Pues vamos con el siguiente capítulo, a ver qué os parece. Muchas gracias por leer y comentar! Que paséis buen día :)

10. Tarde de primavera

Notó un leve empujón en su costado, pero no se inmutó. Notó otro empujón un poco más fuerte. Abrió un ojo.

- ¡Vamos, Sei, despierta, despierta, despierta!

Olaf estaba encima de ella vapuleándola de un lado a otro.

- Largo de aquí muñeco nevado, ¡quiero dormir! – Dijo Sei cubriéndose la cara con la almohada.

- No puedes, tenemos que preparar lo de Elsa, ¿recuerdas?

- No hay nada que preparar, tú déjamelo a mí. – Contestó somnolienta.- ¿Te has asegurado de que va a tener un buen rato libre?

- Sí, toda la tarde. – Dijo entusiasmado.

- Genial. ¿Habrá un par de caballos disponibles?

- Sí, ya está preparado el caballo de Elsa y otro para ti.

- Buen trabajo, Olaf, con eso es suficiente, ya puedes irte y respirar tranquilo. – Volvió a cerrar el ojo que mantenía abierto.

- Pero, ¡tienes que prepararle algo! – Gritó alarmado.

- Tranquilo, lo tengo preparado en mi cabeza. Digamos que…vamos a ir improvisando un poco. Así siempre sale mejor. – Sei le sonrió. – Ahora vete, nos vemos en las cuadras después de comer.

A la hora de comer estaba empezando a ponerse nerviosa porque no sabía si Elsa disfrutaría de lo que había pensado hacer con ella, pero aun así, pensó que un soplo de aire fresco le sentaría bien a la reina. Después de haber vivido lo que habían vivido, lo menos que podían hacer era conocerse un poco mejor, y ese día podrían hacerlo. Esperó en los establos a que llegasen Olaf y la reina. No tardaron en aparecer. Sei se quedó perpleja al ver a Elsa. Estaba muy guapa. Llevaba un vestido azul verdoso atirantado, con una larga capa semi-transparente. Obviamente no era el tipo de ropa que más convenía para la ocasión, pero lo cierto era que Elsa sabía desenvolverse a la perfección con esos vestidos.

ELSA

Sei estaba apoyada en un poste de los establos. Había acudido puntual a la cita. Por lo que le había dicho Olaf, iba a ser algo improvisado. La chica morena llevaba uno de esos atuendos cómodos que solían llevar los de la Compañía, la parte de abajo de cuero y arriba una fina camiseta de lino blanco que resaltaba su piel tostada. El sol relucía en su piel ya de por sí un poco reluciente, y le daba cierto tono dorado. La capa marrón ondeaba ligeramente tras ella. Llevaba el pelo moreno un poco asilvestrado, como de costumbre, y se le desordenaba aún más cuando venían ráfagas de aire, pero parecía no importarle lo más mínimo, de hecho, parecía disfrutarlo. Sus ojos prácticamente negros miraban al horizonte, y junto con el resto de sus facciones redondeadas y agradables le daban un aspecto muy jovial. Elsa se fijó en que también llevaba dos arcos colgados a la espalda con sus respectivos carcajs.

"Así que vas a improvisar un poco de acción, ya veremos cómo se me da". Al acercarse más se fijó en que la camiseta de lino le dejaba al descubierto gran parte del cuello, esa parte que le resultaba tan atrayente a Elsa… "no pienses tonterías, estás trastornada". Se decía a sí misma.

Aunque seguía teniendo los recuerdos de la noche de la fiesta muy vívidos, decidió que sería buena idea aceptar la invitación de la extranjera y conocerla un poco más. No tenía claro que pudiese controlar sus poderes, pero de momento se encontraba calmada.

- Buenas tardes, Majestad. – Saludó Sei con una reverencia socarrona. Sabía que a Elsa no le gustaba que la llamase así.

- Buenas tardes, guardiana. – Le devolvió la jugada.

- ¿Estás preparada para dar un paseo?

- Eso creo. Estoy intrigada, ¿por dónde me llevarás? Debería ser yo quien te guiase a ti por mi reino, y no al revés. – Dijo Elsa subiendo a su caballo blanco inmaculado.

Sei curvó los labios.

- La cuestión no es adónde vayamos, sino cómo. Preocúpate de disfrutar cada momento. Ese es nuestro viaje. – Miró a la rubia con mirada enigmática. – Vamos, Olaf, ¿subes conmigo?

- ¡Sí!

