5. Despierta y contempla las cenizas
La noche caía en la cordillera fronteriza de Arendelle.
Una nevada inclemente había cubierto con una gruesa capa de nieve el campamento de las Islas del Sur. Los hombres del regimiento del príncipe se reunían alrededor de las llamas crepitantes de la hoguera en un intento desesperado por recuperar el calor. Los planes de dominación y conquista estaban tomando más tiempo del esperado y los recursos comenzaban a escasear.
El príncipe contemplaba el fuego meditabundo, absorto del mundo que lo rodeaba.
Hans sabía que su pequeña operación militar corría el riesgo de perecer víctima de las crudas temperaturas y la falta de conocimiento de la geografía local. Pero sus facciones se negaban a expresar preocupación alguna, debía de mantener la moral de sus hombres y asegurarse de que el plan siguiera en marcha.
Cada día que pasaba en el campamento recibía un torrente incesable de cartas, cortesía de sus aliados en reinos lejanos y de sus espías en el palacio. Si sus pronósticos resultaban acertados, antes de que llegase la primavera, la flota de las Islas del Sur estaría en condiciones de atacar las costas de Arendelle. Pero antes de que esto pudiera llevarse a cabo, el joven príncipe Hans tenía una encomienda real que cumplir.
Una misión tan peculiar y peligrosa, que lo más probable sería que terminara por costarle la vida. Esas fueron las auténticas medidas que su familia había tomado para escarmentarlo por sus crímenes. Le dieron una espada, un puñado de hombres y lo enviaron a morir en las gélidas montañas de una nación extranjera.
Pero se negaba a caer tan fácilmente. Durante las últimas semanas había logrado administrar los escasos recursos a su disposición hasta convertir una misión suicida en una campaña militar completamente funcional. Tenía entre manos una oportunidad única para consumar su venganza y no planeaba desaprovecharla. Había llegado la hora de dar el siguiente paso.
Hans se levantó y se dirigió al sur del campamento, hasta llegar a las improvisadas celdas destinadas para los prisioneros. Vagó entre las estructuras construidas con gruesos barrotes de hierro mientras observaba con desprecio a sus desdichados ocupantes. Poco quedaba de los hombres armados que habían sido enviados con las órdenes de capturarlo semanas atrás. A través de los barrotes se podían apreciar los estragos que el hambre y el frío habían provocado en los semblantes de los prisioneros.
Finalmente, se detuvo frente a la celda que alojaba a un único ocupante solitario.
El prisionero reposaba inmóvil sobre el suelo, con la mirada perdida en las estrellas que decoraban el cielo nocturno.
_ Hora de despertar Kristoff, la noche es joven y tengo una invitación especial que hacerte_ Kristoff se incorporó revelando su larga melena rubia y una descuidada barba, al ver al príncipe sonriendo apaciblemente detrás de los barrotes, tuvo que hacer un esfuerzo titánico para resistir el impulso de abalanzarse contra él.
_ ¿Te has visto a un espejo últimamente? ¡Demonios Kristoff! Te ves aún más sucio, desaliñado y hambriento que cuando llegaste, no creía que fuera posible_ al notar como el montañés comenzaba a fruncir el ceño, Hans no pudo evitar sentirse satisfecho frente a lo fácil que resultaba encolerizar a su demacrado huésped.
_ ¡Oh, venga! ¿Qué le ha pasado a tu sentido del humor? Además, cómo te había dicho, te tengo una oferta. ¿No te gustaría disfrutar de algo de comida caliente para variar? Pues estás de suerte. Estás cordialmente invitado a sentarte en mi mesa esta noche. Tú y yo tenemos asuntos importantes que tratar_ el montañés se acercó torpemente a los barrotes tropezando a la mitad del camino. Kristoff se encontraba desorientado, la falta de alimento y sueño habían comenzado a afectar sus atributos físicos_ Yo no tengo nada que tratar contigo_ dijo, articulando con dificultad cada palabra.
_ Me temo que no tienes elección, tienes diez minutos para ponerte presentable, mis hombres te proveerán con ropa limpia y un balde de agua. Espero que tengas apetito, nuestro cocinero se ha lucido esta noche_ El príncipe desapareció entre las demás celdas con una sardónica sonrisa, dejando a Kristoff confundido e iracundo.
