Ezio miraba sorprendido al asesino y su mente se debatía. Por un lado tenía la obligación de salvarle pero por el otro quería recriminarle los problemas que le había causado los días anteriores aunque finalmente dejó la segunda opción para no causar más problemas.
- Yo también me alegro de verte. – le dijo Ezio irónicamente. – Y ahora larguémonos de aquí.
- A tus ordenes jefe. – le respondió el asesino de la misma manera.
- ¿Estás en condiciones de pelear?
- Estas heridas no son nada. – dijo el asesino poniéndose la capucha y se acercó a una caja que había allí. La abrió y cogió su brazal y sus armas – A veces los templarios son muy malos escondiendo las cosas.
- Venga. – insistió Ezio. Este corrió por los pasillos y el asesino le siguió sin decir ni una palabra. Unos guardias aparecieron delante de ellos y fueron a atacarles pero antes de que se dieran cuenta Ezio y el asesino ya habían acabado con ellos. Salieron de la prisión y vieron la batalla campal entre los mercenarios y los guardias. Algunos presos también combatían pero la mayoría ya estaban huyendo hacia la Toscana para desesperación de los guardias. Ezio vio a su tío combatiendo y se acercó a él dando espadazos a cualquier guardia que se le acercaba.
- ¡Ezio!
- ¡El asesino está conmigo!
- ¡Bien! ¡Seguidme! – Mario batió a varios guardias abriendo paso y Ezio y el asesino le ayudaron defendiéndole las espaldas. Tras desarmar y tumbar a varios enemigos por fin consiguieron alejarse a un lugar más tranquilo. Mario se acercó a dos caballos y le dio las riendas a Ezio. – Subid a los caballos y largaos. Mis hombres y yo nos encargaremos de retener a los guardias.
- Gracias tío.
- Ya sabes que siempre puedes contar conmigo sobrino. – dijo Mario sonriente. Con un gesto se despidió de los dos y corrió hacia el campo de batalla. Ezio y el asesino subieron a los caballos y se alejaron de la prisión rápidamente. Cuando ya estaban lo suficientemente alejados de la prisión, disminuyeron la velocidad y se dirigieron hacia "La Casa" con tranquilidad. Ezio tenía muchas preguntas que hacerle a su acompañante y decidió que ese era el mejor momento.
- Bueno y... ¿Cómo te han capturado?
- La noche anterior, cuando por fin pude escapar de ti, los templarios me tendieron una emboscada y me cogieron. Al parecer me habían estado siguiendo.
- ¿Y te interrogaron?
- Más que interrogarme se dedicaron a darme palizas durante toda la noche. Menos mal que puedo soportarlo, sino ahora mismo estaría arrastrándome por el suelo.
- ¿Cuál era tú misión en las dos noches anteriores?
- Creo que no debería contestar estas preguntas... Pero qué más da. Tenía que encargarme de que tu amiga y tu cambiarais de idea con todo lo relacionado sobre vuestro plan.
- ¿Y eso incluía acabar con uno de mis objetivos? – le preguntó Ezio enfadado.
- No, eso lo decidí yo.
- ¡¿Por qué? – preguntó sorprendido.
- No sé... Me aburría. – Cuando Ezio oyó la respuesta no sabía darle un puñetazo o tirarlo directamente del caballo.
- Te aburrías... – repitió Ezio aguantándose las ganas de golpearle. – Pues la próxima vez que quieras quitarme la presa no lo hagas delante de mis narices.
- Lo siento. – se disculpó encogiendo los hombros.
- ¿Y porque no buscaste a otra víctima?
- Tampoco lo sé. Vi que perseguías a ese hombre con intención de matarlo y quise terminar antes tu tarea. – respondió el asesino muy sonriente. Ezio soltó un bufido y obligó al caballo a aumentar la marcha. Estaban ya cerca del refugio.
- Ahora que lo pienso… No me has dicho tu nombre. – el asesino se quedó pensativo unos segundos y le miró enigmáticamente.
- No. No lo he hecho.
Ezio captó al instante la indirecta. Aunque le haya rescatado de los templarios no iba a revelarle nada más de su identidad y eso le enfadó. Cuando llegaron al refugio dejaron los caballos en el establo y llamaron a la puerta. María la abrió con expresión soñolienta ya que era muy tarde pero al verles cambió su expresión a sorpresa y abrazó al asesino con fuerza.
- ¡Gracias a Dios que estas aquí!
- Estoy bien María. Ya puedes soltarme.
- ¡¿Y esas heridas? ¡Entra ahora mismo!
- Ya te he dicho que est...
- ¡Qué entres! – repitió María enfadada. Él entró dando un largo suspiro y ella miró a Ezio sonriente.
- Gracias Ezio. Puedes ir a informar a Marco y a los demás de tu éxito, están en el sótano.
- ¿Todavía están ahí? – preguntó desconcertado.
- Se han pasado todo el día discutiendo con Helena y no han salido de allí en ningún momento. - respondió María muy preocupada. Ezio también se preocupó y bajó rápidamente al sótano. Se encontró a los demás sentados junto a la mesa con gesto muy serio. Marco, Guisseppe y Estefan hablaban en voz baja y Helena permanecía callada con la vista clavada en el suelo. Marco se levantó al ver a Ezio.
