Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está escrita con el único fin de entretener y sin ánimo de lucro.
Nota: fanfic inspirado en la canción "Gods and Monsters" de Lana del Rey, en la película "Inocencia Interrumpida" y en el libro de John Katzenbach, "La Historia del Loco".
Advertencias: este fanfic contiene incesto, muerte de personajes, lime, lemmon, necrofilia, canibalismo, lenguaje vulgar, violencia física y psicológica, toca el tema del suicidio y trastornos mentales.
"Pensó que era una prisión de lo más curiosa. Estaban recluidos pero no encarcelados. Sujetos pero no esposados".
La Historia del Loco —John Katzenbach.
Casa de Locos
Kagura no supo exactamente cuánto tiempo pasó desde que subió al auto en la entrada de su casa hasta llegar al hospital. ¿Una, dos horas? El trafico matutino tampoco ayudaba a saber con exactitud dónde diablos estaba, e incluso pensó que salía mejor ir en metro, y eso que lo odiaba.
Si intentaba tirarse a las vías, ¿podrían encerrarla en ese lugar con un motivo más obvio que el de no acordarse que intentó cortarse las malditas venas? ¿Y qué ahora iba para allá por eso? Definitivamente era mentira eso de que la amnesia te deja inimputable.
Pasó la mayor parte del camino callada, con cara de nada y demasiado ensimismada en sus pensamientos como para querer entablar cualquier tipo de conversación, incluso si se trataba del simpático y siempre comprensivo Hayato. El chofer decidió no importunarla, sabía que pasaba por un rato difícil y lo que menos quería era estresar más a la jovencita, además, seguramente no la vería en un buen tiempo. De hecho nadie sabía si volvería, o si lo hacía, ¿cómo regresaría? Y aunque la órden de su madre sólo había sido implícita, también había sido clara: si volvía, la quería bien.
Todos los empleados de la casa sabían que Kagura había tratado de suicidarse y que ahora sería recluida en un psiquiátrico por eso. Extrañamente, Hayato, chofer de los Kagewaki desde siete años atrás, era quien mejor se llevaba con la joven, pero no se sentía con la confianza de preguntarle por qué había intentado hacer semejante cosa; preguntarle qué diablos le había pasado por la cabeza para intentarlo, si de verdad se sentía tal sola como para desear desaparecer del mundo, olvidarse de su propio futuro y las posibilidades que podía construir en él a pesar de su complicada familia.
Mucho menos encontraba palabras de aliento que darle. Tal vez por eso lo había intentado; nadie sabía nunca qué decirle a Kagura, y tampoco sabía si la muchacha realmente buscaba algún consuelo. Ni siquiera tenía las palabras suficientes para pedirle que no fumara más, puesto que la muchacha pasó gran parte del camino haciéndolo, mirando con ojos lejanos el paisaje de la rimbombante ciudad de Tokio hasta que las líneas y rasgos de la tecnificada urbanidad fueron disminuyendo poco a poco, dando paso a un ambiente más sereno, mucho más tranquilo y casi deshabitado. Estaban ya a las afueras de la capital.
El hospital se encontraba, relativamente, dentro de los límites de Tokio, pero había sido construido para que estuviera en lo posible alejado del ruidoso tumulto de una de las ciudades más grandes, competitivas y apresuradas del mundo, capital de uno de los países con más alta tasa de suicidios en el mundo.
Quienes estaban ahí dentro, al lugar a donde se dirigía Kagura, necesitaban tranquilidad y paz, toda la que el dinero podía pagar. Tenían suficiente con el caos y el escándalo delirante de sus propias cabezas como para aún funcionar en el delirio de la urbanidad y las exigencias de una sociedad que, en el fondo, aún comparaba la locura con la posesión demoniaca.
Kagura se alteró un poco y finalmente prestó atención al camino cuando vio que Hayato daba vuelta en una carretera, ya rodeada de arboles, tomando camino en un sendero pavimentado y largo, rodeado lado a lado de una vegetación que danzaba a la brisa del viento de medio día y la salvajidad de un bosque que aparentaba sobriedad.
Al dar vuelta hacia ese camino Kagura pudo ver un enorme letrero negro que rezaba, en letras blancas, el nombre del hospital: Instituto Mental Privado de Shikon.
La joven comenzó a removerse en el asiento trasero, incómoda y ansiosa, estudiando todo el paisaje con la mirada, tratando de ubicar dónde se encontraba, pero lo único que pudo definir es que simplemente se encontraba en los límites de la carretera principal que conducía a Tokio. Los arboles altos y de troncos delgados, con su madera más gris que café y la corteza negándose a caer, aferrada a su sitio, surcaban todo el camino por el cual pasaban, y no muy lejos pudo ver los techos puntiagudos de varios edificios. Contó tres en total, pero no estuvo segura. Las ramas y sus hojas, que serpenteaban por el camino, formaban una capa a varios metros encima de ellos que impedían ver con claridad el cielo y el horizonte y en cambio proporcionaban una sombra que se antojaba casi tétrica, como si el verano en ese punto del mundo no fuese más que una estación del exterior y no de sus territorios.
Dio una calada a su cigarrillo, algo nerviosa y dándose por vencida en definir su ubicación. De pronto cayó en la cuenta de que todo aquello iba en serio. El desconocido lugar que recorría en el auto, con la callada presencia de Hayato que no se atrevía ni a mirarla por el espejo retrovisor, la obligó a asumirlo de golpe.
Se arrepintió de no haberle propuesto a Naraku escapar juntos en el momento en el cual la encerró en el armario con él, por muy romántico y enfermo que eso sonará. Qué más le daba. Sus padres se estaban deshaciendo de ella mandándola a una casa de locos; escapar con su hermano como un par de adolescentes idiotas habría sido como una invitación para que la terminara vendiendo a cualquier proxeneta a cambio de unos cuantos yenes. Ni siquiera podía delimitar si pediría mucho dinero por ella, a menos que pretendiera vender su virginidad al mejor postor, aunque lo dudaba; según Naraku, él siempre afirmaba que lo señorita se lo habían quitado hace mucho tiempo.
No, si lo pensaba bien, lo más seguro es que el mismo Naraku decidiera ser su proxeneta, argumentando hipócritamente que así sacarían más dinero para mantenerse.
Soltó un gruñido de molestia ante la idea y se obligó a sacarse esas cosas de la cabeza; ya tenía demasiados asuntos en los cuales pensar. Además, Naraku no estaba ahí, no tenía por qué pensar en él ni mucho menos preocuparse por su hostigadora presencia.
