Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está escrita con el único fin de entretener y sin ánimo de lucro.
Nota: fanfic inspirado en la canción "Gods and Monsters" de Lana del Rey, en la película "Inocencia Interrumpida" y en el libro de John Katzenbach, "La Historia del Loco".
Advertencias: este fanfic contiene incesto, muerte de personajes, lime, lemmon, necrofilia, lenguaje vulgar, violencia física y psicológica, toca el tema del suicidio y trastornos mentales.
"When you talk it's like a movie
And you're making me crazy
Cause life imitates art
If I get a little prettier, Can I be your baby?
You tell me "Life isn't that hard"
Gods and Monsters —Lana del Rey
Pacto con el Diablo
Había pasado más de una semana desde su supuesto y muy polémico intento de suicidio, y finalmente habían regresado a Tokio en medio de una incomodidad instalada en toda la familia que apenas y se molestaba en mirarse unos a otros. Desde que la habían dado de alta del hospital, Kagura seguía sintiéndose tan vacía y lejana como desde el primer momento en que despertó en aquella camilla, vendada, herida y adolorida, justo cuando Naraku le dijo que había intentado suicidarse.
Ante los acontecimientos que había sufrido y de los que aún seguía completamente despersonalizada, las vacaciones de verano habían quedado abruptamente suspendidas y todo quedó en claro con el regreso a la capital, acompañado ahora del nuevo e incierto giro que estaba por dar su muy truncada vida. Justo cuando regresaron su madre le dijo lo que tanto temió y lo que le advirtió Naraku: la enviarían lo antes posible a una clínica psiquiátrica (un jodido manicomio de mierda, a opinión de Kagura) a recibir un tratamiento para su depresión, lo que creía y juraba su madre que padecía a pesar de que en su vida había agarrado un libro de psicología, al igual que su hija.
Incluso llegó a pensar que había sido su propio hermano, tramposo como solo él era, quien le había dado la idea del psiquiátrico a sus padres, váyase a saber con qué propósitos, pero no tuvo tiempo ni razones para detenerse a pensarlo y hacer algo al respecto; la decisión estaba tomada. Lo único que Kagura atinó a hacer fue montar un caótico espectáculo de reclamos y gritos y seguir insistiendo que ella no había tratado de atentar contra su vida. Su berrinche no le ayudó en nada porque sus padres terminaron sospechando que, además de todo, alucinaba, y que ahora más que nunca necesitaba ayuda, sobre todo si se negaba a recibirla con tanto ahínco.
Jamás odió tanto en su vida que sus padres fueran adinerados y tuvieran los recursos de meterla en una clínica mental privada a las afueras de la ciudad. Incluso le molestaba el hecho de que eso retrasara su entrada a la Facultad de Artes Escénicas. Mientras más tardara en poder convertirse en una bailarina profesional y mantenerse sola, más tardaría en independizarse y largarse de ahí. No le importaba a dónde. Los rusos eran muy estrictos y no solían aceptar extranjeros en el Bolshoi, a pesar de que Kagura se consideraba lo suficientemente buena y, quizá no ahora, pero en un futuro se consideraba capaz de entrar. Su única opción era entonces migrar a Nueva York o Europa, un buen lugar para una bailarina de ballet. Le importaba un carajo si terminaba en Timbuktú, ella no quería tener nada que ver con su familia, y mientras más pronto y lejos fuera, mejor.
Bueno, quizá tenía expectativas demasiado altas y tiraba demasiado alto con eso de querer entrar al Bolshoi; más que eso, lo que buscaba con desesperación era su libertad. Y creía, quizás ingenuamente, que largándose a otro país la conseguiría, por eso intentaba en lo posible apegarse a la realidad, caer en la cuenta de que antes debía ser una profesional del ballet, aguantar en lo posible la dinámica familiar mientras hacía planes para luego cumplirlos y deslindarse de todo, ya que si no lo hacía corría el riesgo de caer en ensoñaciones tontas, trampas de sueños e ilusiones que todas las jovencitas de su edad solían tener y cuyo encontronazo con la realidad las dejaba, sin excepción, con el corazón hecho pedazos.
Ese era su ultimo día en casa, para ir luego a su nueva casa… prisión, cárcel. ¿Había diferencia realmente?
A veces ni ella entendía por qué se quejaba, y cierto, en ocasiones creía que estaba lo suficientemente mal de la cabeza como para merecer ser recluida en una clínica mental, pero… si nadie se metía con ella ni la fastidiaban de más, era bastante normal en ese sentido; capaz de llevar su vida sin problema alguno. En cierto sentido con ella se aplicaba la frase "por las buenas, soy buena, por las malas, soy mejor". Pero si las cosas eran así, entonces, ¿por qué no lo hacía? Se preguntaba a veces, y la respuesta era siempre la misma… la realidad es que no tenía una.
Tomaba sus clases de ballet como siempre. Había terminado la escuela con notas buenas, rayando en lo regular, muchos regaños y reportes por mala conducta, aunque lo compensaba el hecho de ser una estudiante privilegiada de idiomas. Hasta había aprendido a tocar el maldito piano por capricho de su madre y su frustrada carrera musical, esa que había abandonado para dedicarse a ser ama de casa y madre de dos jodidos bastardos locos. No entendía por qué a veces el mundo parecía estar en su contra. Nadie podía culparla, a pesar de que lo hacían.
El problema no era ella, era su hermano cínico y controlador hasta el hartazgo, y sus padres, que eran igual de controladores, ¡y encima hipócritas!
Naraku la tachaba de ingobernable y sus padres, de anarquista. No era algo que realmente le molestara. Tenía la rebeldía siempre a flor de piel y un placer masoquista en ser constantemente atacada en su libertad y, por consiguiente, contraatacar, defenderse y desafiar la autoridad con todas las armas a su alcance, así se tratara de una pelea perdida o no. Eso le recordaba que no era libre y que aún escuchaba el ruido de sus cadenas cada vez que ella se movía y trataba de liberarse, que con cada pelea y discusión volaba un poco más alto hasta chocar con las rejas que la sometían. Le recordaba que aún no cumplía su objetivo pero que no lo perdía de vista, que no lograban inmovilizarla hasta volverla un esqueleto atacado a aquellas cadenas y grilletes.