Subió al muñeco de nieve primero y luego se subió ella al caballo marrón. "Son una pareja entrañable. Es curiosa esta chica, sabe sacarle el máximo partido a cualquier momento, en todo ve bellas posibilidades." Por un momento la envidió.

Salieron despacio de la ciudad, pero cuando desaparecieron las casas Sei se paró.

- Bien, Elsa. Olaf, este caballo y yo te retamos a ti y tu hermoso corcel a una carrera, ¿qué me dices?

Elsa lo pensó un momento.

- Cuando quieras. – Contestó con su mejor cara de superioridad.

- Está bien. Cuando cuente hasta tres. Uno, dos… ¡tramposaaaa!

Elsa se rio en grandes carcajadas cuando oyó el grito desesperado de su contrincante que se había quedado atrás. Elsa tenía que ganar, aunque fuese saliendo un segundo antes de lo que establecían las normas.

Puso al galope a su caballo. Sei y Olaf la seguían de cerca. Concentró todas sus fuerzas en el camino y se olvidó de todo lo demás, sólo veía los árboles a los lados del camino y el sendero de tierra que removían las pisadas de su caballo. En poco tiempo fue alcanzada por el caballo marrón, fueron un buen tramo a la par, luchando por adelantar a la otra. Entonces Elsa pensó un momento:

- ¿Cuál es la meta?

- ¡No hay meta! – Sei sonrió y adelantó a Elsa.

Pero debieron de calcular algo mal los del caballo marrón, porque al saltar un tronco que había en el camino la cabeza de Olaf salió despedida y se quedó unos metros atrás. Sei dio la vuelta con el caballo, dejando que Elsa le adelantara, y volvió a recoger la cabeza de Olaf. Bajó del caballo y juntó sus partes. Elsa también paró.

- Creo que ya hay una ganadora. – Dijo Elsa sonriente.

- Sí, y no eres tú. Este pequeño incidente no cuenta, Olaf y yo íbamos en cabeza.

- No has sabido mantener a tu acompañante, por lo tanto, no mereces ganar.

- Creo que prefiero los renos que los caballos... – Comentó Olaf colocándose la zanahoria.

Ambas rieron. "Qué testadura eres Sei, tienes espíritu ganador." Miraron alrededor y vieron que se encontraban en una explanada rodeada de árboles.

- Este es el lugar perfecto. – Dijo Sei dándole un arco a Elsa.

Elsa la miró mientras se dirigía a un árbol y hacía un gran círculo en la corteza con una pintura.

- Vamos, Elsa, enséñame tus habilidades con el arco.

- La verdad es que…no se me da muy bien. – Contestó algo avergonzada.

Elsa nunca había logrado dominar las artes de la arquería, pero tampoco le había hecho falta, porque podía lanzar bloques de hielo cuando quisiese.

- Pues hoy aprenderás. Nunca se sabe cuándo lo necesitarás. Mira, colócate así, como yo. – Sei se puso de lado, con el pie izquierdo delante. – Ahora alarga el brazo izquierdo con el arco, pero no del todo, mantenlo un poquito flexionado para que la cuerda no te rasgue al lanzar la flecha.

Elsa la imitó.

- Mano derecha a la barbilla, apunta… ¡dispara!

Le flecha de Sei fue directa al centro del círculo. La de Elsa…nunca lo supieron.

- Jajaja vale, no pasa nada. – Dijo Sei sin poder contener la risa. – Vamos a intentarlo otra vez.

Cuantas más flechas lanzaba Elsa más se empeñaba en conseguir dominar el arco. No se iría de allí sin conseguir acertar en algún lugar céntrico de la diana. Hubo un momento en el que Sei se acercó para corregirle la posición de los brazos. El simple roce de su cálida mano cogió a Elsa por sorpresa y congeló el arco. Elsa vio la cara de susto de la joven y lamentó el poco control que tenía de sus poderes.

- Perdona…sólo iba a ponerte bien el codo, no quería espantarte…- Se disculpó la morena.

- No pasa nada. He sido yo, sólo me he sorprendido. Y ya sabes que tengo dificultades a la hora de controlar esto…

- No te preocupes, con el tiempo lo conseguirás. – Sei la miró comprensiva.- ¿Qué te parece si pruebas a hacer tu propio arco y tus flechas de hielo? A lo mejor así te sientes más segura.

"Buena idea". En un momento apareció un hermoso arco de hielo con una flecha en sus manos. Elsa se posicionó. Pensó en todo lo que le había enseñado su compañera en el rato que llevaban allí. Se concentró. Apuntó. Y disparó. La flecha de hielo dio en la diana, no exactamente en el centro pero muy cerca.

