Nueva vida
Los labios de Emma se posaron sobre los de Regina que tuvo la sensación de que el mundo acababa de dejar de girar. Al sentir la dulzura de la boca de Emma contra la suya, la morena suspiró de placer, dejándose ir completamente entre las manos de la bella rubia que rodeaba su rostro.
Al principio dulce y sensual, el beso pronto llegó a ser más nervioso. Regina posó sus manos en las caderas de Emma para acercarla a ella, lo que la hizo temblar de arriba a abajo. La lengua de la rubia se deslizó por los labios de Regina que le dio con placer acceso a su boca.
Rápidamente las dos mujeres se dejaron arrastrar a un juego que hizo nacer una enorme tensión sexual, mordisqueándose, lamiéndose y exasperándose mutuamente, las lenguas bailaban voluptuosamente, acompañadas por caricias cada vez más osadas sobre sus respectivos cuerpos.
Regina deslizó sus manos bajo el suéter de la rubia, acariciando dulcemente sus caderas, sus costillas, hasta subir hasta su pecho y tocar el sujetador. Dejando escapar un gruñido de frustración, la morena se puso rápidamente a desabrochar esa barrera de tela, arrancándolo súbitamente y tirándolo al fondo de la habitación.
Loca de ganas, Emma bajó sus manos por las nalgas, después por los muslos de Regina, acariciándolos sensualmente, haciendo deslizar la palma de su mano por la entrepierna de la morena, jugando con la cremallera que pedía ser bajada.
«Regina…te…necesito…hace tanto tiempo que no me tocan»
La sangre de morena se revolvió. Sin hacerse rogar, decidió tomar las riendas y despegó sus labios de los de Emma para posar su boca en el cuello de la rubia, lamiendo suavemente la delicada piel hasta subir y mordisquearle el lóbulo de la oreja, haciendo que Emma sintiera un escalofrío de placer que Regina pudo percibir, haciéndola sonreír.
De repente, la morena tomó consciencia de la situación. Estaba a dos pasos de hacerle el amor a esta mujer que hace unos minutos ni siquiera sabía dónde estaba. Sintió una ligera nausea y apartó delicadamente a Emma que la devoraba con los ojos.
«Emma, yo… no podemos hacer esto, ahora no…»
La joven ladeó ligeramente la cabeza, sin comprender lo que acababa de decir.
«¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué he hecho?»
Regina sonrió, y apoyó su mano en la mejilla de la rubia.
«¡Tú no has hecho nada! En fin, sí, me das unas ganas locas de hacer locuras, pero…es mejor que ahora no»
Emma estaba totalmente estupefacta. Después de haber llegado hasta ahí, Regina la rechazaba.
«Te burlas de mí, ¿es eso? Ligas conmigo, me haces perder la cabeza y cuando obtienes lo que quieres, ¿me tiras?» le gritó levantándose con ímpetu.
«Emma…créeme, no quiero hacerte daño, nada más lejos de la realidad. Pero estás en un estado de fragilidad. Hace unos minutos estabas llorando, totalmente conmocionada. ¡No quiero abusar de la situación! Si pasara algo ahora, tendría la sensación de haberme aprovechado de ti, de tu estado, para obtener algo de lo que tengo ganas…Y eso yo no lo quiero»
Al principio dispuesta a insultar a la morena, Emma se contuvo unos segundos antes de hablar, el tiempo de calmarse. En el fondo, a pesar de la tristeza y de la cólera, se sintió feliz con la decisión de Regina.
Con calma, se acercó y se acercó al lado de la morena y le acarició tiernamente la mano.
«Gracias…gracias por todo» dijo posando con delicadeza sus labios en los de Regina en un simple beso.
Aunque frustrada ante la idea de estar al lado de Emma sin poder disfrutar de su cuerpo y dejarse arrastrar a algo que ambas querían, Regina se sintió feliz de ver que la rubia comprendía su gesto, y sobre todo que no se lo echaba en cara.
«Pero, no he dicho mi última palabra» dijo sonriendo «Tengo la intención de pasar una noche loca contigo, querida…pero por ahora tenemos trabajo…mucho trabajo…»
Apartando un mechón de pelo tras la oreja de Emma, Regina la besó tiernamente sobre la frente. Se levantó y recogió el sujetador que había volado al fondo del cuarto.
