Ezio esperaba sentado en el taller a que Leonardo viniera. La Hermandad había enviado otro mensajero para informarles sobre su siguiente misión, pero al parecer este había vuelto a perder el mensaje. Entonces entró Leonardo bastante enfadado.

- No entiendo a estos mensajeros… - murmuró muy mosqueado.

- ¿Ha vuelto a perder el mensaje?

- Casi… ¡Pero como la próxima vez vuelva a...! – dijo mientras leía la carta y se quedó mudo al ver el contenido.

- ¿Qué ocurre Leonardo? – preguntó Ezio con curiosidad.

- ¡¿Tan pronto?

- ¿Tan pronto el qué? ¿Qué pasa?

- ¿Te acuerdas de aquella mujer que viste en Venecia? - Ezio asintió – Pues bien, por fin la vas a conocer.

- ¡¿En serio?

- Sí, tienes que reunirte con ella en la catedral.

- ... ¿Y esa es la misión?

- No, en realidad será ella quién te diga qué tienes que hacer.

- Bien, voy enseguida. – dijo Ezio con entusiasmo. La sola idea de conocerla le aliviaba, sobre todo porque le quitaría un peso de encima. Aunque no entendía porque ese misterio lo ha estado molestando.

- Ezio, antes de que te vayas tengo que decirte un par de cosas: la primera que se llama Helena Fiorello, y la segunda... Eh...

- ¿Qué?

- Se trata de una mujer que atrae mucho la atención de los hombres y ya sabes que te ocurre cuando ves mujeres hermosas. – dijo con algo de temor.

- Leonardo, ¿tienes miedo de que me rechace? – preguntó divertido.

- ¡No es eso! Es solo que tiene muy mal genio cuando un hombre intenta... Eh... Ya sabes a qué me refiero.

- Ya. No creo que sea inconveniente. – dijo Ezio mientras salía del taller.

- Ezio, por favor... ¡Ezio! – Leonardo suspiró al ver que ya se había marchado. – No tiene remedio...


Minutos más tarde...


Ezio caminaba por la catedral sumergido en el silencio. Todo estaba a oscuras excepto por la parte superior que estaba iluminada por la luz que se filtraba a través de los ventanales. A pesar de que había algunos fieles que rezaban arrodillados en algunos bancos, solo se oían sus botas al caminar. Él miraba por todos los sitios pero no encontró a nadie que pudiera parecerse a su objetivo.

- "Me parece que me he equivocado de sitio". – pensó mientras volvía a la entrada.

- Haces demasiado ruido para tanto silencio. – dijo una voz femenina.

Paró en seco. Estaba seguro de que no había visto a nadie mientras inspeccionaba la catedral. Miró a su espalda. De la oscuridad de unas enormes columnas surgió una mujer esbelta y realmente bella en vista de Ezio. Era joven y tendría más o menos la misma edad que Ezio. Su pelo era largo y ondulado, de color castaño muy oscuro que parecía negro. Su tez era clara como si fuera de porcelana, y las línias que formaban su cara eran suaves, con una nariz recta y una boca con unos labios voluptuosos. Ezio no habría sabido quién era si no fuera porque reconoció sus ojos. Eran de un color azul muy claro con un brillo especial que los hacía hermosos y a la vez misteriosos. Era bastante alta aunque no llegaba a la altura de Ezio por unos centímetros. Vestía un traje típico de la nobleza con tonos oscuros.

- Por fin te conozco – dijo Ezio en un susurro. La verdad es que estaba muy cautivado por su belleza pero aguantó sus impulsos. – Soy Ezio Auditore.

- Helena Fiorello, y yo también me alegro de conocerte. Aunque es mejor que pasemos a lo más importante.

- Dime que tengo que hacer y yo lo cumpliré. – dijo seductoramente, aunque Helena ignoró su tono de voz.

- A las afueras de Florencia hay un almacén con mercancía repletas pólvora que es propiedad de los Medici. Tu misión es destruir esa mercancía. En cuanto acabes la misión ven a verme.

- ¿Dónde?

- Aquí mismo.

- Perfecto. Ven mañana.

- Te veo muy seguro.

- Quizá porque suelo cumplir mis misiones con éxito, además, no quiero hacerte esperar. – esas palabras provocaron que Helena le mirara fríamente.

- Ya… Pues espero que no fracases. – contestó con frialdad y se marchó.

Ezio se marchó de la catedral pensando en su misión, pero sobre todo en su encuentro con Helena.

-"La verdad es que muy guapa… Y un poco de mal genio sí que tiene". – pensó con una sonrisa divertida.