Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está escrita con el único fin de entretener y sin ánimo de lucro.

Nota: fanfic inspirado en la canción "Gods and Monsters" de Lana del Rey, en la película "Inocencia Interrumpida" y en el libro de John Katzenbach, "La Historia del Loco".

Advertencias: este fanfic contiene incesto, muerte de personajes, lime, lemmon, necrofilia, canibalismo, lenguaje vulgar, violencia física y psicológica, toca el tema del suicidio y trastornos mentales.


"Ya no bailará más para vos, princesa" le dijo. "¿Por qué?" preguntó la princesa. "Porque se le ha roto el corazón". Y la princesa contestó: "De ahora en adelante, que todos los que vengan al palacio no tengan corazón"

La Princesa y El Enano Oscar Wilde


El Rey, la Espía, la Usurpadora y la Traidora

Le costó un trabajo descomunal levantarse, aún peor siquiera poner los pies sobre el suelo y vestirse. Ni la molestia se tomó de acudir a la cafetería a desayunar algo si a cambio conseguía unas pocas horas más de sueño y las delicias de la más vil pereza.

Pero la realidad es que, si quería ser más racional, se negaba a despertar y encontrarse, para su desgracia como efectivamente sucedió, encerrada en un puto manicomio.

Eran casi las diez de la mañana cuando Kagura terminó de vestirse y arreglarse para salir, ¡y cuánto daría porque fuera realmente a algún lugar lejos de ahí! Apenas tenía veinticuatro horas en ese sitio y ya podía empezar a fantasear con el día donde la dieran de alta.

La enfermera Kagome, armada con la infinita paciencia que se necesita descargar en todo nuevo paciente, había pasado a despertarla a eso de las ocho de la mañana para avisarle que tendría su primera sesión con Kikyō, que ésta ya la esperaba en su despacho y que pasara a comer algo a la cafetería, todo bajo una sonrisa placida y amable aunque no tan tierna e inocente como la de Rin.

Lo nuevo que aprendió Kagura de ese lugar es que a las nueve en punto se tomaba el desayuno; ella, por supuesto, no acudió. Seguía con el estomago revuelto después de haber vomitado la pastilla de la noche anterior, y aunque durmió exceptuando por la pequeña interrupción de la enfermera en prácticas, la tal Rin, no se encontró a la mañana siguiente con un buen sueño reparador, más se sentía como si regresara a la consciencia luego de la paliza de su vida, pero muy a su pesar, minutos antes de que dieran las diez de la mañana, comió de mala gana, únicamente porque estaba hambrienta a pesar de los nudos en su estomago y sería demasiado saltarse dos comidas.

Si había algo a lo que temía era a desarrollar algún trastorno alimenticio como a varias de sus compañeras les había sucedido. Una de ellas incluso había muerto un año atrás, cuando ella estaba viviendo sus últimos días como estudiante de intercambio en Inglaterra.

No la pudo ver en sus meses más deplorables y tampoco asistir a su funeral. No es que fueran amigas, pero todas las chicas de la Academia asistieron y según le contaron al volver, les habían dado varias pláticas sobre la prevención y detección de los trastornos alimenticios, principalmente la bulimia y la anorexia, las que más comúnmente se presentaban en chicas que se movían en ambientes artísticos como ellas.

De ahí dos chicas más fueron detectadas con eso, no recordaba exactamente con cuál de las dos, pero la realidad es que todas lo sabían, incluso los maestros, los instructores y coreógrafos. Sólo se preocupaban de que no llegaran a estar demasiado delgadas como para que no fueran capaces de bailar, aunque constantemente recomendaban que todas asistieran regularmente con nutriólogos, pero la chica que había muerto, a pesar de que en un par de ocasiones había sido hospitalizada, Kagura la recordaba con una sensación de escalofriante repulsión al pensar en sus brazos y piernas tan delgadas como palillos, su rostro chupado con las ojeras que se empeñaba en marcar con varias capas de maquillaje que al final el sudor de los ensayos arruinaba, y sus afilados pómulos, ¡sus pómulos le daban escalofríos sólo de verlos!

Eran saltados como los de una anciana en la peor de las condiciones, en lugar de tener las mejillas sonrosadas y casi inocentes de una jovencita de diecisiete años. Llegó un punto en que ya ni siquiera tenía la suficiente fuerza para bailar como antaño. Recordó que en una ocasión la escuchó llorar desconsolada encerrada en el baño.

Kagura no estaba dispuesta a pasar por algo así por ponerse paranoica con el peso. Si bien se restringía muchas cosas y se resignó a disfrutar muy limitantemente de las golosinas más calóricas y grasosas que su lengua más disfrutaba, había resuelto que no perdería el control sobre aquello que amaba ser y le daba un atisbo de libertad; ya tenía suficiente con el resto de su vida.

Bueno, al menos no podían juzgarla ni diagnosticarla por eso, pensó mientras salía desganada de la habitación, y apenas había puesto un pie fuera de ahí cuando se encontró frente a frente con Abi, la que Byakuya le dijo era una pirómana fanática de aves prehistóricas vampiro que no existían más que en su imaginación alimentada por la fascinación del fuego y la fantástica idea de renacer de las cenizas.

La muchacha estaba recargada cómodamente y de brazos cruzados en la puerta del frente (supuso que era su habitación) y la miraba fijamente, con sus ojos tan carmines como los de Kagura o los de Naraku. Los músculos de su blanco rostro estaban tensos en un rictus increíble de arrogancia y mal humor matutino. Su maquillaje, ligeramente menos cargado que el suyo, la hacía lucir impecable y altiva como pocas chicas había visto alguna vez en su vida, sin embargo solamente estaba nada más ahí, como si la estuviera esperando.

Kagura sólo se dedicó a observarla unos segundos y la ignoró. No tenía ningún interés en tratar con ella y tampoco se fiaba de lo que pudiera decirle un paciente psiquiátrico que había terminado ahí por quemar animales así que, haciéndose la desentendida, se dio la vuelta para cerrar la puerta de su cuarto y no pudo ver cuando Abi descruzó los brazos en lo que fue una clara señal que no tardó en ser captada.

En ese instante escuchó varios pasos aproximarse al punto donde se encontraba. Instintivamente levantó la vista a su derecha y vio aproximarse a ella a los gemelos Juurōmaru y Kagerōmaru. El gemelo delgado y bajito iba por delante; tenía los dedos de las manos juntos, formando una especie de figura de balsa, y las movía de un lado a otro como si estuviera calentando para algo. Su hermano iba detrás de él sin expresión en su rostro, nada en sus facciones que pudiera leerse como algún tipo de emoción, pero al contrario del rostro de Kanna, que sólo vio un par de veces y que tampoco mostraba gran emoción, el de Juurōmaru le pareció profundamente escalofriante. Era decidido y tenía una espeluznante dureza en su mirar, centrado en un punto especifico, y estuvo segura de que ese punto blanco era ella.

