en el mejor rey en la historia de las Islas del Sur.
Estaba dispuesta a hacer todo lo que resultara necesario para ayudarle a cumplir su sueño.
Y eso fue justo lo que le comunicó con su siguiente carta.
…...
Mí querida Elsa:
Tu última carta me ha llenado de alegría. Tus palabras me han convertido en el hombre más feliz de la tierra.
Prometo solemnemente que seguiré con mi preparación, cada día estudiaré con el único propósito de convertirme en un rey digno de ocupar un trono a tu lado.
Te deseo la mejor de las suertes en tu propósito de solucionar el problema que te evita salir del palacio y me pongo a tu disposición si es que llegases a recurrir de mi ayuda.
Eternamente tuyo:
Hans Westergaard
Si Elsa deseaba pasar el resto de sus días reinando al lado de Hans, debía de encontrar la manera de controlar la maldición del hielo de manera definitiva, pero solo la idea de conocer al príncipe cara a cara provocaba que su corazón latiera aceleradamente y que la temperatura a su alrededor comenzara a bajar.
Su padre no dejaba de recordarle que debía de abstenerse de dejarse llevar por sus emociones, pero el amor era particularmente difícil de controlar. Le aterraba la idea de volver a lastimar a alguien y la última persona a la que deseaba hacerle daño en esos momentos era al príncipe Hans.
Tal vez esta fue la razón por la que la siguiente carta del príncipe sería la última respuesta.
…...
Mí querida Elsa:
He de comunicarte una noticia que me llena de alegría. He convencido a mi padre de que me autorice viajar a Arendelle el próximo verano.
Finalmente, después de todos estos años de intercambiar correspondencia contigo, tendré la oportunidad de conocerte en persona.
Mi corazón es incapaz de contener la emoción que esto me provoca.
¿Qué día del verano consideras apropiado para recibirme?
Espero tu respuesta con ansias
Eternamente tuyo:
Hans Westergaard
El día en el que la princesa albina recibió esa carta toda el ala este del palacio quedó sumida en un invierno en miniatura. Su padre tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para controlarla, limpiar su desastre y evitar que Anna se enterara.
Elsa comprendió entonces horrorizada que nunca sería capaz de estar cerca del hombre que amaba. Su maldición le impediría cualquier contacto físico, Hans seguramente se vería repugnado por su peculiar condición. O peor aún, el príncipe podía llegar a salir herido.
Si deseaba obedecer a su padrey mantener los efectos de su maldición bajo control, debía de abstenerse de volver a cometer el error de enamorarse.
La última carta que Elsa escribió a Hanstenía un único propósito: romper su corazón para salvar su vida. ...
Durante los años siguientes, el príncipe no dejó de escribirle, a pesar de su cortante frialdad. Su constancia y la dulzura de sus palabras habían convertido cada carta en un alfiler en el corazón de Elsa.
Hans se encontraba confundido y se resistía a volver a su solitaria vida sin una carta de la princesa Elsa al final de cada mes.
Sus esperanzas de cumplir sus sueños de grandeza al lado de la mujer que amaba habían sido completamente destrozadas. La última carta que Hans escribió a Elsa llegó semanas después del naufragio de los reyes de Arendelle.
Para la bella dueña de mis pensamientos:
Me he enterado de la tragedia que ha acontecido en Arendelle.
Sé que soy la última persona de la que necesitas escuchar esto, pero cuentas con mi apoyo incondicional.
En este momento de adversidad, te ofrezco mi amistad, pues es todo lo que estas dispuesta a aceptar.
He perdido ya toda esperanza de volver recibir una carta tuya, pero sé que en los tiempos de desdicha, poder hablar con alguien más puede ser la única forma de liberar el alma de las penas que la invaden.
Estoy disponible para aliviar tus penas. Siempre lo he estado.
Eternamente tuyo:
Hans Westergaard
Durante los años que siguieron, no existió comunicación alguna entre Hans y Elsa.
Mientras Elsa se preparaba psicológicamente para su inminente acenso al trono, Hans estaba muy ocupado siendo torturado por sus propios demonios.
Vivía víctima de los maltratos de sus hermanos, su papel era completamente irrelevante en su familia.
Se negaba a pasar el resto de sus días condenado a ver a todas las personas a su alrededor ascendiendo y superándolo, mientras él se mantenía en el fondo de un abismo insondable. Si Hans estaría condenado a convertirse en la oveja negra de la familia real de las Islas del Sur, entonces que así fuera.
El recuerdo de Elsa envenenaba su alma y lo llenaba de rencor. Sin una luz que guiara su vida en un camino virtuoso, Hans se inclinaba a obedecer sus impulsos más primitivos y sus deseos más oscuros.
Empeñaba todos sus esfuerzos, talentos y recursos en un solo objetivo: Conseguir venganza.
Fue entonces cuando recibieron la invitación a la coronación de la joven reina Elsa de Arendelle. Había llegado la hora de poner en movimiento sus maquinaciones. El joven pelirrojo se ofreció a asistir como embajador de las Islas del Sur al evento, con un único propósito en mente.
La noche de la coronación, la reina Elsa fue sorprendida por su hermana, quien solicitaba su bendición para su boda con un príncipe extranjero. Un atractivo caballero de distinguido porte y pobladas patillas. Un tal "Príncipe Hans de las Islas del Sur".
Lo que pasó después de eso, es otra historia.
…
Elsa devolvió las cartas al pequeño cofre que reposaba sobre el escritorio.
Por primera vez desde que las especulaciones de una guerra contra la coalición de las Islas del Sur habían comenzado, la reina estaba segura de quien era su verdadero enemigo.
Todo este tiempo Hans había utilizado su encanto y su talento para el chantaje y el engaño con el único propósito de poner a la mitad de los reinos existentes en su contra. Sin tener un trono en el cual sentarse, ni un reino que llamar suyo, el treceavo hijo de la real casa de las Islas del Sur se había convertido en una de las figuras políticas más poderosas e influyentes del mundo conocido.
En sus intentos por protegerlo de sí misma, lo había condenado a la vida de soledad que tanto aborrecía, y esto eventualmente desataría la crueldad y megalomanía que ocultaba detrás de su encantador rostro.
Elsa había contribuido a la creación de Hans el traidor, el regicida, el embaucador y el asesino, y ahora tenía que pagar por ello. Pero se negaba a caer sin luchar.
Mientras los primeros rayos del sol se colaban por su ventana, la reina de las nieves se levantó y se dirigió a la puerta. Al salir del estudio, encontró a su hermana hecha un ovillo contra la pared, durmiendo apaciblemente. La sola idea de que Anna la hubiera esperado toda la noche bastó para derretirle el corazón.
Se dejó caer a su lado y la rodeó con los brazos.
_Anna, es hora de despertar_ le susurró al oído_ no Kristoff , ahora no, es demasiado temprano todavía_ contestó Anna sin haber despertado completamente. Elsa no pudo evitar sentirse conmovida y culpable a la vez, tenía errores que corregir y pecados que purgar, pero mientras su hermana estuviera su lado, estaba lista para enfrentar lo que fuera.
_Anna, hay algo que debo de decirte…_ Comenzó a decirle, mientras la princesa despertaba adormilada.
_Oh Elsa, en este momento hay muchas cosas que debes de decirme_ contestó Anna, esforzándose por mantener una sonrisa en su afligido rostro.
