Algún día lloraré de la emoción con vuestros comentarios, de verdad.
Luna: ¿madurez? ¿Eso qué es? Jajaja. Tienes razón, las protagonistas también son fuertes, esperemos que algún hagan uso de esa fuerza. ¡Espero que estés bien tú también!
Monoceros: wow gracias por todo lo que dices, ¡muchas gracias! No sé si alegrarme o no de que te sientas identificada con Sei… :D pero sí, es algo que le cuesta a la pobre chica. Aduladora en absoluto :)
Este capítulo empieza justo donde acabó el anterior. En realidad iba a ser el mismo capítulo, pero lo corté, así que aquí tenéis la continuación. Espero no haberos hecho esperar demasiado, sólo lo justo y necesario ;)
18. Cambiar de rumbo.
SEI
Vio cómo Elsa se derrumbada en el suelo tras haber sido golpeada. Fue una imagen desgarradora, la mismísima reina de Arendelle yacía inconsciente en el suelo de su propio palacio. Tenía una expresión muy diferente de la que había estado contemplando mientras dormía, ahora su cara inmutable parecía intranquila.
Un encapuchado a quien Sei identificó como Gorrot levantó el cuerpo de la reina en brazos para sacarlo de allí mientras la pelea continuaba a su alrededor. Eso fue demasiado. Aunque la tenían sujeta por los brazos y ya la habían golpeado por diversas zonas, Sei sacó fuerzas de lo más recóndito de su ser para gritar, moverse violentamente y soltarse por fin de los brazos que la sujetaban. Notó el fuego centelleando en su interior, brusco y salvaje. Lanzó sendas llamaradas a sus captores, y otra más para el que estaba aprisionando a Anna. Sus ropas se incendiaron y huyeron de allí en busca de agua.
- ¡Gracias! – Gritó Anna a unos metros de distancia. - ¿Dónde está Elsa?
Pero no recibió respuesta porque otros dos encapuchados se acercaban a ella. Esta vez fue Kristoff el que se encargó de ellos y se los quitó de encima, usando su fortaleza y sus brazos musculosos. Todavía quedaban dos de los enemigos allí. Ahora que eran minoría no parecían tan feroces como al principio, pero aun así estaban preparados para atacarlos con sus espadas.
- Anna, Sei, Gerda, id a por Elsa, yo me ocupo de ellos. – Dijo Kristoff remangándose la camisa.
- Claro que no, tú te vienes con nosotras.
Sei lo agarró del brazo y lo arrastró junto a ella. Con la otra mano hizo una línea de fuego en el pasillo que los separó de los dos conspiradores.
- Así no nos molestarán en un rato. – Concluyó la morena. - ¡Vamos a por Elsa!
- Creo que se han ido por allí. – Anna señaló hacia las escaleras. – Me ha parecido ver a un hombre con capa negra llevarla en sus brazos.
- Sí, era Gorrot. No tengo ni idea de qué pretende hacer con ella…pero no podemos dejar que abandone el castillo.
Los cuatro emprendieron el descenso por las escaleras todo lo rápido que podían. Vieron al hombre cargar a la reina un par de pisos más abajo.
"No te la vas a llevar".
Sei aceleró, ni ella misma supo cómo pudo ignorar el dolor de su cuerpo, pero dejó atrás a Anna y a Kristoff, y todavía más atrás a Gerda, y se encontró a solo unos metros de distancia de Gorrot. No quería disparar llamas porque temía herir a Elsa sin querer. Entonces Gorrot se giró y la vio.
- No te acerques más, Sei, o tu amiguita se caerá por la borda… - arrimó el cuerpo inmóvil de Elsa a la barandilla de la escalera, amenazando con lanzarla.
Sei frenó. "Tengo que pensar en algo…tengo que hacer algo…" Pero su solución llegó en forma de bola de nieve andante, con un cuchillo en la mano. ¿Olaf con un cuchillo? Era algo difícil de creer. El muñeco de nieve se acercaba serenamente por detrás de Gorrot sin que este se diese cuenta.