Kagerōmaru en cierto momento sonrió de una forma que no pudo ser más que maligna y pareció mirar detrás de ella al tiempo que su gesto le causaba un desagradable escalofrío. Kagura volteó hacia el mismo lugar, aún con la sensación recorriéndole la espina, y esta vez se encontró con Tsubaki y Hakudōshi caminando a grandes zancadas hacia ella.

—"Me lleva el carajo" —Fue lo primero que le pasó por la cabeza al darse cuenta de que el punto que ese cuarteto de pirados buscaban, era ella. ¿Para qué? No lo sabía, pero la actitud de los cuatro chicos (más Abi, quien parecía simplemente limitarse a observar), le dio a entender que no pensaban darle la bienvenida ni mucho menos disculparse por haberle hecho malas caras cuando recién llegó.

No es como si realmente hubiese deseado ese gesto, pero tampoco se había imaginado que podría ser víctima de lo que parecía una novatada.

Sin otra opción y mucho menos sin dejarse intimidar, aunque consciente de estar metida en un lío, se dio la vuelta y sus ojos volvieron a chocar contra Abi, quien esta vez sonreía maquiavélica, apenas sin sacar la vista de ella, como si disfrutara cada segundo de verla poco a poco acorralada.

Para cuando acordó los cuatro jóvenes la tenían rodeada; uno a cada lado y dos enfrente. No había manera de correr o escapar.

Típico.

—¿Y tú qué? —espetó Hakudōshi con una hostilidad capaz de alertar al más duro de nervios, penetrando con su pálida mirada lila a Kagura. Sus ojos, apenas provistos del inusual tono pastel de sus pupilas, le dio escalofríos; era como ver a una especie de muñeco de porcelana adolescente cobrando vida en medio de la noche. Un maldito Chucky blanco y sin cicatrices, con una cara extrañamente parecida a la de un demonio disfrazado de ángel.

—¿A qué has venido? —interrogó Tsubaki con voz dura, llamando la atención de la chica al instante. Por unos instantes creyó que la dureza en su tono contrastaría ferozmente con su rostro de muñeca humana, pero se encontró con que este era tan hostil como las palabras envenenadas que podían percibirse en ellas al deslizarse por sus finos labios escarlatas.

De todos ellos, la bella joven era quien mantenía las cejas más tensas, quien más parecía empeñarse en torcer su boca en una mueca de profundo desprecio únicamente dirigida a ella. Por alguna razón lo hacía con todas sus fuerzas, como si buscara incesante que todo su desprecio le penetrara la piel.

Kagura simplemente se limitó a pasar los ojos sobre todos ellos, dedicándoles, a su vez, toda su frustrada rabia, dándoles a entender que no la intimidarían con ese bruto gesto de bienvenida y que no la tendrían de bajada mientras durara su estancia ahí. Ni en broma pensaba ser una víctima de ese montón de pirados.

Joder, y además, no necesitaba lidiar con los clásicos bravucones del lugar. ¡Tenía suficiente con su maldito hermano!

—Soy paciente de este pabellón, ¿qué no ves? —espetó de mala gana aún intentando zafarse de lo que sea que ese quinteto estuviese planeando, dirigiéndose a Tsubaki, quien arrugó la nariz al ver que la muchacha se dirigía a ella con tan poco respeto.

—¿Eres Kagewaki? —Esta vez había hablado Kagerōmaru. Su voz rasposa, con ese tono vicioso que rayaba en la perversidad, fue lo que realmente hizo que un ácido escalofrío recorriera la espina de la chica. Ese era el tipo esquizofrénico, según le dijeron Byakuya y Yura. El que tenía fantasías de canibalismo y que supuestamente había intentado matar a un chico para comérselo en el puto desayuno.

Que por cierto, ¿dónde mierda estaban ese par que le habían contado todos los sucios secretos de ese quinteto de locos que la tenían rodeada como a un animal? Nunca le advirtieron que la bienvenida al pabellón Hakurei probablemente fuera una golpiza.

Y encima de cuatro contra uno mientras la otra pirómana observaba; así cualquiera era bravo, se dijo Kagura.

Abi se mantuvo en su lugar contra la puerta, observando atenta los movimientos de cada uno de los chicos, demasiado arrogante y egocéntrica como para inmiscuirse en lo que consideraba vulgares peleas adolescentes, pero ya esperando impaciente el primer ataque, el primer destello de ira en los ojos de la chica suicida, el primer sentimiento de humillación deslizándose por sus labios y su mirar de chica ruda irremediablemente vejada.

Kagura tomó aire y no supo si contestar o no. Le dio la impresión de que esos tipos ya conocían todo de ella. ¿Acaso Byakuya y Yura se habrían ido de lengua?

—¿Y eso qué tiene que ver? —espetó, preguntándose una vez más por qué tanto revuelo por su apellido.

—Claro que es Kagewaki —exclamó Tsubaki, de pronto exasperada—. Mírala. ¡Mira sus ojos, y su maldito rostro!

—¿Acaso te hiciste un cambio de sexo? —inquirió Hakudoushi con cierta curiosidad, entrecerrando los ojos como si frente a él se alzara una broma de mal gusto que luchaba por descubrir.

Kagura pensó que la pregunta no iba en serio, pero se desconcertó aún más cuando se dio cuenta de que, de hecho, era una pregunta seria.

—¿Disculpa? —Alzó una ceja, ofendida. ¿Acaso parecía transexual o qué carajos?

—No seas idiota —lo reprendió Tsubaki, rodando los ojos—. No es más que una espía.

—Una usurpadora —aclaró Kagerōmaru, haciendo que todas las miradas se posaran en él, incluida la de Kagura, que no cabía de la confusión.

—¿De qué mierda me están hablando?

Ahora sí estaba exasperada. Sentía que conforme los segundos pasaban siendo el objeto principal de aquella bizarra charla, se activaban los puntos más sensibles que despertaban su ciega rabia y sus impulsos más violentos e incontrolables.

No era la primera vez que un grupo de personas la acorralaban, de hecho.

La primera y última vez había sido en una calle a un par de cuadras de la escuela mientras volvía a casa. Por alguna estúpida razón que aún le era desconocida, quizá por idiotez o las simples ganas de ponerse en peligro, eligió regresar por el lugar predilecto que la escoria de la escuela utilizaba para planear sus sucias jugadas y hacer las viciosas payasadas de la edad.