Una vez que entraron al área donde se encontraban los complejos de edificios, Hayato dio un par de vueltas por la glorieta del estacionamiento hasta llegar al destinado. La joven por un momento rogó que se hubiera perdido y puso el mismo rostro de fastidio que ponía cada lunes por la mañana al llegar a la entrada de la escuela. Sin mucha opción, al igual que en esos lunes, asomó la cabeza, ahora más curiosa que nerviosa, cuando pasaron cerca de uno de ellos y no pudo evitar soltar una carcajada desfachatada y cínica.
—¡Joder! Esto sí que es de película de terror —exclamó observando divertida el aspecto del edificio. Tenía un estilo europeo, o al menos eso le pareció. De hecho, sí, no se equivocaba, era de tipo inglés (y no podía equivocarse, había vivido en Inglaterra durante un año).
Lo que se supuso conformaban los distintos pabellones del hospital, se formaban por edificios de cuatro pisos cada uno, con paredes de ladrillos rojos que, con el paso del día, lucían un aspecto ligeramente desgastado, pero ni por mucho parecía una edificación vieja y destartalada. Había muchas ventanas en cada uno de los pisos, todas cerradas con rejas pintadas de blanco al igual que los marcos, y no parecían tener cortinas ni persianas; de hecho, los cristales lucían demasiado opacos como para poder saberlo.
Kagura no pudo evitar recordar las películas de horror que había visto, donde siempre, por alguna razón, esa clase de edificios tenían ese mismo estilo. Se preguntó a qué clase de idiota se le ocurría seguir construyendo hospitales de esa clase con toda la mala fama que le había creado Hollywood. Debían tener un fetiche esos americanos.
Luego de unos segundos Hayato se estacionó frente a uno de ellos. Kagura miró de una puerta a otra casi con desesperación, y por su mente pasó una de las mejores ideas que había tenido en toda su vida: salir por una de ellas corriendo como alma que lleva el diablo y perderse para siempre. Era la oportunidad perfecta. Podría incluso escapar a cualquier país. Tenía un inglés prácticamente perfecto. Podía largarse a Estados Unidos, Australia, tal vez hasta regresar a Inglaterra, aún se comunicaba con David. Tenía conocidos ahí. También hablaba francés, no perfecto, pero podía defenderse. Podía irse a Corea del Sur, conocía lo suficiente del idioma como para moverse y en cuestión de un par de meses podría hablarlo si estaba en el lugar. ¡A cualquier lado menos ese!
¿Qué se lo impedía? Sus zapatos no eran muy altos. Llevaba unos zapatos negros y cerrados, con un tacón bajo. No eran los mejores para correr, pero incluso estaba dispuesta a hacerlo descalza, no importaba cuántas piedras y ramas le lastimaran las plantas de los pies; siempre se podían recuperar y siempre podría volver a usarlos para bailar, pero ahora sentía que no servían para eso, le debían servir para correr, debían contestar las plegarias que su mente enviaba a todo su cuerpo ahora helado, pero ese mismo frío seco y punzante fue lo mismo que la dejó paralizada en su asiento.
De pronto, contra todo pronóstico, la sensación de adrenalina ante la idea la hizo sentir que sus piernas se volvían más ligeras, súbitamente llenas por un cosquilleo agradable que parecía impulsarlas para moverse, como cuando estaba por salir al escenario a bailar, pero toda locura se fue al caño escuchó el motor del auto apagarse y en ese instante vio salir del edificio a una mujer alta y esbelta con una serenidad en el rostro que no parecía terrenal. Usaba una bata blanca que cubría sus brazos y le llegaba hasta las rodillas, ocultando la blusa también blanca; la llevaba fajada a los pantalones negros, ligeramente amplios conforme el largo del mismo se extendía hacia sus pies. Tenía pinta de doctora.
La mujer pasó junto a un letrero que se encontraba a un par de metros de la entrada del edificio, a un lado de las escaleras. Se paró junto a él, esperando por ella, y Kagura pudo leer que el letrero también decía el nombre de la institución.
Joder, ya comenzaba a odiar el apellido Shikon.
Por alguna razón, Kagura se volvió a sentir paralizada en su lugar mientras observaba a la mujer. Tenía el rostro más sereno y calculador que había visto en su vida; mostraba una frialdad desconfiada que contrastaba de forma perturbadora con los rasgos delicados de su rostro, pero le dio la impresión de que aquello era sólo una máscara, a pesar de la rigidez serena de sus músculos, como si no tuviera intenciones de cambiar de expresión a menos que tuviera una buena razón para hacerlo. Parecía estudiar a través de sus oscuras pupilas todo lo que estaba a su alrededor, incluyéndola, mientras la miraba a través de la ventana del auto. Ensimismada con el aspecto de la doctora (Kagura supuso que lo era), viéndola casi como si se tratara de un fantasma, no se percató de que Hayato se había bajado ya del auto, y no lo notó hasta que este le abrió la puerta con un gesto entre gentil y tímido.
—Hemos llegado, señorita —dijo, inclinándose con una reverencia que hacía tiempo Kagura le había dicho que no le interesaba que hiciera.
Los ojos de la muchacha miraron de un lado a otro con cierta duda, y luego de unos segundos, contra su voluntad, sus piernas se movieron y comenzaron a acercarse a la puerta. Para cuando acordó estaba afuera y a un par de metros de la mujer que la recibía y se aproximaba a ella.
—Buenos días, señorita Kagewaki —Escuchó la aludida en cuando bajó del auto. La mujer le hizo una reverencia y Kagura, algo ofuscada y de forma automática, la imitó, sin decir una sola palabra. Se distrajo cuando Hayato abrió la cajuela del auto y comenzó a sacar sus maletas una a una.
—Soy Kikyō Shiraoka, la psicóloga encargada del pabellón Hakurei —Se presentó la mujer con cortesía al tiempo que hacía un ademán indicando el edificio tras ella. Kagura de pronto no supo qué responder y sólo atinó a mirar al chofer con una expresión entre furiosa y desesperada, como si estuvieran haciendo algo completamente opuesto a lo que ella había indicado.
—Eh, no saques las malet…
Hayato se detuvo en seco y la miró, con una bolsa colgando de su mano. Kagura de pronto se preguntó qué acababa de decir y se quedó callada, frunciendo el ceño. Kikyō la sacó de su ensimismamiento cuando le dijo que se encargarían de llevar su equipaje a su habitación, que no se preocupara por ello. Luego le pidió que la siguiera y el cuerpo de Kagura respondió de la misma manera que lo hizo cuando bajó del auto: contra su voluntad y de manera automática, sin rechistar ni reclamar.
