Capitulo nuevo a la vista! :D En este capi advierto que hay alguna novedad y algun cambio que a lo mejor sorprende un poco, pero os aseguro que hay una buena razón. ;)


Helena ayudó a levantarse a uno de los chicos por décima vez y lo miró con reproche.

- Tienes que tener más cuidado.

- Lo sé… - dijo el chico muy avergonzado.

- ¡Entonces no te dejes caer cuando estas a 5 metros del suelo! – le reprochó enfadada. El joven asintió con la cabeza baja y volvió con los demás. Helena suspiró y se cruzó de brazos, observando atentamente a los jóvenes. Había pasado una hora y fue suficiente para desesperarla y aburrirla al extremo. El único que no parecía aburrido era Ezio que además de ayudar a los jóvenes, no paraba de examinar la pared con atención. Aunque su idea no había aparecido por ningún sitio. Helena se acercó a él y lo miró con curiosidad.

- ¿No se suponía que tenías una genial idea para escalar toda la pared?

- Sí, pero primero necesito examinar el terreno. – dijo pensativo.

- Te has pasado una hora haciéndolo. – añadió ella enarcando una ceja.

- Lo sé… ¿Te importa encargarte de los novatos un ratito?

- ¿Por qué no? No ay otra cosa que hacer. – respondió ella con ironía. Ezio sonrió y se acercó a la pared. Helena volvió al pequeño vallado de madera y se sentó encima de una de las tablas de madera mientras lo observaba. Ezio se agarró a uno de los salientes de una ventana de la planta baja y después se agarró a un hueco que había en la pared. Helena lo observó pensativa mientras uno de los aprendices se acercaba a ella.

- ¿Helena? – la llamó con timidez. Era una chica, muy joven, de tan solo 15 años. Tenía el pelo rubio recogido en una cola y unos mechones cayéndole le caían por la frente. A pesar de ser bajita, Helena se dio cuenta durante el entrenamiento que estaba en muy buena forma y era muy ágil y rápida. Además, de todos los aprendices, era la única que había puesto ganas en el entrenamiento… Aunque no fuera muy productivo.

- ¿Qué pasa Julia?

- He subido y bajado varias veces el trozo de pared…. Pero ya no sé que más puedo hacer. – dijo algo decepcionada. Helena volvió a suspirar y sonrió a la joven.

- Está bien. Puedes descansar. – Julia también sonrió y se sentó a su lado. Al igual que ella, observó con curiosidad a Ezio.

- ¿Qué esta haciendo?

- Dice que tiene una idea para llegar hasta el tejado.

- ¿En serio? – dijo sorprendida. - ¿Y por qué no lo ha intentado antes?

- Eso mismo me pregunto yo.

Observaron atentamente a Ezio mientras este escalaba. Casi había llegado hasta el 'límite' y llegó hasta la siguiente ventana. Entonces miró arriba y meditó su siguiente paso. Las ventanas del último piso estaban demasiado lejos pero el sabía cuál era su siguiente movimiento y se preparó. Cogió impulso con las piernas y haciendo fuerza con los brazos, se lanzó hacia arriba. Por los pelos consiguió agarrarse al saliente de la ventana y miró hacia abajo. Helena y Julia se levantaron con expresiones de asombro al verle.

- ¡¿Pero que dem…? – dijo Helena con los ojos abiertos como platos.

- ¡Lo ha conseguido! – exclamó Julia muy emocionada. Mientras tanto Ezio llegó hasta el tejado y se sentó en el borde. Dio un largo suspiro y observó la impresionante vista que tenía delante. Desde ahí tenía se veía toda la Toscana y Ezio pensó que sería romántico. Entonces miró hacia abajo y vio a los jóvenes exclamando de asombro mientras lo miraban. Entonces vio a Helena, también mirándola asombrada, y la saludó con la mano. Helena puso las manos en la cintura y se rió.

- Nunca dejará de sorprenderme. – murmuró con una sonrisa dulce.

- ¡Eso ha sido genial! – dijo Julia. – Podría enseñarnos a hacer eso.

- Podría… - dijo Helena sin parar de sonreír. Los gritos y las exclamaciones también llamaron la atención de los demás que miraron sorprendidos a Ezio. Hasta Estefan lo miraba sorprendido. Él bajó al suelo y los jóvenes lo invadieron.

