El episodio más difícil de escribir hasta ahora. Tuve que desempolvar mi vieja copia de "El Príncipe" de Maquiavelo para poder captar parte de la filosofía necesaria para retratar al personaje de Elsa. Mis más profundos agradecimientos a todos los que han seguido la historia hasta ahora y se han tomado la molestia de dejar review. Este capítulo es para ustedes.

6. Preludios Fúnebres

La nieve cubría el prado al sur del palacio de Arendelle, donde un solemne silencio dominaba el ambiente. Las familias de los miembros de la expedición perdida se reunían a despedir a los fallecidos, rindiéndoles homenaje al colocar rocas memoriales en ausencia de cuerpos que enterrar.

Una esbelta figura ataviada de negro destacaba entre la multitud de dolientes que se reunían alrededor de las lápidas, distinguida por las dos trenzas de cabello rojizo que caían por su espalda.

Anna permanecía completamente inmóvil frente al monolito dedicado a la memoria del repartidor de hielo, bajo la mirada preocupada de su hermana.

No fue fácil para Elsa confesarle a su hermana la verdad detrás de la desaparición de Kristoff. En un principio, la princesa se negaba a creer en las palabras contenidas por la carta del príncipe Hans, aferrándose a la posibilidad de que el montañés siguiera con vida, pero con el paso de las semanas sus esperanzas cedieron a la crudeza de la realidad.

Los días que siguieron fueron devastadores para la reina, que presenció como el alegre espíritu de su hermana era doblegado por la tristeza y la melancolía que la pérdida de su amado repartidor le provocaba. Desconocía si Anna la culpaba por la tragedia que les aquejaba, puesto que llevaba semanas sin hablar con ella más de lo que resultase vitalmente necesario.

Cada vez que la reina se acercaba a su hermana buscando reconfortarla, la princesa contestaría con una sonrisa cansada que buscaba ocultar su dolor para luego abandonar la habitación en la que se encontrara.

Elsa se prometió que no la abandonaría, no después de que su egoísmo y su miedo provocaran que la dejase sola cuando sus padres fallecieron.

El peso de la corona se había vuelto insoportable durante las últimas semanas. La guerra no comenzaba todavía y ya había perdido miserablemente la primera batalla.

Sus deseos de recurrir a vías diplomáticas para resolver las tensiones políticas con los reinos vecinos se volvieron inadecuados en el momento en el que el príncipe Hans se instaló en territorio de Arendelle y asesinó despiadadamente a 13 miembros de la guardia real y un civil.

Su gente querría justicia, no descansarían hasta decorar la entrada del palacio con la cabeza de Hans en una pica, pero la idea de manchar sus manos con la sangre del único hombre que había amado le resultaba impensable.

Elsa se culpaba por ese egoísmo que tanto sufrimiento había provocado a las personas que amaba. Egoísmo que la había alejado de su hermana durante toda su vida, que la había obligado a dar la espalda al joven príncipe que se había enamorado de ella y que ahora había provocado que enviase a 14 de sus siervos más leales a sus muertes.

A donde fuese que la reina voltease, se encontraba con los rostros afligidos de los súbditos a los que les había fallado en sus promesas de traer paz y prosperidad. Y en medio de ellos permanecía la joven pelirroja que contemplaba en silencio aquella enorme roca cubierta de nieve.

L as horas pasaron y lentamente las familias abandonaron el prado una a una hasta dejar solamente a las dos hermanas. Elsa se aproximó titubeante a su hermana y finalmente la rodeó con sus brazos notando los estragos que la falta de sueño y alimento habían dejado en su estilizada figura. Anna reaccionó repentinamente, como si el frío tacto de su hermana la hubiera regresado bruscamente a la realidad. Dirigió una mirada enternecedora a su hermana mientras secaba con torpeza las lágrimas en sus mejillas.

_ ¿Sabes…..? Creo que esta vez sí fue amor verdadero… cuando estaba con él, el mundo parecía más…. Especial. Yo me sentía especial. Me gustaría haber tenido una oportunidad de habérselo dicho_ La princesa hablaba con un temblor en su voz, pero sus palabras y el pálido brillo en sus ojos dejaban entrever su característico optimismo.

_ Él te amaba a ti. Tú eras su mundo, lo supe por la sinceridad en su mirada y el brillo en sus ojos cada vez que te veía sonreír. Anna…. por favor no dejes de sonreír. No es lo que él querría. Sé que estamos pasando por momentos difíciles, pero el reino necesita a esa alegre jovencita pelirroja que corría cada mañana por las callejuelas del mercado. Yo la necesito. Tú siempre fuiste la optimista y la gentil y el pueblo te ama por eso. Seguir sonriendo es la mejor manera de honrar su recuerdo.

