¡Hola! Ya vuelvo por aquí. Nueva entrega, es el capítulo más largo hasta ahora, pero espero que no os aburráis jeje ^^. No sé cuántos capítulos quedan, pero aún queda alguno,

Luna: ¡gracias otra vez! :) Si si, espero que la escritura no se acabe aquí. Y ojalá el fanfic siga alegrándote el día un tiempo más, y ojalá me sigas alegrando el día tú a mí también con tus comentarios jajaja :D. La historia está muy cambiante últimamente, pero algún día se estabilizará. La culpa es de las protagonistas, que son muy inestables...xD

¡Un saludo a todos y a leer!

17. Susurros en la oscuridad.

ELSA

Elsa había pedido expresamente que llevasen a Sei a la primera celda, la más grande aunque igual de incómoda que las otras, por lo menos en ella tendría una ventana para poder ver el exterior. También había dejado claro que la tratasen medianamente bien, no quería que la tratasen como al resto de maleantes, le costaba mucho aceptar que ahora era uno de ellos. Decidió tomarse con calma el bajar a ver a su nueva prisionera, quería hacerla esperar, quería hacerla…¿sufrir? Sí, le vendría bien un poco de sufrimiento. Después de todo se había atrevido a atacarla abiertamente, y si se ceñía a las leyes ella era la reina, por lo que conceder algo de sufrimiento a la persona que había intentado herirla estaba más que justificado. "¿Desde cuándo eres tan perversa, Elsa?" Se preguntó a sí misma. No quiso devolverse la respuesta, prefería no saberlo.

El príncipe Jack seguía en el despacho, atusándose la ropa tras la lucha de fuego y hielo que acababa de acontecer.

- Esa cría engreída…- farfulló Jack colocándose bien el peinado. – Debería de tratarla con crueldad, Majestad, ¡torturarla! Le ha atacado sin razón, esta vez no hay excusa para no castigarla.

- Aprecio tus consejos, pero el deber de juzgarla me corresponde a mí, y haré con ella lo que considere oportuno. – Replicó Elsa.

Aunque la joven morena había llegado demasiado lejos atacándola de esas maneras, Elsa había respondido de la misma forma, y se sentía obligada a zanjar ese asunto sin influencias de nadie más. Con toda la parsimonia del mundo se dispuso a bajar al comedor, era la hora de comer. Dejó a un Jack perplejo tras ella. En el comedor le esperaban Kristoff y Anna sentados ya en la mesa, y ninguno de los dos pudo contenerse al verla entrar por la puerta. Dispararon preguntas a toda velocidad.

- ¡¿Qué ha pasado?! ¿Estás bien?

- ¿Os habéis peleado?

- ¿Quién ha empezado?

- ¿Cuánto tiempo la vas a tener en prisión?

- Calmaos, por favor. - Pidió Elsa mientras tomaba asiento pausadamente. – No hay prisa.

- Pero Elsa, cielos, ¡explícate! – Anna empezaba a desesperarse. - ¿Se puede saber por qué habéis intentado mataros?

- Digamos que se nos ha ido un poco de las manos. No estábamos actuando de forma consciente, probablemente. – Elsa sabía que la pelea no había sido premeditada, sino que había sido totalmente emocional por parte de ambas.

- Una discusión de pareja como otra cualquiera… - murmuró Anna entre risitas.

- ¡Anna! – Exclamó Elsa.

- ¿He dicho algo raro? Te aseguro que si Kristoff y yo discutimos no destrozamos el cuarto en el que estamos. Deberíais aprender a dialogar como personas normales.

- El problema es la carga emocional que hay ahora mismo entre vosotras. – Intervino Kristoff, con más sensatez que las hermanas. – Hay cosas que debéis hablar. Opino que el primer tema que debéis tratar es la supuesta traición. Yo no tengo tan claro que ella haya tenido algo que ver.

- Vaya, cualquiera diría que te has criado con un reno y un puñado de rocas. – Se burló Anna.

Kristoff la miró con indignación.

- Puede que tengas razón. – Concedió Elsa. – Tenemos que hablar.

La duda de la posible traición empezaba a asomar en los pensamientos de la rubia.