Le recordaba que seguía viva.
Siendo así seguía sin comprender cómo había intentado suicidarse. ¡No tenía sentido!
Necesitaba seguir escuchando esos ataques por mucho que le dolieran y le molestaran. Necesitaba seguir escuchado el tintineo cruel y profundo de sus pesadas cadenas para recordarse que seguía siendo una prisionera en esa casa llena de locos de la cual debía escapar. Que no lograban doblegarla para que se dejase de mover. Lo necesitaba.
Desde que tenía memoria Naraku la tildaba de ingobernable, con esa sonrisa encantadoramente burlona que siempre se gastaba. Sus padres lo hacían con reclamos y malas caras. Si era necesario escuchar lo mismo de dos partes que lo expresaban de forma tan distinta, aunque no le gustara, prefería mil veces al mil veces maldito de su hermano. Al menos era más creativo que sus padres. Pero en ocasiones la decepcionaba. Creía en la idea (o al menos alguna vez la creyó firmemente) que por ser hermanos debían compartir ese sentimiento anarquista de la juventud e idealismo de libertad, pero no lo hacían porque Naraku sí era libre de sus padres, además siempre había sido un tipo desinteresado en luchar por causas perdidas.
Siempre decía que era más inteligente que ella, quizá más astuto, pero por otro lado su única ventaja sobre ella es que era un maldito desalmado. Era completa y absolutamente manipulador. Manipulaba a sus padres haciéndolos creer que era un ejemplo de universitario con un futuro brillante. Eso le daba las licencias para hacer lo que quisiera mientras lo mantuviera todo bajo esa capa de encanto irresistible en la cual caía todo el mundo; la gente a su alrededor eran como moscas indefensas cayendo en la telaraña de su hermano, esa misma a la cual ella se resistía desde que tenía memoria.
Sospechaba que su madre, Izanami, era la más engañada. Kagura solía creer que el favoritismo que su madre le brindó siempre a su hermano era una especie de Complejo de Edipo [1] a la inversa; que Izanami estaba perdida y obsesivamente enamorada de su hijo mayor. A veces era repugnante la forma en que funcionaba la mente humana.
Esa relación de madre e hijo le resultaba grotesca, y era por eso que no anhelaba la atención de la mujer que le había dado la vida si es que acaso era un amor falso como ese el único que podía esperar de ella. No sabía si Naraku también se daba cuenta de eso, de ese cariño artificial y obsesivo que le proporcionaba desde siempre, pero seguro que sí, por eso hacía a su madre como él quería. Por otro lado, su padre, Onigumo, era más astuto y su hermano no lograba engañarlo con tanta facilidad, pero tampoco tenía mucha moral para reprenderlo. Su padre era un hijo de puta como Naraku, y Kagura siempre encontró cierto orgullo enfermo de parte de Onigumo al ver a su hijo mayor siendo una verdadera bestia con disfraz de hombre conduciéndose por la vida. Ambos eran un asco.
No terminaba de comprenderlo, pero sus padres parecían estar locos cada uno en su área y en sus cosas, en su propio estilo, y parecían haber desmigajado su locura en sus dos únicos hijos, brindándoles a cada uno ciertas virtudes y defectos que, a la vez, se complementaban de una manera intolerable, pero necesaria.
Kagura abrió los ojos y se encontró con el techo de su habitación. Su equipaje, hecho por ella misma la noche anterior y de mala gana, eran varias maletas con libros de idiomas, sobre todo de francés y ruso. Había incluido, lógicamente, su ropa, e incluso sus zapatillas de ballet y toda la indumentaria que necesitaba para ello.
Las valijas la esperaban a un lado de su cama, justo donde se encontraba recostada desde un buen rato atrás. Tenía tanta pereza que creyó dormirse, pero había estado consciente. Últimamente ya no sabía cuándo estaba consciente y cuándo no, no lo sabía desde que despertó en la camilla del hospital y Naraku le dijo que había tratado de atentar contra su vida y las evidencias se presentaron en ese instante con su muñeca vendada.
Suspiró con pesadez. Estaba tan asqueada por su situación que sin darse cuenta terminó levantando un brazo sobre ella. A contraluz de los rayos del sol matutino que entraban por la ventana de su habitación, vio su muñeca izquierda, aún con los vendajes. Estaban parcialmente escondidos bajo la blusa negra de encaje; la usaba debajo del vestido guinda que en ese momento tenía alzado hasta lo más alto de sus muslos. Pésima elección de vestuario para estar en verano, pero desde que la dieron de alta en el hospital se sentía con la necesidad de cubrirse por entero.
Habían sido insufribles las batas blancas de hospital que cubrían su desnudez y toda la sobrecogedora iluminación blanca y grisácea del hospital. Incluso estaba usando unas gruesas medias negras, pero hacía demasiado calor como para ponerse un suéter encima, así que había preferido optar por la blusa de encaje para que cubrieran un poco los vendajes. La elección de ropa, sus detalles y los oscuros tonos del conjunto la hacían lucir de manera extraña e indefinida; no sabía si como una niña que trataba de verse como una joven, o como una joven que trata de lucir como una niña nostálgica, añorando la inocencia de la infancia bajo un vestuario que asemejaba el propio luto por perderla.
Había escuchado de suicidas que se mostraban temerosos y avergonzados por su intento de matarse. Ella no se sentía avergonzada, estaba más bien confundida. Bajo el rebuscado encaje oscuro podía apreciar la tela blanca que rodeaba su muñeca, y tuvo deseos de abrirlas de nuevo y observar las heridas de cerca: examinarlas, tocarlas, comprobar que realmente estuvieran ahí.
En su muñeca izquierda tenía un sólo corte vertical. A simple vista parecía no haber dudado al hacerlo, pero sentía que de haberlo hecho, se había sobrepasado con la extensión, pero tampoco parecían tan profundas. Ese era otro de los detalles que la dejaban confundida porque pensaba que de haberlo hecho, habría presionado más la hoja de la navaja, y a pesar de todo se mostraban limpias, uniformes. Kagura pensó que entonces las manos no le habían temblado al cortar y desgarrar su propia piel.