- ¡Ha sido alucinante!

- ¡Por favor! ¡Enséñanos a hacer eso!

- Ya basta chicos. Volved a vuestras actividades ahora mismo. – dijo Ezio con calma. Los jóvenes dejaron de acosarle entre quejas y se acercó a Helena.

- ¿Cómo has hecho eso? – preguntó Helena con la boca abierta. Ezio fue a responder pero se fijó en que Julia los observaba atentamente.

- Julia, vete con lo demás y diles que ya han terminado por hoy. – se a apresuró a decir Helena.

- Vale. – asintió la joven con una sonrisa y se marchó corriendo. Ezio esperó a que se alejara y sonrió.

- Fue en Venecia. - contestó él a la pregunta anterior. – En el gremio de ladrones de allí conocí a una… una…

- ¿Una? – repitió Helena con el ceño fruncido.

- Unos amigos. – mintió Ezio apresuradamente. – Eran ladrones y conocían un montón de trucos.

- Ya veo… No esta mal. – dijo con una sonrisa.

- Sí. – asintió Ezio y suspiró aliviado. No podía contarle que se lo había enseñado cierta ladrona llamada Rosa. Había coqueteado muchas veces con ella y contarle la verdad a Helena habría sido un problema.

- Podrías enseñárselo a los jóvenes. Les ayudaría a mejorar mucho.

- Por lo que veo voy a tener mucho trabajo. – dijo con una sonrisa divertida.

- Si me lo enseñas, podría ayudarte.

- Si me lo pides así, quizá. – dijo con voz seductora.

- Oh vaya. ¿Cómo debería pedírtelo entonces? – preguntó mientras se acercaba a él con actitud insinuante.

- No sé… Hay muchas maneras de pedírmelo. – dijo con una sonrisa esta vez maliciosa. Entonces se giraron y vieron a los jóvenes observándoles atentamente. Helena suspiró y los miró enfadada.

- Marchaos ahora mismo. – dijo con voz tajante. Ellos se marcharon mientras soltaban risitas y les miraban de reojo.

- Te recuerdo que tenemos un asuntillo que atender. – dijo Ezio con una sonrisa. Helena también sonrió y fueron hacia la arena. Mientras caminaban, Ezio se fijó en que Estefan seguía enfadado.

- ¿Por qué os lleváis tan mal? – preguntó él con curiosidad.

- No sé… Siempre me trató así.

- ¿Incluso siendo una niña? – preguntó esta vez muy sorprendido.

- Bueno, al principio las cosas era normales. Pero a medida que pasaban los años y mejoraban mis habilidades, él cambió.

- Qué extraño… ¿Envidia? – sugirió Ezio.

- No creo. Teniendo en cuenta su posición, es imposible que tenga envidia de mí. – murmuró con el ceño fruncido.

- Pues alguna razón tendrá. Aunque no me gusta que te trate así.

- Muchas veces he intentado hablar con él, pero fue imposible. – dijo con notable decepción. Llegaron a una mesa llena de armas de diferentes tamaños y los dos cogieron una espada. Se situaron en medio de la arena y Helena lo miró divertida.

- ¿Seguro que quieres enfrentarte conmigo? Soy bastante buena.

- Por supuesto que sí. Enfrentarme contigo es mucho mejor que espiar templarios y darles mamporros.

- Oh, que encanto. – dijo Helena con una mirada inocente. – Me encanta cuando me dices esas cosas.

- Siempre dispuesto a hacer sentir bien a mi dama. – dijo haciendo una reverencia.

- Bien guapo. Empecemos. – Helena se puso en guardia y él hizo lo mismo. Caminaron alrededor de la arena muy lentamente, observándose fijamente. De repente Helena corrió hacia Ezio y lanzó su primer ataque. Él lo esquivó sin problemas pero después esquivó con más dificultad el siguiente.

- No esta mal.

- Todavía no he empezado. – tras decir eso, se lanzó a por él otra vez y lo atacó varias veces a toda velocidad. Ezio los esquivó con muchas dificultades y dio un salto hacia atrás. Helena sonrió y le lanzó una mirada provocativa.

- ¿A qué esperas?