- Ya veo que has tomado una decisión y has elegido la perdición. – Prosiguió Gorrot.- Está bien, tú te…¡aaaaaaaaay!
Olaf le clavó el cuchillo en algún lugar de su parte trasera del cuerpo…Gorrot soltó instintivamente a Elsa y dejó que su cuerpo cayese golpeando el suelo con un ruido sordo. Sei se lanzó casi volando para impedir que la cabeza de la rubia chocase también contra el suelo. La sujetó a tiempo, por los pelos. Kristoff y Anna llegaron mientras Gorrot seguía gritando por el dolor. Kristoff fue directamente a por el hombre, pero Anna se dirigió completamente asustada hacia las dos chicas.
- ¡Elsa! Dime que estás bien, por favor… - Suplicó Anna, arrodillándose y acomodando la cabeza de su hermana en sus piernas.
- Claro que está bien, es una chica fuerte. – Dijo Sei con optimismo.
Pero en el fondo estaba sumamente preocupada, eso no tenía que haber pasado, ¡se supone que tenía que protegerla! Se sentó en el suelo, junto a las hermanas, y le acarició el pelo a Elsa. Olaf se acercó también, algo alarmado.
- ¿¡Qué le ha pasado!? ¿No estará…?
- Noo, tranquilo Olaf, sólo necesita descansar. Le han dado un buen golpe.
En ese momento llegó Kai, agitado, intentando coger aire.
- Ya se han ido todos, alteza. – Dijo, dirigiéndose a Anna. – Hemos atrapado a algunos pero otros han escapado, entre ellos el príncipe Hans, que lo sacaron de las paredes de hielo en las que lo metió su Majestad… ¡Majestad!
De repente se dio cuenta de que Anna tenía a una Elsa inerte en sus piernas. Gerda apareció pocos segundos después y dio un grito de espanto al ver a su adorada rubia así.
- ¡Ay, mi niña, mi querida niña! ¿Qué te han hecho? – Se agachó y le palpó la frente. – Tenemos que subirla a su cuarto, necesita reposo.
Kristoff y Kai se encargaron de llevar a Gorrot al calabozo, y las chicas subieron a Elsa. Sei reunió todas las fuerzas que le quedaban para cargar a Elsa en brazos.
"Seguramente Kristoff no hubiese tenido que hacer mucho esfuerzo para subirte en brazos, pero te vas a tener que conformar conmigo como medio de transporte. Y oye, estás delgada, ¡pero pesas!" Le recriminó mentalmente a Elsa. Era arrebatadoramente placentero tenerla en brazos, ese cuerpo que tanto carácter y tanta magia guardaba ahora descansaba pacífico y sosegado en unos brazos que se habían jurado protegerla.
Llegaron a la habitación y dejó cuidadosamente a Elsa en la cama. Gerda fue enseguida a por un paño húmedo y un vasito con algo que Sei no supo identificar.
- Mi pequeña…eres muy joven para estar donde estás, no me cansaré de decirlo. – Murmuraba la mujer mientras cubría a Elsa con la manta y le ponía el paño húmedo en la frente. – Esos malvados… ¡recibirán su merecido!
- Me gustaría saber qué planean ahora. – Dijo Anna.
- Ahora que son menos supongo que tendrán que pensar en otra cosa. Tienes que ordenar que se refuerce la vigilancia del castillo. – Contestó Sei.
- Yo me ocuparé de eso, vosotras quedaos aquí. – Intervino Gerda, mirando preocupada a la rubia. - Sigo pensando que la reina lo que necesita es un gran príncipe que la proteja de verdad, un hombre a su lado que sepa cuidar de ella y la ayude a cuidar de Arendelle. ¿No estáis de acuerdo?
Anna y Sei se miraron de manera fugaz durante un segundo arrolladoramente incómodo. Al parecer, Gerda era la única persona de Arendelle que no se había hecho eco de la noticia de la "amante" de la reina.