Era su primer año de bachillerato y Naraku no tenía mucho de haber entrado a la Facultad de Leyes.

Tres chicos de ultimo año, parte del grupito de bravucones más temidos del instituto y que desde días atrás la tenían en la mira, se les hizo fácil arrastrarla hasta una perdida esquina de aquella estrecha calle y le comenzaron a decir guarradas y obscenidades sin ton ni son, a disfrazar el asunto de asalto, argumentando que esa era la cálida bienvenida personal que le daban a las chicas guapas como ella, sus favoritas.

Kagura sabía exactamente lo que buscaban, y aunque ciertamente se aterró hasta la médula sólo de imaginar lo que parecía su inminente futuro más inmediato, consciente de que no podía contra tres chicos fornidos y mucho más fuertes que ella, y consciente también de que nadie se atrevería a meterse en la pelea, no mostró miedo ni intimidación alguna. Sabía que si comenzaba a llorar y a suplicar que la dejaran en paz, que no le hicieran daño, eso sólo los excitaría hasta puntos inimaginables, llenarse de ese poder malsano del cual seguramente tenían años gozando contra los pobres diablos que agarraban de víctimas y las desafortunadas chicas que seguramente habían tenido que tragarse sus asquerosas pollas.

Podía darle una paliza a uno de ellos; Naraku le había enseñado que lo que tenía que hacer si lo tenía de frente, era golpearle la nariz a su atacante, punto vulnerable infalible, o mejor aún, arremeter contra sus pelotas con una buena patada, eso lo sacaría de juego por completo.

Su hermano también le aseguró que luego podía correr, o bien, rematar el asunto a patadas para que no pudiera seguirla; si la tenían sujetada por detrás, podía usar su codo para darle un buen golpe en el estomago y dejarlo sin aliento, luego atacar su nariz y finalmente la entrepierna. Incluso la dejó practicar con él, aunque jamás permitió que le golpeara los huevos como ella quiso.

—"No te emociones tanto con lo que tengo entre las piernas, Kagura" —le dijo cuando detuvo la patada que se dirigía directo a su entrepierna, con una sonrisa sardónica en los labios, mientras ella caía de espaldas contra el suelo al perder el equilibrio justo en el momento en que su hermano detuvo su pierna en lo alto, a medio camino de su objetivo—. "La cosa no va en serio, hermanita. En lugar de tratar de romper mis sagradas pelotas, deberías agradecerme, como son las cosas probablemente algún día necesitarás de esto… por cierto, arréglate esa falda y levanta tu nula dignidad del suelo, que se te ven las pantaletas rosas."

Cuando uno de ellos hizo ademán de acercarse a ella, con esa perversión hambrienta y descontrolada en los ojos, diciendo que les encantaban las colegialas sucias como ella, incluso uno de ellos agregó que ojalá y fuera virgen.

Su primera reacción fue soltarle un puñetazo. Siendo bailarina de ballet era más rápida y ágil que ese grandote que se las daba de muy rudo, pero sabía que no podría sola contra los otros dos.

De hecho, se vengarían por ese golpe de formas aún peores de las que habían planeado.

Recordó que mientras el tipo se sobaba la nariz gritando que era una maldita zorra y los otros dos se distraían por unos instantes por el inesperado ataque, ella hizo amago de correr, pero se quedó paralizada cuando un estallido de vidrios explotó tras la cabeza del tipo que tenía a la derecha.

Se cubrió su propia cabeza al ver el estallido de cristales y cuando el chico cayó pesadamente al suelo, noqueado por el certero golpe y con la nuca sangrando, vio a Naraku con su dura expresión dirigida a ellos, ignorando por completo a su hermana.

Para el ojo inexperto y a simple vista habría parecido un maldito héroe de manga, un caballero protegiendo el bienestar de su hermana, buscando ahorrarle lágrimas y futuros tormentos, pero ella sabía que no lo era; Naraku era todo menos eso. Incluso si estaba salvándola de una brutal violación en grupo.

El único que podía atormentarla era él. Por eso lo sabía.

Su expresión no mostraba el gesto de la nobleza y la justicia actuando a través de una violencia cruel pero necesaria. No, si algo mostraba el rostro de Naraku mientras los golpeaba, era un placer enfermo no muy diferente al del trío de chicos que momentos antes la tenían acorralada. También hubo un pequeño atisbo de celos que sólo ella pudo ver, pero que no quiso interpretar ni mucho menos comentar.

Un segundo golpe en la nariz dejó lloriqueando al tipo que anteriormente Kagura había golpeado, mientras se cubría la misma que a esas alturas ya chorreaba borbotones de sangre. Pudo ver que la tenía doblada hacia un lado, claramente fracturada. Al otro lo sacó de juego con un rodillazo en el estomago que lo hizo doblarse hacia adelante, luego de que corriera furioso como una bestia hacia Naraku para detenerlo con un certero puñetazo sólo para recibir una rodilla directo al estomago que le arrebató todo el aliento.

Naraku los remató a los tres a punta de patadas que los hicieron retorcerse en el suelo, intentando cubrirse inútilmente con las manos, pisoteando sus cabezas hasta que sus frentes y pómulos sangraron. Al tipo que primero intentó acercarse a ella le rompió tres dedos de la mano, los cuales pisó sin misericordia hacia el lado contrario de su posición natural.

—"¿Qué no tienes hermanas, maldito cerdo? ¿O no tienes madre?" —Le había dicho Naraku mientras le rompía el primer dedo, ignorando los asquerosos chillidos que el tipo soltaba mientras sus huesos crujían—. "¿Te gustaría que un cerdo como tú violara a tu hermana? No, apuesto a que lo haces tú mismo."

El chico no pudo ni responder. Luego de romperle los tres dedos dejándolos en una posición completamente anti-natural e incluso grotesca, Naraku le advirtió que no volviera, ni él ni sus estúpidos amigotes, a acercarse a su hermana, a siquiera verla, o de lo contrario perderían algo más que sus narices o el bienestar de sus huesos más sensibles.

Jamás volvieron a hacerlo. Naraku había estudiado en esa misma escuela y también se había hecho acreedor a una pésima reputación que aún vivía entre las generaciones más jóvenes como una especie de leyenda.

Kagura jamás olvidaría los chillidos de dolor que había soltado aquel cerdo mientras Naraku le rompía uno a uno los dedos, pidiendo que se detuviera jadeando como un animal siendo degollado en matadero. Pero lo más repugnante de todo fue el crujir de los dedos al quebrarse. El abrupto sonido se incrustó en la memoria auditiva de Kagura por siempre igual que las bizarras palabras de un maleficio, y aunque el sonido era para enchinarle la piel incluso a los de estomago más duro, la joven no pudo más que pensar que el tipo se lo tenía bien merecido.

