Arthur
Disclaimer: Si tuviera una hija, nunca, nunca, nunca, la llamaría Jessica.
[Todo le pertenece a Joanne Kathleen Rowling. Yo utilizo sus personajes sin fines de lucro]
II: Recordadora
Molly y Arthur se habían conocido en Hogwarts. Eran dos estudiantes de Gryffindor, valientes, arrojados y con mucho coraje. Quizás no demasiado, ya que tardaron los siete años de colegio en poder confesarse que se gustaban el uno al otro.
Pero ya habían pasado varios meses desde que habían empezado a salir juntos y Arthur y Molly no podían estar más felices. Eran dichosos estando el uno con el otro.
Desgraciadamente, también había llegado el décimo mes de su relación y, por ende, había llegado el aniversario. Terribles sufrimientos caerían sobre Arthur si se llegaba a olvidar de tal evento. Arthur no podría olvidarse, ¿no?
Oh, claro que podría.
«¿Cómo he podido olvidar nuestro aniversario?», pensaba el Weasley, mientras corría desesperado hacia la casa de su novia. Efectivamente, Arthur se había olvidado por cuarta vez consecutiva de su propio aniversario.«Molly me matará. ¿En qué diablos estaba pensando para olvidarme de nuestro aniversario?»
Sólo se había equivocado un poquito. ¿No? No era como la primera vez que se olvidó, que recordó su aniversario quince días después. Tampoco había sido como cuando intentó construir un circuito de eclecticidad muggle para regalárselo. Sólo había pasado un día.
Quizás Molly lo entendería. Quizás. Por Merlín, Molly no lo entendería. Molly estaría hecha un basilisco. Y como uno, lo congelaría con la mirada —aunque no lo mataría, ¡gracias a Merlín!— y sufriría terribles consecuencias
Ya se imaginaba. Llegaría a la casa de Molly, ella le abriría la puerta, sin ninguna expresión en su rostro y él intentaría disculparse con ella. Pero Molly lo haría callar y él obedecería. Ella sacaría su varita y apuntándolo, lo transformaría en un repollo o una cebolla y luego lo rebanaría para cocinarlo en una tarta. Oh, que horrible destino le esperaba a Arthur.
Mientras pensaba en qué vegetal Molly lo convertiría, llegó al hogar de la joven. Antes de dignarse a tocar la puerta, se arregló el cabello, se alisó la ropa y puso su mejor cara de disculpas, dispuesto a suplicar perdón si era necesario. Luego, inspiró hondo y tocó la puerta.
La cara de Molly al verlo no presagiaba nada bueno. Sus labios estaban fruncidos en una línea y su ceño delataba lo furiosa que estaba. Pero lo peor de todo era su mirada. Una mirada que decía que pronto estaría nadando en caldo, con un par de zanahorias y unas cebollas. Una mirada que decía que Arthur era hombre muerto. Tragó saliva.
—Pasa —dijo Molly, mirándolo fijamente—. Ve al salón y espérame allí.
¿Desde cuándo Molly estaba tan mandona? Arthur no sabía, pero con miedo, se dirigió arrastrando los pies hacia el salón, escuchando los pasos de la muchacha subir la escalera. Por lo menos no lo había enviado a la cocina, pensó, tan llena de cuchillos… y vegetales. Se sentó en una de las sillas, dispuesto a esperar lo peor.
¿Y si Molly lo dejaba? ¿Y si le decía que no quería estar más con él porque era un irresponsable olvidadizo? ¿Y si en vez de transformarlo en un vegetal lo transformaba en maíz y se lo daba a las gallinas? ¿Y si…?
Pero no tuvo tiempo de pensar mucho más, porque las pisadas de Molly contra los crujientes escalones de madera lo alertaron. Y segundos después, la pelirroja estaba frente a él, con las manos en la espalda.
Molly tenía algo escondido en su mano. Sonrió y lo dejó en las manos de Arthur. Era una esfera brillante, del tamaño de una pelota pequeña, llena de ¿humo?
—Es una recordadora, Arthur. Así no te vuelves a olvidar.
Arthur sólo pudo atinar a sonreír.
Listo. Deuda saldada conmigo misma.
Chica Nirvana.