De pronto sintió miedo por no estar diciendo ni haciendo nada, tal y como su hermano mayor le había dicho antes de irse. ¿Acaso ya había aceptado todo eso y no se había dado cuenta? Bueno, de todas formas, supuso que no le quedaba otra opción. Haría el ridículo de su vida si se le ocurría salir corriendo así nada más, según ella para escapar. ¡Vaya fantasía, eso sí que era estar rematadamente loca!
De pronto le pareció que todo en su vida y cada decisión de esta había sido contra su voluntad, por mucho que ella gritara o reclamara. Hayato desapareció en la entrada, aún bajando las maletas de la joven y esta no fue capaz de mirar hacia atrás; sólo podía ver a los lados, como esperando que cualquier figura terrorífica saliera de alguna esquina para atacarla o arrastrarla a un lugar aún más desconocido.
Kikyō, pacientemente, la guió hasta la entrada, donde la esperaba una mujer de edad avanzada cuyo rostro ya mostraba arrugas bastante marcadas, sin embargo su expresión tenía una capa de bondad sincera que se mezclaba con la seriedad, gesto que sólo se podía desarrollar con la sabiduría que los años brindaban. En cuando Kagura la vio le dio la impresión de que se parecía a la tal Kikyō que recién se había presentado con ella.
Cuando estuvo frente al escritorio de la mujer, esta le entregó a Kagura algunos papeles para firmar su ingreso al hospital. Ahí pudo ver la firma de sus padres como responsables y tutores suyos, y había una línea más abajo, en blanco, esperando por su propia firma dando su autorización de que aceptaba las condiciones y reglas del lugar.
La jovencita se dio el tiempo de leerlas mientras chocaba la punta de sus uñas contra la superficie del escritorio, y cada que leía alguna de ellas una mueca de disgusto explotaba en su rostro: "No fumar dentro de las instalaciones. No salir de las instalaciones sin autorización. No introducir armas u objetos punzocortartes en las instalaciones del hospital", y otras tantas reglas más que le recordaron más bien al ingreso de una escuela que a un hospital psiquiátrico, ¿o sería lo mismo? Luego tuvo ganas de tirarse al suelo soltando carcajadas ante la idea. ¿Cuál era la diferencia entre un psiquiátrico y el bachillerato? Ninguna, en realidad. Incluso antes había comparado la escuela con la prisión y, cuando salía de ella, regresaba directamente a una casa de locos al cual no se atrevía a llamar hogar.
Su silencioso ataque de cinismo desapareció, dejándola desolada, cuando luego se topó con una hoja con un breve texto escrito con una letra que no le era familiar. La leyó rápidamente y la mitad de las palabras ahí plasmadas no las entendió. Utilizaba un montón de terminología técnica y médica, pero parecía una especie de diagnostico, no podía estar segura. Sólo entendió la parte que rezaba: "intento de suicidio, bajo los efectos del alcohol, efectuado con arma punzocortante por cortes en la muñeca izquierda".
Kagura se tuvo en seco y miró a la secretaria. Pudo ver que en su gafete se leía el nombre de "Kaede Sasaki". A medio metro de ella se encontraba Kikyō, en espectral silencio, esperando que la joven terminara con el trámite.
—¿Algún problema? —preguntó amablemente la psicóloga, acercándose un paso a la muchacha. Esta la miró unos instantes pero luego posó la vista sobre Kaede.
—Disculpe —dijo con firmeza, luchando por sonar cortés a pesar de que una risilla sarcástica había explotado en su boca luego de hablar, como si le hubiesen contado un mal chiste sin entender por qué razón reía—. Esto está mal. Yo no traté de suicidarme.
Kikyō la enfocó directamente, sin mostrar gesto alguno y con la boca sellada. La observaba de pies a cabeza, lo había hecho desde que la vio a través del cristal del auto.
Le habían enseñado en la Facultad de Psicología que los cinco primeros minutos de encontrarse con un paciente por primera vez, ya fuera en un recibimiento o en la primera entrevista, incluso en una llamada telefónica para realizar una cita, eran los más importantes. Servían para ver el aspecto más superficial del paciente y a la vez sacar la mayor parte de información del mismo, información que muchas veces no salía de la misma boca del paciente en la primera entrevista o aún luego de muchas sesiones, sobre todo cuando estos no buscaban ayuda por su propia voluntad y mantenían una actitud renuente y terca.
Kagura lucía un aspecto cuidado y sano para el ojo inexperto. Sus ropas eran de calidad y bien combinadas; probablemente le gustaba vestir bien. Tenía hábitos normales de limpieza, eso era claro. Su cabello estaba limpio y recogido pulcramente en lo alto de su cabeza, y el peinado lo adornaba una horquilla sencilla que constaba de una perla de jade con dos plumas blancas incrustadas a ella. La horquilla hacía juego con sus aretes verdes, hechos del mismo material que la perla (luego de un rato tendría que restringirle la horquilla de cabello por su utilidad como potencial arma; seguro a la chica no le agradaría).
Kikyō también notó que tenía las uñas cuidadas. Eran ligeramente largas y estaban pintadas con un esmalte de color rojo, quemado, y lucía un maquillaje impecable; de hecho, parecía que iba a algún lugar en especial en lugar de un hospital, lo que hizo pensar a Kikyō que, probablemente, la muchacha era vanidosa, incluso el color de las uñas combinaba con el labial granate que usaba en los labios. Pero esos detalles no la sorprendieron, se mostraban con cualquier otra joven de dieciocho años, pensó la psicóloga, pero la muchacha se preocupaba por su aspecto exterior, y sin embargo había algo en su aspecto encantador y juvenil que no cuadraba: estaba usando tonos oscuros en su ropa, para el verano, y estos cubría la mayor parte del cuerpo. Ocultaba sus piernas bajo unas medias negras y sobre todo, usaba aquella blusa de encaje bajo el vestido. Tras las mangas, a la altura de sus muñecas, se podían apreciar unas vendas que apretaban las heridas de su intento de suicidio, el motivo por el cual, principalmente, estaba ahí.
Era claro que intentaba ocultar eso. Estaba usando ropa que se usaría en otoño cuando en esa temporada del año la mayor parte de las jovencitas andaban en short y blusas holgadas de tirantes.