- ¡Lo conseguí! – Gritó eufórica.

- ¡Bien, Elsa! ¡Bravo!– Gritó Olaf también.

Sei aplaudió, mirando con orgullo a su "alumna".

- Pensabas que no lo iba a lograr. – Afirmó la reina de forma altiva sin mirar a Sei mientras hacía desaparecer el arco.

- Claro que no. Tenía una mínima esperanza en que lo lograses. – Sonrió burlona.

Se sentaron un rato en la hierba, viendo las nubes pasar. Olaf enseguida se distrajo y se fue a perseguir mariposas, feliz con el tiempo primaveral. Elsa miró a la chica que tenía al lado. Estaba tumbada, respirando pausadamente mientras miraba al cielo. Le pareció una imagen muy tranquilizadora, de alguna forma esa chica le transmitía seguridad e ilusión. "¿De verdad he estado contigo en mi cama?" Se preguntó a sí misma. Todavía le costaba encajar esos pensamientos en su vida.

- ¿Cómo te encuentras, Elsa?

La pregunta sorprendió a la rubia.

- Me encuentro bien. Hace un día maravilloso. Tengo que confesar que tenía ganas de escapar de las paredes del castillo. – Suspiró.

- No me extraña. Tiene que ser complicado dirigir un reino siendo tan joven y sin experiencia. Mucha carga, supongo.

- Por suerte tengo asesores que me ayudan, pero intento tomar todas las decisiones y que nadie las tome por mí. No quiero que Arendelle caiga en malas manos. Les agradezco muchísimo a todos los habitantes que hayan aceptado que su reina tenga poderes.

Y empezaron a hablar de la infancia de Elsa, de cómo había descubierto sus poderes y lo bien que lo pasaba con Anna de pequeña. Luego le contó el accidente, que apenas vio a Anna en muchos años, la muerte de sus padres y la desgarradora soledad en la que vivió hasta hacía relativamente poco. Sei la escuchaba atentamente.

- Y esa es mi aburrida historia. – Concluyó la reina. - ¿Qué me dices de ti? ¿Cómo descubriste tus poderes?

- También era muy pequeña cuando me di cuenta de que los tenía. Fue un día en el que mi padre me cogió en brazos para darme un paseo y le quemé la barba. – Sonrió nostálgicamente recordando a sus padres fallecidos. – Siempre los usaba para jugar hasta que asesinaron a mis padres. Entonces me fui a vivir a una cabaña en las montañas con Kandy, la mujer que me ha criado, y cuando venía Gorrot de visita me enseñaba a usarlo más…salvajemente, digamos.

- Oh, no tenía ni idea de lo de tus padres. – Dijo Elsa, apenada.

- No pasa nada. Aun así he llevado una vida divertida y emocionante.

Entonces fue ella la que relató su vida, sus largos viajes con la Compañía a reinos lejanos y sus aventuras en ellos. La cantidad de gente que había conocido y la que estaba deseando de conocer. Elsa quedó muy sorprendida con los viajes de Sei, al parecer había vivido muchas cosas para lo joven que era. Habían llevado dos vidas completamente distintas, y eso, de alguna forma, seducía a la reina.

Estaba atardeciendo. Montaron en los caballos y se pusieron en marcha de vuelta a Arendelle. Cuando llegaron al pueblo, Sei tuvo otra idea para finalizar la tarde.

- No podemos terminar la tarde así. Propongo visitar alguna taberna del pueblo y obsequiarles con la visita de la reina, y de paso, que ellos nos obsequien con algo de bebida. – Dijo sonriente.

- Acepto.

Entraron en una taberna que gustaba especialmente a Elsa, y la gente que había en ella se puso en pie, abriéndole paso a su reina y dedicándole pomposos cumplidos. Elsa se lo agradecía, pero quería sentarse en una mesa como una clienta más. Hacía calor ahí dentro, y sonaba música de fondo, alguien estaba dando un concierto. Se sentaron los tres en un rincón y les sirvieron sendos vasos de aguardiente, la especialidad de la taberna.

- No sé si voy a poder con esto, Sei. – Dijo Elsa tímidamente.

Pero la conversación fluía tan bien entre ellas que el cuerpo les pedía más bebida para hidratar sus gargantas. Estaban tan a gusto que se les olvidó que pasaba el tiempo.

- Bueno, chica salvaje, pues yo creo que te está entrando bastante bien la bebida. – Sei alzó una ceja mientras escondía su cara ya colorada por la bebida detrás de su vaso.

