El carruaje recorría la Toscana hacia su destino. El día era soleado y era perfecto para pasear, hacer actividades, etc. Cosa que no aprovecharon la pareja. Helena observaba pensativa el paisaje y Ezio estaba delante de ella muy aburrido. Hacía una hora que habían salido de Florencia y Ezio empezaba a cansarse de estar allí encerrado.
- ¿Falta mucho? – preguntó él con mala gana.
- No. – respondió ella sin mirarle.
- Vale. – Se quedaron callados y Ezio se enfadó un poco con ella. Sabía que ella estaba enfadada por el tema de la Hermandad pero eso no era razón para que la tomara con él ignorándole completamente. – Oye, sé cómo te sientes pero intenta animarte un poco.
- Estoy bien. – replicó ella otra vez sin mirarle.
- ¿Ah sí? Pues no hablarme durante todo el día y poner mala cara no es para estar bien. – Helena dio un largo suspiro y miró al suelo cansada.
- Lo siento, es solo que hay muchas cosas que no entiendo.
- Tranquila, ya verás cómo se soluciona todo. Sé que este tema es un poco molesto para ti… ¿Pero podrías decirme que pasó aquella noche? – Helena dio otro suspiro y volvió a mirar a la ventana.
- Después de dejarte en la habitación volví fuera para hablar con Paula. Me acerqué hasta donde estaba y me encontré con tres hombres, todos encapuchados. Supe que eran ellos y les pregunté qué querían de mí. Uno de ellos, mi maestro, me dijo que tenía que olvidar todo lo que había planeado y volver a la vida de antes... Y me negué. Empecé a discutir con ellos hasta el punto de que les estaba gritando. Paula tuvo que cogerme con ayuda de otras cortesanas para alejarme de allí y pidió a los hombres que se marcharan y que me dejaran en paz. Nunca, en toda mi vida, me había puesto tan furiosa.
- Y ahora vas a volver a hablar con ellos pero esta vez de forma definitiva, ¿no?
- Sí, y espero que esta vez me hagan caso. No quiero volver a ponerme de esa manera.
- Si tienes algún problema con ellos no dudes en llamarme. – le dijo él con una sonrisa.
- Gracias. – el carruaje paró en seco y el conductor se asomó por la ventana.
- Ya hemos llegado.
Ezio bajó el primero y no esperaba lo que vio. Ante él había una casa grande que más que un refugio parecía ser una casa de campo. A un lado tenía un campo con instrumentos de agricultura y un carro lleno de paja, y también tenía una especie de jardín que ocupaba el otro lado y la parte trasera dónde notó que había actividad aunque no pudo ver mucho. Helena salió tras él y se fue acercando a la casa mientras Ezio la seguía.
- ¿Esto es el refugio? – preguntó Ezio sorprendido.
- Sí.
- No es por nada pero parece mi casa de verano.
- No es lo que aparenta. – mientras se acercaban un hombre salió por la puerta y se paró esperando a que llegaran. Era alto e iba vestido como un campesino, aunque el cuchillo que sujetaba su cinturón no le daba un aire inofensivo. Era muy mayor, con el pelo corto y blanco y ojos oscuros casi negros. Su expresión era muy dura y daba la sensación de ser muy fuerte a pesar de su edad.
- Maestro. – saludó ella con gesto serio. Ezio se sorprendió al saber que ese era su maestro.
- Me alegro de verte Helena aunque creo que tú no. – dijo él algo triste y Miró a Ezio de arriba abajo con detenimiento. – Y tú debes de ser Ezio Auditore. Marco Prezzo, mucho gusto.
- Lo mismo digo señor.
- Entrad. Tenemos mucho de qué hablar.
La casa parecía muy normal: era grande, tenía una chimenea, armarios y estanterías con botellas, sacos, etc., una caja llena de verduras... Todos dirían que era una casa como las demás si no fuera porque en una pared estaba el símbolo del credo y debajo de él había una mesa llena de armas: brazales con una cuchilla, espadas, mazas, etc. Había una mujer buscando algo en un armario y, al verles, se acercó a Helena radiante. Era bajita, morena y de rostro dulce.
- ¡Helena! ¡Me alegro tanto de verte! – dijo feliz abrazándola.
- Yo también María – respondió Helena con una sonrisa.
- María si no te importa tenemos muchas cosas que hacer. Ya hablarás con ella más tarde. – le dijo Marco con gesto serio.
- ¡Si acaban de llegar! Dales un respiro. – replicó mosqueada.
- Ya te he dicho que luego. – María soltó un bufido y volvió al armario. Marco condujo a los dos y Ezio pudo ver de dónde provenía la actividad que había notado antes. Por la ventana pudo ver a tres hombres que enseñaban a varios jóvenes: uno enseñaba escalada con la pared de la casa, otro a combatir y el último ponía a prueba a unos jóvenes en un circuito de obstáculos. Después de ver eso cambió de opinión sobre el aspecto de la casa. Marco los condujo por una puerta con unas escaleras que bajaban a un sótano. Era grande y tenía estanterías llenas de libros y documentos, y una mesa grande en el centro con una vela. Junto a la mesa había un hombre sentado mucho más joven que Marco que tallaba una pieza de madera; también había otro hombre un poco más bajito que el otro y muy robusto que leía un libro sentado en un sillón. Los dos se levantaron al verles llegar.
