Vigilancia próxima
Regina abrió los ojos con dificultad, despertada por la luz del sol que se filtraba a través de las persianas de madera. Al girar la cabeza, vio frente a ella una masa de cabellos rubios despeinados que tapaban los ojos y las mejillas de Emma, hundida en su sueño, seguramente agradable, en vistas da la sonrisa que iluminaba su rostro.
Dejando escapar un suspiro de satisfacción, la morena acarició dulcemente la mejilla de la rubia, mientras le murmuraba dulcemente que era hora de levantarse. La rubia gruñó y se acercó a su compañera, apoyando su cabeza en el pecho de Regina y rodeándola con su brazo para estrecharla un poco más hacia ella.
Las dos mujeres permanecieron así durante largos minutos, pegadas la una a la otra, acariciándose mutuamente y susurrándose dulces palabras. A continuación, Regina depositó un tierno beso en el cuello de Emma e intentó incorporarse, acosa difícil dado que la rubia la retenía con todo su peso para que ese abrazo no terminara nunca.
«Emma, hay que levantarse…»
«Un poco más, por favor…no tengo ganas de levantarme todavía, necesito sentir tu piel, me gustaría que me mostrases en detalle lo que me hiciste durante toda la noche» respondió la rubia mordiéndose el labio inferior.
Regina luchó contra sus dedeos de saltar encima de su compañera y de hacerle el amor en ese mismo momento, pero su consciencia se lo impidió.
«No podemos hacer eso, preciosa, realmente lo deseo, lo sabes, pero tenemos a un enfermo mental que atrapar, cada minuto es valioso» dijo ella acariciando la mejilla de Emma.
La rubia asintió, Regina tenía razón, había que detener al asesino antes de que atacase otra vez. Solo les quedaban tres días…
«Ok, pero entonces me acompañas a la ducha, ¿de acuerdo? Solo para ayudarme…»
Regina se echó a reír al ver cómo la rubia ponía su carita de tristeza. Estaba conmovida por el hecho de que a Emma le gustara pasar tiempo con ella, y aún más que apreciara las relaciones entre mujeres, había tenido mucho miedo de que la rubia reaccionase y decidiera detener todo…
«Esta noche, te lo prometo, te mostraré todo lo que desees…seré toda tuya, pero ahora ¡hay que moverse! Ve a ducharte, yo iré después, ¿de acuerdo?»
Emma hizo una mueca, un poco desilusionada de que la bella morena no la acompañase. Para provocarla, se levantó despacio, sensualmente, como un gato que se estira después de un largo sueño, dejando subir su camiseta por encima del ombligo. Una vez de pie, caminó despacio hasta la puerta del baño, contoneando las caderas y mirando a Regina a los ojos mientras se llevaba un dedo a la boca en un gesto casi obsceno.
«Sal de aquí» dijo la morena riéndose, lanzando la almohada a la cara de Emma que desapareció tras la puerta mientras le sacaba la lengua.
Regina se dejó caer en el colchón, los brazos cruzados, una sonrisa boba en su rostro. Hacía tanto tiempo que no sentía tanta felicidad que casi no se lo cree. Pasándose los dedos sobre los labios, suspiró pensando en la suavidad de los de la rubia, ya la echaba de menos.
«Ginaaaaaaaaa»
La voz de Emma resonó desde el cuarto de baño.
«¿Qué?» respondió Regina frunciendo el ceño
«¿Puedes venir a ayudarme, por favor?»
Sabiendo muy bien a lo que estaba jugando la rubia, Regina no hizo el mínimo movimiento.
«Apáñatelas tú, ya eres grande, ya te has duchado otras veces, ¡recuérdalo!» respondió ella sonriendo.
«Pero noooo, no es por eso, te lo prometo. Tengo un problema, ven a ayudarme, por favor. Ginaaaaaaa»
La morena se levantó suspirando, sabiendo que iba a caer en una trampa.
«¿Qué quie…?» Su voz ronca se bloqueó en su garganta, no podía articular la más mínima palabra al ver el espectáculo que se presentaba ante sus ojos.
Emma estaba desnuda en mitad del baño, sus pequeñas bragas balanceándose en sus dedos.
«Tengo un gran problema» dijo mirando a la morena con una mirada golosa. Con un gesto teatral, dejó caer al suelo la prenda.
«He perdido mis bragas» añadió Emma mordiéndose el labio, como una niña pillada haciendo algo malo
Regina no pudo sino sucumbir, un dulce calor nacía en su vientre. Sonriéndole impúdicamente, se aceró despacio a la bella rubia.
«Vamos a solucionar eso…» murmuró devorándola con los ojos.
La explosión había destruido casi por completo el despacho del sheriff, así que David se había tenido que instalar en una de las aulas del colegio, hecho que le permitía a Mary Margaret echarle una mano cuando podía.
La joven estaba sentada al lado de Emma, mirando la lista de las mujeres del pueblo que podían ser las próximas víctimas, mientras que Regina leía los expediente de los otros casos semejantes a este para ver si podía recoger la mayor información posible que les permitiera avanzar más.
«Comienzo a desesperarme» dijo ella masajeándose la sien.
Emma tenía unas ganas locas de hacerle un masaje en los hombros y aún más, pero se contuvo, solo intentando captar la mirada de la morena para pasarle su mensaje de apoyo.
Regina la sintió y levantó la mirada, posando sus ojos en el rostro de la bella rubia, lo que le arrancó una sonrisa que no pasó desapercibida para David y Mary Margaret.
De repente el pc portátil de la morena emitió un ruido estridente, señal de que le acababa de entrar un email. Entro en la bandeja de entrada y cliqueó el email y abrió el archivo adjunto titulado "PR".
«¡Puta mierda!»
