La gente se agolpaba delante de la basílica, esperando a que los nobles hicieran acto de presencia. Ezio estaba entre ellos observando el entorno, ideando su plan. La plaza estaba rodeada de guardias y eso no le gustó mucho.
- "Tendré que hacer algo para despistarles". – siguió observando y miró a su espalda, donde estaban los tejados. Allí no había nadie excepto una figura que lo miraba fijamente. Se volvió hacia la basílica con una sonrisa. – "Al menos tengo una espectadora de lujo."
El anuncio de un servidor avisó de la llegada de los nobles. Uno por uno fueron desfilando hacia la basílica entre los vítores y cuchicheos de la gente. Primero fue Lorenzo junto a su esposa que saludaba a la muchedumbre con elegancia. Lanzó una mirada fugaz a Ezio para darle la señal. Este asintió con entendimiento y se movió entre la gente para acercarse más. Los nobles seguían desfilando y finalmente apareció Paolo Berti que iba solo. Estaba malhumorado y nervioso, como si supiera que algo iba a ocurrir aunque hacia pequeños esfuerzos por sonreír. Ezio esperó pacientemente hasta tenerlo delante y se lanzó a por él en el momento justo. Paolo se dio cuenta de sus intenciones e intentó reaccionar pero fue inútil. Ezio lo tumbó de un salto y le clavó la cuchilla en la garganta con rapidez. Su víctima intentó gritar pero la sangre le ahogaba y no pudo.
- Tú... Lorenzo...
- Florencia se libra de un hombre malvado y tú del dolor. Requiescat in pace.
Se incorporó lentamente con la mirada firme. La gente se alejó de él con temor y los guardias le rodearon con rapidez. Sacó su espada, preparado para combatir. Unos cuantos se lanzaron a por él pero acabó con ellos con movimientos ágiles. Siguió así, intentando reducir el número de guardias pero le resultaba imposible. Por un momento cruzó con la mirada de Lorenzo que le estaba advirtiendo. Tenía que salir de allí o no saldría vivo. Un guardia se lanzó a por él pero lo esquivó y lo sujetó con fuerza.
- ¡Suéltame! – le gritó el guardia intentando zafarse de él.
- Como quieras. – lo empujó con fuerza y tumbó a varios de sus compañeros, momento que Ezio aprovechó para huir. Corrió hacia una calle con toda la rapidez que pudo y todos los guardias detrás de él. Buscó salidas y desvíos entre los callejones para despistarles pero no pudo hacer nada. Por cada sitio que pasaba salía un grupo de guardias y estaba empezando a desesperarse.
– "¡¿Por qué no se tropiezan o no les cae una caja encima?" – Entonces vio una caja colgando de unas cuerdas en un edificio en obras y tuvo una idea. Sacó la pistola y apuntó a las cuerdas mientras corría. Disparó cuando ya estaba un poco más cerca y se apresuró para pasar justo antes de que la caja cayera. La caída del objeto y el estruendo de la pistola había parado a un numeroso grupo de guardias que miraban sorprendidos y desconcertados como la caja se había caído encima de algunos de sus compañeros. Ezio aprovechó el momento para alejarse de ellos y subirse rápidamente a los tejados. Se movió por ellos con precaución, intentando no llamar la atención desde arriba.
Se dirigió hacia dónde estaba Helena y la encontró observando el lugar del incidente. Se acercó lentamente a ella y carraspeó para llamar su atención.
- ¿Qué tal lo he hecho?
- Perfecto. Simplemente perfecto. – le dijo con una enorme sonrisa. – Aunque la próxima intenta no ponerte en problemas antes de huir.
- Si no fuera por el increíble número de guardias habría huido con más facilidad. – dijo con mala cara.
- Si hay algo que he aprendido es a no fiarme de ellos, por muy débiles que sean.
- ¿Y cuando has aprendido eso?
- La noche en la que estábamos huyendo de ellos desde el tejado de la basílica. – Ezio se rió por el comentario y la cogió por la cintura acercándola más a él.
- Ahora que tenemos a Lorenzo de nuestra parte. ¿En qué nos beneficiará? – preguntó pensativo.
- Bueno, las misiones serán más fáciles, los guardias no te harán tanto caso, probablemente no tendré tanto trabajo... - se acercó más a él y jugueteó con el cuello de su camisa mientras le miraba seductoramente. – Y podremos pasar más tiempo juntos.
