Después de ese momento, la relación entre ellos cambió… En cierta manera. Un día después del incidente Ezio tuvo que darle explicaciones a Leonardo que estaba bastante enfadado con él y le aseguró que no volvería a quedarse ni siquiera para dormir. Helena observó la escena divertida... y arrepentida, y ayudó a Ezio a calmar a Leonardo aunque eso no le hizo cambiar de idea. Pero a pesar de eso Ezio pasaba todos los días a verla y pasaba mucho más tiempo con ella que fuera, y eso hizo sospechar a Leonardo. No estaba acostumbrado a verles tan cercanos el uno con el otro y supo que ocurría algo aunque prefirió no decir nada y dejarles intimidad.

Pasaron unas semanas y Helena se recuperó del todo, volviendo a su trabajo. Siguió reuniendo información, relacionándose con los altos nobles y formando alianzas sin que nadie se diera cuenta. Todo el mundo la seguía viendo como una dama muy inteligente y de gran respeto que era de gran confianza para los Medici, aunque no notaban que detrás de todo eso había una asesina... o dos asesinos. Ezio la visitaba en secreto y Helena le daba indicaciones que él mismo se encargaba de ejecutar. Pero cuando la veía también pasaban largos ratos hablando sobre sus vivencias, opiniones...

Como las otras noches, Ezio estaba a punto de salir para verla pero oyó que alguien llamaba a la puerta de su casa y se sorprendió al ver a Helena, con un traje parecido al de su anterior misión.

- ¿Qué haces aquí? – preguntó Ezio sorprendido.

- Tenía ganas de salir y he pensado que podríamos dar una vuelta. ¿Te apetece?

- Oh... ¿Por qué no? – dijo con una sonrisa. Ezio salió y siguió a Helena por las calles. Aunque no había nadie por la noche, le preocupaba que ella estuviera poniendo al descubierto su identidad.

- Helena, creo que no es muy seguro que demos una vuelta y ya sabes por qué.

- Ya lo sé y por eso vamos a tomar una nueva ruta. – dijo ella con una sonrisa tranquilizadora.

- ¿Ah, sí? ¿Y qué ruta es?

- Sígueme.

Helena corrió hacia una pared y la escaló con gran habilidad. Ezio se sorprendió con su agilidad y se apresuró a seguirla al ver como ella corría por los tejados. Aunque conseguía mantener un buen ritmo para estar cerca de ella, le estaba costando bastante ya que era muy rápida. Siguieron corriendo por los tejados hasta que bajaron al suelo y se detuvieron delante de la basílica.

- ¿Qué hacemos aquí? – preguntó Ezio.

- ¿No crees que desde arriba habría una magnífica vista?

- Bueno, creo que... ¡¿No estarás pensando en hacer eso?

Helena le lanzó una mirada maliciosa y empezó a escalar la pared de la basílica. Ezio la siguió sin entender las intenciones de Helena y finalmente llegaron hasta arriba. Helena se sentó tranquilamente , observando la luna.

- ¿A qué viene esto? – preguntó confundido.

- Solo quería estar en un sitio tranquilo, con una vista hermosa y en el que nadie moleste.

- Ya. ¿Y yo? – dijo enarcando una ceja.

- Y creo que es el lugar perfecto para hablar.

Ezio suspiró y se sentó junto a ella. Admitió que Helena no estaba equivocada. Estaba todo muy silencioso y tranquilo, con la luna iluminando el paisaje, dándole un aire misterioso. Además, tenían una vista de toda Florencia y era precioso.

- ¿Y de qué quieres hablar?

- No sé... De algo.

- Tengo una idea: ¿Por qué estamos aquí?

- Eres un poco pesado.

- ¿Vas a contestarme o no? – insistió él.

- Está bien. Cuando quiero estar sola para pensar y tranquila me gusta venir aquí.

- Y hoy me has traído aquí para hablar, ¿no?

- Sí, tengo que decirte una cosa.

- ... Yo también tengo algo que decirte.

- ¿Y por qué no empiezas tú?

- ¡¿Qué? Eh... No. – dijo poniéndose nervioso. – Mejor empiezas tú.

- ¿Por qué?

- Eh... Por nada. Solo prefiero que empiece tú.

- Oh, vale. Pues quería hablarte de aquel secreto que quería decirte.