Una vez dentro de la tienda, Hans reposaba sobre una silla mientras jugueteaba con una manzana que había tomado de una brillante bandeja sobre la mesa. Frente a él, se encontraba un auténtico banquete, suficiente para alimentar a todo el regimiento. A pesar de la escasez de recursos que se cernía sobre ellos, ese festín era un sacrificio necesario por el bien de su causa. Aguardaba con nerviosismo la llegada de su invitado. El futuro de su campaña militar dependía de las palabras que pronunciadas a lo largo de la velada.
Justo como había sido acordado, Kristoff apareció con las manos esposadas por pesados grilletes de acero en compañía de dos de sus guardias que le ayudaban a caminar. Se encontraba ataviado con un camisón de lino blanco y pantalones de pelaje de armiño, pero las prendas limpias no desviaban la atención de su famélico rostro y su mirada perdida. Era trágico ver las condiciones en las que se encontraba el hombre fornido y orgulloso que había llegado a su campamento semanas atrás. Los guardias le ayudaron a tomar asiento y luego retomaron su posición detrás de él.
_ Pueden retirarse, deseo conversar con él a solas. Los llamaré si su presencia resulta necesaria.
Sus hombres acataron la orden de inmediato y se retiraron de la tienda. Hans observaba con curiosidad al montañés desde el otro extremo de la mesa. Habían pasado tres semanas desde la captura de la caravana enviada por la reina Elsa. Resultaba natural que Kristoff observara con ansiedad las perdices asadas y el vino afrutado frente a él, después de haber sobrevivido tanto tiempo a base de hogazas de pan mohoso y cerveza agria.
_Adelante, puedes comer lo que te apetezca, debes de estar muriendo de hambre_ el montañés evaluó con desconfianza la oferta del príncipe, deseando fervientemente devorar el contenido de las bandejas que reposaban sobre la mesa. Pero en un estoico impulso de conservar la escasa dignidad que le quedaba, se atrevió a preguntar con hostilidad_ ¿Qué es lo que quieres de mí? ¿Qué esperas lograr con todo esto? A estas alturas te hubiera resultado más conveniente haberme asesinado en lugar de desperdiciar recursos en mantenerme con vida_ Hans se mantuvo en silencio por un par de segundos, mientras evaluaba la mejor forma de proceder en la conversación que estaba por venir. Finalmente dio una mordida a la manzana en su mano, produciendo un sonoro crujido.
_Verás, Kristoff, la razón por la que te he invitado a mi mesa en esta fría noche es bastante sencilla_ dijo masticando el bocado de manzana, mientras una gota de jugo escurría por la comisura de sus labios_ Esta mañana hemos recibido una paloma con la contestación de la reina Elsa, la célebre reina de las nieves finalmente se ha dignado a responder a nuestro pequeño mensaje_ la mirada del antaño repartidor de hielo se iluminó con expectación al escuchar estas palabras.
_ Desgraciadamente, tu captura no ha sido suficiente para conmover su frío corazón, se ha negado terminantemente a ceder a mis humildes demandas.
_La reina Elsa nunca entregaría el trono de Arendelle a un maniático como tú solo para salvar el pellejo de un miserable vendedor de hielo_ contestó Kristoff con una extraña combinación de orgullo y amargura mientras la luz de una vela iluminaba su mirada y proyectaba sombras a través de su rostro. Sus palabras arrancaron del príncipe una sonora carcajada.
_ ¡¿Realmente crees que fui suficientemente ingenuo para exigir la corona a cambio de tu liberación?! Pero Kristoff, eso es extremadamente narcisista de tu parte, todo lo que le pedía a la reina fue que tuviera la delicadeza de enviarnos un nuevo juego de cubiertos, los que hemos traído no combinan con el estilo de nuestro campamento_ el príncipe observó con satisfacción como las facciones del montañés reflejaban como su moral se desmoronaba lentamente.