Otra cosa importante que notó fue su confusión inicial. Había hablado al chofer poco después de que salió del auto, impidiéndole momentáneamente sacar sus maletas, como si de pronto se diera cuenta de que se había equivocado de sitio. Le dio la impresión de que la muchacha aún no caía en la cuenta de que ese sería su hogar por algún tiempo o, más aún, que no necesitaba estar ahí y que no entendía por qué estaba ahí. Eso sin contar su obvia negación al intento de suicidio y la razón de ingreso al leer el motivo en el expediente que aún no se decidía a firmar.
Era obvio. Sería una paciente difícil, más de lo que Kikyō pudo predecir cuándo pensó nuevamente en el nombre de la muchacha y lo que eso significaba para ella.
—Eso lo tendrá que hablar con su terapeuta, señorita —contestó amablemente Kaede, la secretaria, dándole una señal para que firmara la ultima hoja.
Kagura obedeció con algo de duda. Por unos segundos su mano tembló y pareció olvidar cómo garabatear su nombre; tenía que escribir su nombre completo y su firma. No podía creer que estuviera firmando aquello como si realmente lo hubiera hecho, sobre todo cuando ni siquiera lo recordaba. ¡Era una maldita locura! Le dieron ganas de arrancarse los cabellos. Sentía que se estaba dejando arrastrar por la corriente y que no hacía nada por agarrarse de algo para evitar ahogarse, que permitía que los remolinos debajo de ella la arrastraran a las profundidades de sabrá el cielo qué clase de delirios.
¿Podía imputarse a un loco de cometer un crimen? Se preguntaba a veces. En ocasiones se preguntaba si una persona que padecía de doble personalidad, por ejemplo, podía quedar exenta de las codenas de la ley si, estando en el estado de una de sus personalidades, quizás una asesina y desalmada como lo mostraban tantas veces las películas, cometía un crimen y luego lo olvidaba. ¿Podía para ella aplicar lo mismo? En una ocasión le preguntó eso a su hermano, que estudiaba Leyes, y Naraku simplemente le mandó a la mierda y le contestó que lo dejara estudiar en paz. Era un idiota.
Estaba cuestionándose nuevamente aquello cuando le entregó el documento a la secretaria, casi sin pensarlo, con la mente en blanco, aún maldiciéndose por haber firmado. De pronto su voz anciana y serena la sacó de sus pensamientos.
—Bienvenida al Instituto Shikon —dijo con una sonrisa amable y comprensiva. Seguramente había visto ya a mucha gente confundida entrando a ese lugar, pero, muy probablemente, no era capaz de entender esa misma confusión.
Kagura no fue capaz de responder nada ni siquiera por cortesía. En ese momento Kikyō se acercó con cautela a ella y le pidió que la siguiera. Nuevamente, obedeció.
—"Estoy demasiado acostumbrada a seguir órdenes y pasos." —Pensó mientras seguía a la mujer—. "Seguramente por eso mis padres me metieron a ballet. No, qué digo, sé que no fue por eso."
Subieron por unas escaleras hasta llegar a un pasillo que conducía directamente al segundo piso. Una vez ahí Kikyō abrió la puerta y Kagura se sorprendió de ver que el interior del edificio no cuadraba con el exterior del mismo.
Por dentro todo era paredes blancas y lisas. Las puertas también eran de un color claro, apenas distinguible de los muros, y el piso estaba compuesto de múltiples mosaicos cuadrados de una tonalidad ligeramente grisácea. Entraba una gran cantidad de luz a través de los enormes ventanales en las salas al fondo de los pasillos, también asegurados por rejas de metal. Desde adentro lucían mucho más grandes que desde afuera. Las sombras de la luz matutina chocaban contra las baldosas del suelo y las rejas que obstaculizaban su camino formaban intrincados juegos de sombras, eso aunado a las ramas y hojas de los arboles que estaban cerca de las ventanas y aún se mecían con la brisa.
Todo el lugar era demasiado sobrio para el gusto de Kagura, más afecta a los rimbombantes teatros donde solía bailar desde los diez años y las oscuras bambalinas de los mismos. En cambio todo ese edificio era un lienzo en blanco.
De pronto pensó que todo parecía un lienzo blanco porque los locos que seguramente había ahí, se encargaban de pintar ellos mismos los muros y las puertas con el color delirante de sus propias locuras. No necesitaban de adornos, cuadros, ni decoraciones ostentosas que los distrajeran.
Kikyō caminaba con seguridad frente a ella, ya acostumbrada a los caminos muchas veces recorridos del hospital, pero en cierto momento se colocó a su lado, antes de adentrarse más en el segundo piso cuando se aproximaron a la puerta que dirigía a las salas del mismo. Una vez estando ahí un guardia de seguridad con uniforme negro, piel morena y ojos azules, los más claro que Kagura había visto jamás, les abrió la puerta. Saludó con la cabeza a Kikyō y en su lugar a ella la barrió con la mirada de arriba hacia abajo. Al hacerlo lo vio arrugar un poco la nariz y arquear una ceja, como si la hubiese reconocido de algún sitio y su sola presencia le molestara.
Kagura, acostumbrada a las malas caras pero nunca contenta con ellas, le regresó el mismo gesto, uno mucho más hostil, y no perdió oportunidad para identificar el nombre del guardia en su gafete. Se llamaba Kōga Katashi.
—Este es el pabellón mixto para adolescentes y jóvenes —dijo, mientras Kagura escudriñaba el lugar a su alrededor y olvidaba la mala cara que le había mandado el tal Kōga una vez que lo dejaron atrás—. Por ahora no tenemos muchos pacientes, y casi todos tienen su propia habitación. En un momento te mostraré la tuya.
Antes de llegar al lugar prometido, Kikyō le mostró la cafetería. Era una sala amplia con mesas largas, y al fondo se apreciaba el lugar donde servían la comida. Una barra extensa con una puertecilla en una esquina, también tapizada por los mosaicos grises del suelo, pero de un tamaño mucho más pequeño. En ese momento no había nadie. Kikyō le dijo rápidamente los horarios en los que los pacientes tomaban las tres comidas, además de mostrarle un cartel en la entrada del mismo que le recordaría el horario. Le mostró un par de salas más, entre ellas la sala donde se impartían las terapias grupales. En ese sitio sólo había varias sillas ya puestas en círculo, y en una esquina había dos columnas con sillas amontonadas en orden unas sobre otras. El único mobiliario además de ese eran dos escritorios, un proyector en lo alto del techo, un pizarrón en una de las paredes y una cortina de proyección como los de las escuelas.