Con una sonrisa pícara, lo dobló en dos y desapareció en el cuarto de baño para volver a su habitación.
«Esto me lo quedo…si lo quieres, tendrás que venir por él más tarde» dijo cerrando la puerta. «En diez minutos abajo»
La puerta se cerró despacio. Emma suspiró, de decepción y de placer, a la vez. Se dejó caer en el colchón, los brazos en cruz.
Hacía años que no sentía esas mariposas en el estómago. Deslizando los dedos sobre sus labios que habían estado hace unos minutos en los de Regina, sonrió.
El trayecto hasta el puesto de policía había pasado en calma y relajación, Regina lanzando regularmente tiernas miradas a Emma, que soñaba mirando por la ventaba, su mano apoyada en el muslo de la morena en un dulce gesto.
De común acuerdo, no hablarían de lo que había pasado antes de volver al hostal, porque no querían mezclar su posible relación naciente con la investigación.
Al pasar la puerta del despacho del sheriff, se encontraron a David afanado, corriendo desde su escritorio al archivo, el teléfono apoyado en su hombro, esperando a que alguien tuviera a bien descolgar del otro lado. Con un gesto de la mano señaló a los dos agentes que se acercaran.
En su escritorio, estaban dispuestas una decena de fundas de colores diferentes, cada una con un apellido, un nombre femenino y una dirección, escrito en rotulador negro.
Regina pudo ver que cada nombre correspondía con un personaje de cuento y sonrió ante la idea de que el sheriff se había puesto las pilas y comenzaba de verdad tomar las riendas del asunto.
Emma tomo una al azar del montón.
«¿Mulan? Sin coña, ¿de verdad es un nombre Mulan?»
«Parece que sí» respondió la morena sonriendo «Buen trabajo sheriff, ya ha sacado una buena lista de víctimas potenciales»
«¡Gracias!» respondió él sentándose ante el ordenador «es todo lo que he logrado encontrar en mis papeles. Estoy en contacto con el ayuntamiento, he pedido ayuda al alcalde que a puesto a sus consejeros en ello. Si alguien más tiene un nombre relacionado con un cuento de hada, deberíamos saberlo a lo largo del día»
«¡Estupendo trabajo, sheriff!» añadió la rubia guiñándole un ojo, lo que hizo enrojecerse rápidamente al hombre.
«También he encontrado tres personas que podrían ser nuestro posible asesino» respondió David girando la pantalla del ordenador para que las jóvenes pudieran leer.
«Los tres llegaron al pueblo recientemente, desde hace algunas semanas a hace unos meses para el más antiguo. ¡Se lo imprimo!»
Algunos segundos más tarde, la impresora sacó tres hojas sobre las que estaban indicados el nombre, la dirección y la profesión de los tres sospechosos.
Regina cogió las hojas y comenzó a leer
«Tenemos a un cocinero, sobre la treintena, un profesor de equitación de cincuenta años que trabaja para la colonia de vacaciones, y un censista de unos cuarenta años…»
«¿Un qué?» preguntó Emma acercándose
«Un censista» repitió la morena «¿Qué es lo entiende con eso?»
El sheriff se levantó y se acercó a las dos agentes.
«Es una persona enviada por el estado que visita los pueblos y que se ocupa del censo. Va de puerta en puerta y toma los nombres de los habitantes de cada casa, su edad, etc…está aquí por una encuesta de cinco meses, ya ha hecho casi la mitad de Storybrooke»
Regina giró rápidamente la cabeza hacia Emma
«¡Tiene la ocasión perfecta para conocer los apellidos, y sobre todo los nombres de cada habitante, así como sus costumbres!»
La rubia asintió y tomó las hojas de las manos de Regina.
«¡Este señor Otto Shapirovitz es mío!»
Se instaló en la mesa que estaba en frente de la de David, sacó su ordenador portátil y comenzó a hojear el expediente.
Regina tomó el de los otros dos sospechosos y el joven sheriff continuó estudiando la lista de las víctimas, intentando dibujar el perfil de la víctima perfecta para el asesino, a la que había que proteger con prioridad.