- Y…¿no vas ya? Quiero decir, no sé qué estará pensando ella ahora mismo pero…

- Primero voy a terminar de comer, ella está bien donde está. – Dijo Elsa con desdén.

Anna y Kristoff se miraron, asintiendo en silencio que no había forma humana de hacer cambiar de parecer a la reina cuando algo se le metía en la cabeza.

Elsa bajó a los calabozos del castillo seguida por sus guardias. Pero cuando estaba cerca decidió quedarse sola para poder hablar en la intimidad.

- Prefiero seguir yo sola. No os preocupéis, no es peligrosa. No va a pasar nada. – Sonrió a sus guardias y siguió avanzando.

Estaba todo bastante oscuro, tanto el pasillo como las celdas, pero enseguida vio la única celda que no tenía puerta de madera, y, en cambio, tenía una puerta hecha de rejas. La madera es un blanco fácil para el fuego. Al acercarse pudo distinguir la silueta de Sei sentada en el suelo, encadenada, jugueteando con la suela de su bota. Al ver a Elsa alzó la mirada, la luz tenue que se filtraba por la pequeña ventana se reflejaba en sus ojos.

- Bienvenida a mis nuevos aposentos, reina Elsa, parece que he prosperado mucho en Arendelle… - Dijo Sei con marcada ironía.

- Estás donde te mereces estar ahora mismo. – Respondió Elsa tajantemente.

- Entonces igual deberías estar tú también en la celda de al lado, tú me provocaste y empezaste la pelea, e intentaste acertar con tus disparos en mi cuerpo. No veo la diferencia entre tú y yo.

- La diferencia entre tú y yo es que yo no he traicionado a nadie, ni tenía un plan de secuestro ni nada parecido.

Sei frunció el ceño y no respondió hasta unos segundos después.

- No sé cómo demostrarte que yo no tuve nada que ver. – Dijo al fin, en tono reposado. - Vale, debería de haberte avisado en cuanto me enteré de lo que estaba pasando, pero tardé demasiado en reaccionar. Ojalá pudiese cambiar eso ahora. Aunque tengo que decir a mi favor que intenté hacerte llegar una nota, no tuve mucho éxito…

Elsa se sumergió en esos ojos que tanto la embelesaban y le pareció vislumbrar la sinceridad en ellos, pero todavía era reacia a creerle. Le había dolido demasiado el hecho de que hubiese formado parte de una traición hacia ella después de todo lo que había pasado entre ellas. Aun así, le resultaba extremadamente difícil resistirse a la atracción que le producía esa chica. Salió a flote de la profundidad de aquellos ojos y devolvió su mente a la celda.

- Ya es tarde para lamentarse. Dime qué sabes, qué planes tienen.

- ¿No está claro? Venir a por ti. Pero no tengo ni idea de cuándo.

- ¿Quién más está con vosotros? – Preguntó Elsa, mordaz.

- Con ellos, querrás decir. – Matizó Sei poniéndose en pie. – Elsa, me tienes retenida como a una rata en las cloacas de tu castillo, ¿en serio pretendes que te cuente algo?

- Te conviene colaborar, de lo contrario…

- …de lo contrario, ¿qué? ¿Qué me vas a hacer? – Cortó Sei con arrogancia.

Elsa se acercó a las rejas y las agarró con ambas manos, clavó su mirada en la chica que tenía delante y se esforzó por dominar su ira.

- Escúchame, eres una engreída orgullosa que debería controlar sus palabras porque tiene todo en su contra ahora mismo. Que hayamos pasado una noche juntas y una tarde en el río no te va a salvar ahora, así que te recomiendo que me trates con más respeto y cooperes. – A medida que la reina hablaba, sus manos desprendían involuntariamente hielo que cubría poco a poco los barrotes que estaba agarrando.

Sei se quedó mirando ese fenómeno, perpleja, luego volvió a mirar a Elsa con expresión seria.

- No tengo nada que decir. – Concluyó la morena, acercándose hasta su lado de las rejas y quedando a unos centímetros de Elsa.

"¿Qué no tienes nada que decir? Sei, no juegues conmigo."