También le mostró la sala de arte. Kagura se decepcionó de saber que ahí no había más que instrumentos musicales, escritorios y caballetes para pintar, pero no había espejos donde observar los pasos que uno daba y ninguna barra para bailar ni sostenerse al calentar. Se sintió más angustiada por la idea de dejar sus prácticas diarias de ballet que por estar ahí. Una bailarina no podía simplemente dejar de practicar. Las piernas y los pies no tardaban en atrofiarse y en ir pendiendo rápidamente la flexibilidad y la facilidad para moverse únicamente adquirida a través de años y años de entrenamiento, disciplina y práctica.
Bueno, ya se las arreglaría. Primero tenía que procurar no volverse loca y que su propia cabeza no terminara atrofiada antes que sus piernas.
Caminaron, esta vez, por los pasillos donde se encontraban las habitaciones de los pacientes, un pasillo muy amplio y tan blanco como el resto. Kagura miró de un lado a otro y un gesto de extrañeza salía de su rostro cada que su vista se topaba con una puerta abierta.
En una de ellas pudo ver dentro a un par de jóvenes sumamente parecidos, ambos tenían el cabello lila. Luego se percató de que, claramente, eran gemelos. Uno tenía una mirada completamente perdida y vacía, pero a la vez resultaba intimidante con sólo observarlo un par de segundos. Kagura no quiso ni mirarlo a los ojos, que se mantenían fijos al frente, observando a su hermano.
El otro chico, mucho más delgado y aparentemente pequeño que su hermano, se veía más lucido, por decirlo de alguna manera, porque estaba parado en medio de las dos camas y parecía practicar con sus manos una especie de ataque fatal, fingiendo que sus brazos eran un par de guadañas mortales a la vez que soltaba risillas que parecía luchar por contener junto a su sonrisa tensa y sus cejas arqueadas.
Cuando los pasos de ambas mujeres resonaron en el pasillo y Kagura pasó junto a ellos, ambos jóvenes la miraron directamente, sin tomarse la molestia de voltear el rostro, y Kagura pudo percibir que, por alguna razón, no la encontraron nada simpática. Sobre todo cuando el chico que estaba de pie, el delgado, levantó una ceja al verla a los ojos y se pasó la mano sobre el cuello y sin tocarlo, insinuando el movimiento de cortarse la cabeza.
Lo unicó que Kagura pudo hacer fue fruncir el ceño y hacer un gesto de desagrado. ¿Cuál era su maldito problema?
—"Perfecto, esto es como la maldita preparatoria." —Pensó para sus adentros, echándole una mirada a Kikyō para comprobar si se había dado cuenta del gesto, pero ella seguía mirando al frente.
Soltó un suspiro de fastidio mezclado con resignación, y su idea de que era fácil de odiar se reafirmó cuando pasó junto a otra puerta entreabierta, por donde se asomaba una joven de cabello brillante, larguísimo y negro: tenía una cabellera preciosa, tan negra y oscura como ala de cuervo, sin contar que en sí era muy bonita, casi como una de esas muchachas europeas y rusas que buscaban lucir como auténticas muñecas vivientes.
Parecía tener intenciones de salir del cuarto, pero en cuanto la vio, la muchacha arrugó las cejas y la nariz (algo que la afeó un poco) y a pesar de que no hizo un gesto tan explicito, la miró con aún más hostilidad que los otros dos muchachos. Luego le dedicó una mirada furibunda y azotó la puerta. Esta vez Kikyō sí se dio cuenta del gesto con el golpe que resonó en el pasillo y cerró los ojos unos instantes, paciente.
Kagura estaba cada vez más enojada y fastidiada de ese maldito lugar. No tenía ni cinco minutos en el hospital y ya se había hecho de por lo menos tres enemigos, sin contar al mentado guardia de seguridad, ¡y ni siquiera les había hecho nada! ¡Tenía que ser una puta broma!
—No te preocupes por ellos —comentó Kikyō al observarla de reojo y notar su gesto tenso, mientras sonreía apenas de medio lado—. Así son con todos los nuevos. El resto de los pacientes se ponen algo nerviosos, pero enseguida se les pasa.
—No estoy nerviosa —contestó de mala gana y sin mirarla, más aliviada al darse cuenta de que su acostumbrada mala actitud volvía a ella luego de la confusión inicial—. Estoy fastidiada.
La psicóloga no respondió nada. Sus ojos enseguida se posaron sobre la habitación a la cual estaban llegando y justo cuando terminaba el pasillo, se detuvo junto a la chica.
—Esta es la sala de descanso —dijo al detenerse.
Era un espacio grande, con tres ventanas en sus altas paredes brindando toda la luz natural que se necesitaba durante el día, apenas había necesidad de encender las luces.
Había varios sillones esparcidos ordenadamente por el lugar: dos estaban junto al otro frente a una televisión en esos momentos apagada. Otro par sofás estaban contra las paredes y sólo había un par de sillones no muy lejos de dos mesas amplias y circulares con sus respectivas sillas.
En de esas mesas, cerca de una esquina, jugaban ajedrez un par de jóvenes albinos. Un muchacho y una muchacha que no tendrían más de diecisiete años. La muchacha le quedaba de frente a Kagura, y esta vez la jovencita sí le pareció una verdadera muñeca viviente con esas dos enormes flores blancas en su cabello; una muchachita de piel de porcelana y una actitud tan expresiva como la de una estatua insensible. Pudo notar que esta miraba hacía el tablero con sus enormes ojos negros, vacíos, sin intenciones de hacer ningún movimiento a pesar de que su contrincante acababa de mover una de sus piezas, las negras, y parecía esperar impaciente que su compañera hiciera lo mismo.
La muchacha albina, que tenía unos perturbadores ojos negros y un rostro bastante aniñado que la hacía lucir más joven de lo que realmente era, bajó aún más la mirada y levantó levemente frente a ella un espejo redondo que había estado descansando en su regazo. Lo miró directamente como si sus propios ojos se perdieran en su propio reflejo, pero Kagura pudo notar que no había vanidad, ni emoción, ni nada mientras se miraba.
El muchacho que jugaba contra ella soltó un gruñido de exasperación al verla hacer eso y se levantó de golpe de la silla. Su rodilla chocó contra el borde la mesa y varias piezas cayeron del tablero, arruinando la partida.
—¡Aquí no se puede jugar ajedrez con nadie! —reclamó furioso a la muchacha, pero a la vez parecía estar hablando solo porque ella ni se inmutó; era como si estuviera sorda.
