La noche llenaba de oscuridad las calles de Florencia. Mientras Ezio se dirigía hacia su destino, no vio ni un alma y eso le beneficiaría. Pasó las enormes puertas de la muralla que rodeaba una parte de la ciudad y buscó el almacén. Cuando ya estaba a pocos metros del lugar, se escondió y observó el entorno. Al lado del muro se situaba un pequeño edificio con tres guardias vigilando al lado de una hoguera.

- "Encender una hoguera al lado de un edificio lleno de pólvora... Demasiado fácil". – pensó Ezio.

Se acercó sigilosamente y observó la actividad de los guardias. Uno de ellos calentaba sus manos en la hoguera, otro tallaba una figurita de madera con un cuchillo y el otro miraba la noche estrellada.

- Otra noche vigilando este maldito edificio... ¿No podrían darnos un descanso?

- Pídeselo al jefe y te cortará la cabeza.

- Ya lo sé, pero llevamos 4 semanas vigilando la mercancía y todavía no han cambiado nuestro turno.

- ... ¿Y tú que estás haciendo? – preguntó al guardia que tallaba la figurita.

- Un regalo para mi hijo.

- ¡¿Un regalo para tu hijo? ¡¿Te has dado cuenta de que tardarás mucho tiempo en verle?

- Sí, pero al menos cuando se lo dé sabrá que pienso en él después de no verlo durante un año.

- Pues pienso que es una tontería.

- ¡Dejad de discutir y tranquilizaos!

El que miraba las estrellas se levantó y se alejó unos metros, al parecer para estirar las piernas mientras los otros dos seguían igual. Ezio se acercó sigilosamente al primero y le clavó la cuchilla mientras le tapaba la boca. Después se alejó tras dejarlo caer muerto al suelo. Los otros dos se acercaron rápidamente al muerto.

- ¡¿Pero qué diablos ha pasado aquí?

Ezio corrió hacia ellos y tumbó uno al suelo. El otro intentó reaccionar y cogió su espada, pero Ezio fue más rápido y se la arrebató. Hizo un movimiento rápido y lo mató. Con otro movimiento fue a matar con el filo al guardia tumbado, pero al verle paró. Era el guardia de la figurita.

- ¡Por favor, no me mates! ¡Tengo un...!

- Ya lo sé, y no lo haré.

Alejó el filo del guardia, pero rápidamente le golpeó la cabeza con la empuñadura dejándole inconsciente.

- Pero al menos me aseguraré de que no molestarás.

Lo amordazó y lo arrastró hasta alejarlo del edificio. Pero mientras volvía, vio la figurita en el suelo. La cogió y la dejó junto al guardia.

- Y algunos se quejan de que no tengo sentimientos... – refunfuñaba mientras volvía al edificio. Se acercó a la hoguera y cogió uno de los troncos a modo de antorcha. Abrió la puerta y miró el interior. Dentro había cajas y sacos llenos de pólvora. Ezio se alejó lo suficiente para estar seguro y lanzó el tronco dentro del edificio. Tan solo tardó unos segundos cuando vio como el edifico saltaba por los aires. Tuvo que echarse al suelo para no salir dañado. Se incorporó y se aseguró de que ya no quedaba nada.

- Ya está. – dijo muy satisfecho mientras volvía a la ciudad. Aunque era muy tarde fue al taller de Leonardo y, cuando llegó, no le extrañó verle todavía despierto. Estaba examinando un cadáver para sus estudios de anatomía. A Ezio no le gustaba verle hacer eso, pero con el tiempo se acostumbró. Cuando él entró, Leonardo levantó la vista hacia él.

- ¡Buenas noches Ezio!... ¿Por qué hueles a quemado?

- Porque Helena me ha pedido que destruyera una mercancía de pólvora.

- Vaya, primera misión y ya quiere ponértelo difícil. – dijo con una sonrisa.

- Tampoco lo ha sido tanto. Me voy a la cama, quiero descansar antes de ir a verla.

- ¿No estarás planeando algo? – preguntó con una mirada se sospecha.

- ¡¿Leonardo, por qué siempre mal piensas de mí?

- Porque os te conozco demasiado.

- Buenas noches Leonardo. – se despidió de él con mala cara. No entendía porque a veces pensaban así de él, pero se olvidó del tema y se centró en descansar.

Ya de día fue a la catedral y buscó a Helena en silencio. La encontró observando una figura de la Virgen. Llevaba el pelo recogido y un traje de tonos claros. Se acercó a ella en silencio.

- ¿Eres religiosa?

- Sí, aunque para ciertas cosas dejo de serlo. – dijo mientras se volteaba hacia él – Has cumplido tu palabra.

- Siempre cumplo cuando me mandan. – dijo con una sonrisa seductora. - ¿Puedo preguntarte algo?

- Claro.

- ¿A qué te dedicas? – preguntó dejando sorprendida a Helena. Al parecer no esperaba esa pregunta.

- ¿Por qué quieres saberlo?

- Mmm... Curiosidad.

- Oh... Pues se podría decir que me encargo de las relaciones de los Medici.

- ¡¿De los Medici? ¡¿Y me asignas una misión que no les beneficia?

- Si crees que estoy de parte de ellos, te equivocas. – dijo con una sonrisa misteriosa.

- No entiendo...

- Ezio, no eres el único que vigila a los nobles.

- ¡Tú también...!

- Adiós Ezio. Volveremos a vernos pronto. Y dale un abrazo de mi parte a Leonardo.

Se marchó dejando solo a Ezio. Él también se marchó bastante desconcertado y decidió ver a Leonardo. Quizá él podría resolver sus dudas.

- Buenos días Leonardo.

- Buenos días. ¿Qué tal el encuentro?

- Bien. Helena te manda un abrazo.

- Helena... Ya hace tiempo que no la veo. – dijo algo triste.

- ¿De que la conoces?

- Cuidé de ella cuando tenía cinco años.

- ¿Por qué? ¿Ocurrió algo para que tú te hicieras cargo de ella?

- Sí… - dijo con tristeza. - Ella sufrió lo mismo que tú cuando era una niña.

- ¿Quieres decir que su familia también fue traicionada?

- Sí, y por esa misma razón es una asesina… Aunque no lo parezca. – dijo esta vez sonriendo.

Ezio pensó en toda esa información detenidamente. A pesar de que no la conocía mucho, el hecho de que los dos hubieran sufrido lo mismo hizo que tuviera cierto afecto hacia ella… Aunque no sabía porque.