Se vio tentada a pedirle a su hermano que los matara ahí mismo. Que les abriera la garganta con la botella de vidrio rota que yacía no muy lejos de ellos. Total, ¿quién iba a extrañar a esos tres imbéciles? ¿Quién iba a pensar que no sería un asesinato impulsivo entre mafias o pandillas cuya investigación no pasaría más allá de las autopsias y sospechosos con muchos más méritos para ser arrestados que una chica que bailaba ballet y un estudiante de Leyes?

Fue de las pocas veces que agradeció que Naraku la fuera a buscar a la escuela, sin embargo jamás le dio las gracias, y él jamás lo pidió.

—Hablamos de que eres una usurpadora.

La voz la sacó de sus pensamientos. Por un instante le pareció que volvía a estar en el mismo lugar, con esos tres guarros excitándose con la idea de ultrajarla, sin embargo esta vez estaba rodeado de locos que le decían incoherencias y no obscenidades. Y sabrá el cielo con qué clase de delirios se excitaban ellos.

Tres de ellos, los chicos, eran claramente violentos, dos de ellos incluso habían intentado matar personas según los chismorreos de Byakuya y Yura. Y encima de todo estaban dementes; quién sabe qué clase de pensamientos e ideas bizarras los había llevado a creer que ella era una espía de quien sabe quién y una usurpadora.

—"Joder, estoy perdida" —Fue lo segundo que pensó, sin embargo, si se enfrascaba en una pelea con Tsubaki, difícilmente los chicos intentarían meterse hasta que ellas terminaran, por lo menos si tenían algo de honor.

Ya se encontraba buscando la mejor manera de sacarle la mierda a la chica obsesionada con su apariencia. Le dejaría esa linda carita suya tan deforme que ahora sí se podría traumar pensando que era horrorosa.

—Una usurpadora de ese falso Rey, como lo profetizaron —aclaró Kagerōmaru, que estaba más que dispuesto a pelear, sin embargo parecía estar disfrutar el momento de a poco mientras intentaba determinar la que creían era su verdadera identidad.

Jugar con su comida, fue lo que pensó Kagura.

—Insisto en que es una espía —intervino Tsubaki, mirándola fijamente.

—No, es una traidora —se apresuró a contestar Hakudōshi.

—"Con una mierda, si van a darle una golpiza a alguien, por lo menos pónganse de acuerdo" —Pensó Kagura intentando ahogar la desubicada risilla en medio de todo el arranque de rabia que se gestaba en su pecho.

—No me interesa de qué están hablando ni su maldito problema conmigo —masculló con voz rasposa—. Pero a mí no me vengan con sus idioteces, malditos locos de mierda.

Ante esto empujó a Tsubaki, quien se encontraba a su izquierda. Quiso pensar que su ultimátum serviría para que la dejaran en paz y tirar abajo el intento de intimidación de los chicos, pero la muchacha le devolvió el empujón con un gruñido y Kagura estuvo a punto de agarrarla de las greñas cuando Hakudōshi la tomó del brazo, sobresaltándola y levantando su muñeca frente a él.

A pesar de ser menor que ella, se dio cuenta de que era bastante fuerte.

—¡Está aquí por suicidio! ¡Miren su muñeca! —exclamó el joven albino al jalar la manga del suéter rojo que cubría los vendajes sobre la muñeca. Kagura reaccionó empujándolo y por pura inercia su espalda terminó chocando contra la puerta, al tiempo que se escondía el brazo herido tras ella, súbitamente avergonzada y expuesta.

—¿Ser tú era demasiado para ti y por eso intentaste matarte? —inquirió Hakudōshi, esbozando una sonrisa insidiosa. Claramente lo disfrutaba. ¿Qué clase de demente podía gozar con la idea de una persona que intentó quitarse la vida y que ni siquiera le había hecho nada?—. Sabía que no eras lo suficientemente fuerte, sólo pura fanfarronería.

Kagura no comprendía por qué hablaban como si la conocieran, inventándose toda esa historia del Rey y la espía, el usurpador y la traidora. No entendía qué diablos pasaba y, sinceramente, tampoco quería. No deseaba adentrarse en los delirios de esos pirados, ya tenía suficiente con sus propias lagunas mentales dentro del mismo hecho que la llevó directo a ese lugar.

Aquella vez en que esos tres chicos la acorralaron, la lógica y la naturaleza de sus actos la llevaron a pensar en lo más obvio: tenían planeado violarla, claro, pero esto se salía de toda lógica.

Por supuesto, no se puede recurrir a la lógica en un lugar donde esa palabra no existe entre el vocabulario de sus habitantes.

Kagura explotó. Su rabia le nubló la mente y se abalanzó sobre Hakudōshi. Logró empujarlo un poco hacia atrás pero este respondió tomándola por los hombros y estampándola contra la puerta con fuerza. Sintió cómo el aire salía de sus pulmones abruptamente y antes de poder responder Tsubaki se había unido al estrepitoso ataque poniendo sus manos sobre su cuello, apretando con fuerza en cuanto sus dedos se posaron sobre su piel.

Supo que no podría quitarle las manos de encima, así que dio al punto que hasta ahora le conocía más vulnerable a la chica: dirigió su mano a su rostro y con ella extendida atrapó entre sus dedos la bella cara de la joven, quien soltó un gruñido agitado, del más puro y desgarrador espanto al saber su rostro invadido por una mano ajena que al instante mostró intenciones de dañarla.

No se lo pensó dos veces para soltar el cuello de Kagura, pero ella no hizo lo mismo con su cara. En lugar de eso dos de sus dedos se retorcieron hasta el ojo derecho de Tsubaki y medio se encajaron en él, al tiempo que la chica cerraba el parpado instintivamente y soltaba un grito de dolor. Luego de eso, gruñendo con más fuerza, logró soltarse, no sin que antes Kagura le diera un buen jalón de cabello.

—¡En la cara no, maldita bruja!

Tsubaki hizo un último movimiento para que Kagura le soltara el cabello, y cuando lo hizo y dirigió sus ojos a ella, la muchacha estaba sonriendo, aún cuando Hakudōshi la tenía sujeta.

—¡Suéltenme, malditos locos! ¡Suéltenme!

Se retorció en su sitio tratando de quitarse de encima las manos del chico albino, pero este respondió esquivando sus golpes e incluso sus patadas y acerándose más a ella, acorralándola mientras dirigía sus manos a su cuello.