El muchacho salió a grandes zancadas de ahí hasta perderse en otro pasillo de habitaciones, al parecer había más dormitorios. A pesar de su agresiva reacción, la muchacha albina no se movió ni un ápice ni se molestó en mirar cuando un par de piezas resbalaron de la mesa y cayeron al suelo, ni en prestar atención a los potentes pasos que el joven daba hasta desaparecer tras una de las puertas. Era como si la jovencita estuviera completamente sola, y seguía mirándose al espejo como si dentro de él estuviese la cosa más enigmática e interesante del mundo.
Kagura pudo ver que no era ninguna narcisista. Esa muchacha no estaba viendo su reflejo como lo haría ella al sentirse hermosa o cualquier otra chica de su edad. No, veía otra cosa, sabrá el cielo qué exactamente era lo que veía un loco en su propio reflejo.
—Ese era Hakudōshi —le susurró Kikyō a Kagura—. Y la joven con el espejo se llama Kanna. Son mellizos.
Kagura arrugó las cejas confusa. ¿Acaso en un hospital se podían aceptar que estuvieran internados en el mismo pabellón parientes directos? No tenía idea, pero más que eso, le perturbó la idea de que un par de mellizos estuvieran internados en ese sitio, como si algo en su genética compartida los condenada de la misma forma, y casi enseguida recordó el rostro de su hermano y las muchas veces que pensó que estaba loco.
—¡Carne fresca! —Otro gritó, más estrafalario y divertido que el anterior, sobresaltó a Kagura tanto que por unos instantes pensó que le habían dado el susto de su vida.
Un muchacho de cabello largo y negro, atado en una cola de caballo, se asomó por encima del sofá con una cara que mostraba un gesto juguetón, como si escondiera algo o fingiera algo que no es, pero si en esos momentos a Kagura le pareció que su rostro lucía como el de un maniaco fascinado por un fetiche, el de la muchacha que volteó a verla, y que hasta ahora había estado de espaldas sentada en el mismo sillón, le heló la sangre.
Sostenía en sus manos una cabeza de estética y en la otra un cepillo, mientras peinaba al maniquí con tanto mimo que parecía creer que era una persona viva capaz de sentir, cuidando de no lastimar un cuero cabelludo que no existía.
—Byakuya, te he dicho que no te dirijas de esa forma a los nuevos pacientes, por favor. No los asustes —pidió Kikyō amablemente, acerándose unos pasos al sofá.
El aludido pareció encogerse de hombros y luego sonrió despreocupadamente, mostrando una fila de dientes blancos debajo de su sonrisa astuta. Miró a Kagura como si la conociera, o como si su presencia lo hiciera pensar algo que ella no fue capaz de identificar. Le sonreía directamente a ella, pero tuvo la impresión de que estaba muy lejos de coquetearle. Más bien parecía tramar algo y, de hecho, las maneras del joven y el tono dulce y suave de su voz (a pesar de sólo haberlo escuchado decir dos palabras) la hicieron pensar que era homosexual, por no decir el maquillaje que portaba, con ese soberbio rojo que delineaba sus finos labios, al igual que las abundantes pestañas ennegrecidas y alargadas con rímel. Incluso por unos segundos pensó que se trataba de una chica hasta que vio su cuerpo, mucho más masculino que los rasgos finos y delicados de su andrógino rostro.
—Lo siento, doc. —contestó Byakuya fingiendo un gesto inocente. Kikyō le dijo algo de que no era doctora, sino psicóloga, y luego llamó a la chica que peinaba el maniquí. No había dejado de hacerlo a pesar de que miraba a ambas mujeres.
—Yura, Byakuya, ¿podrían llevar a Kagura a la cafetería cuando sea la hora de comer? —Byakuya asintió de inmediato y ahora fue Yura quien se le quedó viendo a Kagura directamente, quien no sabía para donde mirar o meterse con la intensa mirada violeta de la chica sobre ella. Incluso le dio la impresión de que no la miraba, más bien miraba otra cosa en ella. No supo identificar qué era y la piel se le enchinó.
—Es nueva. Háganla sentir cómoda, por favor —pidió la psicóloga, pero bajo su tono amable aquello era claramente una órden. Luego se dirigió a Kagura y estuvo a punto de decirle algo, cuando una enfermera, algo más joven que Kikyō, en vestido blanco hasta las rodillas y medias del mismo tono, se le acercó y le susurró algo al oído.
—Miroku y Sango quieren hablar contigo. Dicen que hay una confusión de nombres —Kagura alcanzó a escuchar el secreteo entre las dos mujeres, pero no se cuestionó nada más, aunque se sintió un tanto nerviosa de que la tal Kikyō fuera a dejarla sola en ese momento con ese par de locos que no le quitaban la mirada de encima y la observaban como si fuera un fenómeno de circo. A su vez, pudo escuchar a la tal Yura secreteándole algo a Byakuya, como si imitaran a Kikyō y a la enfermera. Sólo alcanzó a escuchar algo de "el anuncio del regreso del Rey, como está profetizado. ¡Y nosotras pensando que era mentira!"
—"Joder, aquí todos están locos" —Pensó para sus adentros, sintiéndose ya asfixiada de todas las presencias y el lugar que la rodeaban. Luego se sintió tonta. Claro que estaban locos. Era un psiquiátrico, no una reunión de té.
—Kagura, discúlpame, tengo un asunto que atender —dijo Kikyō, y luego se dirigió a un enfermero que recién había salido del mismo pasillo por donde se había ido Hakudōshi y ahora cruzaba la sala. Le echó un vistazo a Yura y Byakuya y miró una libreta de notas entre sus manos con aire distraído y despreocupado luego de anotar un par de cosas ahí, pero lo hizo con pereza, como si sólo fingiera interesarle lo que sea que estuviera anotado ahí.
—Bankotsu, ¿ya terminaste la revisión? —El enfermero se quedó tieso en su lugar y pareció recordar algo cuando levantó la vista, mirando a la psicóloga.
—Ah, sí… sólo me falta un pasillo más, ¿por qué? —inquirió acercándose de a poco al trío.
—Por favor, lleva a la señorita Kagewaki a su habitación. Es de nuevo ingreso —ordenó mientras se disculpaba nuevamente.
Antes de que se fuera junto a la enfermera que la había ido a buscar, el tal Bankotsu volvió a llamarla.
—¿Kagewaki, dices? —preguntó antes de que Kikyō pegara media vuelta.
—Kagewaki Kagura. Está anotada.