Elsa permaneció unos minutos así, tratando de tranquilizarse. Pero mientras su furia disminuía otra sensación crecía a la misma velocidad: la atracción. No podía despegarse de allí, se estaba poniendo sumamente nerviosa al tener delante a la otra chica tan cerca y tan desafiante. Miró su cuello descubierto. Inconscientemente se humedeció los labios, al instante se arrepintió de ello. Captó la mirada de Sei paseándose por sus labios. "Esto no puede ser." Hizo un esfuerzo sobrehumano por sacar a relucir su parte racional, la que le decía que eso no estaba bien, que no era el momento.

"Somos como dos imanes que se atraen ineludiblemente pero cuando nos tocamos nos repelemos de forma explosiva. No hay futuro para nosotras…¿o sí?" La duda seguía creciendo en Elsa. Ya no sabía qué pensar de Sei, pero sabía que se tenía que largar se allí y meditar sobre el asunto.

- Volveré a verte. – Dijo fríamente, alejándose un par de pasos de los barrotes y, por tanto, de la tentación. – Adiós.

SEI

Elsa se giró y puso rumbo a la salida de ese mugriento pasillo. Sei no pudo evitar contemplar el hechizante contoneo de sus caderas y la piel blanca de su espalda y sus hombros. "Uff, Elsa…creo que te odio." Apoyó la frente en uno de los barrotes, siguiendo con la mirada a la reina hasta que desapareció de su vista. Había conocido a muchas princesas, reyes y gente de la realeza, pero nunca a nadie como Elsa, ella era diferente, era…muy humana, y a la vez como una divinidad, una auténtica Diosa. "No sé qué tienes que no puedo quitarte de mi cabeza." Suspiró.

De repente oyó un golpe fuerte al fondo del pasillo, como si alguien hubiese derribado la puerta. Unos pasos pesados y veloces se acercaban. Sei se preparó por lo que pudiera pasar. En su campo de visión aparecieron dos figuras que le resultaron muy familiares.

- ¡Aquí estás! – Exclamó Hans, cubierto por una capa oscura. - ¿Te han dejado en la primera celda para facilitarnos el trabajo o qué? Vamos, Rásgar, saca esa llave.

Rásgar obedeció y sacó de su capa negra la llave de la celda. Sei lo observó extrañada, ¿por qué había decidido ir él a rescatarla?

- ¿Rásgar? Has venido…

- Sí. – Asintió el chico algo avergonzado. – Después de todo somos amigos, y nada debería cambiar eso.

En cuanto se abrió la puerta enrejada Sei se lanzó a darle un abrazo. Al fin había asumido su "relación" con Elsa.

- Me alegro de que volváis a ser amigos pero no podemos perder el tiempo. – Les recordó Hans mirando al techo. – Seguidme.

- ¿Cómo me habéis encontrado? Y…¿Cómo habéis conseguido las llaves?

- No han tardado en extenderse los rumores sobre la captura de la "amante" de la reina. – Comentó el pelirrojo entre risas mientras los guiaba. – Supuse que te encerrarían aquí. Y conozco perfectamente la zona de los prisioneros de este castillo, una vez tuve que encerrar a la propia reina aquí.

- Estupendo, la amante de la reina, ya veo que es un secreto a voces. Espera…¿Elsa encerrada en su propio castillo? – Eso sí que era una sorpresa.

- Así es. Todavía no sabía controlar sus poderes y desencadenó un invierno eterno en Arendelle. No duró mucho entre esas cuatro paredes, logró escapar por sus propios medios.

Una pizca de orgullo creció en Sei. "Bien hecho, Elsa".

Giraron por un pasillo en el que se encontraron al guarda de llaves tirado en el suelo, inconsciente. "Ya sé cómo han conseguido las llaves…" Subieron al piso superior. Ahí tendrían que ir con más cuidado. Esquivaron a unos cuántos guardias, se ascondieron como pudieron, salieron por la puerta principal a toda velocidad. Corrieron y corrieron, sin importarles si les veían o no. Siguieron corriendo hasta que salieron de Arendelle y llegaron a una casita de madera de la que salía humo por la chimenea. "¿La tienda de Oaken? Vaya sitio para esconderse…¡eh, tiene sauna!"

- ¡Yoo hoo! - Los saludó un hombre corpulento cuando entraron. – La gente a la que buscáis está en el establo. Yo os puedo ofrecer productos de temporada.

El hombre esbozó una amplia sonrisa.

