Estaba tan hermosa bajo la luz de la luna, con una sonrisa que era la más hermosa que había visto, observando Florencia desde la basílica. Se acercó lentamente por detrás y la abrazó.
- Helena...
- Dímelo.
- Te quie...
Unos golpes sonaron de la puerta y Ezio se despertó de mal humor.
- ¿Por qué siempre tienen que interrumpirme? – protestó Ezio mientras se levantaba de la cama. Volvieron a llamar con más fuerza y Ezio se apresuró a abrir.
- ¡Ya voy! – abrió la puerta y unos hombres lo empujaron hacia atrás y le sujetaron con fuerza. - ¡Eh! ¡Soltadme!
- Tranquilo, Ezio – dijo un hombre mientras se acercaba a él. Era alto y corpulento, con el pelo largo y negro y barba. Tenía una cicatriz en el ojo izquierdo que le daba un aire siniestro. – No vamos a hacerte nada.
- ¡¿Quién eres tú? – preguntó Ezio desafiante.
- Oh, vamos. ¿No te acuerdas de mí?
- ¡Cómo quieres que me acuerde si no sé quién eres!
- ¡Soy yo, Mario!
- ... ¿Mario? ¿Tío Mario? – pregunto sorprendido.
- ¡Pues claro! ¡Soltadle! – ordenó a los hombres que lo sujetaban. Ezio miró a Mario sorprendido. Hacia tanto que no le veía... Casi ni se acordaba de él.
- ¡Me alegro de verte sobrino! – dijo dándole un fuerte abrazo que lo levantó del suelo.
- Yo también... ¿Por qué has venido?
- Me enteré de lo de tu familia. Siento mucho lo que pasó. – dijo muy consternado.
- Gracias.
- También he venido porque quería ofrecerte mi ayuda, así que si necesitas apoyo para dar una paliza o dar una revuelta no dudes en pedírmelo.
- Oh, gracias. ¿Algo más?
- Si no te importa, me gustaría que me hicieras un favor.
- ¿Qué quieres que haga?
- Hay un gran cargamento de armas en un edificio que utiliza la guardia florentina como un almacén. Quiero que me facilites la entrada a ese edificio, del resto se ocupan mis hombres.
- De acuerdo. Dame un momento.
Ezio volvió a su habitación y se preparó. Mario lo guió por las calles seguido de sus hombres. Finalmente pararon frente a un edificio situado delante del palacio de los Medici y vigilado por guardias.
- Aquí está. Como te he dicho antes solo tienes que despejar la entrada.
- Ya lo sé. No tardaré mucho. – dijo alejándose de él. Se puso a un lado y pensó un plan. – "Creo que es hora de probar la pistola".
Puso el dedo en el gatillo y apuntó a uno de los guardias. Disparó y un fuerte ruido sacudió el ambiente, alarmando a la gente. Uno de los guardias cayó muerto al suelo y los demás observaron sorprendidos. Uno de ellos levantó la cabeza hacia Ezio y sacó su espada.
- ¡Matadlo!
- ¡Venid a por mí si podéis!
Ezio corrió por las calles con todos los guardias detrás de él y los mercenarios aprovecharon el momento. Abordaron el edifico, venciendo con facilidad los pocos guardias que quedaban y cogieron todo lo que había. Huyeron de allí ante la mirada de miedo y sorpresa de los ciudadanos.
- ¡No sé como lo ha hecho pero sabía que lo haría bien! – dijo Mario riéndose mientras corría junto a sus hombres.
Lorenzo de Medici observaba la escena desde la ventana de su despacho con tranquilidad a pesar del crimen que se acababa de cometer. Un hombre se acercó a él e hizo una reverencia.
- Llama a Clara. Dile que es urgente. – ordenó Lorenzo sin mirarle.
- Enseguida signore.
Ezio siguió corriendo sin parar. El gran número de guardias que le estaban persiguiendo le estaba dificultando la huida aunque no le faltaba mucho para despistarlos. Miró por todos los lados en busca de algún escondite y vio que a pocos metros estaba el rio Arno. No se lo pensó dos veces y se tiró al agua. Se sumergió y nadó hacia el puente mientras sus preseguidores lo buscaban sin mucho éxito. Finalmente se rindieron y se marcharon, momento que aprovechó Ezio para salir y dirigirse a su casa. Vio a Mario esperándole el cual se acercó a él con una enorme sonrisa.
- ¡Muy bien, Ezio!
- Gracias, tío.
- ¡Con esto tendremos armas para un ejército entero! – dijo soltando una carcajada. – Veo que has tenido que correr bastante.
- Tampoco ha sido para tanto.