- ¿Ah, sí? ¿Y de qué se trata?

- Bueno, eh...

- Si no quieres decírmelo, no me importa.

- No es eso, es solo que no sé cómo hacerlo.

- No tengo prisa.

Ezio dejó que Helena pensara tranquilamente y observó el paisaje. Le gustaba estar allí, sumergido en sus pensamientos sin correr el riesgo de que alguien le molestara... Y con ella. Después de pensarlo durante un tiempo le surgió la necesidad de expresarle sus sentimientos y decirle cuanto la quería, pero nunca encontraba el momento.

- ¿Puedo hacerte una pregunta? – le preguntó de repente Helena.

- Claro.

- Cuando me salvaste… ¿Cómo te sentiste? – la pregunta sorprendió a Ezio.

- Pues me sentí aliviado. Si te llegan a hacer algo... ¡¿Por qué te marchaste de aquella manera?

- Me sentía inútil y quería salir de allí... Aunque tampoco estoy muy segura de por qué lo hice.

- ¡¿Inútil? ¡¿Helena se puede saber por qué pensaste eso? – preguntó desconcertado y a la vez enfadado.

- ¡Porque no estoy acostumbrada a quedarme de brazos cruzados!

- Helena, que tú no puedas hacer nada por estar herida no significa que seas una inútil. Y no vuelvas a pensar así.

- Lo siento... Y gracias. – dijo con timidez.

- ¿Gracias? – preguntó extrañado. - ¿Por qué?

- Necesitaba que alguien me dijera todo eso después de lo que hice. Además, quería que ese alguien fueras tú.

- ¿Por qué? – preguntó sorprendido.

- Porque... ¿Sabes cuál es mi secreto? – Ezio negó con la cabeza – Eres tú.

- ... ¿Yo?

- Cuando te conocí, tuve la sensación de que eras tú pero no hice mucho caso. Incluso intenté negármelo muchas veces… Pero ahora estoy segura. – dijo mirando el paisaje con expresión enigmática y después le miró. Ezio parpadeó varias veces asimilando sus palabras mientras mientras Helena lo observaba atentamente, viendo su reacción. ¿Significaba eso que Helena también le quería? Entonces pensó que era el momento adecuado para decírselo.

- Helena, yo...

- ¿Qué? – preguntó expectante. Se quedaron en silencio y Ezio se acercó lentamente a ella.

- Yo...

- ¡Pero qué...! ¡Cogedles! – gritó una voz a sus espaldas. Los dos se incorporaron alarmados y vieron como unos guardias corrían hacia ellos.

- ¡Se suponía que no había nadie aquí arriba! – gritó Ezio enfadado.

- ¡Que yo sepa nunca había nadie! ¡Y no es culpa mía! – repuso Helena también enfadada.

Los dos se apresuraron a bajar del edificio, y lo hicieron con tanta rapidez que estuvieron a punto de caer al suelo. Ya abajo, corrieron por las calles hasta estar a salvo. Se apoyaron en una pared jadeando y mirando que nadie los seguía.

- ¿Seguro que nadie iba por allí?

- Cuando estaba yo no. Será mejor que vuelva al palacio antes de que sospechen.

Ezio la acompañó al palacio y se detuvieron justo debajo de la ventana de la habitación de Helena.

- Bueno, tengo que irme. Gracias por acompañarme... Y por escucharme – dijo algo nerviosa.

- De nada.

- Bien, pues buenas noches Ezio.

Se giró hacia la pared para subir pero Ezio la detuvo cogiéndola de la mano.

- Helena, antes de que te vayas tengo que decirte que...

- Si tienes que decirme algo, dímelo ya.

Ezio se quedó en silencio y la miró a los ojos con intensidad. De repente la besó, sorprendiendo a Helena. Estuvo a punto de apartarle de un empujón, pero se dejó llevar. Era una sensación maravillosa que deseaba que no se terminara nunca. Finalmente se separaron pero sin apartarse mucho. Helena apoyó su frente con la de Ezio.

- Ezio...

- Buenas noches Helena – se despidió con una sonrisa y se marchó, dejando sola a Helena que no se movió del sitio. Se tocó los labios intentando asimilar lo ocurrido y sonrió. Subió a su habitación y se miró al espejo de su tocador. Se sentía feliz. Estaba perdidamente enamorada de Ezio.