- Ya era hora. Estaba empezando a hartarme del vigilante que pasaba todas las noches por debajo de tu ventana.
- ¿Y qué hacías tú en la ventana de mi habitación? - preguntó con mala cara - ¡¿Me has estado espiando?
- ¡No! Solo... Pasaba por allí. – respondió muy nervioso.
- Ya... – dijo mirándole de reojo pero sonrió. - De todas formas ya no me importa.
- Pues qué bien. Una cosa, ¿tendremos que estar vigilando si alguien nos mira?
- No creo que haga falta.
- Eso ya me gusta más. Ahora sí que no te escaparas de mí. – la besó apasionadamente y Helena se dejó llevar sin resistencia. Se sentía tan bien... Por fin podrá ser "libre", podrá continuar con su vida sin riesgo a que alguien sospeche y, sobre todo, estaba con el hombre que amaba. Era perfecto. Siguieron besándose y, de repente, se oyó un grito desgarrador. La pareja miró con confusión a su alrededor.
- ¿Qué ha sido eso? – preguntó Helena desconcertada.
- No lo sé. Creo que venía de la plaza.
Después de oír eso Helena tuvo un mal presentimiento. Se acercó lentamente al borde del edifico para observar la plaza. La gente estaba reunida delante de la basílica con gestos de horror mientras un hombre huía desesperadamente de los guardias que le perseguían. La muchedumbre se fue apartando poco a poco y se vislumbró el cuerpo muerto de Lorenzo en el suelo y su esposa llorando y gritando de dolor. Helena sintió como todas sus esperanzas se esfumaban.
- No... – susurró ella.
- Helena... – no le dio tiempo a decirle nada más. Helena bajó al suelo de un salto y corrió desesperadamente hacia ellos. Ezio la siguió sin dudarlo a pesar de las miradas furtivas que le dirigían algunos. La encontró abrazando a la esposa de Lorenzo llorando y mirando con impotencia el cuerpo. Ezio, ante esa escena, solo pudo bajar la cabeza y cerrar los ojos.
Leonardo observaba preocupado a Helena que estaba sentada en una silla escondiendo su rostro con sus manos. Habían pasado unas cuantas horas desde la muerte de Lorenzo y todavía no había conseguido calmarse. Ezio estaba apoyado en el marco de puerta observándola con tristeza.
- ¿Y qué harás ahora? – le preguntó Leonardo.
- No lo sé. Después de todo lo que ha pasado, no lo sé... – respondió ella con la voz rota y sin mostrar su rostro.
- Sé que estás pasándolo mal pero tienes que calmarte.
- ¡¿Y cómo quieres que me calme si mi única oportunidad se ha ido para siempre? – le gritó con furia. Leonardo y Ezio la miraron sorprendidos y Helena se dio cuenta de su error. – Lo siento Leo, no quería...
- Tranquila. No pasa nada. – la tranquilizó con una sonrisa. Ezio se acercó a ella y la abrazó.
- Te prometo que encontraremos la manera de seguir adelante pero tienes que calmarte. – la miró preocupado.
- No quiero ser pesado, pero tienes que decidir qué harás ahora. – dijo Leonardo apartando a Ezio.
- ¿Por qué tengo que decidirlo yo?
- Bueno, hay que pensar que tú eres la que ha dirigido las decisiones. Además, eres la más cercana a la Hermandad.
- Yo solo te daba las indicaciones que me daban ellos… Pero está bien.
Se quedaron en silencio y Helena pensó profundamente en su decisión.
- Supongo que tendrás que volver al palacio. – dijo Ezio.
- Sí, pero será la última vez que vuelva allí. – dijo muy decidida.
- ¿A qué te refieres? – preguntó desconcertado.
- Voy a dejar mi misión como infiltrada. Ya estoy harta de perder el tiempo.
- ¿Pero qué dirán los hombres de la Hermandad?
- Me da igual lo que digan. – replicó enfadada. – Hasta ahora solo han hecho que utilizarme y apartarme de mi objetivo. Ahora voy a cambiar eso.
- ¿Entonces qué harás? – preguntó Leonardo con curiosidad.
- Desaparecer del mundo de los Medici. – respondió ella con firmeza.
- ¿Estás segura de lo que has hecho? – preguntó Ezio inseguro. – Todavía no hemos planeado nada.