Tsubaki estaba fuera de juego, demasiado perturbada con la idea de que alguien le tocara la cara luego de tanto tiempo. Abi se mantenía en su sitio con los brazos cruzados, observando fascinada y sin intenciones de intervenir cómo Hakudōshi pretendía ahorcar ahí mismo a la muchacha mientras Kagerōmaru se relamía los labios, probablemente imaginado la idea de comerse, literalmente, a la chica nueva y desgraciadamente suicida.

Incluso Kagura pudo escuchar que susurraba algo de que esa noche cenaría como rey.

Los gritos y gruñidos llamaron la atención del único enfermero que se encontraba en la estación al final del extenso pasillo. No tuvo tiempo de llamar a los guardias de seguridad pero tampoco tuvo necesidad. Sabía cómo controlar a esos desequilibrados aunque le riñeran.

Bankotsu llegó corriendo a la escena para detener la pelea y de inmediato quitó de en medio a los gemelos de cabello lila y, a las fuerzas, despegó a Hakudōshi de Kagura, quien se aferró durante sendos segundos a su cuello igual que una sanguijuela hambrienta.

—¡Suéltenla de una puta vez! —rugió el enfermero tratando de pelear contra la fuerza de Hakudōshi, quien aún se aferraba a Kagura—. ¡Que la sueltes ya, niñato de mierda!

—¡Es una maldita usurpadora! —reclamó cuando Bankotsu finalmente logró quitarlo de un empujón que lo hizo medio tropezarse mientras retrocedía torpemente.

—Sí, sí, lo que digas —El enfermero no tardó en tomar a Kagura del brazo, ignorando al albino soberanamente—. Vuelves a hacer algo como esto, Hakudōshi, y te mandaré a aislamiento. Y va para todos.

Luego de la advertencia tomó con más fuerza a la chica y se la llevó de ahí, alejándola de la escena lo más rápidamente posible, sin esperar recibir de vuelta más palabras ni continuar con la discusión, todo ante la mirada atónita del grupo de muchachos, quienes se quedaron parados en sus lugares intentando formarse de argumentos para evitar la aburrida estadía de la amenaza de aislamiento, aunque Hakudōshi ya sabía que Bankotsu reportaría eso de inmediato y sería a él, dentro de un rato, a quien encerraran en una habitación por ser quien había atacado físicamente a Kagura, aunque consideró que Tsubaki también se lo merecía; después de todo ella al instante se había ofrecido a participar en el ataque.

—¿Y tú qué me ves? —espetó la muchacha, aún cubriéndose el ojo medio picoteado por los dedos de Kagura.

—Tú también deberías ir a aislamiento —sentenció el muchacho con voz dura, arrugando la nariz en un gesto que afeaba ligeramente su rostro.

—Yo no tengo porque ir. ¡Yo merezco vengarme! —exclamó sin dejar de cubrirse el ojo, dando un par de furiosos manotazos al aire—. No como tú, que te crees el puto Rey del mundo.

Kagura escuchó cada vez más lejana la discusión del grupo de chicos que la habían atacado sin razón. Creyó escuchar que Hakudōshi respondió algo relacionado a maquillarse una horrorosa cicatriz, pero después todo le sonó más a una tetera en ebullición junto al graznido de un cuervo en lugar de una pelea en el momento en que Tsubaki se enfrascó en tremenda discusión con el chiquillo albino. Luego de eso ya no entendió nada.

Aún se encontraba agitada cuando Bankotsu la sacó de ahí como si huyeran, guiándola por las escaleras en dirección al tercer piso, donde le dijo se encontraban los despachos de los psiquiatras y psicólogos, junto a las salas de terapia individual. Sólo en ese instante lo recordó; tenía su primera sesión con Kikyō, quien sería su terapeuta.

Joder, no estaba para terapias en ese momento. Sólo tenía ganas de golpear y morder algo hasta cansarse.

—Suéltame —Kagura se removió contra Bankotsu, soltándose de su agarre bruscamente. El enfermero la miró algo desconcertado, aunque hubo un atisbo de enojo en su mirada mientras ella se detenía en medio de las escaleras, indispuesta a seguirle el paso en vaga muestra de altanera rebeldía.

—Oye, te salvé de esos tipos —exclamó el enfermero con una sonrisa que la muchacha no supo si interpretar como simpática o demasiado forzada.

—¿Cuál es su maldito problema? —Se masajeó ligeramente el cuello, el mismo que momentos antes había sido tanto atacado por Tsubaki como por Hakudōshi. Estuvo segura de que tendría marcas enrojecidas por un par de días.

—Tienes terapia con Kikyō, ¿cierto? Sígueme —Bankotsu no la esperó, simplemente volvió a caminar escaleras arriba. Estuvo a punto de exigirle que le respondiera su pregunta, sintiéndose ligeramente ofendida ante la idea de ser ignorada, pero este habló antes que ella como si fuese capaz de leerle la mente—. No les pasa nada, lo que pasa es que se ponen muy nerviosos cuando llega alguien nuevo.

—¿Y así les dan la bienvenida o qué demonios? —Volvió a retomar el paso hasta que caminaron lado a lado. El moreno volteó a verla unos segundos y sonrió; esta vez la sonrisa fue sincera, incluso divertida y en cierta forma le inspiró una extraña confianza que la ayudó a calmar sus agitados ánimos.

—No, sólo a ti —No dejó de sonreír incluso cuando ella lo miró como si le contaran una broma de mal gusto—. Creo que no les agradan los suicidas.

—No soy suicida —aclaró, pero luego se dio cuenta de que eso, en ese lugar, no significaba nada, ni siquiera para Bankotsu. El tipo ni la conocía y era enfermero. No creía que fuera a interesarse en perder el tiempo interpretando y buscando las razones en los argumentos de un paciente psiquiátrico, pero aún sabiendo eso no pudo evitar quejarse—. Se pusieron en ese plan desde que me vieron. ¿Y qué era todo eso que decían?

—¿Qué cosa?

—Decían algo de que yo era una espía, una usurpadora y una traidora. Incluso me preguntaron si me había cambiado de sexo o algo así.

—Ah, eso… no les hagas caso —Pareció restarle importancia, encogiéndose de hombros, como si fuera cosa de todos los días—. Chica, estás en un psiquiátrico. No esperes que los pacientes digan cosas muy coherentes. Te van a salir con cualquier locura; por eso se les llaman locos.

Kagura se vio tentada a responder algo, súbitamente golpeaba en su poca simpatía. Finalmente, también estaba internada ahí, lo cual significaba que, automáticamente, para el resto del mundo ella también era una loca que salía con tonterías inservibles que ni siquiera valía la pena escuchar, aunque no pudo evitar pensar que había algo de verdad en ello. ¿Qué clase de idiota, por no decir algo peor, es incapaz de recordar su propio intento de suicido y un sueño tan desagradable que incluso se había sentido como algo real y que aún la hacían dudar de su percepción de la realidad?