- Bueno…no necesariamente tiene que ser un príncipe…¿no? O sea, lo importante es que Elsa conozca a alguien que la quiera, fiel y leal y…emm…bueno, ya sabéis…- Anna agachó la cabeza.
Anna había intentado defender encubiertamente a Sei, pero no había acertado exactamente con los adjetivos y se estaba dando cuenta. La pelirroja se puso roja y decidió que mirar al suelo era mucho más interesante. "Desde luego leal no es una palabra que pueda definirme ahora mismo, según Elsa".
- Los príncipes están sobrevalorados, aún no ha conocido a uno decente. – Sei miró a Gerda sonriendo.
- Puede que sea eso. Tiene que esperar. Su corazón está todavía madurando. – Comentó la mujer meditabunda. – Ya conocerá a alguien.
- A lo mejor ya ha conocido a alguien y no es consciente todavía de que ES ese alguien. – Anna aprovechó que Gerda no miraba para guiñarle un ojo a Sei.
- ¿Uhm? ¿A quién te refieres, querida?
- Gerda, ¿no ibas a ocuparte de avisar a los guardias? No tenemos tiempo que perder. Sei y yo cuidaremos de mi hermana. – Comentó la chica hábilmente para hacer a Gerda olvidar todo lo anterior.
- Oh, sí, cierto. Volveré en cuanto me asegure de que todo está en orden.
Hizo una reverencia y desapareció por la puerta, dejándolas solas.
- Puff, perdónala, cuando entramos en el tema matrimonio, príncipes, Elsa, herederos de Arendelle se pone insoportable. Es de las que creen en los cuentos con un príncipe azul que te soluciona los problemas y todo eso…aunque ahora que lo pienso, yo también era de las suyas hasta hace poco. – Agregó Anna amargamente.
- Pero por suerte conociste a un auténtico príncipe sin títulos. – Esta vez fue Sei la que le guiñó el ojo, a lo que Anna respondió con una sonrisa. - Bah, no te preocupes. Es normal que quiera lo mejor para Elsa. Al fin y al cabo eso sería lo ideal…
Anna cambió su sonrisa por una mirada de reproche.
- No digas eso.
Se sentaron en unos sillones que trajeron junto a la cama. Ambas se quedaron en silencio durante un rato, contemplando a la chica que reposaba junto a ellas.
- Descansa ahora que has caído en un sueño profundo y puedes librarte de todas tus responsabilidades reales. – Susurró Sei.
- Le hablas como si pudiese oírte. – Dijo Anna en voz baja.
- Seguro que de alguna manera…puede oírnos.
Sei se inclinó y acercó su mano a la de Elsa. Le acarició los dedos. Estaba fría, pero en su caso, eso era probablemente una buena señal. De repente pareció reaccionar al leve estímulo. Elsa movió los dedos casi imperceptiblemente. Anna y Sei se miraron.
- Vamos Elsa, estamos aquí, vuelve con nosotras.
- ¡Elsa! Deja de dormir. – Anna se levantó eufórica y se acercó a la cara de su hermana.
Empezó a abrir levemente los ojos, pero parecía que le pesaban.
- No…no le hagáis…daño. – Volvió a cerrar los ojos y a caer en un profundo sueño.
- Creo que se refiere a ti. Lo último que ha visto antes de que le golpeasen es cómo te agarraban los traidores. – Observó Anna.
Sei sonrió, conmovida. Le cogió la mano y no la soltó en toda la noche. Durante las siguientes horas Gerda entró varias a veces a ver cómo estaba todo. Anna cayó rápidamente en un sueño casi tan profundo como el de su hermana mayor. Y Sei permaneció ahí, junto a Elsa, sin soltarla ni un minuto. Pero en la oscuridad y la soledad de la noche parecían aflorar como monstruos saliendo de sus cuevas todos los pensamientos que se le habían pasado los últimos días por la cabeza. De alguna manera tener a Elsa convaleciente frente a ella avivaba su sentimiento de culpabilidad.