- Sí y no me arrepiento. – respondió Helena muy tranquila.
Los dos observaban desde un tejado la ventana de la habitación de Helena, dónde aún podían oírse los gritos de la criada. Hacia unos minutos Helena se había encargado de montar su propio asesinato con un simple cuchillo ensangrentado y destrozando toda su habitación. Su montaje terminaba con la ventana abierta y el bordillo manchado de sangre (o eso parecía) para que impedir que la buscaran. Ezio estaba sorprendido por el giro que habían dado los acontecimientos y inseguro por no saber que les esperaba en el futuro.
- Tenemos que ir al burdel ahora mismo. – dijo Helena mientras se marchaba. Ezio la siguió sorprendido.
- ¿Para qué?
- Tengo que hablar con Paula.
- ¿Por qué?
- Paula y yo ideamos un plan por si las cosas salían mal.
- Un momento… ¿Ya lo teníais planeado?
- Sé que es un poco difícil de entender pero te prometo que saldrá bien. Solo necesitamos un poco de tiempo.
- ¿Y de qué se trata?
- ... No puedo decirte nada.
- Ya empezamos con los misterios. – murmuró con mala cara.
- Lo siento pero tiene que ser así. Ahora vamos.
Ezio y Helena se dirigieron al burdel rápidamente y vigilando que nadie les reconociera. Se encontraron a Paula esperándoles en la puerta.
- Por lo que veo ya nos estabas esperando. – le dijo Helena con una sonrisa misteriosa.
- Después de saber lo que ha ocurrido sabía que vendríais. Seguidme.
Paula los guió a la misma habitación pequeña de la otra vez y se sentaron en las sillas.
- Bueno será mejor que hablemos sobre lo nuestro. – le dijo a Helena con la misma sonrisa misteriosa.
- ¿Y sobre qué es? – preguntó Ezio. Las dos le ignoraron y siguieron a lo suyo.
- Espero que lo tengas bien pensado porque no sé por dónde empezar. – dijo Helena.
- Tranquila. Me encargaré de que estés bien preparada.
- ¡¿Alguien podría decirme de que estáis hablando? – exclamó Ezio enfadado. Las dos mujeres le miraron algo pensativas.
- Ya me encargo yo. – dijo Paula a Helena y llevó a Ezio fuera de la habitación.
- ¡Vaya! ¿Tampoco puedo enterarme de qué la vas a preparar? – preguntó con ironía.
- Justamente de eso, sí. Aunque te lo diré en pocas palabras y directamente.
- ¿Y qué es?
- Helena se va a convertir en una de nosotras. – le dijo con una sonrisa radiante. Ezio se quedó unos segundos en silencio sin entenderlo bien.
- Perdona… ¿Qué has dicho?
- Helena se va a convertir en una cortesana. Tampoco es tan complicado de entender.
- ... ¿No estarás hablando en serio? – preguntó desconcertado.
- Siempre hablo en serio.
- Vale... Eh... ¿Y qué va a tener que hacer exactamente?
- Lo siento, pero todavía no podemos decirte nada. Aún es demasiado pronto.
- ¿Y voy a tener que hacer algo?
- Sí. Aunque no lo parezca vas a tener un papel muy importante en todo esto. – le dio un saquito y unas cartas. – Toma.
- ¿Para qué es esto? – Ezio abrió la bolsa y vio que estaba llena de monedas.
- Quiero que utilices este dinero para sobornar a los oradores. Cuando hables con ellos dales una carta. Hay instrucciones y una pequeña amenaza para que cumplan con las indicaciones que están escritas. Si quieres puedes contratar a varios hombres para que te ayuden.
- Está bien. – dijo algo pensativo. - ¿Algo más?
- Por ahora no. Iba a pedirte que fueras a Venecia para hacer lo mismo pero se lo he dejado a otro y te he ahorrado un poco de trabajo.
- Mira que bien. – repuso Ezio con ironía.
- Ezio, te prometo que saldrá bien.
- Quiero creerlo, de verdad. El problema es que no sé nada. – dijo casi desesperadamente.
- Tranquilo. Voy a decirte una cosa: cuando veas el cambio de Helena te aseguro que te olvidarás de todo tus problemas.
- ¿Qué tipo de cambio? – preguntó con curiosidad.
- Ya lo verás. – le dijo con una sonrisa misteriosa.
