Nota: Y otro más. Lo que queda, mañana.


Año 4. Abril de 1964


—¿Has visto eso?

—Es un rarito. Siempre está con cosas de ese tipo. Ignóralo.

Molly levantó la cabeza de su trabajo de pociones hacia el lugar donde unos segundos antes estaban las chicas de Gryffindor de primero, y observó lo que habían estado mirando. Arthur Weasley estaba con una pequeña caja, buscando algo alrededor de ella.

Frunció el ceño.

La verdad es que entendía perfectamente que las chicas lo considerasen un poco raro. No lo conocía demasiado, pero casi siempre que se encontraba con él, solía llevar alguna cosa muggle consigo. De hecho, nunca lo había visto tan atento en una clase excepto en Estudios Muggles. No podía evitar preguntarse que era lo que le parecía tan interesante, ya que a ella le resultaba algo raro. Bien es cierto que cursaba la asignatura por curiosidad, pero no se dedicaba a coger dichos objetos. Sin embargo, a pesar de todo, de las pocas conversaciones que habían mantenido, sabía que era un chico bastante agradable; y no puede evitar sentirse mal cuando algunas personas se burlaban de él.

Preguntándose que estaría haciendo ahora, guardó su redacción casi acabada y se dirigió hacia donde estaba. Cuando llegó, pareció estar introduciendo algo en una pequeña herradura en ella.

—Hola —le saludo.

El chico levantó la cabeza, mostrando un brillo de entusiasmo en su mirada.

—Hola, Molly —le respondió sonriendo.

—¿Qué haces? —preguntó, sentándose a su lado.

—Estoy probando un objeto muggle que compré ayer cuando fuimos a Hogsmeade. Dentro de poco es el cumpleaños de mi madre, y le he comprado esto.

—Es una caja muy bonita —comentó sinceramente. Era una pequeña caja de madera, y estaba decorada con pequeñas flores de colores.

Arthur soltó una pequeña risa por su comentario y ella le miró, preguntándose el motivo.

—Es cierto que es una caja, pero eso no es todo lo que hace.

—¿Ah, no? —preguntó sorprendida.

—¿Quieres verlo?

Ella asintió con la cabeza.

Entonces, Arthur empezó a darle vueltas a algo que sobresalía de la parte posterior de la caja y se lo puso en sus manos.

—Ábrelo.

Curiosa, Molly hizo lo que le pidió, y nada más abrir la tapa, empezó a sonar una melodía. En una esquina, una pequeña bailarina daba vueltas en ella.

—¿Te gusta? —preguntó Arthur, un poco impaciente por saber su opinión ya que no había dicho nada desde que la había abierto.

—Es precioso, Arthur. Seguro que le gusta a tu madre —dijo sonriéndole.

Él le devolvió la sonrisa.

—Me alegra saberlo.

En ese momento, ella lo comprendió un poco. Se dio cuenta de que por muchas cosas raras que inventasen los muggles, también hacían cosas increíbles.