Buscó a los guardias por varios lugares, pero fue imposible. En casi todas las tabernas de Florencia no encontró ningún rastro de ellos. Preguntó a varias cortesanas sobre su paradero pero la poca información que le dieron no sirvió de mucho. Entonces mientras se acercaba a una de las pocas tabernas que no había visitado, oyó un gran alboroto. Se acercó lentamente y observó el interior. Tres guardias estaban bebiendo sin parar y cantando y riendo. Los clientes de la taberna miraban la escena bastante molestos, aunque no dijeron nada. Como es normal, no querían problemas con los guardias de Florencia. Ezio decidió esperar fuera y actuar en cuanto salieran. Después de hora y media de esperta, los tres guardias salieron tambaleándose y riendo ruidosamente. Esperó a que se alejaran a un lugar más apartado y, tras unos segundos, se acercó a ellos muy decidido.

- ¡Eh! – gritó Ezio.

- ¿Q – qué?

Ezio dio un puñetazo a uno de ellos y lo tumbó al suelo. Los otros dos se giraron sobresaltaron.

- ¡¿Pero que dem…? – gritaba uno de ellos mientras intentaba ponerse en guardia, pero Ezio no se lo permitió y también le tumbó. El tercero retrocedió con miedo.

- ¡¿Qué es lo que quieres?

- Pelea. – respondió él mientras se acercaba para golpearlo, pero uno de los guardias que estaban en el suelo lo cogió del pie y lo tumbó de un tirón. Rápidamente se puso encima de Ezio y empezó a golpearlo. Intentó quitarse el guardia de encima, pero el peso de este se lo impedía. Se llevó bastantes golpes en la cabeza que lo dejaron aturdido, pero antes de llevarse otro consiguió darle un codazo y apartarlo de una patada. Se levantó como pudo y se puso en pie otra vez, pero los otros dos se echaron encima de él y lo volvieron a tumbar. Volvieron a golpearle, pero esta vez con más fuerza. Ezio intentó defenderse y consiguió evitar algunas patadas, aunque no pudo evitar llevarse el resto. Después de unos segundos los guardias tomaron un pequeño respiro y Ezio aprovechó la oportunidad y tumbó a uno de ellos con una patada desde el suelo. Los otros dos intentaron reaccionar, pero Ezio se incorporó con rapidez y también los tumbó. Golpeó a cada uno de ellos hasta dejarlos aturdidos y se acercó a uno de ellos.

- ¡Por favor, para ya!

- Escuchadme bien. – dijo con gesto serio mientras intentaba calmar su respiración. Cogió a uno de ellos por el cuello y lo miró amenazadoramente. - Quiero que dejéis en paz a las cortesanas del burdel. Si me entero de que habéis vuelto a molestarlas acabaré con vosotros. ¿Me habéis oído?

- ¡Sí!

- Bien. – soltó su cuello y antes de levantarse le dio un puñetazo que lo dejó inconsciente. – Esto por los golpes.

Se incorporó con algo de dificultad y se limpió el polvo de su ropa. Mientras se limpiaba notó algo. Miró a su espalda y vio al propietario y a todos los clientes de la posada mirándolo boquiabiertos.

- Tranquilos, después de esto no creo que vuelvan a molestar. – dijo mientras se marchaba.

Volvió al burdel muy tranquilo. A pesar de los golpes que había recibido, se sentía bastante bien, aunque quizá un poco dolorido. También estaba un poco sorprendido, ya que no se esperaba que los guardias consiguieran golpearle a pesar de estar bastante ebrios. En cuanto llegó, todas las cortesanas lo miraron bastante sorprendidas… o asustadas. No entendía porque le miraban de esa manera, pero no le dio mucha importancia al asunto. Entró en la pequeña habitación y al fin se encontró con ellas. Estaban hablando tranquilamente y, en cuanto Ezio se acercó a ellas, estas lo miraron sonrientes. Pero en cuanto lo vieron bien, cambiaron el gesto y lo miraron asustadas. Esta vez sí que se preocupó.

- ¿Ocurre algo?

- Ezio… ¿Te encuentras bien? – preguntó Helena casi en un susurro.

- Sí, quizá me duele un poco todo el cuerpo, pero estoy bien.

- ¿Qué ha pasado? – preguntó Paula con bastante preocupación.

- Tuve que pelear contra ellos para intimidarlos, pero después de eso no creo que vuelvan.

- Bien, pues entonces será mejor que nos marchemos. – dijo Helena bastante nerviosa mientras arrastraba a Ezio fuera del burdel.

- Sí queréis podéis quedaros aquí a descansar. – dijo Paula.

- Pues no me impor… - dijo Ezio pero Helena lo interrumpió.

- No hace falta Paula, pero gracias. – dijo ella mientras seguía arrastrando a Ezio. Este la miró enfadado, pero la mirada que le dirigió Helena le hizo cambiar opinión.

- Como queráis y gracias por quitarnos un problema. – dijo Paula mientras sonreía a Ezio.

- Ha sido un placer. – dijo él seductoramente, pero después de recibir un codazo de Helena cambio el gesto.

- Bien, nos vamos. – dijo ella.

Siguió arrastrando a Ezio y salieron del burdel rápidamente. Se alejaron un poco y Ezio miró bastante enfadado a Helena.

- ¡¿Por qué has he…? – fue a protestar él pero mientras caminaban ella le cogió y le obligó a desviarse del camino - ¡¿Qué haces?

- Calla y sígueme.