_Elsa, yo… no sé si pueda. Estoy cansada de que mi único papel en el reino sea ser una cara bonita. No quiero seguir sentada detrás de un escritorio mientras gente honesta pierde la vida defendiendo Arendelle. Puede que vivamos tiempos difíciles, pero lo peor está por venir, Kristoff lo sabía y dio su vida intentando salvarnos. Me niego a ver como Hans me arrebata todo lo que amo en este mundo mientras mis manos están atadas por mis deberes hacia el reino.

_ Es mi deber defender este reino, tú no tienes por qué cargar con tremenda responsabilidad_ El cuerpo de Anna se tensó repentinamente y se separó del abrazo de su hermana con brusquedad.

_ ¡Tú no estás dispuesta a hacer todo lo que sea necesario para defender Arendelle, sabías lo que tenías que hacer y sin embargo elegiste enviar a tus siervos en una misión prácticamente suicida! ¿Es que la vida de tu gente significa tan poco para ti? ¿Esos hombres solo eran utilería desechable en el glorioso reinado de la reina de las nieves?_ Elsa contemplaba atónita a su hermana, quien presentaba una faceta de rabia y cólera hasta ahora desconocida. Sus palabras la herían profundamente sabiendo que sus acusaciones estaban fundamentadas por la muerte de 14 hombres inocentes. Anna por otra parte, se contuvo al instante, arrepentida del arranque de ira contenida que acababa de dejar escapar.

_ ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Llegar con una tormenta sobre un trineo jalado por feroces lobos de hielo? ¿Invocar titanes escarchados para que aplastaran a los hombres del ejército de las Islas del Sur? ¿Congelar con mis propias manos el corazón del príncipe? ¡Esa gente está asustada de la destrucción que mi magia es capaz de provocar! Sus alianzas y la amenaza de la guerra son producto del miedo que comparten hacia mí y mis poderes. Yo misma crecí temiendo que algún día pudiera dañar a alguien. Lo último que voy a hacer es darles la razón a quienes me temen…. ¡Yo no seré el monstruo que todos creen que soy!_ Anna retrocedió con torpeza mientras sus ojos volvían a llenarse de lagrimas, su hermana era todo lo que le quedaba en el mundo y una nueva barrera comenzaba a surgir entre ellas.

_ Yo… te prometí un día que nunca te abandonaría. Lo dije en serio. Pero en esos momentos no sabía que esa promesa implicaría ver Arendelle arder a tu lado_ dijo asustada de la mujer frente a ella mientras se alejaba lentamente. Elsa sujetó a su hermana por la muñeca en un esfuerzo desesperado por detenerla.

_ Este es nuestro reino, mientras permanezcamos unidas, nada podrá amenazarlo…._ Anna liberó con violencia su brazo y se lo mostró a su hermana mientras le dirigía una mirada de decepción. Una lúgubre marca de piel quemada por el frío había quedado ahí donde los dedos de la albina se habían aferrado.

_ Permaneceré a tu lado así eso signifique mi propia destrucción, solo te ruego que no permitas que nuestra gente pague el precio de nuestros errores_ Elsa miró horrorizada la muñeca de su hermana, sintiendo como sus peores temores volvían a surgir. Al instante, sus piernas perdieron la fuerza para cargar con su cuerpo y se dejó caer de rodillas frente a Anna.

_Anna, yo lo siento tanto…_ comenzó a decir entre sollozos. La confundida pelirroja se inclinó y la abrazó. Tenía que dejar sus propios problemas de lado por un momento, tenía que ser fuerte para poder apoyar a su hermana, el reino atravesaba una crisis y a pesar de todo no permitiría que Elsa la enfrentara sola.

_Está bien… no duele tanto, seguro se pasará en un rato…_ le dijo en un tono casi maternal mientras acariciaba su platinada cabellera en un intento por consolarla.

_No es sólo eso…. Lamento lo que ocurrió a Kristoff, lamento tener que hacerte pasar por el dolor de perder a un ser amado de nuevo. Lamento no haber estado ahí cuando papá y mamá fallecieron. Lamento no poder ser la reina que Arendelle necesita…._ La princesa se encontraba desconcertada frente a la transformación de su hermana, pasando de una imponente e intimidante mujer a una jovencita asustada y arrepentida. A pesar de su fortaleza característica, Elsa comenzaba a ceder bajo la presión propia de su cargo.

_ Tú eres la reina que Arendelle necesita, solo te falta descubrirlo…. Se hace tarde, tenemos que volver a casa.