Con lo ultimo aclarado se encaminó hacia otro pasillo y la enfermera que antes se había acercado le sonrió con amabilidad a Kagura, para luego retirarse junto a la psicóloga. La adolescente, más insegura de lo que le gustaba aceptar, miró al enfermero con la cual la había dejado y nuevamente se sintió penetrada por nuevas mirada desconocidas, esta vez por aquellos ojos azules enmarcados por las pobladas cejas, un iris de azul acero que le pareció mucho más hermoso que los del guardia de seguridad.
Aún dentro de todo se sintió aliviada. Al menos el tipo no la miraba con hostilidad como los tres chicos del pasillo, ni con esa curiosidad enfermiza como la de Yura y Byakuya, quienes se reían traviesamente mirándolos directamente. Bankotsu se distrajo unos segundos y se volvió a ellos con expresión furibunda.
—Ya cállense, ¿quieren? —Ante esto, el par de jóvenes soltaron varias risotadas como si se tratase de un desafío y Bankotsu, aparentemente incomodado por ellas, los ignoró y finalmente le pidió a Kagura que lo siguiera.
—Así que eres nueva, eh. ¿Te apellidas Kagewaki? —El enfermero se volvió hacía ella unos instantes sin dejar de caminar con rapidez. Kagura respondió afirmativamente, aunque ya comenzaba a parecerle raro que todo el mundo pareciera confundirse cada vez que se mencionaba su nombre.
—No me mires así —pidió el joven de ojos azules con una sonrisa traviesa, adivinando el gesto de la muchacha mientras se detenía frente a una de las puertas—. Sólo que es un apellido extraño. Aquí es tu habitación.
Sacó un juego de llaves y estuvo unos instantes buscando la indicada. Masculló algo por lo bajo cuando se confundió con algunas, pero finalmente la identificó. Pasó a meter la llave en la cerradura y Kagura miró la serie de números metálico atornillados a lo alto de la puerta que, se supone, sería su nueva habitación. El número era 306.
El enfermero entró primero y luego le pidió a Kagura que lo siguiera, incluso le dijo que no fuera tímida.
—Ya están mis cosas aquí —susurró al toparse con sus maletas a un lado de la cama. Un par de ellas estaban sobre el colchón y de pronto le pareció que era un mundo de equipaje—. No debí empacar tanto. No creo quedarme en este lugar mucho tiempo.
Bankotsu soltó una risa seca al escucharla y se recargó en la pared, con los brazos cruzados y una pose que a ella le pareció de lo más arrogante.
—Sí, claro. Eso crees.
El sarcasmo en el tono del moreno molestó sobremanera a Kagura, quien lo dejó en manifiesto cuando lo fulminó con la mirada. El enfermero pareció restarle importancia y luego rodó los ojos mientras se despegaba del muro.
—Mira, aquí está el armario —Abrió de par en par las puertas del mueble, sin darle siquiera tiempo a Kagura de mirarlo por dentro lo suficiente, y enseguida pasó a señalar varios puntos del cuatro—. Repisas, escritorio, la cama, obviamente…
—Lo sé, no soy tonta —exclamó exasperada. Bankotsu se quedó tieso en su lugar, pero sonrió súbitamente, divertido.
—Diablos, qué carácter. Sólo es rutina.
—¿Seguro que eres enfermero? —respondió ella, algo más irritada que antes. Él dejó de sonreír de inmediato y desvió la vista unos segundos. Su gesto le pareció sospechoso a Kagura por alguna razón, razón que no entendió el por qué, ni se preocupó en descifrarlo.
—Pues claro, qué pregunta —Se cruzó de brazos y se recargó en el armario, sin dejar de estudiar el rostro de Kagura con la mirada.
Sintió sus ojos sobre ella pero le restó importante mientras se sentaba en la orilla de la cama, ahora sintiéndose algo acongojada observando sus maletas, no por el hecho de desempacar, sino por el hecho de que, se dio cuenta, que ese sería su hogar quién sabe cuánto tiempo y que, por lo poco que había visto, ese lugar era un sitio de locos.
Hasta le parecía tonto darse cuenta apenas.
—Oye —la llamó Bankotsu. Su voz sonaba curiosa. Kagura volteó a verlo, dándose cuenta de que seguía ahí. De pronto pensó que se había ido—. ¿No te conozco de algún lado?
Frunció el ceño y nuevamente se preguntó si ese tipo realmente era enfermero. Según ella, en el mundo normal, esa pregunta de rutina de un hombre hacía una mujer sólo podía significar que trataba de ligarla, pero descartó la idea. Se supone que era un enfermero, y tampoco podía culparlo del todo. Kagura pensó que probablemente lucía demasiado confundida, más nerviosa de lo que ella creía, y que por eso todos la miraban como si fuera un bicho raro. O quién sabe, puede que luciera demasiado normal para ese lugar y que todos los raros eran los demás. Quizá lo olían como los perros al miedo.
—Lo dudo. Supongo que te recordaría —aclaró la joven luego de unos instantes, sobre todo cuando pudo ver la larga trenza que colgaba de la cabeza del enfermero. Además, el tipo tenía un aspecto bastante especial. Sus ojos eran de un inusual azul acero, uno que a Kagura le siguió pareciendo sumamente bello, y su piel morena contrastaba de forma agradable con las ropas blancas que portaba, además era atractivo, para que decir que no. También se dio cuenta de que sus tenis lucían ligeramente sucios.
Bankotsu se encogió de hombros y no respondió al comentario. Se limitó a decirle que desempacara y se pusiera cómoda, que en una hora fuera a comer a la cafetería, y luego simplemente se marchó.
Una vez que se quedó sola, Kagura corrió a cerrar la puerta de su nueva habitación, ansiosa, como si tratara de huir de algo.
No, intentaba esconderse de ese lugar dentro del mismo.
Su hermano Naraku le hubiera dicho que era una reverenda idiotez.
—El nombre de la nueva paciente es correcto —insistió Kikyō con cierto desgano, mirando el archivo de la misma—. Kagewaki, Kagewaki Kagura. ¿Por qué tanto alboroto?
Mientras ella observaba unos segundos más el expediente, viendo por encima los reportes médicos del hospital a donde llegó luego de su intento de suicidio, la entrevista que tuvo pocos días atrás con sus padres y los documentos legales que permitían su ingreso al instituto, Miroku y Sango se miraron unos instantes como si no comprendieran la pregunta ni la actitud de la psicóloga. Kagome, la enfermera que había acompañado a Kikyō, desvió la vista unos segundos mientras torcía la boca.