"Te he fallado de todas las maneras posibles, ni siquiera soy capaz de protegerte, mírate".
Lamentaba profundamente no estar en otras circunstancias mejores, donde ella fuese una persona normal y no alguien con poderes opuestos a Elsa que puedan hacerle daño. Tal vez una habitante de Arendelle normal y corriente, que no hubiese convivido toda su vida con una panda de ambiciosos dispuestos a destruir a la reina para hacerse con el trono. En otras circunstancias, ella hubiese sido el príncipe perfecto para Elsa. Pero las circunstancias eran esas. Ella era quien era, y todavía estaba en proceso de aceptarlo.
"Nunca podremos estar juntas, nunca. Todo son problemas."
El amanecer se acercaba, el cielo empezaba a teñirse de añil.
Miró la habitación y luego a la ventana. "Lo mejor que puedo hacer es irme ya, si espero más no sé si seré capaz de dejar todo esto..." Miró a la dulce Anna dormir apaciblemente en el sillón. "No seré capaz de dejaros a todos aquí…" Miró a Elsa. "No seré capaz de dejarte a ti".
Resopló. Tenía que hacerlo. Soltó suavemente a Elsa y se puso en pie. Avanzó hasta la puerta, pero le fue imposible no volver a mirar hacia la cama.
"Por todos los Dioses, ¿tienes que estar guapa hasta inconsciente?"
Se reprendió a sí misma por tener ese pensamiento en el último momento. Se fue de la habitación. Trató de mantener la mente en blanco hasta que abandonase el castillo. Fue a por algo de comer. Salió por la puerta principal. Estaba triste, estaba nerviosa y estaba ofuscada. Se maldijo interiormente por lo que estaba haciendo. Estaba dejando atrás lo que más amaba en ese momento.
"Pero es por su bien, es por nuestro bien…"
Como cada mañana, se encontró con Olaf paseando por los alrededores de Arendelle, esta vez en el puente que salía del castillo.
- ¡Hola, Sei!
La alegría de Olaf siempre conseguía disipar momentáneamente la oscuridad que moraba en su interior.
- Hola, pequeñajo. Hiciste un buen trabajo anoche, gracias a ti capturamos a uno de los peores enemigos. – Sei se agachó, apoyándose en una rodilla, y le sonrió.
- Bueno, lo hice lo mejor que pude. ¡Tenía a Elsa! – Respondió, mostrándose algo tímido.
- Claro, tú por Elsa haces cualquier cosa. – Dijo Sei riéndose.
- ¿Cómo está?
- Está recuperándose poco a poco. Puedes ir a verla si quieres, seguro que estará encantada, aunque siga dormida…
- Oh, vale. ¿Y tú adónde vas? ¿Quieres que te acompañe?
- Emm…no. Voy a hacer un largo viaje. – Dijo la chica entristecida. – Tú quédate cuidando de Arendelle, te necesitan.
- Así que esto es una despedida…
- Me temo que sí, Olaf.
- ¿Pero es una despedida temporal o es para siempre?
- …es una despedida. Sea el tipo de despedida que sea es triste.
Sei se acercó a Olaf para darle un abrazo. Estaba terriblementecompungida, estaba siendo más difícil de lo que quería admitir. Y ya que ella se negaba a expresarlo, su cuerpo se encargó de hacerlo. El calor le salía por los poros de la piel. Olaf empezó a derretirse, la zanahoria se deslizaba lentamente por su cara y sus brazos se aflojaron.
- ¡Ups! Creo que ha sido culpa mía. – Admitió Sei mientras le sujetaba la zanahoria.
Se separó rápidamente, algo asustada. Olaf volvió a su temperatura habitual en pocos segundos.
"Desde luego el fuego no tiene lugar en este reino". Esa idea se reforzó en su cabeza.
- Me voy ya, Olaf. Dile a Elsa que… - Quería decirle tantas cosas y a la vez ninguna que no sabía por qué había empezado esa frase. – Que va a ser muy feliz.