Dios, realmente lo había intentado.
Después de una semana y media la herida todavía estaba cicatrizando, pero ya no estaba completamente abierta ni tan inflamada, aunque aún tenía los puntos sujetando la piel, probablemente en un unos días se los quitarían. Si forzaba mucho la mano o hacía un movimiento muy brusco llegaban a dolerle, pero no las cubría por vergüenza. Al cubrirlas sentía que se reafirmaba a sí misma el hecho de que ella no había intentado hacer eso. Y era idiota, pensaba Kagura, porque se supone que sí lo había hecho, pero el no poder recordar el momento en que pasó la navaja por su muñeca, o la sangre manando de la herida, el poder recordar cómo su piel se abría conforme avanzaba la cuchilla, la hacía sentirse alejada de su propio intento de suicidio. Podía recordar el dolor y algunas visiones de su propia sangre mezclada con el agua de la tina rodeándola, completamente teñidas de rojo, pero nada más.
Tampoco había podido derramar una sola lágrima por aquello. No se sentía devastada. Se sentía más devastada por estar siendo exiliada y ser recluida, pero no por el mismo acto que la estaba haciendo acreedora de aquella condena que sus padres consideraron necesaria para su ahora relativa y juzgada salud mental.
Ni siquiera entendía por qué tanto alboroto. Japón era uno de los países con más altas tasas de suicidios y, probablemente, la mayoría de los chicos de su edad ya habían pensado en el suicido o incluso lo habían intentado. De hecho recordaba a un par de compañeros suyos, uno de la secundaría y otro del bachillerato: uno de ellos simplemente había dejado de presentarse a clases y luego todos se enteraron que se había colgado en su habitación. El otro se había tirado desde el techo de la escuela y había muerto en el acto, pero Kagura en esa ocasión no pudo ver nada y para cuando pasó por el lugar ya todo había sido limpiado, como si no hubiera pasado nada. Su país enaltecía la muerte y el sacrificio por honor, con sus tradiciones ancestrales imposibles de sacar del colectivo, pero a la vez castigaban a aquellos que la deseaban o la escondían como si fuese un secreto, limitándose a hablar de las mecas de los suicidas o de aquellos que cumplían su objetivo con el morbo egoísta, propio de todo ser humano, que siempre susurraba a sus oídos "mejor él que tú. ¡Suerte para la próxima!"
—Qué mierda —espetó de golpe al levantarse de la cama con su mejor cara de fastidio.
Miró su reloj y vio que ya eran las diez de la mañana. Su madre le había dicho que a esa hora estuviera lista para bajar. Seguro que Hayato, el chofer, ya la estaba esperando, porque sus padres no tenían el interés ni el tiempo de manejar hasta las afueras de Tokio para llevarla al dichoso lugar donde pasaría quién sabe cuánto tiempo y que aún no conocía. Sólo le habían dicho que era un hospital llamado Instituto Mental Privado de Shikon. Vaya nombre.
Resignada, Kagura tomó una de las maletas y una bolsa de mano con todo lo que consideraba necesario y salió de su dormitorio; seguramente Hayato iría por el resto de su equipaje.
Mientras se adentraba en corredor del segundo piso, evitando mirar la puerta que correspondía al cuarto de su hermano, cerrada a cal y canto, quiso pensar que ahora estaba en busca de su destino aún contra su voluntad. Que ese lugar y que quienes trabajaban ahí quizá podrían ayudarla para entenderse a sí misma, o darle las herramientas necesarias para liberarse de la opresión tóxica de su familia, pero sentía que ese lugar sería aún más opresivo que su propia casa, y aunque quiso convencerse de que estaba exagerando, actuando como una vulgar y rebelde adolescente sin causa, no pudo hacerlo.
Dios, sólo estaba saliendo de una casa de locos para entrar a otra.
—"Míralo como si fueran unas vacaciones" —Pensó caminando por el pasillo, escuchando la vocecilla de su cabeza con atención, contrastando enormemente con la pereza con la cual arrastraba la maleta—. "Te vas a deshacer de Naraku y de tus padres por un tiempo. Esos locos no pueden estar tan locos, ¿verdad? Porque tú ni siquiera estás tan loca. ¿Qué tal si todos los que están ahí son personas como tú?".
Un par de brazos la atraparon en pleno recorrido, obligándola a soltar un pequeño grito de sorpresa que murió de golpe bajo una de las manos que la sostenían cuando esta se posó sobre su boca, callándola al instante y sellando sus labios con firmeza. El otro brazo la tomó con fuerza de la cintura y la jaló hasta uno de los armarios con tal fuerza, que su bolsa de mano resbaló por su hombro y la otra maleta quedó en su sitio completamente abandonada. Fue todo tan rápido que pareció que Kagura simplemente había desaparecido bajo un par de brazos enfundados en negro, arrastrándola a la oscuridad de la pequeña habitación sin saber su destino ni el por qué, como si fuese la escena de una pesadilla diurna.
La puerta se cerró de un portazo y una vez dentro, Naraku la soltó con brusquedad.
—¿Se puede saber qué mierda te pasa? —espetó Kagura tratando de recuperar el aliento por la impresión. Sentía que el corazón se le iba a salir y eso la molestó como nunca. Indicaba que estaba más nerviosa de lo que se atrevía a aceptar. Joder, por un instante pensó que la habían secuestrado.
—Lo siento, ¿te asuste? —Su hermano soltó una sonrisa burlona y ella gruñó. Trató de encaminarse a la puerta y salir de ahí, sin dignarse a mirarlo y atacando con la indiferencia, pero él se puso en su camino, separándola de la perilla con su cuerpo.
—¿Qué pasa, Kagura? —inquirió con sorna, sin moverse de su lugar—. ¿Tienes tantas ganas de ir a ese lugar? Me decepcionas. Pensé que eras más rebelde, pero pareces dirigirte a él como si fuera tal cosa y hasta te enojas conmigo por detenerte.