- Tranquila cariño, ya voy. – Ezio corrió hacia ella y la atacó varias veces. Helena lo esquivó rápidamente y también dio un salto hacia atrás. Miró su camisa y vio un corte en el hombro pero sin herida.

- No esta mal. – dijo con una sonrisa. Entonces Ezio volvió a atacarla repetidamente y Helena tuvo que emplearse a fondo para esquivarle. Entonces movió su espada rápidamente y lanzó un ataque vertical. Ezio se alejó sorprendido y vio su camisa cortada, mostrando su torso sin ninguna herida.

- Vaya, eres buena.

- Tú también. – dijo mirándole enigmáticamente. Entonces se acercó a él en un abrir y cerrar de ojos, pillándole por sorpresa. Golpeó su mano para desarmarlo y después le dio una patada en el estomago, obligándole a tumbarse. Acercó la espada a su cuello y puso una sonrisa de victoria.

- He gana… - de repente Ezio agarró su brazo y tiró de ella hacia el suelo. - ¡… dooo!

Ella cerró los ojos por la sorpresa y se puso rígida. Cuando los abrió, estaba acorralada por el suelo y Ezio sonriendo ampliamente.

- He ganado.

- ¡No es justo! ¡Yo lo he dicho antes!

- Pero no claramente. – Helena gruño al oír eso y Ezio soltó una risita.

- Siempre te sales con la tuya, eh? – dijo Helena pareciendo enfadada pero escondiendo una sonrisa.

- Bella mia, para ganar a veces hay que hacer lo imposible. – respondió él con una sonrisa encantadora. Helena no pudo evitar reirse.

- Supongo que me pedirás que…

- No.

- ¿No? – repitió ella muy sorprendida.

- Hay una cosa mucho mejor que eso. – dijo con voz seductora. Acercó su rostro al de ella y Helena se rió mientras cerraba los ojos. Entonces oyeron unos aplausos muy pausados y se quedaron quietos.

- No esta mal para ser muy corto. – dijo una voz femenina. Los dos miraron sorprendidos en dirección hacia la voz. Cuando la vieron, Helena apartó a Ezio de un empujón y se incorporó. Miró a la mujer con expresión de sorpresa y a la vez de tensión. En cambio Ezio la miró con la boca abierta. La mujer que había hablado era una chica pelirroja, más o menos de la misma de edad de Helena… y despampanante. Tenía los ojos de un color verde muy vivo que tenían un brillo travieso y la piel pálida, contrastando con su larga melena pelirroja. Vestía una especie de conjunto negro muy ajustado combinado con una armadura que no ocultada sus curvas y con el símbolo de los asesinos en el centro del cuello. Se fijó en la capucha que tenía detrás y también es que estaba armada hasta los dientes. Tenía al menos siete cuchillos en una de las botas.

- "¿Por qué las chicas de aquí no son normales?" – pensó Ezio. La chica se acercó a ellos mirando fijamente a Helena.

- Cuanto tiempo Helena.

- Lo mismo digo Daniella. – dijo Helena muy seria.

- ¿Daniella? – se giraron y vieron a Marco y a Enzo.

- Cuando recibí las instrucciones, vine lo más rápido que pude. – informó ella.

- Bien. Después hablaremos sobre eso. Ahora creo que tienes unos asuntos que atender.

- Señor… - dijo Ezio pero Marco se adelantó.

- También hablaré contigo sobre la carta, pero ahora no.

- Está bien. – asintió él algo resignado. Marco se giró para marcharse pero le miró de reojo.

- Por cierto, tendrás que enseñarme a hacer eso. Nadie ha llegado hasta el tejado ni con una escalera.

- Será un placer. – respondió Ezio riéndose. Marco se marchó sin Enzo, que se cruzó de brazos y miró a Daniella con curiosidad. Ella dio un suspiro y los miró.

- Bien… ¿Por dónde empezamos? – murmuró pensativa. Buscó en uno de sus bolsillos sacó un saco pequeño y lo miró fijamente.

- Helena, voy a dejarte bien claro mis intenciones. – dio la bolsa a la otra y esta la miró con el ceño fruncido.

- ¿Qué es esto?

- Ábrelo por favor. – dijo Daniella muy serena. Helena lo abrió y sacó el contenido. Era un colgante de plata con una piedra preciosa tallada con delicadeza. Helena lo miró con los ojos muy abiertos.