Elsa se ruborizó, sabía a qué se refería con el término "salvaje", nada más y nada menos que a la noche de la fiesta… la rubia le dedicó una mirada despectiva.

- Creo que la más salvaje aquí eres tú, ambas lo sabemos.

- Yo sólo me rendí ante tus encantos. – Parecía que Sei no tenía ningún problema en hablar del tema.

- Estábamos drogadas.

- Para estar drogada tenías un hambre voraz…

- Fue un error y no va a volver a pasar. – Elsa dio un digno trago a su vaso.

- Ya, claro. Lo que no me puedes negar, Elsa, es que…te gustó.

- ¿Qué te gustó? – Se habían olvidado por completo de que Olaf seguía allí con ellas.

Las dos se quedaron pasmadas.

- El baile. – Dijo Sei al fin. – Elsa se negaba a bailar pero al final conseguí hacer que bailase…alocadamente.

- ¿Y te gustó, Elsa? – Preguntó Olaf inocentemente.

Elsa titubeaba, no sabía que contestar. Los dos la miraban expectantes, sobre todo Sei.

-Pues…- empezó a balbucear.

Pero su frase se cortó cuando irrumpieron en la taberna Rásgar y dos de los guardias de Elsa, buscándola. Eran un hombre alto y rubio muy ancho de hombros, parecido a Rásgar, pero más alto, y otro más delgado pero igual de alto y castaño. La buscaron con la mirada recorriendo el local, y cuando la localizaron se acercaron a grandes zancadas.

- Majestad, estábamos preocupados en el castillo. – Dijo el más fornido haciendo una reverencia. – Su hermana nos mandó a buscarle, y nos dijeron que la habían visto por aquí. Nos extrañó un poco pero…vemos que estáis aquí.

- Viendo con quién está, Majestad, tampoco me extraña tanto su presencia aquí. – Espetó Rásgar mirando a Sei.

- Sólo intentaba distraer un poco a la reina de sus arduas tareas cotidianas.

Elsa no quería que pensaran mal de Sei, si estaba en esa taberna bebiendo era porque ella y sólo ella había aceptado la propuesta. Tal vez lo necesitaba de verdad, o tal vez se había dejado llevar demasiado. Fuese lo que fuese era su responsabilidad.

- Hacía mucho tiempo que no me sentía una habitante más de Arendelle. Ha sido una grata experiencia, gracias Sei. – Le hizo un leve movimiento de cabeza.- Es hora de volver al castillo.

"Estoy algo mareada, va a ser difícil mantener la compostura, dichoso aguardiente…". Se levantó con toda la dignidad que le fue posible. Fue hacia el tabernero para dejarle las monedas de oro que le correspondían pero este se negó a aceptar oro de la reina. Así que volvió a la mesa y le dejó el oro a Sei para que pagase ella más tarde, cuando se fuese. Se fijó en la cara de la morena. Tenía un tono de color muy llamativo, las mejillas encendidas por el alcohol, el calor del lugar y su propio calor corporal. Sus ojos oscuros tenían una expresión risueña, que se dibujaba también en la tenue sonrisa de su cara.

- Ha sido un día muy agradable. Deberíamos volver a repetirlo algún día, hasta que consiga lazar flechas en condiciones. – Dijo Elsa entrelazando las manos.

- Desde luego. Estoy a su disposición, reina Elsa.- Sei la miraba desde su asiento.

- ¿Nos vamos, Elsa? – Preguntó Olaf. – ¡Ha sido muy divertido, Sei! Pero no sé si me ha gustado la idea de ir en caballo.

- Aprenderás, Olaf. – La morena sonrió al muñeco de nieve.

- Yo casi que me voy a quedar un rato aquí con mi compañera…si no le importa, Majestad. – Dijo Rásgar deslizándose juguetonamente en la silla en la que se había sentado Elsa. – Confío en que sus guardias la lleven correctamente al castillo.

Elsa asintió y salió de la taberna seguida de los dos guardias y de Olaf. Sintió un poco de tristeza al darse cuenta de que había sido una despedida bastante fría para lo divertido que había sido el día. Luego se dio cuenta de que, al final, no había tenido que contestar a la pregunta comprometida a la que la habían sometido Sei y Olaf. Se alegró, abrumada por el aguardiente y la satisfacción de haber estado una tarde divirtiéndose.

Desde luego ha sido un día intenso para las dos jeje, ya necesitaban vivir algo así. Un saludo!