Sonrió por última vez. Se dio la vuelta y empezó a caminar. Oyó a Olaf gritarle desde lejos.
- ¿¡Pero adónde vas!?
Sei lo pensó un momento. No lo había pensado todavía, pero su interior parecía tenerlo claro desde el principio.
- ¡Donde estaba antes de conocer Arendelle!
Lo mejor sería empezar de cero, dejarlo todo atrás, volver donde no existía nada de lo que conocía ahora, el mejor lugar para olvidar: la cabaña. No se atrevía a mirar atrás. Cada paso era más amargo que el anterior. Se perdió entre las colinas que rodeaban Arendelle, pero antes de perder de vista la ciudad se giró. Notó algo extraño en la lejanía. ¿Estaba nevando? Sí. Una nube oscura cubría el castillo y dejaba caer sobre él unos tenues copos.
"Elsa ha despertado"
Siguió caminando, más triste que antes. Unas palabras retumbaron en su mente:
"Intento cambiar mi rumbo
para poder olvidarte y
desprenderme de tu mundo."
Había leído esos versos semanas atrás, sentada en la biblioteca del castillo, cuando todavía no había admitido sus sentimientos por Elsa. Ahora cobraban sentido.
ELSA
Abrió los ojos lentamente. Vio a Anna dormir a su lado. Junto a ella había un sillón vacío.
"Juraría haber oído la voz de…es igual"
Intentó incorporarse un poco pero enseguida se mareó y volvió a tumbarse. Se quitó el paño que tenía en la frente y fue a dejarlo en su mesa de noche, pero estaba algo torpe y tiró al suelo un vaso vacío.
¡CRASH!
Anna se despertó de un salto.
- ¿¡Qué, qué, qué pasa!? - Miró a Elsa con ojos desorbitados y se abalanzó sobre ella. - ¡Has despertado! Ya era hora, hemos estado toda la noche…
Miró al sillón de al lado y lo vio vacío.
- Te lo prometo, Sei también, hemos estado contigo toda la noche.
Anna sonrió dulcemente cogiéndole las manos a su hermana.
- Gracias, Anna. – Elsa le devolvió una sonrisa sincera y agradecida. – Sí, estaba segura de haber oído su voz por aquí. ¿Dónde está? Me gustaría hablar con ella.
- ¡Eso dijo ella! Dijo que seguro que podías oírnos, aunque seguro que sólo la has oído a ella… - Elsa estrechó los ojos. – No me mires así, sabes que es verdad. En fin, no tengo la menor idea de dónde estará, habrá ido a desayunar o algo.
- ¿Qué ha pasado con los conspiradores?
- Tenemos a algunos, entre ellos Gorrot, pero muchos lograron escapar. Hemos ordenado que refuercen la vigilancia, no sabemos si volverán a intentarlo otra vez…
- Está bien, en cuanto consiga ponerme de pie voy a ponerme al tanto de todo. ¿Se puede saber por qué me duele todo el cuerpo? – Se quejó la rubia haciendo una mueca de dolor mientras intentaba incorporarse de nuevo.
- Mmm, bueno, te diste un buen golpe. Te caíste al suelo, o te dejaron caer, más bien.
- Estupendo, van a ser muy agradables estos días.
Miró a la ventana y vio que el sol ya había salido. Alguien llamó a la puerta. Olaf entró con una enorme sonrisa en la cara.
- ¡Elsa! ¡Dame un abrazo calentito!
Elsa sonrió también y le dio un gran abrazo lo mejor que pudo.
- Olaf se portó como un héroe, ¿sabes? Te liberó de las garras de Gorrot. – Mencionó Anna.
- ¿En serio? Te debo una entonces, amiguito.
Anna y Olaf le contaron todo lo que había pasado, pero Sei seguía sin aparecer. Elsa deseaba fervientemente verla y agradecerle todo lo que había hecho. Se había jugado la vida defendiéndola desde su ventana, y más tarde enfrentándose a los que supuestamente habían sido sus amigos, y por si fuera poco se había quedado toda la noche en vela cuidándola. "Tal vez tuviese razón desde el principio y ella no tuvo nada que ver con la traición…" Ya lo tenía claro. Ahora era ella la que tendría que rendirse a sus pies y pedirle perdón.