- ¡Ezio! ¿Qué tal ha ido?
- Bien, lo he traído sano y salvo. Ahora está arriba con María. – miró a Helena preocupado. - ¿Qué tal ha ido por aquí? – Marco le miró con gesto serio sin responder y después miró a Guisseppe y a Estefan.
- Tenemos que ir a hablar con él. – se acercó a Ezio y le puso una mano en el hombro. – Buen trabajo Ezio.
Los tres subieron y Ezio aprovechó el momento para hablar con Helena.
- ¿Te encuentras bien? – le preguntó preocupado.
- No lo sé. – respondió ella con un hilo de voz. – He defendido mi plan de todas las maneras posibles y asegurándoles que podía hacerlo bien... pero no ha servido para nada. Siguen empeñados en que tengo que hacer las cosas como antes y me han hecho sentir realmente mal.
- Si quieres puedo hablar con ellos.
- Es inútil. No piensan cambiar de idea. – repuso ella con tristeza.
- Eso ya lo veremos. – oyó unos pasos detrás de él y vio a los tres jefes junto con el asesino para sorpresa de Ezio.
- ¿Ezio, puedo hablar contigo? – le preguntó Marco. Ezio asintió y se marchó con él dejando sola a Helena con los demás. Salieron de la casa y pasearon por las afueras iluminados solo por la luz de la luna.
- Creo que ya sabes de qué ha ido nuestra discusión.
- Sí. Puedo imaginármelo.
- Y sé que ahora vas a intentar convencerme de que yo y mis compañeros nos equivocamos con ella, ¿no?
- Helena sabe muy bien lo que hace y, sin intención de ofenderte, no necesita que le den órdenes.
- ¿Y crees que no lo sé? De todos los asesinos a los que he instruido ella es una de las mejores.
- ¿Y cuál es el problema? - preguntó Ezio desconcertado. Marco dio un suspiro y miró los campos de la Toscana.
- La conozco desde que era una niña. La he vigilado en cada minuto de su adiestramiento y descubrí el enorme talento que tiene: su gran inteligencia, su agilidad... Pero también descubrí que es demasiado impulsiva. Por culpa de eso se ha metido en muchos líos. Incluso ha estado a punto de morir. Para mí, Helena es como una hija y no quiero que le pase nada malo. ¿Entiendes ahora por qué no quiero cambiar de opinión?
- Sí. – respondió comprensivo. Se quedó pensativo unos minutos y tuvo una idea. – Deje que me encargue yo.
- Ezio...
- La vigilaré, incluso le pediré a gente de confianza que también la vigilen y la protegeré aunque me cueste la vida. – le dijo con gesto serio. Marco le miró curioso y se rió.
- ¿Qué tiene tanta gracia? – preguntó con el ceño fruncido.
- No, nada. ¿Sabes? Te pareces mucho a tu padre.
- ¿Mi padre? – repitió sorprendido.
- Era tan valiente, orgulloso y testarudo como tú y por eso me caía bien. – dijo Marco con una sonrisa nostálgica. – Está bien, le dejaré libertad.
- ¿En serio? – preguntó sorprendido.
- Sí, pero con una condición.
- ¿Cuál?
- Quiero que os quedéis aquí dos meses. Entrenaréis y cumpliréis mis órdenes durante todo ese tiempo, solo para asegurarme de que estáis preparados. – le ofreció su mano con una sonrisa. - ¿Trato hecho?
- Trato hecho. – le respondió Ezio dándole la mano. Aún estaba sorprendido por haber conseguido convencerle con tanta facilidad. – Iré a decírselo a Helena ahora mismo.
- Sí será mejor que lo hagas. Ahora mismo estará en sótano con los demás.
- Ahora que lo menciona, ¿cómo se llama el hombre al que he rescatado?
- ¿No te ha dicho su nombre? – preguntó Marco divertido. – Bueno… ¿Por qué no lo descubres tú mismo?
Ezio no entendía porque nadie quería revelarle la identidad del misterioso asesino. Es como si lo hubieran pactado para no hacerlo. Entraron en la casa y vieron salir a Guisseppe y a Estefan del sótano.
- ¿Cómo está?
- Está conmocionada pero lo asimilará. Solo hay que darle un poco de tiempo. – respondió Guisseppe con una sonrisa.
- Sí y creo que también la hemos cabreado. – dijo Estefan divertido.
- Bien. ¿Ezio, porque no bajas? – le sugirió Marco.
- Ah, claro. – Ezio no entendía nada pero bajó y se sorprendió con lo que encontró. Helena abrazaba al misterioso asesino llorando sin parar mientras él le acariciaba la espalda calmándola. Los dos se separaron al ver a Ezio y este se acercó a ellos desconcertado.
- ¿Me he perdido algo?
- Ezio. – dijo Helena que se limpió las lágrimas y miró al asesino sonriente. – Quiero presentarte a Enzo.
Ezio le miró sin poder creerlo. Eso solo podía significar que...
- Tú...
- Sí. – respondió el asesino como si hubiera leído su pensamiento. – Soy su hermano.