Segundos después, en completo silencio, terminaron de subir las extensas escaleras y Bankotsu la dirigió por un pasillo bastante más estrecho que los que plagaban el segundo piso, perteneciente a los dormitorios y salas de los pacientes.

Esta vez los pasillos tenían sobrias puertas de madera provistas de una oscura tonalidad marrón, y cada una de ellas tenía un letrero en lo alto que indicaba de quién era la oficina y en qué área se ocupaba. Todo el lugar tenía un lugar tan escueto que sólo de verlo a Kagura le entró cierta modorra y, mientras caminaban por el corredor, alcanzó a ver la oficina de Sango, cerrada a cal y canto, solamente el letrero con el nombre de la psicóloga en la puerta. Frente al de ella se encontraba el despacho de Miroku, el psiquiatra con el que según los chismes andaba tonteando.

Por otro lado pensó que tal vez Yura o Byakuya estaban en terapia con ella. ¿Le habían dicho quiénes eran sus terapeutas? Kagura no lo recordaba, aún estaba algo alterada por la pelea, muy a duras penas recordaba a la suya.

—La oficina de Kikyō está al fondo —indicó Bankotsu sin detenerse—. Te aplicará una especie de… entrevista inicial [12] o algo así, no es la gran cosa. No te asustes. Puede que estés ahí como una hora.

—No estoy asustada.

Cuando llegaron a la puerta pudo leer claramente el pequeño letrero que indicaba que tras esa puerta trabajaba Kikyō Shiraoka. El enfermero tocó un par de veces y una voz tranquila y sobria del otro lado le indicó que podían pasar. Antes de que el moreno abriera la puerta se volvió a Kagura y le dijo:

—Ya te lo dije, no te preocupes por ellos. Sólo ignóralos —dijo con una sonrisa que a simple vista parecía amable. La realidad es que estaba llena de una confianza exacerbada, pero a simple vista era verdaderamente encantadora, incluso para ella. Además, ¿qué podía reclamarle? Después de todo el tipo la había salvado de una golpiza segura, aunque en el fondo sentía que no lo necesitaba—. Probablemente sólo sea esta vez.

—Sí, claro —masculló Kagura cruzando los brazos, desviando molesta la vista.

—Y si me lo preguntas —añadió el enfermero con cierto tono que al instante despertó la intriga de la joven—, eso del cambio de sexo es una idiotez. No pareces un chico operado.

Alzó una ceja, sin entender bien a qué venía el desatinado comentario. ¡Claro que no parecía un chico!

—¿Y a qué viene eso?

—Te estoy diciendo que eres guapa —Bankotsu sonrió, simpático y afable, pero no le dio tiempo de responder, aunque sí pudo disfrutar del pequeño sonrojo que invadió las mejillas de la muchacha sin proponérselo.

Vaya, que hace tiempo no le decían guapa así nada más, sin algún aparente interés de por medio.

Giró el picaporte de la puerta y enseguida quedaron frente a frente con Kikyō, quien se encontraba sentada tras un gran escritorio y ordenando unos pocos papeles. Levantó la vista hacia ellos y se puso de pie en cuanto la muchacha y el enfermero entraron.

—Oye, Kikyō, Hakudōshi y sus amigos se pusieron como locos con Kagura hace rato —dijo Bankotsu en cuanto entró acompañado de la aludida, sin importarle en lo más mínimo la despectiva forma en la cual se había referido al grupo de muchachos—. ¿Quieres que haga algo con ellos?

—¿Fueron muy violentos?

—Algo, sobre todo Hakudōshi.

La psicóloga soltó un suspiro de resignación y se acomodó la bata blanca, tomándose unos segundos para pensar en qué hacer.

—Ponlo en aislamiento, ha estado muy alterado desde ayer. En cuanto termine con la sesión informaré si le aplicamos un sedante o no.

Bankotsu se encogió de hombros y miró una última vez a Kagura antes de salir. Le sonrió, pero ella sólo se quedo desconcertada en su sitio tragándose su sonrisa y mirando cómo el enfermero salía de la oficina hasta cerrar la puerta. Pidió al cielo que el sonrojo que aún sentía arder en sus mejillas no se notara mucho.

—Kagura, siéntate, por favor —pidió Kikyō amablemente mientras le señalaba la silla. Por otro lado ella pareció distraída un instante y miró el lugar indicado, como si de pronto no supiera identificar el dónde rayos estaba. Dudó en si sentarse o no. Todo le parecía tan nuevo y desconocido que sentía la sacaba de sus casillas y su muy escasa paciencia, pero al final obedeció sin mucho reproche.

—¿Cómo dormiste? —inquirió la psicóloga en cuanto se sentó tras el escritorio, tomando entre sus manos una libreta sin dejar de mirar a la que sería su nueva paciente. Tampoco pudo evitar sentir crecer en ella cierto sentimiento de paranoia al verla con el cuaderno y pluma en mano.

—No muy bien —respondió de mala gana. La terapeuta se dio cuenta de que el tono y la forma de hablar de Kagura eran mucho más cortantes que las del día anterior y lo atribuyó al drástico cambio y, claramente, a la reciente emboscada que había sufrido en manos de Hakudōshi—. Me dieron una pastilla para dormir, pero aún así me desperté con la inspección. No sabía que hacían eso en estos lugares.

—Es por cuestiones de seguridad. Tenemos que cerciorarnos de que todo esté en orden —aclaró Kikyō sin sonrisa alguna en sus labios, pero con un mirar amable en sus ojos—. ¿A qué fue Rin? —Kagura asintió al instante—. Sí, a veces es un poco descuidada.

Se quedó callada, esta vez sintiendo como pocas veces en su vida que no tenía absolutamente nada qué decir y aún más, sin ganas de entablar una prolongada conversación con alguien que sabía estaba dispuesta a analizarla y sacar todas las sucias cucarachas que guardaba en los rincones de su mente.

Se limitó a observar a la psicóloga fijamente como si buscara escanearla tal y como ella ya lo hacía. Había algo dentro de todo eso que la ponía nerviosa y, tratando de disimular, en cierto momento posó el brazo en el descansabrazos de la silla donde estaba y recargó su cabeza sobre su mano, entre aburrida y fastidiada. Kikyō lo notó enseguida.

Estaba perdiendo el rapport [13] de una forma inesperadamente rápida, como si aún fuera una aprendiz de psicología que sentía los nervios recorrerle al encontrase frente a frente con un paciente de prácticas. Necesitaba hacer que Kagura se sintiera cómoda y libre para que le hablara, pero como supuso desde un principio, la chica podría ponerse difícil. Podía apostar a ello incluso antes de siquiera conocerla en persona.