- Mantén los pies en el suelo Ezio. La arrogancia puede ser tu peor enemigo.
- ¿Arrogancia? Por favor...
- Bueno, me tengo que ir. Adiós Ezio y gracias. Pronto nos volveremos a ver.
- Seguro. – respondió él con una sonrisa.
Ezio se despidió de él y entró en la casa. Se dirigió a su habitación para cambiarse toda la ropa mojada pero alguien llamó a la puerta con insistencia. Dio un largo suspiró. Abrió la puerta y se encontró a Helena que parecía que había venido corriendo.
- ¿Qué ocurre?
- Tengo que hablar contigo ahora mismo... ¿Por qué estas empapado? – preguntó de repente al ver su aspecto.
- Eh, pues...
- Da igual, tengo que hablar contigo. – lo interrumpió ella muy nerviosa.
- Pues dime lo que pasa.
- Tienes que acompañarme al palacio.
- Espera. ¿Por qué quieres que vaya allí? – preguntó algo confuso.
- Lorenzo quiere contratarte.
- ¡¿Contratarme? ¡¿Para qué?
- Se ha fijado en ti y quiere que le hagas unos favores a cambio de su ayuda.
- Un momento, ¿por qué tengo que ayudar a un hombre que te traicionó?
- Te equivocas, Ezio. No te lo expliqué bien cuando te dije que fui traicionada. Si estoy con ellos es simplemente porque me permiten tener facilidades para obtener información. Además, de alguna forma estoy en deuda con Lorenzo.
- Entiendo. De todas formas me parece un poco sospechoso.
- Puedo asegurarte que es un hombre de palabra. Además, es nuestra mejor oportunidad.
- ¿Oportunidad? – repitió enarcando una ceja.
- ¡¿No lo entiendes? ¡Con los Medici de nuestra parte será todo más fácil! – respondió entusiasmada.
- Bueno, pues si eso te hace feliz... Vale, iré.
Helena le dio un fuerte abrazo y lo beso con dulzura.
- Gracias. - agradeció con una sonrisa. Lo llevó al palacio y Ezio estaba plantado en medio del despacho de Lorenzo un poco nervioso. Helena observaba la escena con mucha atención, apartada a un lado.
- Agradezco que hayas venido Ezio. – dijo Lorenzo con una sonrisa.
- ¿Cómo sabes mi nombre? – preguntó sorprendido.
- Conocía muy bien a tu familia, sobre todo a tu padre. Lamento mucho lo que pasó, era un buen hombre.
- Gracias. Me han dicho que querías contratarme o algo así. – dijo cruzándose de brazos.
- ¡Ah, sí! Supongo que Clara te habrá explicado la razón, ¿no? – preguntó observando a Helena.
- Eh, más o menos. Entonces, ¿qué es lo que queréis de mí?
- Hay un hombre que me ha causado muchos problemas. Se llama Paolo Berti, uno de los banqueros más conocidos de Florencia aunque su reputación está siendo muy mala gracias a sus intentos por hacerme fracasar. Aún así no parará hasta conseguir su objetivo y por eso quiero que acabes con él.
- ¿Dónde puedo encontrarle?
- El domingo se celebrará una gran misa a la que, por supuesto, Paolo asistirá. No me gusta la idea de que haya un asesinato justo ese día pero es la única forma ya que él no sale de su casa excepto para días como ese.
- No fallaré, puede confiar en mí. – aseguró Ezio con decisión.
- Y confío en ti, Ezio. Te prometo que tendrás todo mi apoyo para cualquier problema si me haces este favor más los que te pediré. Ahora si me disculpáis, tengo trabajo.
Ezio y Helena se despidieron con una reverencia y dejaron la habitación.
- Es más fácil de lo que había pensado. –dijo Ezio con una sonrisa.
- Ezio, por favor, no seas tan creído. – dijo Helena mirándolo de reojo.
- ¿Por qué? ¿No te han dicho alguna vez que hay que pensar en positivo?
- No, y no lo pensaré nunca. De todas formas ten cuidado. La plaza estará llena de guardias y será peligroso salir de allí. – dijo mientras se detenía delante de la puerta principal.
- Te prometo que estaré bien. – le dijo mientras acariciaba su rostro.
- Te esperaré en uno de los tejados que están delante de la basílica, así que - ven a verme en cuanto termines.
- ¿No vas a ir a la misa?
- Ya te dije que para ciertas cosas no soy religiosa. – le dijo con una sonrisa misteriosa.
- Pues nos vemos en los tejados. – se despidió intentando besarla, peor Helena lo detuvo.
- Aquí no. Ya sabes por qué.
- Vale… Pero la próxima no te escapas. – dijo con una sonrisa maliciosa.