—Bueno, tú sabes que… —empezó a decir Kagome, pero fue interrumpida de inmediato por Kikyō, quien dejó el archivo sobre un escritorio.
—Sí, lo sé. Pero no tiene caso preocuparse por eso.
Miroku, quien trabajaba en ese lugar como psiquiatra, se dejó caer en un sillón pesadamente y suspiró acongojado.
—Maldición, ¿más de lo mismo? Pensé que nos habíamos librado de todo eso.
—No creo, Miroku —murmuró Sango. También era psicóloga como Kikyō, pero atendían pacientes con distintas problemáticas. Tomó entre sus manos el archivo de la joven que era el tema de conversación y se acercó al psiquiatra, quien le sonrió de manera ladina y muy discretamente al verla hacer eso. Sango se forzó a ignorarlo.
—Ella entró por intento de suicido y, según los padres, presenta mal comportamiento, desafío constante a las autoridades y conductas de riesgo como abuso de alcohol y al parecer, conducta promiscua. Por supuesto que debe haber mucho más que eso. Por los síntomas sospecho del diagnostico, pero no me quiero adelantar a nada. Ni siquiera he hablado con ella ni la he visto.
—Francamente, no me sorprende que haya tratado de suicidarse… —murmuró Miroku con resignación y pesadez luego de escuchar a Sango hablar—. Y además, ¿conducta sexual de riesgo? Más imaginaba que pudiera tener conducta delictiva y…
Antes de poder seguir hablando, de inmediato fue interrumpido y reprendido por Kikyō, lo cual lo hizo guardar silencio.
—Sabemos el historial de la muchacha, sobre todo el familiar. Puede ser un caso difícil —apuntó Sango son soltar el archivo.
—Yo me encargaré de ella —intervino Kikyō. Sus tres acompañantes la miraron algo extrañados, por no decir preocupados, y luego se miraron entre ellos como si lo que decía fuera una locura, lo cual en ese lugar no sería nada extraño, pero sí lo era viniendo de la psicóloga encargada del pabellón.
—¿Crees que puedas con esto? —inquirió Kagome. A simple vista parecía hablar con timidez, pero en realidad estaba preocupada—. ¿No te estarás inmiscuyendo demasiado? Creo que ni siquiera es ético.
—Es el reto de mi carrera. No tiene nada de antiético. Sé cómo tratarla —insistió Kikyō esbozando una sonrisa fría. El trío aún así la miraron confusos, pero ella los ignoró—. Seamos sinceros, tengo experiencia con pacientes así. Con casos así.
—Creo que Kikyō puede hacerlo —la secundó Miroku irguiéndose en el sofá y alzando una ceja, aunque tenía la misma sensación de que Kikyō se estaba inmiscuyendo demasiado, tal y como la ultima vez—. Después de todo ella está especializada en este tipo de casos. Aunque es demasiado pronto para diagnosticar, yo apuesto a que se trata de un trastorno de personalidad. No me sorprendería por el historial familiar, sin embargo, Kikyō —dijo, dirigiéndose directamente a ella—, yo también creo que es demasiado.
—Si te causa muchos problemas —comenzó a decir Sango—, yo puedo encargarme de Kagura.
La mujer sabía perfectamente que Kagura no era un caso para ella; no podría manejarla. Es posible que sí fuera demasiado, pero nadie más en ese pabellón sabía mejor qué hacer con Kagura que la misma Kikyō.
—Gracias, Sango, pero no creo que vaya a ser necesario. Todo está bajo control —se negó educadamente. Sango se encogió de hombros, aunque le quedó un mal presentimiento con respecto a todo eso, sobre todo al referirse al "control". Más de una vez habían pensado lo mismo y las cosas habían terminado mal, y por desgracia a su compañera a veces le costaba aceptar que pecaba de demasiada confianza. Ya una vez se había confiado y las cosas habían resultado terriblemente mal.
Claro que aquello había sido un caso completamente distinto al de Kagura, pero extrañamente, era similar. Demasiado, y de buenas a primeras no daba un buen pronostico.
Ninguno en la sala podía creer que estuvieran pasando por lo mismo de nuevo. Parecían tener ganas de trasladar a Kagura a otro pabellón o de plano a otro psiquiátrico, pero no podían simplemente rechazarla por eso, sin contar que era una gran ventaja que Kikyō hubiese tratado con casos parecidos en el pasado, además, los padres de Kagura por eso habían acudido con ella, aunque todos sabían que en las circunstancias especificas de la joven, aquello era un arma de doble filo, pero confiaban de manera casi ciega en las habilidades de Kikyō tanto como ella confiaba en las suyas, y al final el tuerto siempre era Rey en la tierra de los ciegos.
No habría más errores, o al menos eso quisieron pensar. Después de todo, Kagura era un caso distinto, y profesionales como ellos en el área de la salud mental sabían y tenían la certeza desde un principio de que cada caso era especial, diferente al resto, no importaba el trastorno, enfermedad o síndrome que se tuviera; podían tener similitudes, pero siempre había grandes diferencias que los hacían únicos entre una persona a otra.
Ninguna otra persona más que los psicólogos y los psiquiatras podían tener la certeza de que cada cabeza era un mundo.
Debo confesar que este capítulo lo reescribí varias veces en distintas partes. Me he dado cuenta que no presto mucha atención a los ambientes y escenarios. Es decir, describir los sitios donde los personajes están, las habitaciones y esa clase de cosas, y fue algo que intenté remediar un poco en este capítulo cuando me di cuenta que metí a Kagura en el hospital así nomas. Intentaré trabajar en eso, debo admitir que muchas veces no le presto atención, es una de mis debilidades a la hora de escribir y no creo que sea bueno o.ó después de todo la cosa es hacer que el lector se adentre en la historia por completo.
Con respecto al fic y el capítulo, sí, como pueden ver hay muchos personajes involucrados, aunque varios de ellos serán como secundarios, quiero centrarme más en los pacientes como Byakuya y Yura, en personajes como Kikyō y Bankotsu, y por supuesto, en los protagonistas. Creo que ya algunos se habrán dado cuenta que los malos de InuYasha son los pacientes y los buenos, los administrativos y trabajadores del hospital xD
En fin, no tengo mucho que aclarar. Me alegra saber que actualicé rápido *-* espero seguir así, aunque no he avanzado más con la escritura de los capítulos o.ó pero por lo menos ya tengo varios adelantados.
Una vez más, muchas gracias por tomarse el tiempo de leer y aquellos que me han dejado review. Espero que el siguiente capítulo les guste n.n
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Me despido
Agatha Romaniev