—¡Y una mierda, Naraku, deja de molestarme! —Intentó empujarlo, pero él sólo se sonrió cuando se mantuvo en su sitio mientras ella hacía vanos esfuerzos por moverlo. Por unos instantes volvieron a ser los mismos hermanos de antaño que jugaban a molestarse y golpearse, escena que terminó tan rápido como llegó—. En este momento me parece un sueño ir ahí, si a cambio puedo estar lejos de ti por un tiempo.
Su hermano hizo un falso gesto de dolor y luego negó con la cabeza levemente.
—Me vas a extrañar, hermanita.
—No, no te extrañaré. Y espero que mientras yo esté allá, este jodido lugar se queme hasta los cimientos contigo dentro.
—No deberías tener pensamientos tan negativos y hostiles, hermanita. En ese lugar te tomarán por loca… más loca de lo que ya estás.
Carajo, odiaba que la llamara "hermanita" tantas veces seguidas.
—¡Deja de joder, Naraku! ¡Yo no estoy loca! ¡Y deja de decirme así! —insistió como tantas veces lo hizo luego de que despertara en el hospital. Insistió con aún más energía que cuando sus padres le avisaron que la enviarían lejos de ahí, a un psiquiátrico, pero cuando estaba con su hermano era como si toda su furia se concentrara hasta un punto de ebullición que en cualquier momento podía explotar y que la obligaba a tensionar cada musculo de su cuerpo, contrario a cuando discutía con sus padres, con ese drama de fluido enojo propio de todo adolescente insufrible e indiferente que se toma en serio su papel de difícil.
Sin embargo, si había alguien que odiaba que la tomara por loca, por alguna razón que aún le era desconocida, era precisamente su hermano mayor. Se conocían demasiado bien como para estar tachándola de demente.
—Pues deja de actuar como una loca —sentenció Naraku abalanzándose sobre ella al instante. La empujó sin aviso hasta la pared, sujetándola bruscamente de las muñecas y tomándola por sorpresa. Kagura soltó un gemido de dolor y su gesto se deformó cuando las manos de su hermano rodearon su muñeca izquierda con fuerza, sometiéndola como muchas otras veces lo había hecho, como cuando peleaban por tonterías o cosas realmente graves y ella terminaba sacándolo de quicio, a veces intencionalmente y otras veces sólo exigiendo sus propios derechos y libertades.
Por unos segundos quedó sin aire por el impacto contra la pared, pero consiguió el suficiente aliento para reclamar.
—¡Suéltame, Naraku! ¡Me lastimas! —Su hermano notó tanto en su gesto como en su tono una mezcla de suplica y órden en partes iguales. La realidad es que más que eso le estaba gritando que realmente le dolía. Aún así Kagura se retorcía y forcejeaba contra él a pesar de que cada movimiento le sacaba otra mueca de dolor o un gruñido de frustración. La soltó casi de inmediato y se plantó frente a ella, demasiado cerca como para que tuviera alguna escapatoria. La tenía arrinconada.
Kagura se quedó quieta, masajeando suavemente su muñeca izquierda, sin poder evitar sentirse ligeramente asustada como siempre sucedía cuando él se le echaba encima con violencia y la amenazaba con su mirada y su fuerza.
—No era necesario hacer eso, ¿sabes? Eres un jodido animal —le soltó, encarándolo. A pesar de la furia de sus palabras, su mirada era impotente, y la de Naraku era demasiado indiferente a su dolor. La joven se maldijo mentalmente; estaba demasiado nerviosa y vulnerable como para poder enfrentarlo creyéndose estar en la cima del mundo. El hecho de que él la evitara los últimos días había logrado que perdiera un poco la habilidad de cómo tratarlo y pelear contra él.
—¿Aún te duele? —inquirió con seriedad, mirando a la muñeca izquierda de la joven.
—No, ¿cómo crees? Si estoy perfecta.
—Lo sé —La afirmación de Naraku, dicha con tal seguridad y simpleza, sacó a Kagura de la discusión. Lo miró frunciendo el ceño, confundida, preguntándose a qué se refería exactamente. Él pareció notarlo y contestó con cierto desgano.
—Sé que no estás loca, hermanita. No importa que hayas tratado de suicidarte —Ante la mención de esto Kagura rodó los ojos, tanto por el recordatorio de su suicidio como por el tono con el cual se dirigía a ella—. Pero sé que mis padres sólo te están enviando allá porque ya no te soportan.
—Pues en ese caso deberían enviarnos a los dos, porque tú eres peor que yo.
Realmente no le dolía enterarse de eso, mucho menos le sorprendía. Sus padres nunca habían sido los más amorosos y desde muy pequeña no esperaba cariño ni comprensión alguna de ellos. En todo caso, quien más estuvo presente en su vida, para su desgracia y esa ironía que la acompañaba desde que llegó al mundo, había sido su propio hermano. Nunca le había dicho una palabra de cariño ni le había demostrado que realmente la quería como su hermana, por mucho que la molestara. En su lugar la agredía y trataba de manipularla como si fuera un demonio tratando de poseerla y ella se resistiera incluso a ser exorcizada. Sin embargo, si hubo algo que le dejó en claro desde que tenía memoria, en su más tierna infancia, cuando su hermano aún no era tan maldito, es que él siempre estaría ahí, a su lado. Probablemente acechándola, pensó Kagura, pero era lo único que tenía y lo único con sentido a lo que podía aferrarse.
Naraku era real, tan real que dolía. Tenía la habilidad de recordarle lo frágil que podía resultar la vida, siempre con esa sonrisa demoniaca, como si quisiera hacerla creer que estaba planeando asesinarla, y no era necesario que lo hiciera realmente, porque luego la dejaba muerta de angustia y temblando sobre sus propias rodillas. En ocasiones creía que sus padres no estaban dispuestos a criarla más que en proporcionarle los recursos académicos y económicos que necesitaba y en su lugar, aparecía Naraku tomando el papel de mostrarle lo terrible que podía ser la vida y las personas, las advertencias que sus padres debieron hacerle desde siempre ante los muy reales y posibles peligros del mundo, pero que jamás se tomaron la molestia de decirle.