- Pero si está aquí la niña prodigio. – dijo el más joven con ironía mirando a Helena. - ¿Aún no te has decidido a cambiar de idea?
- No, y no lo haré. Y por lo que veo se te ha olvidado saludar, ¿no Estefan? - Estefan entornó los ojos y la miró enfadado pero el otro le puso una mano en el hombro intentando calmarlo.
- Tranquilízate. No quiero que empecéis otra discusión absurda. – miró a Helena y puso una media sonrisa. - Me alegro de verte Helena.
- Lo mismo digo Guisseppe.
- Será mejor que aclaremos las cosas cuanto antes. – dijo Marco con gesto serio y miró a Ezio. – Ezio tengo una misión para ti.
- ¿Y de qué se trata?
- Uno de los nuestros ha sido capturado por los templarios y lo han encerrado en una prisión que utilizan para encerrar a sus enemigos. No está muy lejos de aquí así que te doy un día para que lo traigas a salvo.
- ¿Y cómo voy a saber quién es?
- Créeme, lo sabrás. – dijo con una sonrisa misteriosa. - Coge un caballo del establo y parte hacia allí. Mientras tanto nosotros solucionaremos nuestra "pequeña" discusión. – dijo mirando de reojo a Helena.
- Bien, vendré enseguida. – Se dirigió a la puerta para salir pero Marco le cogió del brazo.
- Si me permites darte un consejo, yo de ti le pediría ayuda a tu tío.
- ¿Le conoces? – preguntó Ezio sorprendido.
- ¿Qué te creías? ¿Qué él solo era un simple mercenario?
Ezio se sorprendió por eso aunque no entendía porque se sorprendía ya que él provenía de una familia de asesinos. Ezio cogió un caballo y partió hacia su destino algo pensativo. Vale que tuviera que pedir ayuda a su tío, pero... ¿dónde estaba?
Ya de noche, Ezio estaba escondido detrás de un edificio abandonado, a unos metros de la prisión. Tenía dos pisos, no muy grande, de piedra gris y muy bien vigilada. Ezio observaba junto con su tío a los guardias que custodiaban las puertas.
- Te agradezco tu ayuda tío.
- De nada Ezio. Ya sabes que siempre estoy dispuesto a ayudarte.
- Ya. Por cierto, podrías haberme dicho que estabas en mi casa.
- Bueno, como te marchaste sin avisar pensé que podría quedarme allí un poco.
- Ya, pero podrías haberme avisado y me habría ahorrado el viaje a Monterriggioni.
- Lo importante es que estoy aquí. Vamos a hacer esto de la manera fácil: nosotros nos encargamos de los guardias y tú buscas al prisionero.
- ¿Podréis con todos ellos? La prisión está muy vigilada.
- Tú deja el trabajo sucio para nosotros.
- Está bien.
Mario hizo una señal a sus hombres y se marcharon corriendo hacia las puertas de la prisión. Atacaron a los guardias y la batalla fue aumentando a medida que todos los guardias salían del interior para unirse. Ezio aprovechó el momento y corrió hacia allí. Se pegó a la pared y se fue acercando con precaución a la puerta para no llamar la atención con los guardias. Cuando entró tres guardias se acercaron a él empuñando las armas pero Ezio acabó con ellos con facilidad. Al primero lo desarmó y acabó con el con su propia arma y a los otros dos los dejó inconscientes con un par de golpes con la empuñadura del arma. Ezio buscó entre las celdas en busca de su objetivo y los prisioneros le suplicaron que los liberara. Él tuvo una idea y abrió los cerrojos de todas las celdas. De esa forma causaría problemas a los guardias y también facilitaría su búsqueda aunque después de abrir casi todas las celdas no había encontrado nada. Empezó a desesperarse. Estaba en el segundo piso y no había ni rastro del asesino. Dio una patada a la pared malhumorado y se dio cuenta de que había una celda que no había abierto. Se acercó y se asomó para ver el interior. La celda estaba oscura y había un hombre sentado en el suelo. Iba vestido de blanco, con una armadura que estaba rota y la capucha echada hacia atrás. Por fin había encontrado a su objetivo.
- He venido a sacarte de aquí. – El hombre se levantó tranquilamente y Ezio le reconoció. Era el misterioso asesino que se había encontrado las noches anteriores. Tenía el pelo corto y oscuro que contrastaba con sus ojos claros y su rostro estaba lleno de magulladuras y heridas, como si le hubieran dado una paliza. Ezio le miró desconcertado y a la vez enfadado.
- ¡Tú!
-Volvemos a encontrarnos. – dijo el asesino con ironía.