- Gracias, pero nos vamos directamente al establo…- Farfulló Hans.

Sei miró la sauna con deseo y salió a regañadientes al exterior. En el establo de al lado ya estaban reunidos el resto de los conspiradores, incluidos Gorrot, Riuna y el Duque.

- ¡Aquí traigo a nuestra arma secreta! – Gritó Hans al entrar.

Todos aplaudieron a Sei cuando entró. No tenía ninguna gana de estar allí. Sólo tenía que aguantar un poco más hasta saber cuándo pretendían atacar a Elsa. Se sentó en la paja, en el círculo que habían formado alrededor de la lámpara.

- Muy bien, camaradas. Ya estamos en el punto al que queríamos llegar. – Empezó a decir el Duque, con su habitual voz desagradable. – Tenemos a nuestro objetivo en su momento más endeble. Hemos hecho enfadar y descontrolarse a la reina, ahora, desbocada y profundamente dolida, es más vulnerable que nunca. Y todo gracias a esta chica.

Señaló a Sei.

- Tú has hecho todo el trabajo por nosotros. Primero aflojaste las defensas de la reina dejando al descubierto sus puntos débiles, luego le rompiste el corazón, y por si fuera poco, has luchado contra ella dejándola más débil todavía…nos la has dejado a tiro. Gracias. Brindaremos por ti.

Sei se sintió fatal. Aunque no tenía ni idea de que estaba contribuyendo a esa funesta causa, ahora sentía la pesada carga de la traición sobre sus hombros. No pudo más que agachar la cabeza y evitar la mirada de cualquiera de los presentes.

- Por lo tanto, hoy es la noche. – Prosiguió el hombre canoso. - Esta misma noche iremos en su busca y la raptaremos. Tenemos preparados los arcos, las ballestas y las espadas. Y ahora tenemos preparado el plato fuerte: el fuego.

Sonrió a Sei. Esta, por su parte, no le devolvió la sonrisa. "¿Esta noche? Elsa…" Puede que Elsa fuese una altanera testaruda de vez en cuando, pero jamás dejaría que le ocurriese nada. Si en algún momento de su vida había dudado, este no era ese momento, ahora lo tenía todo muy claro. Ya sabía lo que quería saber, ahora tendría que ingeniárselas para salir de allí.

- Para recompensarte por tu labor y para aligerar tus penas, si es que las tienes, te hemos traído una pequeña sorpresa. – Dijo Hans señalando al fondo del establo, donde apenas llegaba la luz.

Dos chicas jóvenes se acercaron al círculo de luz. Iban con poca ropa. A Sei no le cupo ninguna duda de qué significaba aquello…

"Qué pretendéis con esto…"

Las dos chicas la rodearon y empezaron a pasar suavemente sus dedos por el cuello y por la mejilla. Olían a frutas y tenían las manos sedosas y hábiles. Sei se dejó embriagar un segundo por el dulce aroma y las cálidas caricias, pero no tardó en reaccionar. Se echó hacia atrás, indicando que no quería ese contacto.

- Gracias por el detalle, príncipe Hans, pero no necesito nada de esto.

Miró a las chicas y se encogió de hombros, queriendo reflejar sus disculpas. Ellas se miraron y asintieron, luego se sentaron en el círculo con ellos.

- Veo que sigues cegada con nuestra querida reina. – Observó Hans - Debo admitir que has tenido buen ojo. Elsa es una mujer que siempre he considerado inalcanzable. Tengo que felicitarte. Es una pena que os haya durado tan poco tiempo…

- Bueno, en teoría no ha acabado nada entre nosotras. Nunca se sabe lo que puede pasar…si me disculpáis, voy a pedirle una manta a ese hombretón de la tienda, ¿cómo se llama? Ah, sí, Oaken.

Y dicho eso se puso en pie y salió del establo. Ya había oscurecido. Vio unos cuantos caballos atados a un árbol, supuso que uno sería de Hans. Tenía que darse prisa. Se montó en uno y soltó al resto para que se fuesen lejos. Le daba pena dejar a Rásgar atrás, pero esto era algo que tenía que hacer. Espoleó al caballo blanco y se dirigió a Arendelle todo lo rápido que pudo.