Al escuchar a su compañera gritar, Emma casi se cayó de la silla. Era la primera vez que escuchaba a Regina maldecir de esa forma. Levantándose rápidamente, corrió hacia la joven que miraba un documento escaneado que le había sido enviado por email.
«Es…»
«¡Un retrato robot!» gritó Regina sin dar tiempo a la rubia a terminar la frase «Es un maldito retrato robot»
Emma puso su dedo bajo el mentón de Regina e hizo que girara ligeramente su cabeza. El hecho de que la bella morena utilizara ese lenguaje no era muy normal.
«¿Qué ocurre Regina? ¿Quién es ese tipo?»
La morena cerró el documento y mostró a Emma el contenido del email que había recibido. La rubia se puso a leerlo en voz alta.
«Aquí tiene el retrato robot que se consiguió después de la serie de muertes en Ontario. Varias personas concordaron en sus testimonios, diciendo haber visto a una persona deambulando por la escena del segundo asesinato. Su retrato fue hecho, pero no se encontró ninguna correspondencia, y el individuo en cuestión nunca fue hallado»
Regina temblaba completamente. Con un movimiento titubeante, volvió a abrir el documento y apareció de nuevo el dibujo hecho a lápiz.
«Regina, ¿qué ocurre? ¿Lo conoces?» preguntó Emma arrodillándose al lado de la morena, intentado reconfortarla.
«Es él, Emma…es él…» respondió la morena en un murmullo apenas audible.
«¿Quién, Gina? Dime, ¿quién es?»
«El hombre que me dijo que había intentado salvarte durante la explosión. El que me sujetó cuando vi el coche en llamas y tu "cuerpo" quemándose. Ese cabrón me dijo que había intentado sacar el cuerpo del coche varias veces, pero que el calor se lo impedía…»
Emma no comprendía una palabra de lo que se compañera le decía. Ellas no habían vuelto a hablar del incidente, porque había sido muy doloroso tanto para una como para la otra.
Al ver la angustia de Regina, el sheriff se levantó y se aproximó a las dos mujeres. Cuando vio el rostro del hombre en la pantalla, no puedo evitar una palabrota que hizo fruncir el ceño a Mary Margaret.
«Es el censista…ese hombre, es Otto Shapirovitz…mierda es nuestro asesino en serie…»
El aula hervía de movimiento. Emma estaba en contacto con Gold para explicarle lo que Regina había encontrado, mientras que la morena y el sheriff estudiaban dónde se alojaba Otto para diseñar un plan de intervención en su casa sin levantar sospechas.
«Tenemos tres días para atrapar a ese cabrón» exclamó Regina rodeando el emplazamiento de su casa de alquiler, así como el de la escuela donde se encontraban.
«De momento no tenemos ninguna pista sobre quién puede ser su próxima víctima, ni pruebas que nos permitan arrestarlo. El retrato robot data de unos años atrás y no es completamente fiable. Necesitaremos pruebas tangibles que nos permitan conseguir una orden de detención»
«El director está en ello» murmuró Emma tapando con su mano el altavoz del teléfono «Está haciendo lo necesario para mandarnos apoyo lo más pronto posible»
Rápidamente un plan se pudo en marcha. Gold no deseaba intervenir demasiado rápido, por miedo a perder pruebas necesarias para un juicio.
Decidió entonces poner a un segundo equipo en la investigación para que siguiera a Otto Shapirovitz en todos sus movimientos. Al ver sido Emma diana de un atentado, estaba claro que Otto sabía que el FBI le seguía la pista y que sería más discreto en los días siguientes. Era necesario nuevas caras para no levantar sospechas. Todos estaban de acuerdo en que no iba a dejar inacabado su ritual. Hace muchos años ya había sido localizado, pero había matado a sus cuatro víctimas antes de cambiar de región, lo necesitaba, no podía sentirse bien si no llegaba hasta el final. Aunque estuviera vigilado en Storybrooke, intentará cueste lo que cueste terminar su trabajo.
«Deberíamos ir a su casa, tocar y meterle una bala entre ceja y ceja cuando abra la puerta» refunfuñó Emma en una esquina, herida por no poder seguir la pista ella misma a ese psicópata.
David y Mary Margaret se echaron a reír, pero sus rostros de repente palidecieron cuando pusieron sus ojos sobre Regina que les hizo comprender que Emma no estaba bromeando.
«¿Qué hacemos mientras esperamos que sus colegas lleguen?» preguntó David, cambiando deliberadamente de tema «¿No nos vamos a arriesgar a que se marche? ¿Y si decidiera atacar hoy?»
Regina movió la cabeza en señal de negación
«Este tipo de locos no cambía sus planes, aunque se sienta acorralado. En su cerebro las cosas deben ser hechas con un orden preciso, en el momento preciso. Créame, sheriff, he conocido a bastantes chiflados como este para saber que irá hasta el final…y es precisamente eso lo que causará su caída»
«Mary Margaret, vamos a cogerle prestado su coche, Otto no la conoce. Nos vamos a colocar delante de su casa, Regina y yo, vamos a vigilarlo mientras llegan los refuerzos» expuso la rubia con un tono que no daba lugar a ninguna contradicción.
La pequeña morena sonrió dulcemente y sacó las llaves de su bolso.
«El pequeño coche gris estacionado en el parking, enfrente» dijo ella tendiéndole las llaves a Emma.
La rubia las cogió rápidamente y agradeció a Mary Margaret con un signo de cabeza.
«Andando Regina, ¡no vamos a dejar que ese cabrón se pasee por el pueblo sin estar pegadas a su culo!»
La morena puso los ojos en blanco y no pudo evitar sonreír al ver la determinación de su compañera. Comprobando que su arma estuviese cargada, saludó con la mano a David y Mary Margaret y siguió a la rubia.
