Helena estaba tumbada en la cama, aburrida por no hacer nada. Para pasar el rato escuchó la conversación que tuvieron Leonardo y Ezio.

- Está bien, pero ni se te ocurra hacer ninguna tontería.

- Leonardo, solo voy vigilarla, nada más. No voy a hacerle nada.

- Vale, vale...

- ¿Por cierto, te ha dicho quiénes han sido los que la han atacado?

- No, además no está segura. Lo mejor es que se quede aquí y no le digamos nada sobre esto hasta que se recupere.

- Ojalá pudiera darles su merecido... – dijo Ezio lleno de ira.

- No empecemos con las venganzas Ezio.

- ¡Pero es que...!

Helena dejó de escuchar la conversación muy molesta. Después de lo que había oído estaba completamente segura que mientras estuviera ahí, no podría hacer nada hasta que no se recuperase. Y esa idea no le hacía ninguna gracia y tampoco le gustaba estar dependiendo toda la noche de Ezio. No es que le molestara, solo que ella no quería sentirse una inútil solo por estar herida.

- Bueno, pues eso. Si tiene algún problema…

- Ya lo sé, Leonardo. No hace falta que me lo repitas.

- Está bien. Buenas noches Ezio.

Leonardo se marchó y Ezio cerró la puerta. Entró en la habitación y se alarmó al verla. Helena estaba cambiándose de ropa, tratando de mantenerse en pie con bastante esfuerzo. De repente sus piernas flaquearon y estuvo a punto de caer si no fuera porque Ezio la cogió justo a tiempo.

- ¡¿Qué estas haciendo? ¡No tendrías que estar de pie en tu estado!

- Tampoco estoy tan mal. – replicó Helena algo enfada.

- Eso lo dirás tú pero en mi opinión no estás bien. – dijo mientras la volvía a tumbar en la cama.

- ¡Es que no quiero estar así! ¡Necesito hacer algo!

- Lo sé, pero tiene que ser así.

Ezio se acercó a una mesa y le trajo una bandeja con comida.

- Come, te vendrá bien. – dijo mientras dejaba la bandeja a su lado – Si necesitas algo, no dudes en llamarme.

- Vale. – dijo Helena con mala gana.

Unas horas más tarde, cuando todo el mundo ya estaba en la cama, Helena se levantó de la cama y terminó de cambiarse. Salió en silencio de la habitación y vio a Ezio durmiendo en un sofá que estaba en el taller. Trató de no hacer ruido y se marchó silenciosamente del taller. Sabía que no estaba bien salir en su estado por la noche, pero le daba igual. No le importaba lo que dijeran Ezio y Leonardo, solo quería salir de allí y volver al palacio Medici. Tenía que cumplir con su trabajo. Caminó por las calles cojeando bastante hasta el punto de tener que apoyarse en las paredes. Tras recorrer un bien tramo paró. Se notaba algo mareada y la cabeza le dolía bastante, por no decir que hacía mucho frío. Decidió seguir caminando pero paró en seco. Había salido del taller directa al palacio, pero en la dirección equivocada. Además, para llegar hasta su habitación sin llamar la atención tenía que escalar, algo imposible en su estado. Volvió a notar el frío que cada vez era más intenso, la cabeza y la pierna le hacían un dolor insoportable y su vista se estaba nublando.

- Tengo que volver al taller. – se dijo a sí misma. Se giró para volver pero se encontró con un grupo de hombres un poco más lejos de ella.

- Tenemos que encontrarla o nos meteremos en un buen lío.

- ¡¿Y dónde quieres que busquemos si no sabemos donde está?

Helena los observó detenidamente y los reconoció enseguida. Eran los guardias que la habían perseguido. Se fue alejando de ellos lentamente para no llamar la atención, pero fue inútil.

- ¡Está ahí! ¡Cogedla!

Helena echó a correr desesperadamente intentando aguantar su cojera. Se maldecía una y otra vez por haberse ido porque gracias a su "maravillosa idea" estaba otra vez al borde de la muerte y esta vez sin escapatoria. Casi no podía correr. La vista se le estaba nublando y el dolor que le provocaban la pierna y la cabeza la estaba matando. Se metió en un callejón para despistarles pero no tenía salida. Los guardias ya la habían alcanzado y Helena se escondió detrás de una caja. Esperó a que llegase su hora muerta de miedo y llorando desesperadamente pero los minutos pasaban y ese momento nunca llegó. De repente se sintió segura y salió de su escondite. Un hombre empuñaba una espada a la entrada del callejón dándole la espalda y respirando forzadamente. Ella intentó acercarse a él pero no pudo. Estaba agotada y muerta de frío, todo el cuerpo le dolía y la cabeza le daba vueltas. Solo pudo ver que el hombre llevaba capucha antes de desmayarse.


Unas horas después...