Ezio le hizo caso y la siguió, aunque estaba empezando a enfadarse y más si no sabía que es lo que quería. Llegaron hasta un edificio pequeño y, por el símbolo de la orden que estaba encima de la puerta, él dedujo que era un refugio para los asesinos. Ella llamó a la puerta. Un hombre, muy envejecido, abrió la puerta y, en cuanto la vio, inmediatamente se apartó para dejarlos pasar. Ezio se extrañó, pero no hizo mucho caso.

- ¿Qué hacemos aquí?

Helena lo ignoró y siguió avanzando hasta entrar en una habitación. Era un dormitorio muy pequeño con lo justo: una cama, una mesa... En cuanto entraron, ella le obligó a sentarse en la cama.

- ¿Qué hacemos aquí? – repitió con enfado, pero esta lo volvió a ignorar y se sentó junto a él con un recipiente lleno de agua y un paño.

- No te muevas. – dijo ella mientras limpiaba la cara de Ezio.

- Ya te he dicho que estoy bien.

- Pues tu rostro me dice lo contrario.

- No creo que esté tan mal.

Helena cogió un espejo y se lo dio. Ezio lo cogió con mala gana y se miró. Aún llevaba puesta la capucha, pero en cuanto vio su rostro poco visible se la quitó de un tirón. El lado derecho de su frente tenía un tono rojizo, que estaba casi oculto por su pelo oscuro; su ojo izquierdo estaba morado y un poco hinchado y en los pómulos tenía pequeñas heridas además de que tenía un poco de sangre en el labio.

- ¡¿Pero qué...? – exclamó mientras miraba su reflejo. Dejó el espejo y empezó a quitarse todas las protecciones y las armas de los brazos. Cuando termino se desabrochó la camisa y se asustó al verse. Una parte del abdomen lo tenía totalmente morado y con pinta de doler bastante y todo el resto lleno de moratones y heridas. Ezio se sentó y se examinó las heridas. – No es posible... Si no me ha dolido desde que me fui.

- Por eso me sorprendí cuando dijiste que estabas bien.

Helena continuó limpiándole las heridas mientras Ezio se examinaba. No se había dado cuenta hasta ese momento, pero en cuanto empezó a examinarse las heridas empezaron a dolerle y bastante.

- Tendrías que tener más cuidado.

- Si me hubieran informado más quizá no estaría así...

- Quizá, pero la próxima ten más cuidado.

Se quedaron en silencio. Ella dejó de curarle y se quedó unos segundos mirándolo bastante pensativa.

- ¿Qué? – preguntó Ezio al darse cuenta de que lo miraba.

- Nunca había visto tu rostro.

- Pues buen momento para verlo. – ironizó él. – ¿Y cómo me ves?

- Eh...bueno...

Helena no sabía cómo responder. No negaba que era bastante atractivo, con sus ojos oscuros que la miraban fijamente, su encantadora sonrisa, su torso musculoso a la vista... No pudo evitar ruborizarse un poco, aunque intentó quitarse esos pensamientos de su mente.

- ¿Y...?

- ¿Por qué tengo que contestar a esa pregunta? – preguntó de repente Helena.

- Si no quieres, no lo hagas. – respondió Ezio encogiendo los hombros.

- Tampoco lo iba a hacer... ¿Y qué te gusta de mí?

- ¿Por qué lo preguntas?

- No sé, quizá porque siempre estas mirándome cuando yo no lo hago.

- Oh, pues... ¿Puedo hacerte un pregunta antes de contestar? – ella asintió. - ¿Te parezco atractivo?

- ¡¿Por qué me lo has vuelto a preguntar?

- Porque te has ruborizado un poco mientras me mirabas. – dijo con una sonrisa divertida.

- ¡¿Qué? ¡No es eso! ¡Yo solo…! – Helena soltó un bufido y Ezio no pudo evitar reírse al verla de esa manera. Ella le fulminó con la mirada, aunque se avergonzó un poco.

- Eso es lo que me gusta.

- ¡¿Qué?

- Me gusta verte así. – respondió él con una sonrisa.

- ¿Por qué?

- Verte así te hace... Adorable. – volvió a responder ensanchando su sonrisa. Helena se ruborizó, apartando la mirada de él. No entendía porque estaba actuando de esa manera y menos ante Ezio. Este volvió sonreir al verla así. A diferencia de ella, él estaba divirtiéndose de verla en ese estado. Si algo se le daba bien, era hacer que las mujeres se rindieran a su encanto. Aunque se admitió a si mismo que con Helena le estaba costando bastante.

-Será mejor que me vaya. – dijo ella con frialdad y se acercó a la puerta.

- Un momento, todavía no has contestado mi pregunta.

- No pienso decir si eres atractivo o no.

- Esa no, sino otra. ¿Qué te gusta de mí?

Ella paró en seco y se quedó inmóvil durante unos segundos. Se volteó hacia él con una sonrisa seductora y se acercó lentamente hasta estar delante de él, a pocos centímetros de su rostro.

- ¿Y a ti que te importa? – replicó ella con voz suave pero cortante y se marchó. Ezio se quedó mudo por su respuesta pero sonrió. Terminó de curarse y volvió a vestirse en cuanto terminó su tarea. Se marchó del refugio y se dirigió a su casa. Estaba bastante cansado, en gran parte por culpa de la pelea y tenía ganas de tumbarse en la cama y dormir durante muchas horas. Mientras volvía pensó en Helena. Cuando la conoció tenía que admitir que se sentía atraído por ella, pero después de lo ocurrido en el pequeño refugio supo que le gustaba. Ezio sonrió al pensar en eso y durante toda la noche no paró de pensar en ella.