En una ocasión su hermano incluso le dijo que no se dejara engañar por las personas, por las sonrisas encantadoras o la diplomacia. Que todos esos modales no eran más que mentiras de una sociedad que se dice civilizada pero que en realidad se encontraba en pañales, cagándose encima al mundo y todo lo que tocaba, y que ella, siendo tan hermosa, tan insolente y tan apegada a sus propias causas perdidas, eran las primeras en convertirse en blanco de sus brutalidades. Que el mundo real era mucho más cruel de lo que podía mostrar cualquier tragedia griega, película de drama o El Lago de los Cisnes el cual Kagura soñaba desde niña protagonizar algún día, y que además él era el mejor ejemplo de todo eso.
—"Nunca cometas la estupidez de confiar en alguien, hermanita." —Recordaba que le había advertido alguna vez—. "Mucho menos en tu familia, ni siquiera en mí o en ti misma. Pero como eres una niñita ingenua, sólo te queda entonces confiar en mí. Pero créeme, no es tan malo como parece."
—Kagura, te propongo algo —dijo de pronto Naraku, sacando a Kagura de sus recuerdos. En ese momento sintió ganas de salir corriendo y acusarlo con sus padres. Nunca podía salir nada bueno de los tratos que se hacían con su hermano, sabía muy bien las estafas y trampas que era capaz de echarles encima a sus enemigos, incluso sus aliados. Aún así parecía hablar muy en serio y la encaraba sin barreras ni burlas innecesarias. Por primera vez en mucho tiempo lo vio hablando con algo parecido a la sinceridad, como si quisiera afirmar la idea de que debía confiar en él, que tenía la libertad de hacerlo y que no se arrepentiría.
La idea de que realmente se preocupara por ella o le importara su destino la dejó picada por la curiosidad, aún cuando conocía los desfalcos que hacía contra aquellos a los cuales convencía de ser su amigo, y en medio de la confusión de los últimos días, un súbito sentimiento que exigía la certeza de algo real en lo cual apoyarse la obligó a quedarse ahí en silencio, sólo para comprobar si era cierto o no, o si andaba imaginando cosas y realmente necesitaba unos buenos electrochoques.
—¿Quieres salir de ese lugar?
—¿Qué?
—¿Quieres pasar tanto tiempo en ese manicomio? Te lo aseguro, Kagura, no estás loca, pero ese lugar se encargará de desquiciarte hasta que te lo creas. Por eso los loqueros siempre tienen trabajo. ¿O tú de qué crees que viven? ¿De aire?
Kagura lo miró con recelo y torció la boca. La idea de que un manicomio no sirviera para curar a las personas, pero sí para volverlas locas y darle más trabajo a los psicólogos y psiquiatras, le sonaba bastante factible y tan truculento como siempre resultaba ser la vida real, aunque en ocasiones se preguntaba si no se dejaba llevar por las oscuras historias de la psiquiatría y la psicología de siglos pasados, o lo que mostraba Hollywood con sus películas de terror sobre la oscuridad de la mente humana o del siempre misterioso y muy complejo funcionamiento de este. Curiosamente, los thrillers psicológicos siempre tenían buenos y eficaces psicólogos como personajes, y la ironía es que siempre resultaban ser psicópatas, esquizofrénicos o psicóticos.
Vaya, que hasta por un momento imaginó a su hermano estudiando psicología en lugar de leyes. Era un tipo lo suficientemente truculento y rebuscado como para tomar tal papel. ¡Un psicópata estudiando psicología, como en las películas!
—¿Qué quieres decir? Joder, odio cuando te pones así de misterioso —Naraku soltó una risilla. Aquello lo consideraba un halago y Kagura se maldijo por siempre "halagarlo". Nunca había manera de echarle en cara sus defectos porque él creía que sus defectos eran sus más grandes virtudes; eran con los cuales se había movido siempre entre las personas, la vida y sus ambiciones.
—¿Quieres que te saque de ahí, sí o no? —propuso finalmente. Se regocijó viendo la ofuscación plantada en el súbito gesto que su hermana soltó. Para él era una broma recurrente el dejarla primero llena de incertidumbre, luego soltarle la verdad o algún mordaz comentario y dejarla incluso así de asustada y sorprendida. Sin embargo, luego de la impresión inicial, su hermana comenzó a reírse a carcajadas, risas que detuvo de un segundo a otro cuando escuchó a su madre llamarla desde el primer piso.
Miró asustada hacia la puerta y supo que no le quedaba tiempo: era permitir ser llevada a ese lugar por quién sabe cuánto tiempo y ser considerada una loca, o hacer un pacto con el Diablo y ver qué podía ofrecerle para salvarse de un futuro más incierto que el de condenarse por su propio pie.
—Será mejor que te des prisa y dejes de andarte por las ramas —sentenció Kagura, su manera de darle luz verde para que hablara. Su hermano tomó algo de aire antes de contestar, como si buscara hacerla de emoción por unos segundos.
—Si tú quieres, yo puedo sacarte de ahí. Sólo dime que realmente lo quieres, o bien puedo dejarte morir sola.
Su hermana soltó otra risotada. A veces le causaba gracia el poder con el cual se sentía Naraku y ese terrible narcisismo que se cargaba.
—¿Y cómo piensas hacer eso? ¿Escapar juntos, o qué?
—No seas tan romántica, Kagura. Soy tu querido hermano, no un caballero de brillante armadura que te va a salvar. No me dirás que también esperas el primer beso de amor.
Volvía con sus descarados comentarios subidos de tono y ella soltó un gruñido de asco mientras rodaba los ojos. Aún así él la ignoró y siguió hablando. Había asuntos más importantes por atender que asustar más de la cuenta a su hermana.
—Puedo sacarte de ahí. Puedo hablar con mis padres y convencerlos de que te saquen lo antes posible. Que se olviden de toda esta… locura —aseguró, enfatizando la última palabra con una confianza tan aterradora que Kagura casi dudó de sus propias ideas y del poder el cual Naraku creía poseer sobre esos dos que se decían padres de ambos. Incluso ignoró la clara connotación de sus palabras cuyo único fin era manipularla.