- ¡Dios mío! ¡Se suponía que había desaparecido!

- Y roto. – añadió Daniella muy avergonzada.

- ¡¿Cómo has…?

- Un amigo encontró una manera de arreglarlo. De verdad que siento mucho todo lo que te hice. – dijo otra vez muy avergonzada.

- Yo… - murmuró Helena y sonrió. – Gracias.

- Es lo único que puedo hacer para compensarte… Aunque creo que es poco. – dijo con tono triste. – Ahora solo espero que podamos ser amigas.

- Entiendo… - murmuró Helena y sonrió. – Al fin nos llevaremos bien.

- Por supuesto. – dijo Daniella con una amplia sonrisa. La tensión con al que antes se observaban había desaparecido y estaban contentas. Entonces miró a Ezio y a Enzo.

- Por cierto, no nos han presentado. Como ya sabéis, soy Daniella. Encantada. – dijo haciendo un reverencia de broma.

- Había oído muchas cosas de ti, pero no muy buenas. – dijo Enzo.

- Admito que tengo un poco de mala fama por culpa del pasado, pero te aseguro que ya no soy la niña mala de antes. – dijo con una mirada sincera.

- ¿Y cómo puedes demostrarlo? – insistió él.

- Eres un poco insistente, no crees Enzo? – dijo adivinando su nombre y después miró a Ezio. – Y tú eres Ezio Auditore. – He oído muchas historias de ti, en Florencia. Aunque creo que a Helena no le haría gracia oírlas…

- ¿Por qué? – preguntó Helena con el ceño fruncido.

- Viendo que sois una parejita feliz y que…

- Como has dicho, a Helena no le gustará oírlo. – dijo Ezio de repente, lanzándole una mirada de advertencia. Daniella lo miró fijamente y asintió.

- ¿Pero sobre que son? – insistió Helena.

- De nada en especial. – respondió Daniella rápidamente. – Ahora si no os importa, iré a ver a Maria antes de que me lance un sermón por no haberla saludado.

- Se marchó hacia la casa con su particular sonrisa y los tres la observaron.

- Es una chica un poco rara, no? – murmuró Enzo.

- No es rara. El problema es su carácter. – dijo Helena.

- ¿Su carácter? – preguntó Ezio algo confundido. - ¿A qué te refieres?

- A veces su mente es un poco retorcida y no le gusta que la traten como si estuvieran por encima de ella. Aunque su carácter se ha suavizado un poco en comparación de hace algunos años.

- Ya veo…

- Tengo que irme dentro. – dijo Enzo. – Estoy hambriento y necesito comer antes de entrenar a los novatos y morirme de aburrimiento.

- Buena suerte. – dijo Ezio con una sonrisa divertida. Él respondió con una carcajada irónica y se marchó. Ellos también fueron y bajaron al sótano en busca de Marco. Estaba sentado delante de la mesa con gesto pensativo, observando la carta que recibió Ezio la noche anterior.

- Sentaos por favor. – dijo mientras se recostaba en su silla. Los dos lo hicieron y lo miraron expectantes.

- Voy a ser sincero: la situación es muy preocupante. No solo pueden usarla contra nosotros, también la pueden usar contra ti Ezio. Intentaran provocarte o tentarte a que la busques en cuanto te tengan acorralado. Por eso tenemos que ser muy cuidadosos. Ezio, no debes dejar que tus emociones te guíen.

- Lo entiendo Señor. – dijo muy serio.

- Bien. – asintió Marco. – Por ahora he decidido que enviaré a varios espías para conseguir más información. También le pediré ayuda a tu tío y a algunos de nuestros aliados. Cuantas más ayuda, mejor.

- ¿Y nosotros? – pregunta Helena.

- No os gustara mi plan… - advirtió él. Los dos lo miraron con expresiones de confusión.

- ¿A qué te refieres? – preguntó esta vez Ezio.

- Os voy a separar durante un tiempo... – anunció él mirándolos con firmeza. Los dos tuvieron expresiones de sorpresa desconcierto y enfado a la vez.

- ¡¿Qué? – exclamaron los dos a la vez.

- Mirad, me alegro de que estéis juntos. Formáis una buena pareja y yo soy el primero que se siente orgulloso de ello. Pero necesito que no tengáis distracciones justo cuando vais a colaborar en mis planes.

