Un día después del incidente, Ezio volvió como siempre a visitar a Leonardo en su taller. Lo encontró fabricando otro de sus inventos.

- Hola Ezio. – lo saludó con una sonrisa aunque cambió el gesto al ver su rostro – ¿Qué le ha pasado a tu cara?

- Es una larga historia, pero no importa. ¿Alguna novedad?

- No. Están esperando un movimiento por parte de nuestros enemigos y por ahora no han hecho nada. Y viendo tu estado preferiría que descansaras por unos días.

- No me importaría, la verdad. Aunque no me gusta estar sin hacer nada.

- Pues hasta que no den nueva información, no harás nada.

- Pues dime algo que pueda hacer.

- Déjame pensar... ¿Porque no me cuentas qué sucedió ayer?

- Las cortesanas me pidieron intimidar a unos guardias para que no volvieran a molestarlas. Tuve que enfrentarme a ellos para lograrlo y me costó un poco...

- O bastante, diría yo. – añadió Leonardo mirándolo de reojo. - Me parece que después de todo has recibido más de lo que esperabas.

- Bueno, vale. Admito que me confié un poco.

- Lo importante es que has cumplido con tu misión y estas bien. ¿Y ella?

- Ella se quedó hablando tan tranquila con la jefa de las cortesanas mientras yo hacia el trabajo sucio. – respondió Ezio algo enfadado.

- Tampoco es para tanto. Pero supongo que ella te ayudó después, ¿no?

- Sí... - respondió él con una sonrisa al recordar lo sucedido la noche anterior.

- ¿Qué te hace tanta gracia? – preguntó Leonardo con curiosidad. - ¿Ocurrió algo?

- Eh... No, nada. Solo me ayudó a curarme.

- Ya. ¿Seguro que no ocurrió nada más? – insistió no muy convencido.

- Ya te he dicho que no. Ahora me toca a mí hacer preguntas.

- Está bien. – se rindió él.

- ¿Cómo la conociste? – preguntó de repente. Leonardo dejó lo que estaba haciendo y miró a Ezio confundido.

-¿Por qué quieres saberlo?

- La curiosidad es muy mala. – respondió él con una sonrisa divertida.

- Bueno, la vi por primera vez hace muchísimo tiempo. Yo todavía estaba estudiando en el taller de Verocchio y aunque era muy joven, los hombres de la Hermandad ya habían hablado conmigo para formar un pequeño pacto. Un día me quedé trabajando hasta muy tarde y un individuo llamó a mi puerta. Llevaba en brazos a una niña de cinco años y sin decir nada, la dejó a mi cargo. Yo no entendía nada hasta que recibí una carta de ese hombre, diciéndome que tenía que cuidar de la niña hasta que llegara el momento y bajo ningún concepto hablara de ella a otras personas, aunque fueran de mucha confianza. La niña se llamaba Helena Fiorello y aquella noche incendiaron su casa y mataron a toda su familia. La encontraron inconsciente en medio de una sala en llamas junto al cuerpo de su padre.

- ¿Y cómo sobrevivió hasta que la encontraron? – preguntó Ezio muy intrigado.

- No lo sé, pero Helena seguía viva después todo lo ocurrido. Cuidé de ella hasta que cumplió diez años y durante ese tiempo descubrí que a pesar de ser muy pequeña era una niña prodigio. Yo le ponía acertijos y le decía que si encontraba la solución correcta le daría un regalo. Me di cuenta de su gran inteligencia cuando solucionó el primer acertijo en menos de un minuto.

- ¿Y cuál era el regalo?

- Tuve que darle otro acertijo porque no me dio tiempo a pensar cuál sería el regalo. – dijo él con una sonrisa. – Durante ese tiempo fue como una hermana pequeña para mí. La adoraba... hasta que se la llevaron.

- ¿Quién? ¿La Hermandad?

- Sí. En cuanto cumplió los diez años volvió el hombre que me la trajo y se la llevaron para "entrenarla". Me dolió mucho su marcha y no la volví a ver hasta después de muchísimo tiempo. En comparación de aquella niña pequeña y vulnerable, la que vi en aquel momento era una mujer fuerte y mucho más inteligente. Seguía siendo muy joven, pero a pesar de su juventud, me informaron que su reputación como asesina era muy alta y que su trabajo como infiltrada ya estaba en activo. Pensaba que después de tanto tiempo ella no sería la misma, pero me equivoqué. Cuando nos volvimos a ver, lo primero hizo fue darme una fuerte abrazo y decirme que, después de tanto tiempo quería que le pusiera un acertijo. – dijo él riéndose.

- Ya veo, a pesar de su mal genio y de la frialdad con la que me trata ella es mucho más dulce contigo. – dijo mirándole de reojo pero sonriendo.

- Tendrá varias razones para comportarse así, la primera como eres.

- No sé a qué te refieres. – replicó confundido.

- Sabes perfectamente a qué me refiero.

- Vale, quizás a veces soy un poco pesado...

- ¿Un poco? Creo que a veces demasiado.

- Bueno vale, pero al menos soy amable.

- Eso no es suficiente.

- ¿Podemos cambiar de tema? – preguntó con cara de pocos amigos.

- ¿Y de qué queréis hablar?

- No sé... ¿Algún invento nuevo?

- ¿Por qué no? - dijo él con una sonrisa- ¿Ezio, podrías darme tu brazal?

- ¿Para qué?

- Ya lo verás. – respondió él entusiasmado. Ezio le dio el brazal y este se puso manos a la obra. Mientras montaba su nuevo invento, le explicaba en qué consistía y que funciones tenía. Ezio intentó seguir la conversación pero en cuanto empezó hablar sobre la ciencia de la velocidad y de los mecanismos que hacían falta para que funcionase, lo único que entendió era que se trataba de una pistola que estaría oculta debajo de la cuchilla. Se acercó a la ventana y pensó en algo para pasar el rato. Pensó todo lo que había hecho, en los momentos que había vivido y sobre todo en Helena. No faltaba ningún momento en el que no pensara en ella y a veces se pasaba horas sin quitársela de la cabeza. Pensó en todo lo que Leonardo le había dicho sobre su pasado y en las coincidencias que tenían ambos.

-Y como te decía... ¿Me estás escuchando? – preguntó Leonardo.

-Eh... Sí.

-Si no quieres que continúe solo tienes que decírmelo.

-Te aseguro que estoy escuchando. Solo quería acercarme a la ventana para que me diera un poco el aire.

-Ya. Pues como decía antes...

Leonardo volvió a su explicación y Ezio volvió a sus pensamientos, esta vez haciendo como que le escuchaba. Pensó en su sonrisa, en sus ojos... Y entonces se dio cuenta. Se dio cuenta de que se estaba enamorando de ella.