—Sí, claro —Su sarcasmo en ese momento se vio opacado cuando volvió a escuchar la voz de su madre llamándola con insistencia. Por un momento deseó que los encontrara juntos y sacara a Naraku de sus delirios de grandeza, que por una vez en su vida su madre pusiera en su lugar a su hijo mayor. Que se diera cuenta que estaba criando a un monstruo—. Ellos están muy convencidos de que he perdido la cabeza. Dudo mucho que los puedas hacer cambiar de opinión.
Naraku chasqueó la lengua y desvió la vista con un gesto violento, molesto por la poca confianza de su hermana y la prisa que ya tenía encima. ¡Tantos años haciéndose merecedor del arte de la manipulación para que ella viniera a desmerecerlo cuando más lo necesitaba!
—¿Tan poca confianza me tienes, hermanita? —Se abstuvo de responder así fuera con la verdad o con algún sarcasmo. La respuesta era más que obvia y cualquier comentario mordaz sería predecible. Además estaba más interesada en lo que él podía ofrecerle y aquel trato que parecían negociar por debajo del agua. Naraku, precisamente, hablaba con tanta confianza y seguridad que en ocasiones no lograba identificar cuándo estaba mintiendo y cuándo no.
—Mis padres son muy tercos, Naraku —respondió con calma luego de pensarlo un poco—. Antes preferirían morir que aceptar que están equivocados.
—Entonces habrá que matarlos.
La muchacha se estremeció un poco con la afirmación que soltó su hermano así, sin más. Su tono había sido tan profundo y sombrío que por un momento se pudo imaginar a sus padres muertos en manos de su hijo mayor, con un cuchillo clavado en el pecho o en el cuello, o con un martillo con los restos de su cerebro pegados a la cabeza de acero. En realidad se asustó más de sí misma, porque la tétrica imagen no le removió el más mínimo sentimiento de empatía o cariño hacía sus padres, o acaso algún resto de miedo por el destino con el cual Naraku bromeaba porque, simplemente, no tenía de dónde desarrollar tales sentimientos. Y por otro lado le aterró la idea de que su hermano realmente pudiera llegar a ese nivel de perversidad y maldad.
Ahora más que nunca pensó que el que realmente necesitaba de una camisa de fuerza (o dos) era Naraku y no ella. Por su mente pasó aquella frase de Edgar Allan Poe, a quien únicamente leyó una vez que su nivel de inglés llegó a un punto casi perfecto y que citaba "cuando un loco parece completamente sensato es ya el momento, en efecto, de ponerle la camisa de fuerza". Era perturbador pensar en la idea de que cuando se llega al punto más álgido de locura, es cuando la serenidad de cualquier persona sana se hace presente sobre el loco, como la tela roja de un telón cubriendo un cadáver pudriéndose sobre el escenario, ocultando su peste y grotesca imagen de un público que, en el fondo, sabe lo que hay detrás de la cortina.
Naraku de pronto comenzó a reír casi como un maniático. Sus risas le resultaron a Kagura aún más aterradoras mientras lo veía tratando de aguantarlas para que no resonaran por todo el pasillo, como si fuera un niño planeando una broma o una venganza y se regocijara con la idea.
—Diablos, hermanita, te asustas por nada.
—Deja de jugar, ¿quieres? Sólo dime qué piensas hacer.
Esta vez el sonido de la voz de su madre llamándola fue más fuerte y potente. También pudieron escuchar sus pasos subir por las escaleras y Kagura se estremeció. Por alguna razón no quería que sus padres la vieran con Naraku. Ya no quería acusarlo.
Súbitamente regresaron a su mente los recuerdos del sueño que había tenido con su hermano tocándola y haciendo quién sabe cuántas cosas con ella en la sala de la casa de verano, y cómo sus padres los encontraban en la anticipación de la mejor parte. Al menos el sueño, bizarros y siempre confusos, así se lo había hecho creer. Lo podía recordar como si lo viera en ese momento, justo cuando Naraku jugueteaba con quitarle la ropa interior mientras ella le desabrochaba el pantalón con las manos temblorosas y un calor inhumano asfixiando sus entrañas, pugnando ser intensificado y luego calmado.
Se le revolvió el estomago al pensarlo de esa manera y se incomodó como nunca teniendo a su hermano a escasos centímetros de su cuerpo. Y también, durante todo ese tiempo, trató en lo posible de no toparse con él. De hecho apenas y lo había visto durante todos esos días desde que regresaron a Tokio. Siempre que ella salía de su habitación o bajaba a comer, Naraku se encontraba recluido en su habitación o se enteraba que había salido por ahí, así que no podía negar que le sorprendía bastante encontrárselo justo cuando estaba por partir, y que encima se pusiera en ese plan tan misterioso que incluso rayaba en lo diabólico y hasta ridículo.
—Aquí viene la mayor loca de la casa —susurró el joven para sí, refiriéndose a su madre. En ese momento puso ambas manos a los lados de Kagura, acorralándola más de lo que ya la tenía. La chica se sintió cohibida y un súbito sentimiento de claustrofobia la invadió. Sintió ganas de de encogerse sobre su propio lugar justo cuando él volvió a llamarla.
—No te preocupes, Kagura. Yo me encargaré de todo.
La afirmación siguió sin convencerla, pero si aceptaba, antes debía saber lo más importante de todo el asunto y que hasta ahora era un aspecto que ninguno de los dos había tratado: ¿con qué le iba a pagar?
—¿Qué es lo que quieres a cambio? —inquirió Kagura con firmeza, entrecerrando los ojos con desconfianza—. Tú no vas haciendo tratos por ahí ni ayudando a los demás sin conseguir un beneficio.
—¿Qué quiero a cambio? —murmuró él en respuesta, acercando su rostro al de ella. La chica se echó todo lo que pudo hacia atrás y sintió un escalofrío con la incertidumbre en la que su hermano la dejó. Un raro destello de emoción pareció bailar en sus rojizas orbes, y por un momento sintió que estaba cometiendo el peor error de su vida.
—¿Qué serías capaz de darme a cambio?