Tras dormir profundamente durante unas horas, Helena empezó a despertarse poco a poco cuando se filtraron los primeros rayos de luz y se permitió unos instantes de tranquilidad para asimilar todo lo ocurrido la pasada noche. No podía recordar nada de lo que sucedió después de su desfallecimiento. Ni siquiera recordaba que se hubiera desmayado, solo conseguía recordar el miedo, la impotencia y esa horrible sensación de ser débil, inútil... Innecesaria. Como si fuera una señal de consuelo, notó de repente unos fuertes brazos a su alrededor. El calor que sentía era agradable, reconfortadle. Ese calor la invitaba a abandonarse en la protección de esos brazos, no obstante...

- ¡¿Qué? ¡Ahhhh...!

- ¿Qué? ¿Qué pasa? - contestó un somnoliento Ezio mientras se frotaba los ojos como un perezoso gato - ¿Qué ocurre Helena?

- ¿Qué haces en mi cama?

- Oye, eh, que es mi cama y además, no lo he hecho por diversión ¿vale? Estabas titiritando de frío y murmurabas en sueños, como si estuvierais sufriendo una pesadilla. – se defendió él. - Yo solo he querido hacer que te sintierais mejor. Suponía que si...

- ¡¿Has supuesto? ¡¿Qué has supuesto? ¡Pero quién te crees que eres!

- Eh... Un momento, recuerda que si no fuera por mí no seguirías con vida, ¿vale? Si no te hubiera encontrado en aquel maldito callejón, aquellos guardias te hubieran matado. ¿Entiendes?

- Así que fuiste tú... – dijo mientras pensaba. Su memoria recobraba por momentos y...

- Lo recuerdo... – murmuró concentrada. - Yo... Yo estaba en la calle, todo el cuerpo me dolía y tenía un fuerte dolor de cabeza. Intenté volver pero me encontré con aquellos guardias. ¡Querían matarme! Huí, corrí todo lo que pude pero el dolor era demasiado intenso y mi visión se volvió borrosa. Entonces llegué a un callejón sin salida. Pero... me desmayé.

- Pues yo juraría que me viste antes de desmayarte. Bueno, a mí con un litro de sangre por encima. Las heridas que me hicieron realmente tardarán en sanar. No quiero ni imaginarme lo que te hubieran hecho si no llego a tiempo.

Helena vio como Ezio cerraba los puños hasta que los nudillos se le hacían blancos.

- "¿Está enfadado? ¿Acaso se preocupa por mí?" – pensó algo nerviosa. Como respuesta a su pregunta Ezio levantó la cabeza y con ojos llenos de determinación dijo:

- No vuelvas a darme un susto como este. No sabes lo que sufrí al verte temblando en el suelo mientras gemías de dolor. Me asusté mucho.

Era posible. Sí. Ezio estaba diciendo que se preocupaba por ella. Y ella ni siquiera recordaba cuando apareció. Tampoco se preocupó por él cuando decidió irse de allí. En cambio él no dudó en ir a buscarla. No sabía por qué, pero estaba contenta por ello. La alegraba profundamente haciendo que su corazón palpitara fuertemente. Además se ocupó del peligro que la perseguía, sufriendo él todos los ataques. En estos momentos ella podía ver a través de la camisa blanca las heridas medio abiertas que le habían hecho esos bastardos.

- "No puedo estar con él". - pensó con tristeza. – "Quiero estar a su lado pero solo le causo problemas y dolor. No se merece este sufrimiento, él merece alguien mejor, alguien que no le cause tristeza… No como yo."

- A partir de ahora no quiero volver a verte. Trabajaremos separados y ni intentéis localizarme. Solo eres un estorbo y siempre estoy en problemas por tu culpa. Así que olvídame.

Ezio pasó claramente por distintas fases: desconcierto, sorpresa, entendimiento y... Furia.

- ¡¿Qué? ¡Pero qué dices! - su voz sonaba muy grave con un tono de más en el timbre. - ¡No pienso dejar que huyas de nuevo de mí! ¡¿Qué te crees, que no me he dado cuenta de que lo que quieres hacer es apartarme de tu lado, que huyes cuando dejo de vigilarte? ¡Pues no lo voy a permitir, ¿de acuerdo? ¡Voy a vigilarte y a protegerte quieras o no! ¡No dejaré que vuelvan a ponerte la mano encima! ¡¿Queda claro?

- ¡¿Pero es que tu eres idiota o qué? ¡¿Eh? ¡¿No ves que esto lo hago por ti? ¡Para mantenerte a salvo, para que no te hieran por mi culpa, no te lo mereces!

Helena no lo había podido evitar. Se había enfadado tanto por la respuesta desconcertante de Ezio que se le había escapado la verdad. Avergonzada bajó la cabeza ocultando sus mejillas sonrojadas.

- Helena... - Su voz había sonado tan dulce, tan tierna... Inesperadamente él la abrazó.

- Helena, no temas por mí. Soy fuerte, sabré protegerte, no sufrirás daño nunca más. Lo juro.

Dejándose llevar por esa voz tranquilizadora, lloró. Lloró dejando salir todo el miedo que había experimentado los últimos días. Y él estuvo ahí, consolándola, dándole el apoyo que necesitaba. Un cariño diferente al que conocía. El cariño que unía un fuerte lazo en su corazón, aunque ella no lo supiera.