Las dos hermanas se pusieron de pie y abandonaron el improvisado mausoleo decorado por una prístina capa de nieve.

El resto del día transcurrió bajo el tedioso régimen de la rutina habitual. Embajadores y dignatarios extranjeros rodeaban a la reina con propuestas y peticiones buscando obtener provechos de la tragedia que amenazaba al reino.

Arendelle no se encontraba preparado para una guerra. La gran cantidad de riquezas a la disposición del reino le habían garantizado una posición privilegiada como una potencia comercial. La paz y la prosperidad se fundamentaban en las buenas relaciones que había logrado mantener con los reinos vecinos, tanto clientes como proveedores.

Por esta razón, desde hacía casi doscientos años el ejército había sido desintegrado en una jugada política con el propósito de establecer a Arendelle como un reino neutral y pacífico. Y hasta hacía unos meses, esa peculiar estrategia había resultado exitosa.

Pero antes de que llegase la primavera, Elsa estaría lidiando con la mitad de las armadas del mundo civilizado y como defensa contaban con escasos 250 miembros de la guardia real. 250 menos 13.

A lo largo de los meses pasados había conseguido el apoyo de un par de aliados, pero ninguno contaba con la capacidad de hacer frente a la recién formada coalición de las Islas del Sur y Weselton. La reina comenzaba a cuestionar si resultó prudente establecer una alianza con el lejano reino de Corona, infames por la descabellada medida de sustituir el armamento de sus tropas por sartenes.

En cierto modo comprendía la justificación detrás de la insistencia de su hermana. Si llegase a usar su magia en el campo de batalla, Arendelle tendría una oportunidad de salir avante del altercado. Podrí a crear un ejército completo solo de un puñado de nieve en cualquier momento. Cuando las tropas enemigas llegaran a la costa bastaría con dejar caer sobre el enemigo el invierno más crudo concebible por la imaginación. Barrería ejércitos enemigos sin esfuerzo alguno y el conflicto terminaría en cuestión de días. Todo sin tener que sacrificar ni una sola vida de uno de sus siervos.

En teoría, Elsa tenía el potencial de convertirse en el arma perfecta. Y eso era lo que más la asustaba. La sola idea de que una sola persona albergara todo ese poder y estuviese dispuesta a usarlo para derramar sangre la consternaba profundamente.

Si ganaban la guerra usando magia ¿Qué seguiría después? Arendelle abandonaría sus políticas pacíficas, todos los temores que el mundo tenía contra ella serían comprobados.

Su reinado no pasaría a la historia como la era dorada que anhelaba conseguir, si no que sería recordado como una época oscura donde el miedo habitaba en los corazones de cada persona. ¿Qué pasaría si terminaba por acostumbrarse a vivir rodeada de muerte y destrucción? O peor aún… ¿Qué pasaría si terminaba por encontrarle el gusto a acabar con la vida de sus enemigos con un chasquido de sus dedos?

Cada vez que evaluaba estas tribulaciones, volvían a su mente un torrente de recuerdos de tiempos más simples e inocentes.

Pasaba los días enteros bajo la tutela constante de su padre y su perpetua mirada vigilante. Desde el accidente que la había distanciado de su hermana menor, había buscado controlar su maldición por todos los medios posibles.

El rey se había convertido en su maestro en todo cuanto a la política y la administración del reino se refería. Sin embargo su lección más valiosa fue sobre el papel del monarca en tiempos de guerra. Una vez que fuera coronada sería su deber mantenerse como un símbolo de esperanza para su reino, debiendo en todo momento estar dispuesta a dar la cara por el reino. Le hizo prometer que nunca usaría la magia para acabar con la vida de una persona, pues al hacer esto se convertiría en una amenaza para sí misma y para toda la humanidad.

Cumplir esa promesa era la única forma que le quedaba de honrar el recuerdo de su propio padre y de sentir que su reinado contaría con su aprobación.

El último visitante, un noble de estatura escasa y rostro enjuto que venía con el propósito de ofrecer una cantidad exuberante de nabos a cambio de presenciar como creaba un copo de nieve se retiró de su despacho bastante decepcionado. Estaba cansada de las ofertas intrascendentes y los dignatarios patéticos que inundaban los pasillos del palacio día con día.

Fatigada después de un día emocional y físicamente agotador se levantó del escritorio y se dispuso a dirigirse a sus aposentos. Mientras avanzaba en dirección al ala este decidió tomarse un momento para visitar a su hermana. Sin embargo, cuando llegó a la habitación de la princesa, notó con irritación que se encontraba vacía.