La observó en un dos por tres y, acostumbrada luego de varios años haciendo exámenes mentales [14] de sus pacientes en la primera sesión, la inspeccionó de pies a cabeza, interiorizando en su mente todos los destalles que se podían destacar. Claramente su actitud era aburrida, poco receptiva y no parecía, por ahora, muy dispuesta a cooperar. Estaba desinteresada, o al menos aparentaba estarlo (y eso era algo que también valía la pena destacar en el reporte que le esperaba), pero su respiración, que hacía que su pecho subiera y bajara ligeramente sobre el suéter rojo, delataba que estaba alterada y que recurría a un esfuerzo titánico por lucir tranquila e indiferente, como si nada le afectara. También pudo ver las marcas de suave rojo alrededor del cuello; supuso que Hakudōshi o Tsubaki la había atacado en ese lugar.

Al parecer sí necesitaría aplicarle el sedante a Hakudōshi. Había intentado ahorcarla.

Estaba peinada como el día anterior, pero no llevaba el prendedor de jade en el cabello, únicamente los mismos aretes, y su maquillaje era igual al que portaba el día anterior: impecable y sin cambios. Parecía ser su acicalamiento de rutina y tenía un gran parecido con la forma de maquillarse de Yura.

Estaba recargada contra el sofá con desgano, pero había un claro ademán en su pose y en la forma desfachatada de cruzar las piernas enfundadas en los jeans negros y los brazo extendidos a los lados que le dio a entender que, para empezar, estaba dispuesta a poner su barrera entre ambas, un claro desafío para ver si era capaz de tirarlo abajo, sin contar su muy obvia arrogancia al mirarla junto a su ceño fruncido, sin molestarse en relajar los músculos faciales. Desafiante y hostil.

La ira no era algo que al parecer le gustara esconder, pensó Kikyō. Probablemente era una de sus formas de enfrentarse a lo desconocido y a la frustración, incluso a la sensación de vulnerabilidad.

La venda que cubría su muñeca izquierda sobresalía apenas por debajo de la manga de su suéter. Pareció no darse cuenta de eso y Kikyō procuró no mirarla. Sabía que se sentiría juzgada y eso sólo obstaculizaría la entrevista, aunque quiso indagar más profundamente en su versión sobre la pelea que había tenido recién con Hakudōshi y su grupo, pero no era el momento, pero si lo pensaba bien, no tenía razones para dudar de lo que sería el relato de la muchacha contra sus agresores. Sabía perfectamente las razones por las cuales se había convertido en punto inmediato de esos chicos.

—¿Y cómo vas instalándote en tu habitación? ¿La encuentras cómoda? —Kagura alzó una ceja, sin comprender del todo a qué venía la pregunta. Para Kikyō era claro, tenía que establecer el rapport, intentar no perderlo ante una paciente que de buenas a primeras se mostraba difícil. Tenía que crear un clima de confianza y simpatía con el paciente con el objetivo de bajar su ansiedad ante la primera entrevista frente a un completo desconocido al cual sabía le tendría que contar más de un problema, especialmente si estaba ahí contra su voluntad. En ocasiones había pacientes que apenas y lo necesitaban, más que nada los que llegaban por su propio pie y un buen insight [15], pero ese no era el caso de la muchacha.

Como imaginó, no le contestó.

—¿Kagura? —preguntó, ladeando ligeramente la cabeza. Ella parecía estar conteniendo algo, lo pudo ver mientras su respiración se tornaba más potente conforme los segundos pasaban y ella luchaba desesperada contra sus propios impulsos—. ¿Estás bien?

Y, tal y como imaginó, explotó sin pudor alguno.

—¡Este puto lugar está lleno de malditos locos! ¡No lo soporto! —Su cuerpo se tensó en su sitio mientras gritaba contra la terapeuta, aunque sus gritos e insultos parecían ser lanzados al azar en el aire y el ambiente, como si buscase que una fuerza divina la escuchara, tratando de llamar su atención con furiosos manotazos, mismos que hicieron que el vendaje de su muñeca se descubriera un poco más. Los músculos de su cuello se tensaron de un momento a otro y descruzó las piernas para plantar sus pies sobre el suelo, como si tuviera intenciones de correr.

Esas palabras estaban dedicadas a otra persona; no a ella, ni al psiquiátrico, ni siquiera a Hakudōshi y su pandilla como cualquiera hubiese podido pensar.

Kikyō, por otro lado, se guardó sus pensamientos y se limitó a parpadear un par de veces como única muestra de nimia sorpresa. No era la primera vez que un paciente explotaba frente a ella, incluso le habían tocado peores.

—Kagura, esto es un psiquiátrico —Comenzó la psicóloga, serena y tranquila—. Los chicos internados aquí tienen problemas. No son locos.

—¡Pues yo no debería estar aquí! —exclamó por segunda vez, despegando la espalda de la silla, pero luego, cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo y que sus agitadas reacciones no iban a ayudar en lo más mínimo su actual situación, se obligó a calmarse. Tuvo que tomar una gran y prolongada bocanada de aire para regular su respiración y una vez sintiendo su pecho lleno de aire, se echó contra la silla pesadamente—. Yo no traté de suicidarme.

—¿Por qué dices eso?

Ahí estaba lo más importante de todo, el objetivo de la terapia: el motivo de consulta [16], la razón por la cual la muchacha había terminado ahí por decisión de sus padres, aunque era una verdadera lástima, pensó Kikyō, que sus padres la mandaran a ese lugar no por el inminente temor o la preocupación paternal esperada ante semejante acto perpetrado contra sí misma, aunque aún así Kikyō tampoco le creía nada.

Nadie le podía creer nada con esa herida en la muñeca. Los padres de Kagura le habían informado que, durante sus recientes vacaciones, encontraron a su hija ebria en la sala de su casa, se enfrascaron en una discusión con ella y el hermano mayor por encontrarla en ese estado, intercambiaron algunos gritos y reclamos y luego la joven corrió a encerrarse a su habitación. Se quedó ahí un largo rato y cuando su hermano mayor, Naraku, fue a buscarla, la encontró en la bañera junto a una botella de licor casi vacía, una navaja tirada en el suelo y la muñeca sangrante dentro del agua.

—Porque no lo recuerdo —murmuró la joven, ya muy cansada de decir lo mismo. Lo había repetido tantas veces con tanta energía y le habían creído tan poco que estaba creando ya el efecto de dudar de si misma y su versión.