Apenas quedaban luces encendidas en el castillo. Desde luego en la habitación de Elsa estaban apagadas. No pensaba alertar a los guardias de lo que iba a pasar porque no la creerían y la volverían a encerrar. Le fue fácil infiltrarse en los alrededores del castillo, y, como ya había hecho varias veces anteriormente, trepó por las paredes de piedra hasta llegar a la habitación de Elsa. Esta vez tuvo más suerte y la ventana estaba abierta. "Elsa necesita corrientes de aire fresco cerca de ella". Sonrió al pensar en ella, pero sonrió aún más cuando distinguió el bulto de un cuerpo en la cama. Se acercó sigilosamente. Elsa dormía profundamente, cubierta por una manta hasta casi los hombros. Parecía una niña pequeña, con esa cara dulce y risueña respirando pausadamente, ajena a cualquier mal, ajena a cualquier ataque que se estuviese tramando contra ella. En ese momento parecía frágil, y no la poderosa reina que solía ser. A Sei le dieron ganas de abrazarla y no soltarla, pero no quería despertarla, seguramente necesitaba descansar más que nadie. La tenue luz de la luna menguante hacía brillar su pelo platino. Era una imagen conmovedora. Se acercó todavía más a ella y pudo percibir su aroma fresco, tan característico de ella. Absorbió todo lo que pudo y cerró los ojos. "Eres el ser más maravilloso que conozco". De pronto, le pareció una situación perfecta para confesarse. Apenas veía a la chica que yacía en la cama, y además estaba dormida. Sincerarte con alguien a quien no ves siempre es más fácil. Decidió hablarle en susurros a la oscuridad y que sus palabras envolviesen a Elsa, aunque nunca llegase a oírlas.

- Me gustaría que todo fuese más fácil. Me gustaría poder encajar en tu vida. Me gustaría ser un príncipe que pudiese ir a pedirte la mano con toda tranquilidad. Pero no lo soy. No tengo nada que ofrecerte, sólo tengo estos poderes que nos hacen todavía más incompatibles. Quiero pensar que cuando yo me marche de aquí tú encontrarás el camino para ser feliz. Pero…no…no puedo. – Cerró los ojos y prosiguió – No puedo evitar imaginarme contigo dentro de unos años, yéndonos a cabalgar juntas y a tirar con el arco. Soy feliz con sólo imaginármelo.

Una sonrisa triste se dibujó en su cara.

- Has despertado algo en mí que nunca había sentido. Es un deseo arrebatadoramente potente, pero no un deseo carnal, sino…un deseo de tu alma. Sólo quiero estar contigo. Allá donde vayas, te seguiría al fin del mundo, o a otro mundo si hiciese falta. Hemos sido un par de tercas, pero Elsa, sólo puedo decirte que he venido aquí, ahora, para defenderte hasta la muerte. No me importa irme al otro mundo si sé que tú estarás bien. Dicen que se llama amor…

Sei dio un largo suspiro. Se armó de valor y acarició con suavidad la mejilla de Elsa. El contacto le trajo una sonrisa.

- Te quiero. – Susurró en la oscuridad, confiando en que esas palabras mágicas protegiesen a la chica de lo que estaba por venir.

Le dio un tierno beso en la frente y volvió a la ventana, a custodiar su mayor tesoro, esperando a que los conspiradores llegasen de un momento a otro.

ELSA

Notó una brizna de aire, un suspiro, algo profundo, un susurro dulce. No quería despertar de aquel sueño, ojalá fuese un sueño eterno. Pero algo la obligó a despegarse del mundo onírico. Haces de luz roja empezaron a formarse en su campo borroso de visión, iluminando la habitación. Se incorporó violentamente, lo que le produjo un leve mareo. Inmediatamente vio a Sei, ¿Sei? De pie en el alféizar de la ventana, disparando bolas de fuego en varias direcciones. Una flecha se clavó en el marco de la ventana, pasando a unos centímetros de la morena. Al ver a Sei le fue imposible reprimir sus sentimientos hacia ella, aunque los tenía contradictorios. Pero esa situación de vida o muerte inclinaba la balanza hacia unos más que otros.

- ¿¡Qué haces aquí!? ¿¡Qué está pasando!? – Gritó Elsa para hacerse oír del jaleo que venía de fuera.

