Año 6. Marzo de 1966


En momentos como este, Molly no podía evitar sonreír de lo rara que era la situación. Nunca se había imaginado que estarían así, y menos que fuera a enamorarse de él. ¿Quién iba a decirle que le gustaría el rarito de Gryffindor? Pero cuando miraba su pecosa cara y sus ojos azules, reflejándola con la mirada, algo dentro de ella le decía que quería estar con aquel chico.

—¿Ocurre algo? —preguntó Arthur.

—¡Oh, nada! —dijo restándole importancia—. No te preocupes.

Había quedado con él para confesarle sus sentimientos, algo que todavía no había podido hacer desde el año pasado. Sin embargo, se preguntaba si tendría el valor suficiente para hacerlo.

Miró el cielo, donde la luna llena se reflejaba en lo alto con las estrellas brillando a su alrededor. Sin duda, era una noche preciosa.

—¿Te gusta? —le pregunto Arthur, distrayéndola de sus pensamientos.

—Mucho —contestó volviéndose hacia él—. Siento haberte arrastrado aquí a esta hora. Si nos pillan, será culpa mía.

—No te disculpes. No pasa nada —le aseguró—. Además, vale la pena con solo verte sonreír así.

No pudo evitar sonrojarse por sus palabras, haciéndole volver repetirse a sí misma que se lo dijera de una vez. Por lo que cogió aire, y reuniendo todo el valor que pudo, empezó a hablar mirando hacia otra parte, incapaz de mirarle a los ojos.

—Arthur, yo... yo… —empezó tartamudeando un poco— ¡Me gustas!

Durante los segundos siguientes ninguno dijo nada, e incapaz de mirarle todavía, siguió hablando:

—Te dije esta tarde que vinieras porque quería decírtelo. Sé que seguramente no… no sientas lo mismo que yo, que te resulte imposible que te guste una chica tan… —paró un momento para que le dejara de temblar la voz y cerró los ojos para decir todo lo que tenía dentro— mandona, gritona y pesada, pero quería decirte lo que siento por ti.

Después pareció como si el valor que tenía hubiera desaparecido por completo, porque lo único que quería era irse de allí; por lo que se dio la vuelta para regresar a la Sala Común lo antes posible. Sin embargo, una mano en su brazo se lo impidió.

—¡No te vayas! —exclamó Arthur—. ¿Acaso no quieres escuchar mi respuesta?

Molly se dio la vuelta y asintió con la cabeza en silencio.

Él la cogió de la barbilla para que le mirase a los ojos antes de hablar.

—Es cierto que eres mandona, e incluso un poco gritona a veces —dijo con una sonrisa—, pero esa es la chica a la que quiero, con todos sus defectos y virtudes.

Y muy lentamente se acercó a ella, dándole un beso en los labios, haciendo que su corazón fuera tan deprisa como nunca antes había estado.