- Has destrozado mi máquina... – murmuró Leonardo.
- No era mi intención. Intenté esquivar las flechas como pude, pero una me alcanzó.
- Mi invento...mi maravilloso invento... – se lamentaba Leonardo - ¡¿ Acaso no te dije que tuvieras cuidado al utilizarla?
- Lo sé. Siento mucho que se destrozara. Pero mira la puerta buena, al menos me ha ayudado a cumplir la misión.
- Sí, claro. Tú has cumplido con la misión con mucho éxito… ¡Pero mi máquina se ha destrozado y tu éxito no lo compensa! – replicó enfadado.
Ezio suspiró y se acomodó en una silla. Ya conocía a Leonardo y sabía lo quisquilloso que era con sus inventos. Con los brazales estuvo casi una semana entera restaurándolos solo porque "quería que estuvieran perfectos". Entonces se acordó de aquella misteriosa mujer. No sabía porque pero no podía quitársela de su cabeza.
- ¡Ahora tendré que volver a...! ¿Te ocurre algo? – preguntó al ver su expresión seria.
- Eh...no. Estoy bien.
- ¿Seguro? Desde que volviste te noto algo distante.
Se quedaron en silencio. Ezio no estaba seguro de explicarle su problema por lo que pudiera pensar… pero él mismo lo avisó antes de ir a Venecia y seguro que podría explicárselo.
- Una mujer, ¿no? – sugirió Leo.
- Eh...sí y no. – respondió Ezio algo dubitativo.
- ¿Perdón?
- Sí, en que es una mujer...y no, que no es lo que piensas.
- Entonces explícate.
- La vi en el palacio ducal, después de asesinar a Grimaldi. Estaba escondida en el interior de un balcón totalmente a oscuras, así que no la pude ver bien. Me pareció muy extraño...
- Entiendo... Así que al final fue ella...
- ¿Sabes quién es? ¡Dímelo!
- No. Además, a lo mejor no es quien yo pienso que es y es mejor dejarlo.
Leonardo se acercó a un armario y cogió una botellita azul que se la dio a Ezio.
- Toma, te ayudará a reponer fuerzas. Será mejor que vayas a descansar, muy pronto te asignaran otra misión.
Cogió la botellita y abrió la puerta dispuesto a irse.
- Ezio, por tu propio bien es mejor que dejes de pensar en ella... hasta que llegue el momento.
- ¿Hasta que llegue el momento de qué?- preguntó confundido. Pasaron unos minutos de silencio y Leonardo suspiró
- Nos vemos mañana, Ezio.
Ezio se fue del taller, confundido por las palabras de Leonardo. Aunque le habría gustado saber más, siguió el consejo de Leonardo y intentó olvidarla, Pero fue imposible. No paraba de pensar en ella. Quería descubrir quién era por todos los medios… Entonces se acordó de la botellita y se bebió el contenido de golpe. Estuvo a punto de vomitar todo el líquido.
- ¡¿Qué demonios es esto? – dijo tosiendo y haciendo una mueca de asco. Aunque el líquido era realmente asqueroso, al menos había conseguido olvidarse de esa la misteriosa mujer para un buen rato.