- ¿Qué tipo planes? – preguntó Helena muy molesto.

- Helena, necesito que te vayas al burdel y espíes a ciertos hombres. Me da igual como lo hagas, eso ya es cosa tuya. – después miró a Ezio y puso encima de la mesa. - Ezio, tengo planeado algo especial para ti. Te irás con Enzo para hacer algunos pactos y me temo que viajaréis mucho. Aparte de eso, empezarás un entrenamiento especial que será muy intenso.

- ¿Qué tipo de entrenamiento?

- Ya lo verás. Enzo te informará de los detalles. Sé que es extraño y al principio será un poco duro, pero te aseguro que te vendrá bien.

- ¿Cuándo empezaremos? – preguntó Helena algo triste.

- Tenéis 2 días para preparar las cosas. Sobre el tiempo… Puede ser tanto 2 meses como más. Todo eso depende de cómo se vean las cosas en el tema de la madre de Ezio. – los observó atentamente y suspiró. – Sabía que no os gustaría, pero tenéis que entenderlo.

- Lo entendemos señor. – dijo Ezio.

- Pero parecéis deprimidos. – dijo enarcando una ceja.

- Es solo que es un poco repentino, pero cumpliremos nuestras misiones.

- Bien. Os podéis marchar.

Los dos se marcharon y pasaron el resto del día en silencio y con caras de tristeza. A Helena se le olvidó hablar con Daniella y Ezio quería hablar con Enzo, pero no lo hizo. Los dos estuvieron juntos todo el tiempo, sin separarse en ningún momento. Helena miraba el suelo encogida encima de la cama y Ezio miraba la chimenea encendida apoyado en el marco. Después se giró hacia Helena y la miró fijamente.

- ¿Estás bien?

- Sí… Es solo que te echaré mucho de menos.

- Marco dijo que a lo mejor no estaríamos mucho tiempo separados.

- Lo sé, pero aún así te echaré de menos. – Ezio se sentó junto a ella y pasó un brazo por sus hombros.

- Yo también te echaré de menos.

- Y ten cuidado. – dijo esta vez mirándole a la cara.

- Cuando nos volvamos a ver, no tendré ni un rasguño. – dijo guiñándole un ojo. – Y tú…

- ¿Qué?

- Si un hombre se te acerca con malas intenciones, patada en la entrepierna. – Helena se rió al oírle y asintió.

- Entendido jefe. – dijo con una sonrisa divertida. Se levantó y se fue al baño. – Voy a darme un baño.

Cuando entró, cerró la puerta y empezó a desnudarse. Aunque no había empezado a desabrocharse la camisa cuando notó que Ezio estaba detrás de ella.

- Ezio… - murmuró ella con advertencia.

- Solo una cosa y te dejo en paz.

- ¿Qué quieres?

- Mi premio por haberte ganado antes.

- ¿Ahora? – dijo sorprendida. - ¿No puedes esperarte un poco?

- No. Tiene que ser ahora.

- Está bien. – dijo encogiendo los hombros. Ezio sonrió seductoramente y se acercó a ella. La besó suavemente y la atrajo hacia él, abrazando su cintura. Helena se rió y abrazó su cuello. El beso fue lento pero intenso. Helena no se concentró en nada más. No sabia que era lo que quería Ezio, pero le daba igual. Tenía dos días para estar con él y los iba a disfrutar al máximo. Ezio terminó el beso y Helena suspiró embelesada.

- Veo que te ha gustado. – dijo Ezio con muy sonriente.

- Por supuesto. – dijo ella una sonrisa provocativa. Ezio se separó lentamente de ella y la miró de arriba abajo con una sonrisa maliciosa.

- Me alegro de que te guste entonces. Gracias por permitir ver mi premio.

- ¿Ver? – repitió desconcertada. Miró hacia abajo y vio su camisa abierta, revelando sus pechos por muy poco y su torso. Se puso completamente roja y lo miró enfadada mientras se cubría.

- ¡EZIO! – le gritó mientras este se marchaba entre risas.

- La próxima intenta no perder. – se burló él. Cerró la puerta tras salir y Helena suspiró rendida.

- No te preocupes por eso. – murmuró con una sonrisa.