_ Lo siento querido amigo, pero parece ser que tu amada princesita y su fría hermana no están dispuestas a sacrificar un par de tenedores solo para mantenerte con vida. Este reino parece ser indiferente a la suerte con la que corra su repartidor de hielo_ Kristoff se mantuvo inmóvil en su lugar, sin mover un músculo ni pronunciar una palabra en su defensa. Su voluntad de luchar se había extinto repentinamente.
_Mira Kristoff, se que tu y yo hemos comenzado con el pie equivocado. La suerte ha querido que nos encontráramos en lados opuestos de este conflicto. Comprendo la soledad que te ha acompañado a lo largo de toda tu vida, y admiro como es que has logrado salir adelante en este frío y hostil mundo por ti mismo. Me duele ver la forma en que la familia real de Arendelle te ha utilizado y te ha desechado como si se tratara de un reno demasiado viejo para cumplir con su trabajo. Yo simplemente te estoy proponiendo un sencillo trueque._ El príncipe aguardó pacientemente unos segundos en espera de una respuesta, pero su huésped se negaba a pronunciar palabra alguna. El príncipe se levantó de su asiento para acercarse a su silencioso invitado, colocó una mano en su hombro y recurrió a su elocuencia y talento de liderazgo innato.
_ A cambio de un simple servicio te ofrezco tu libertad y un nuevo comienzo. Si deseas comenzar una nueva vida lejos del reino que te dio la espalda pondré a tu disposición todo el oro que necesites para lograrlo. La caída de Arendelle es inevitable, en cuestión de meses, este reino se encontrará reducido a cenizas, depende de ti donde te encuentres cuando esto suceda. Si tu corazón anhela venganza, entonces te propongo una oferta aún mejor. Te pondré al frente de uno de mis regimientos durante la guerra y una vez que la victoria sea nuestra tendrás un puesto honorario en mi corte. Tendrás la oportunidad de ser alguien en un mundo que se ha empeñado en ignorarte deliberadamente_ Hans notó con irritación como el montañés se mantenía indiferente a sus ofertas, pero se negaba rotundamente a desistir en sus intentos de negociar con él.
_ Para la exánime reina de las nieves y su ingrata hermana, tu vida nunca tuvo ningún valor. Lo supe en el momento en el que no estuvieron dispuestas a mover un dedo para que recuperases tu libertad. Pero yo aprecio tus talentos Kristoff. Tú tienes algo que yo necesito, tú tienes valor para mí. Tú eres necesario para mi misión_ El repartidor dirigió una mirada confundida al príncipe que tomaba asiento en la silla a su lado. Hans sabía que comenzaba a obtener su interés, era hora de cambiar de aproximación.
_Cuando niño siempre sentí predilección por los cuentos de hadas que se contaban en Arendelle. Había uno en particular que me tenía maravillado cada vez que lo escuchaba. Se llama "El erial de las piedras susurrantes" seguramente lo conoces_ Kristoff se estremeció frente a la familiaridad de las palabras del príncipe. Comenzaba sospechar cual era la naturaleza de sus intenciones.
_ Cuenta la leyenda que en algún lugar entre las escarpadas pendientes de las montañas de Arendelle, existe un erial que alberga uno de los más maravillosos misterios del mundo conocido. Se dice que los hombres que han llegado a él por accidente escucharon a las rocas comunicarse entre ellas y moverse como si tuvieran vida propia. Aquellos que las han visto en persona, aseguran que se trata de criaturas tan viejas como el tiempo mismo, que han presenciado el surgimiento y caída de miles de imperios y que albergan conocimiento de lo mágico y lo desconocido. No hay en esta tierra un ser tan docto en los misteriosos artes de la magia y el ocultismo que el patriarca de las rocas. Se dice que personas de todos los rincones del mundo acuden al valle a pedir consejo, pero al llegar, solo encuentran piedras inmóviles_ Hans hablaba con infantil ilusión, como si le contara el cuento a un niño que lo escuchaba por primera vez.
_En estos momentos, mi familia me ha asignado una difícil tarea, llamémosla, una "misión de redención", que implica un obstáculo de mágica naturaleza. Necesito encontrar este valle legendario, pero incluso si fuera capaz de dar con su ubicación exacta, sería incapaz de comunicarme con sus míticos habitantes, pues solo se manifiestan frente a un grupo selecto de personas. Y un pajarillo me dijo que una de esas personas se encuentra frente a mí en estos momentos_ el príncipe dirigió su mejor sonrisa encantadora al hambriento montañés que lo observaba interesado.