—¡Kagura! ¡¿Dónde estás?! —Su madre de nuevo. La aludida se sobresaltó al escucharla cada vez más cerca y luego enfocó a su hermano, quien seguía tan tranquilo como siempre.
Era ahora o nunca.
—Te daré lo que quieras, pero déjame ir y sácame de ese lugar. No me importa cómo lo hagas, pero hazlo —afirmó con la misma seguridad con la cual Naraku le ofrecía aquel pacto y la seguridad de cumplir su palabra.
Él sonrió, mostrando sus blancos dientes. A su hermana le dio la impresión de que en cualquier momento le saldrían colmillos.
—Trato hecho, hermanita.
Hizo ademán de querer darle la mano para sellar el trato. Kagura lo observo por unos segundos pero no se atrevió a estrechar la mano con su hermano. En lugar de eso y teniendo uno de sus lados libres, se separó de él y se abalanzó hacia la puerta. Antes de que pudiera salir, él volvió a hablarle.
—Mantente alerta, Kagura. Pronto sabrás de mí —La joven se volvió, algo asustada por el tono casi de ultratumba que usaba su hermano. Ahora más que nunca, en el fondo del armario y con la luz que entraba por la ventana iluminándolo desde atrás y dejando ocultas sus facciones, le pareció como la imagen de un demonio al cual le acababa de vender una jugosa alma. Su alma.
¿Y si no era su alma? ¿Y si era algo más importante que eso? ¿Su libertad, tal vez?
No quiso pensar en eso, tampoco tenía tiempo para hacerlo. Joder, se dio cuenta de que por eso le había ofrecido ese "trato" justo antes de partir, para que así no tuviera tiempo de pensarlo detenidamente. ¡Maldita sea, que el muy bastardo no daba paso en falso!
Kagura gruñó molesta y salió del armario hecha una furia, sabiendo que lo que acababa de aceptar ya no tenía marcha atrás. Cerró la puerta de golpe y se encontró frente a frente con su madre, quien se aproximaba hacia donde había dejado sus maletas. Enseguida le lanzó una mirada inquisidora y se acercó a ella como si quisiera comenzar un nuevo pleito.
—¿Qué estabas haciendo? —La chica comenzó a sentir pereza de sólo escuchar el tono de regaño de su madre—. Llevo mucho tiempo llamándote.
—No estaba haciendo nada —No la volvió a mirar. Tomó sus maletas del suelo y se apresuró a bajar las escaleras. Por un momento deseó que Naraku los matara. Sí, en ese momento los quiso muertos. Los malditos la mandaban lejos a quién sabe dónde y su madre parecía ansiosa porque se fuera de casa.
En ocasiones Kagura hasta sentía que le tenía envidia o celos, una sombra que nunca se atrevió a confesarle ni enfrentar a su madre y que siempre impidió que se acercara más de lo necesario a ella. Ahora no sabía si podría descansar de ello o si la terapia psicológica que le esperaba haría sacar de su cabeza todas las cucarachas y bichos que probablemente escondía en los sucios recovecos de su mente. Por un momento pensó que si su hermano mataba a sus progenitores, se desharía finalmente de aquellas sombras. Tal vez hasta los ponía de mejor humor y los unía verdaderamente como hermanos. Luego pensó que era mejor idea que sucediera eso y que luego ella misma se encargara de matar a Naraku, y santo remedio.
Muchas veces había pensado que la única manera de romper sus cadenas era asesinando a sus captores, después pensaba que la mayor y verdadera libertad era la muerte y en ese momento pensó que, quizá, realmente sí se había querido suicidar.
Todavía ni llegaba al psiquiátrico y ya sentía que se estaba volviendo rematadamente loca.
Mientras bajaba las escaleras, Izanami, su madre, se quedó en su lugar observando cómo se alejaba su hija apresuradamente. Le dio la impresión de que se sentía ansiosa por irse un tiempo de casa, y no la culpó por ello. Todos ahí necesitaban un descanso y, por sobre todas las cosas, necesitaba muy lejos a su hija. Necesitaba que se fuera. Por primera vez en mucho tiempo pensó que debía ser algo parecido a una madre y proteger a su hija menor, y que ahora sí estaba haciendo algo realmente bueno por ella, aunque no lo pareciera y nunca fuera a perdonarla, pero tampoco podía decirle la verdad. Eso sería aún peor. La verdad, en una familia que siempre se había manejado por tensos secretos, no era una opción.
La mujer tomó un respiro profundo y pensó que finalmente se resolvería un problema. Pero aún faltaba el otro problema, uno mayor y más peligroso que la cegaba tanto que no se atrevía a aceptarlo.
Izanami Kagewaki abrió la puerta del armario y se encontró con su hijo mayor al fondo de esta, con expresión despreocupada y cínica.
—¿Qué haces ahí, Naraku? —lo enfrentó a duras penas, sin atreverse a entrar al armario. Mantuvo el pomo de la puerta fuertemente sujetado y el silencio de su propio hijo la perturbó—. ¿Qué estaban haciendo?
—Me despedía de Kagura, madre —contestó Naraku con una simpleza tan grande que su inocencia podía pasar por verdadera y absolutamente real.
Su madre le creyó.
Sus padres, Onigumo e Izanami, sólo se tomaron un momento para despedirla en la entrada de la casa antes de que Kagura subiera al auto con el chofer esperando.
La despedida fue sin dramas ni palabras cursis, mucho menos buenos deseos. Fue una despedida fría, tosca e incómoda. A lo mucho, su madre le dijo que esperaba que mejorara y que le deseaba buena suerte y un pronto regreso a casa, que cualquier cosa llamara a casa.
Sabía que aquello no había sido un buen deseo, sino una órden. Si iba a regresar, la querían controlada y con una sonrisa. Su padre no dijo mucho, siempre frío y siempre distante, sólo que la llamarían pronto y que se cuidara. No perdió la oportunidad de advertirle que no siguiera haciendo tonterías porque no toleraría una más.