- Elsa, vienen a por ti, ten cuidado. – Dijo sin apartar la mirada del exterior.

Elsa se asomó y tuvo que esconderse enseguida porque otra flecha venía dirigida hacia esa ventana. Al volver a asomarse vio a decenas de arqueros distribuidos por distintas partes del castillo atacando desde diferentes puntos. Sus guardias habían sido pillados por sorpresa y hacían lo que podían. Sei estaba consiguiendo frenar a muchos arqueros y a muchas flechas con el fuego, pero parecía que empezaba a cansarse. Elsa no perdió el tiempo. Se puso a su lado y utilizó sus poderes para defender Arendelle, para defenderse a ella misma.

- ¿Cómo has conseguido escapar? – Preguntó Elsa mientras lanzaba rayos congelados.

- Tuve una pequeña ayuda. Vinieron a buscarme, alguien que conoce bien las entrañas del castillo: el príncipe Hans.

- ¿Hans? Ha vuelto…y supongo que es uno de esos que están atacando.

- Exacto. Es uno de esos. De hecho es aquel de allí. – Señaló Sei.

Elsa no se lo pensó dos veces. Alzó una especie de muralla congelada alrededor de Hans, inmovilizándolo e impidiéndole ir a ningún sitio. "Ya te tengo."

- Wow, increíble, Elsa. Muy eficaz.

Se miraron y se sonrieron, perdiendo de vista el exterior. Oyeron un golpe fuerte abajo que las sacó de sus tiernos pensamientos. Se asomaron y vieron que los enemigos habían conseguido derribar la puerta y estaban entrando al castillo. Elsa se dispuso a bajar para hacerles frente.

- ¡No, Elsa! No vayas, te buscan a ti…por favor. – Suplicó Sei sujetándola por el brazo.

- Es mi deber. – Sentenció, formó un vestido en su cuerpo que sustituyó al pijama y salió de la habitación con paso decidido.

- Voy contigo.

En los pasillos ya se oían sonidos de pelea por todas partes. "Anna…" Pensó Elsa extremadamente preocupada. Se dirigió a la habitación de su hermana para comprobar que estaba bien, pero se la encontró en medio de un pasillo con el brazo de una estatua en la mano repartiendo golpes a diestro y siniestro, junto a Kristoff.

- ¡Toma esa! – Gritaba la pelirroja golpeando a un encapuchado en la cabeza. - ¡Kristoff, detrás de ti!

Un hombre se lanzó a la espalda del rubio, inmovilizándolo. Elsa disparó una potente ventisca en su dirección que mandó al hombre a la otra punta del pasillo.

- Gracias. – Agradeció el chico, sacudiéndose.

- ¿Estáis bien? – Preguntó Elsa.

- De momento sí, pero nos están rodeando…Elsa, te buscan. – Dijo Anna acercándose a su hermana. – Hey, Sei, ¡has vuelto! Sabía que lo harías.

Anna sonrió a la chica con alegría. Los cuatro fueron hacia la escalera principal y vieron a un grupo de encapuchados subir apresuradamente. Vieron a Gerda correr todo lo que podía para huir de ellos. Elsa frenó a sus perseguidores sellando la escalera con hielo, y la mujer pudo llegar hasta ellos. Pero no estaban a salvo. Por el otro lado del pasillo se acercaba otro grupo, este más grande. La pelea era inminente.

- Preparaos. – Dijo Kristoff, apretando los puños mientras esperaba a que ese grupo llegase hasta ellos.

Sin embargo, la sorpresa les vino por detrás. El grupo que habían encerrado en la escalera había conseguido escapar y les había sorprendido a sus espaldas. De pronto se juntaron todos allí, peleando unos con otros. Había puños, fuego y hielo por todas partes. Elsa vio cómo agarraban a Sei por los brazos y la tiraban al suelo. La batalla estaba casi perdida. Iba a ir corriendo hacia ella cuando recibió un golpe ensordecedor en la cabeza. Luchó por ponerse de pie y arrastrarse hasta Sei, pero fue imposible. Su conciencia se esfumaba por momentos, la visión le fallaba. Estaba adentrándose en un profundo letargo al que era incapaz de resistirse. Pero en este sueño no había susurros ni caricias, simplemente estaba oscuro.