Eso era otra cosa, se dijo la terapeuta. La paciente afirmaba no recordarlo. Era posible, sobre todo si se encontraba completamente alcoholizada. Los efectos del licor podían desinhibir a la gente y hacerla olvidarse de las consecuencias; era muy posible que Kagura desde hace tiempo tuviera ideas y tendencias suicidas que no se atrevía a llevar a cabo, únicamente utilizándolas como fantasías para escapar momentáneamente de lo que parecía ser una toxica dinámica familiar dentro de la cual mantenía aún alguna esperanza de escapar y deslindarse de ella, hacer su propia vida, no había cosa más peligrosa para un ser humano que la desesperanza, pero alterada por la discusión de sus padres más el alcohol bullendo en su cuerpo, era seguro que se había provocado esa herida en su estado más alterado y caótico.

Podía parecer superficial e incluso tonto tratar de quitarse la vida por una simple discusión familiar, lo cierto era que usualmente la gente llegaba a esos extremos luego de una larga lista de eventos y acontecimientos y uno más, así fuera pequeño, era el que siempre derramaba la gota del vaso y el último suspiro de la vida de alguien si no se tenía suerte.

Sin embargo, sólo era una herida, y no fue tan profunda: las razones del por qué podían ser varias. Puede que ebria no tuviera la suficiente fuerza para cortarse de gravedad para desangrarse en minutos y no haber llegado al hospital, puede también que realmente no quisiera hacerlo, sino que se tratase de un grito de ayuda del cual no estaba consciente y que incluso negaba. Cualquiera de las dos opciones también podía explicar el por qué no se había cortado la otra muñeca. Pudo ser por falta de fuerza y energía, o porque realmente no quería morir, sólo conseguir ayuda a un nivel ya desesperado cuando sus gritos de auxilio jamás habían sido escuchados en el pasado.

Kikyō apostaba más por la segunda opción. Y al hecho de no recordarlo, bueno, bien podría tener alguna laguna mental por el alcohol o que estuviera dentro de una profunda negación.

—No me cree, ¿verdad? No sé ni por qué se lo digo —espetó la joven de mala gana, cruzando los brazos, sintiendo que su voz podía quebrarse en cualquier momento producto de la frustración—. Estaba muy borracha, no recuerdo bien qué pasó ese día. Todo fue muy confuso.

Claramente no estaba dispuesta a hablar, en ese momento, de su problema para recordar su intento de suicidio. Todo lo que decía era vago, evasivo y seguía negando el hecho de recordarlo, pero aún estaba dentro del límite para sacarle algo de su historia sin que se sintiera demasiado atosigada y acosada. Después de todo, era crucial la versión del paciente, por muy loca, inverosímil o bizarra que fuera.

—Entiendo que estés cansada de contar la misma historia y que te resulte confuso el recordarlo —dijo Kikyō poniendo ambas manos sobre el escritorio, intentando dar una apariencia más abierta, aunque ese era uno de los puntos que siempre le habían fallado. No podía quitarse de encima el atisbo de frialdad que imprimía involuntariamente en su rostro—. Pero independientemente de eso, si lo recuerdas o no, quiero ayudarte, y sólo podré hacerlo si tú me lo permites y hablas.

—Usted no puede ayudarme —soltó Kagura tajante como nunca, cruzando brazos y piernas en firme barrera impenetrable. La terapeuta no pudo evitar fruncir ligeramente el ceño, no sin cierta sospecha ya circulando en su mente. Usualmente le decían eso en la primera sesión, pero algo le decía que el caso era Kagura era distinto.

—¿Por qué no podría ayudarte?

Kagura bajó ligeramente la cabeza y una risilla sarcástica se deslizó entre sus labios, ahora torcidos en una sonrisa maliciosa que le resultó terriblemente familiar y, sin darse cuenta siquiera, ella misma tiró el primer ladrillo que formaba su barrera de defensa.

—Porque tendría que conocer a mi hermano.


[12] Entrevista inicial: es una entrevista aplicada al paciente en su primera sesión con el terapeuta. Es semiestructurada o semidirigida, es decir, hay ciertas preguntas que deben hacerse al paciente con el fin de recabar información general de las principales áreas de su vida como su identificación, el motivo de consulta, historia del problema, análisis de vida en áreas de historia familiar, historia escolar, historia laboral, intereses, relaciones interpersonales, vida sexual y valores y creencias. (En el caso de Kagura, Kikyō le aplicaría esta entrevista para recabar la información necesaria y más importante sobre ella y lo que la rodea).

[13] Rapport: es una técnica crucial en el inicio de la sesión que debe crear el psicólogo con su paciente con el fin de bajar su ansiedad, hacerlo sentir cómodo y en un ambiente de confianza que propicie la cooperación para que así el paciente pueda hablar sin sentirse enjuiciado o inhibido. (Esto es lo que Kikyō intentaba hacer con Kagura cuando le preguntó cómo encontraba su habitación y si durmió bien, con el fin de hacerla sentir segura y bajar la posible ansiedad sufrida ante el cambio y el interno psiquiátrico).

[14] Examen mental: es un instrumento que evalúa la orientación del paciente, su atención, apariencia, sentimientos recurrentes, patrones de pensamiento y habilidades cognitivas. (En esta parte es donde Kikyō comienza a evaluar las emociones recurrentes que Kagura presenta, su apariencia, su actitud ante ella y su orientación).

[15] Insight: es un término utilizado para describir qué nivel de comprensión interna tiene el paciente con respecto al problema que presenta. (En el caso de Kagura, y debido a su intento de suicidio el cual niega recordar, se podría considerar que llega a la terapia con un pobre nivel de Insight, pues no termina de estar consciente de su problema y lo niega).

[16] Motivo de consulta: se refiere al problema y síntomas principales que presenta el paciente y por los cuales se encuentra en terapia. En este también se suele incluir la meta que quiere alcanzarse en solución al problema que lo ha llevado a consulta y es en el cual se orienta la terapia a seguir. (El motivo de consulta de Kagura sería el intento de suicidio, su actitud desafiante ante la autoridad y las actitudes de riesgo como el alcoholismo, la aparente promiscuidad y la autolesión, así como su rol dentro de la dinámica disfuncional de su familia).


Hijo de la gran puta. Lo que me costó editar este maldito capítulo. Estuve como cuatro días luchando contra la edición final, no sé por qué. Anoche lo terminé de hacer todo en un ratito.

Debo confesar que no me gustó del todo cómo empieza el capítulo, pero luego sí comienza a gustarme, cuando se viene la acción (?) pero en fin, en general me ha gustado y espero que a ustedes también n.n

No tengo más que aclarar. Muchas gracias a quienes se toman el tiempo de leer y me dejan review, ¡muchas gracias!

Pero aún así recuerden…

[A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]

Me despido

Agatha Romaniev