_Déjame ver si entendí… ¿Tú el magnánimo príncipe Hans, necesitas de mí ayuda para encontrar el valle de los trols… para... conseguir un consejo que te ayudará a recuperar la aceptación de tu familia y ganar la guerra….y a cambio yo recibo mi libertad y un puesto en tu corte?_ Kristoff hablaba entrecortadamente, presumiendo una sonrisa cansada.
_Exacto_ contestó el príncipe, satisfecho con el entusiasmo que su oferta había generado en su invitado.
_Y tu, el magnánimo e infalible príncipe Hans ¿Realmente esperabas que estuviera dispuesto a cooperar contigo?_ dijo el montañés mientras su sonrisa comenzaba a convertirse en una incontenible carcajada_ ¿Es que crees que soy igual que tú? ¿Crees que traicionaré a Anna por haberme dejado abandonado en tu poder? Ella es la única persona que me ha dado algo valioso, que me ha demostrado que mi vida vale algo, y le estoy eternamente agradecido por ello. Incluso si su amor resultó ser vacío y pasajero nunca abandonaría su lado. ¿Y tu esperabas que le diera la espalda?_ sus palabras eran interrumpidas por su propia risa mientras el príncipe contemplaba atónito la escena.
_Bueno, si lo pones así, suena como un plan bastante ridículo_ comenzó a decir Hans mientras comenzaba a contagiarse de la risa de su prisionero. Segundos más tarde, los dos hombres reían como dos marineros que habían bebido demasiado.
_Bueno Kristoff, ha sido divertido charlar contigo, pero da la casualidad de que soy un hombre ocupado y tengo una guerra que ganar_ dijo el príncipe mientras se ponía de pie y recuperaba la compostura.
Avanzó a zancadas hasta donde se encontraba su prisionero y sin previo aviso le propinó una patada en el pecho que provocó que se desplomara con todo y su asiento. Antes de que Kristoff fuera capaz de recuperar el aliento, la suela de la bota del príncipe se dejó caer con brusquedad sobre su garganta. La amabilidad y camaradería habían desaparecido de su rostro, el príncipe se limitaba dirigir una mirada de superioridad y absoluto desprecio.
_ Verás, mi querido amigo, existen varias maneras de romper la voluntad de un hombre. Y yo "el magnánimo e infalible príncipe Hans" las conozco y estoy más que dispuesto a usar cada una de ellas_ Hans introdujo su mano en el interior de su fino abrigo y extrajo un bulto de tela que presumió con pedantería. _ ¿Sabes qué es esto?_ preguntó al hombre debajo de su bota que contemplaba incrédulo la peculiar de pieza de tela de algodón grisáceo que sostenía en su mano.
Kristoff era incapaz de articular palabra alguna, la sencilla tarea de respirar se había vuelto problemática gracias a la elegante bota que descansaba sobre su cuello.
Sin embargo, fue capaz de reconocer su viejo gorro de algodón en la mano del príncipe, una prenda que había dado por extraviada meses atrás, el día en el que la había puesto sobre la cabeza de Anna para ayudarla a conservar el calor cuando su corazón fue congelado.
_ ¿Quieres saber dónde la he conseguido? Me fue enviada esta mañana, uno de mis espías en el palacio la sacó de los aposentos de la princesa. Ella atesora este viejo pedazo de basura debajo de la almohada sobre la cual duerme cada noche ¿No es acaso dulce? Pues escucha, con la misma facilidad con la que he sustraído algo de su habitación, puedo asegurarme de introducir algo. Una noche puede dormir tranquilamente en su cama en compañía de una serpiente venenosa cortesía de mis aliados en oriente. O puede que por la mañana la copa de la que beba contenga una dosis letal del elixir de la orquídea negra que crece en los jardines del palacio de mis aliados en occidente. A menos de que me jures obediencia y cumplas cada una de mis órdenes, puedes dar por hecho que los días de la dulce princesa Anna se encuentran contados.