Las horas pasaron y el número de posibles víctimas había crecido de manera impresionante. Emma estaba sorprendida ante la cantidad de personas que podían llevar un nombre de personajes de cuento en un pueblo tan pequeño.
«Menos mal que no le ha dado todavía por las grandes ciudades» dijo poniendo mala cara
«Eso está claro» suspiró Regina que comenzaba a cansarse. Había dormido muy poco en esos últimos tres días y la falta de sueño comenzaba a hacerse notar.
«Voy a buscarnos algo de comer» dijo mirando a Emma. Ya habiéndose dado cuenta de que la rubia era un vientre con patas, no podía imaginarse los ruidos que su estómago debía estar haciendo.
«Hum, buena idea» respondió la rubia sonriendo «Oh, espera, deja, voy yo, y así aprovecho para llamar a Gold y ponerle al corriente de lo que hemos averiguado»
Regina le lanzó las llaves del coche.
«¡Una ensalada para mí, da igual de qué!»
«Ok, señora tortuga» murmuró la rubia sonriendo «Sheriff, ¿le gustaría alguna cosa en particular?»
«¿Hm? Oh, da igual, tráigame lo que quiera, estará bien» respondió el joven sin levantar la cabeza de los papeles.
«Ok, me voy, hasta ahora, pórtate bien» le dijo a Regina mirándola fijamente a los ojos.
La morena se sonrojó y bajo la mirada, temiendo que el sheriff hubiera captado el pequeño juego que se había instalado entre las dos jóvenes, pero ella se dio cuenta rápido de que estaba muy enfrascado en lo suyo para haber notado la menor alusión. Estaba segura que si Emma la hubiera besado antes de marcharse, no lo habría visto…y ella se enrojeció aún más al imaginarse los labios de la bella rubia sobre los suyos.
Sin comprender lo que había pasado, Regina se encontró en el suelo, protegiendo instintivamente su rostro de los trozos de cristal y de los pedazos de ladrillo que le caían encima. El sheriff se encontró lanzado hacia atrás, estrellado contra los barrotes de la celda algunos metros más lejos.
La morena fue la primera en recobrarse, levantándose con dificultad, se arrastró hasta David, pasando por encima de un trozo de techo que había caído, arriesgándose a tropezar con los pedazos de las mesas y los trozos de cristales.
Arrodillándose al lado del sheriff, le tomó el pulso, los latidos que sintió bajo sus dedos la calmaron, arrancándole un suspiro de alivio. Sacudiendo delicadamente al hombre, ella vio que abría los ojos, totalmente atontado por el golpe.
Después de haberlo colocado contra la pared y haberse asegurado que estaba relativamente bien, Regina decidió salir del edificio para comprender lo que había pasado algunos segundos antes.
Un velo blanco llenaba la estancia, ella logró llegar a la calle palpando las paredes, dándose cuenta de que la puerta de la entrada ya no estaba. Afuera, el humo le quemaba la garganta y no hizo sino acentuar su dificultad para respirar, le costaba mantener abiertos sus ojos rojos por el polvo y el dolor.
De repente, su corazón se puso a latir a 200 por hora y a pesar del dolor que sentía por todo su cuerpo, se puso a correr como nunca. Cuando llegó a algunos metros del coche de alquiler, no pudo avanzar más, ya que el calor que desprendía era muy fuerte.
Un hombre la cogió por el brazo para hacerla retroceder, obligándola a alejarse a pesar de su dolor y del deseo de avanzar, a pesar de los gritos que ella lanzaba, de los chillidos desesperados que disminuían a medida que sentía su corazón estrecharse un poco más a cada segundo.
«Lo siento» repetía el hombre en bucle «lo siento mucho…yo…yo no he podido hacer nada, el calor me impedía acercarme, no he podido hacer nada, lo siento, la explosión no le ha dejado ninguna oportunidad…»
Cayendo de rodillas, de lo último que se acuerda Regina fue de haber gritado su nombre mientras miraba su cuerpo quemarse entre el amasijo de metal.
«Emma…»
Después todo se volvió negro.