Asumiendo que Anna debía de encontrarse en uno de sus paseos nocturnos, se dirigió a la biblioteca, lugar donde su hermana solía pasar noches enteras con la única compañía de uno de los viejos ejemplares de historias fantásticas suntuosamente ilustrados y una vela encendida.

Al llegar a la amplia estancia cubierta de anaqueles llenos de libros la reina descubrió desconcertada que la princesa no se encontraba ahí.

Víctima de una creciente angustia, Elsa comenzó a correr desesperadamente registrando cada una de las habitaciones que su hermana solía frecuentar sin tener éxito.

Justo cuando se disponía a llamar a uno de los guardias un metálico ruido estridente proveniente de la armería llamó su atención.

Cuando entreabrió las pesadas puertas de madera reforzada se encontró con un peculiar espectáculo que le arrancó una sonrisa. La joven princesa se encontraba ataviada con un uniforme de aprendiz de escudero de la guardia real que le quedaba demasiado grande y sostenía un estoque que dejaba caer con torpeza sobre un monigote de paja. Su técnica dejaba mucho que desear y sus golpes resultarían prácticamente inofensivos en un combate real, pero la determinación con la que agitaba la espada era digna de admirarse.

_Si lo deseas, puedo conseguirte un instructor_ dijo la reina mientras daba un paso dentro de la habitación. Anna se sobresaltó frente a la súbita aparición de su hermana y perdió el equilibrio en medio de una estocada, provocando que tropezara y callera derribando al monigote con el que estaba practicando.

Esla soltó una risita y se dispuso a ayudar a su hermana a levantarse.

_ ¿En serio harías eso?_ le preguntó la princesa ilusionada mientras se limpiaba la paja que había quedado atrapada entre sus trenzas.

_Por supuesto, mañana a primera hora mandaré llamar a los mejores espadachines del reino, recompensaré generosamente al que esté dispuesto a arriesgar un ojo enseñándote_ su comentario irritó visiblemente a su hermana, quien indignada levantó el estoque y comenzó a sacudirlo bruscamente.

_ Cuida tus palabras hermanita, que con algo de práctica podré hacer mucho más que sacarle un ojo al imprudente que se atreva a meterse conmigo_ dijo la princesa en un tono que hizo que su hermana se preguntara si se trataba de una amenaza legítima o de una mera broma.

_Anna, dime por favor que no estás considerando seriamente la idea de luchar en la guerra_ La joven pelirroja se detuvo en seco, y con la cabeza agachada devolvió la espada a su funda y se dejó caer sobre un banquillo.

_Se que suena ridículo, pero deseo con todas mis fuerzas poder contribuir de algún modo en la lucha que está por venir. Quiero sentir que realmente soy capaz de hacer algo por nuestro pueblo. He leído cientos de historias sobre las guerras entre los grandes reinos en el pasado. El reino derrotado siempre es expuesto solo a sufrimiento y miseria. Arendelle no se encuentra en condiciones de entrar en una guerra y mucho menos de ganarla. No tenemos un ejército en condiciones y dudo que el batallón de los sartenes de Corona vaya a bastar para salvarnos. Si hay algo que pueda hacer para proteger nuestro hogar estoy dispuesta a hacerlo_ La reina tomó asiento y reflexionó sobre las palabras de su hermana.

Efectivamente, Elsa conocía una manera a través de la cual su hermana pudiese resultar un factor determinante para garantizar la supervivencia del reino. Simplemente tenía miedo de comunicárselo dada las condiciones actuales y el tremendo vacío que Kristoff había dejado en el corazón de la joven princesa. Tragó saliva y se armó de valor.

_Anna, tal vez exista algo que puedas hacer por el reino_ dijo arrepintiéndose inmediatamente de sus palabras.

_ ¿En serio? Oh, Elsa, tienes que decírmelo, haré todo lo que sea necesario_ La princesa era incapaz de contener la emoción.

_ ¿Recuerdas todas esas cartas de príncipes desesperados que pedían mi mano? ¿Esas que tanto nos divertía leer? Pues más de un reino nos ha prometido ejércitos completos y alianzas militares sólidas solo a cambio de unir a su primogénito en matrimonio con un miembro de la real casa de Arendelle_ Anna miró intrigada a su hermana

_ ¿Es que acaso quieres que sea tu casamentera? ¿Quieres que te ayude elegir al mejor prospecto? _ Elsa recibió con amargura el entusiasmo de su hermana.

_Oh Anna, nada de eso. La verdad es que no todas esas ofertas de matrimonio se encontraban dirigidas a mí.