Kagura subió al auto de mala gana mascullando por lo bajo y miró una vez más hacía la casa antes de partir. Sus padres lucían diminutos a unos metros de la puerta, estoicos, aburridos, como unas estatuas humanas y desalmadas que se regocijaban viendo a los transeúntes que pasaban preguntándose si eran de verdad o no. También se empequeñecieron cuando Kagura vislumbró la silueta de su hermano en una de las habitaciones, observando atento por la ventana cómo ella se marchaba, y por un momento creyó que jamás volvería a pisar esa casa.
No sabía las razones por las cuales pensaba eso, y mucho menos lograba adivinar cuál sería la que sucedería en caso de que sus predicciones se cumplieran. Una buena razón podía ser que la encontraran sin remedio en la clínica y no la dejaran salir nunca más. La otra era que se hartaría de ese lugar y ahora sí tendría éxito en su próximo suicidio, que cada vez se le antojaba más tentador. Otra buena razón era que Naraku realmente se atreviera a cumplir con su broma de matar a sus padres, y sintió que dentro de todo, ninguna de ellas podía aplicarse a futuro porque su propio hermano le había prometido sacarla de ese lugar.
Se quedó observando la figura de su hermano en la ventana, con este a su vez mirando cómo ella se alejaba en el auto. En cierto momento logró ver que parecía decir algo, sólo sus labios se movían y Kagura, aunque no sabía leerlos, el estudiar idiomas la había ayudado mucho en interpretar la forma en la cual los labios podían moverme a la hora de pronunciar una palabra extranjera.
"Suerte para la próxima". Eso era lo que, le pareció, había logrado interpretar en boca de su hermano y las palabras silenciosas que se quedaron en el recinto donde se hallaba una de sus peores pesadillas.
Maldito bastardo. Se refería a su intento de suicidio.
—Odio cuando no me queda más opción que confiar en ese imbécil —No pensó que estuviera hablando en voz alta. Se percató de ello cuando el chofer, un hombre de edad madura que ya tenía algunas arrugas alrededor de los ojos y las cejas prematuramente encanecidas, le dijo inocentemente que no había logrado escucharla.
Kagura pensó que el encuentro y trato con su hermano la había trastornado más de lo que creía, y se sintió asquerosa al encontrarse pensando más de lo necesario en Naraku y, lo peor de todo, es que las imágenes recurrentes de su sueño se volvieron a presentar en su cabeza nuevamente, logrando que su respiración se agitara unos momentos.
—Nada, Hayato —murmuró sacando un cigarrillo y encendiéndolo, al tiempo que abría la ventana para que saliera el humo cuando apenas se alejaron del territorio de la casa. El chofer le mandó una mirada mezcla de reprimenda y complicidad.
—Pero señorita Kagewaki… usted no debería fumar. Es muy joven y es muy malo para su salud.
No se tomó a mal el comentario del chofer, quien expuso esa misma sonrisa de complicidad, haciendo que sus arrugas se acentuaran un poco más. Kagura sabía que le debía muchas cosas. El hombre en más de una ocasión la había salvado de los regaños de sus padres y había mentido por ella, incluso haciendo de alcahuete cuando ella se iba de fiesta y necesitaba quien la llevara, procurando dentro de sus posibilidades cuidarla mientras se daba sus bien merecidas escapadas. Probablemente era la única persona en toda la casa con quien se llevaba mejor. Increíble que se pudiera llevar mejor con el chofer que con su familia directa.
Qué va, se dijo Kagura. Ni siquiera conocía a sus abuelos, ni paternos ni maternos. Sus padres nunca hablaban de ellos, sólo decían que habían muerto mucho antes de que Naraku y ella nacieran.
Kagura se acercó por detrás al asiento del conductor con una sonrisa y el cigarro en una de sus manos.
—Hayato, no tengo prisa. Capaz que mejor me suicido así —espetó con ironía, esbozando una sonrisa traviesa.
—No diga cosas como esas, señorita. Además, tengo órdenes de su padre. No puede fumar.
Para toda respuesta Kagura volvió a llevarse el cigarrillo a la boca y dejó que el humo inundara todo el auto, expulsándolo de su boca con gesto altanero.
—Pero él no está aquí, Hayato —Hizo una pausa y su gesto se volvió sombrío. Pudo ver su reflejo en el espejo del retrovisor y, de alguna forma, le gustó lo que veía. Por un momento pensó que estaba viendo a Naraku del otro lado del espejo, en su versión femenina, ella, devolviéndole la misma mirada y transformándose en uno solo. Se sintió tan asqueada de sí misma como poderosa—. ¿Y sabes qué, Hayato? Espero que mi padre no vuelva a estar aquí.
[1] Complejo de Edipo: según el psicoanálisis, el Complejo de Edipo se manifiesta en los niños como un deseo inconsciente y ambivalente (amor y hostilidad) hacia los progenitores, con un odio o rivalidad hacia el padre y un deseo amoroso e incestuoso hacia la madre. Su contraparte sería el Complejo de Electra en las niñas, con los mismos deseos del Complejo de Edipo pero a la inversa (odio a la madre y deseo hacia el padre).
Lo sé, el psicoanálisis está bien loco xD
¡Yaay al fin publiqué! (?)
Bueno, sé que me tardé bastante. He estado atascada con otros fics y además la Universidad me tiene agarrada de los huevos, de hecho esta semana tuve unos días de pesadilla gracias a eso, estaba a nada de pegarme un tiro porque se me vinieron mil problemas encima, así que hasta ahora tuve tiempo de sentarme en la pc y corregir este capítulo.
No tengo mucho que aclarar. Al fin pude avanzar con este fic y ando escribiendo el octavo, y con respecto a este capítulo, ¿alguien imagina qué es lo que Naraku pretende haciéndose el bueno con su hermana? Quién sabe (?) lo que sí debo decir, para las fans de Naraku, es que a partir de este momento él desaparecerá un poco del fic ya que la historia en un principio se concentra en Kagura y su vida en el psiquiátrico. Eso sí, Naraku estará siempre muy presente en todo este asunto y dentro de unos capítulos lo volveremos a ver en todo su esplendor.
Chicos, muchas gracias por los que se toman el tiempo de leer y a quienes dejaron reviews, la verdad esperaba muchos menos comentarios xD y recuerden:
[A favor de la Campaña"Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]
Me despido
Agatha Romaniev