- ¿Puedo preguntarte algo, Anna?
- Ahá.
- ¿Por qué dejaste que Sei se quedase toda la noche aquí? ¿Por qué te fiaste de ella?
- Porque es evidente que te quiere más que a nada en el mundo. – Admitió la pelirroja con profunda sinceridad.
A Elsa se le aceleró el corazón. Sei nunca le había dicho que la quería, ¿o tal vez sí? Pero oír eso aunque fuese por otra persona la conmovía sobremanera. Se sonrojó sin poder evitarlo.
- Oh, Elsa, deberías verte la cara… ¡te van a enrojecer hasta los ojos azules!
Elsa giró la cara, tratando de disimularlo con orgullo.
- ¿Sei te hace enrojecer? – Preguntó el ingenuo Olaf. – Uuuh, eso es bonito. ¿Os queréis?
Elsa lo miró con los ojos como platos. ¿Estaba preguntando realmente eso Olaf?
- Pues…estamos intentando…conocernos…
- Se quieren, sí. Aunque nunca lo admitirán a este paso. – Respondió Anna más tajante, cruzándose de brazos.
- Vaya, ya no vais a poder conoceros más. – Olaf agachó la cabeza, apenado.
Anna y Elsa se miraron extrañadas.
- ¿Qué quieres decir?
- Se ha despedido antes de mí. Se ha ido.
- ¿Cómo que se ha ido? No ha podido irse. – Elsa se giró hacia el muñeco de nieve bruscamente.
- Ha dicho que iba a hacer un largo viaje. Al lugar en el que estaba antes de conocer Arendelle.
- ¿Lo dices en serio, Olaf? – Anna sonó más tranquila que su hermana, que estaba fuera de sí.
- Sí. Pero estaba rara, al darme un abrazo me ha derretido, y eso nunca lo había hecho.
Elsa se levantó de repente, algo tambaleante. Se llevó una mano a la sien.
- No puede ser, no me hagas esto…
- Elsa, cálmate, es mejor que vuelvas a la cama, no estás recuperada. – Le instó Anna poniéndole una mano en el hombro.
- Cómo se le ocurre largarse sin decir nada…maldita cría.
- Bueno…me ha dicho que te dijese algo. – Intervino Olaf. Elsa y Anna lo miraban expectantes. – Me ha dicho…que vas a ser muy feliz.
Instantáneamente los ojos de Elsa se anegaron de lágrimas. "Te has ido, te has ido para siempre. Por qué…" La reina se sentó en la cama y se sujetó la cabeza con las manos.
- A ver, esto tiene que tener una explicación. No se ha podido ir así como así, algo ha tenido que pasar. – Anna trataba de buscar la lógica del asunto, pero estaba casi tan impactada como su hermana.
- Lleva pasando algo mucho tiempo… - Dijo Elsa con aflicción. – Nos destruimos mutuamente cuando estamos juntas. No encajamos, Sei ha pensado que no encaja aquí, en mi mundo. No puedo culparla por pensar eso. Seguramente cree que puedo encontrar a alguien mejor que ella... debí haberla escuchado cuando trataba de hacerme ver que ella no me había traicionado, no debería haberla encerrado en la celda, no…
- Tranquila Elsa, tranquila. – Anna se sentó a su lado y la abrazó. – No puedes pensar eso ahora.
Elsa no pudo retener por más tiempo las lágrimas en los límites de sus ojos. Rompió a llorar. Y junto con las lágrimas, fluía por su cuerpo una verdad que había estado tratando de esconder. No quería a nadie más en su vida, sólo ahora se daba cuenta de que su vida estaba vacía sin Sei. Era una verdad dolorosamente liberadora.
Volvió a marearse, se tumbó en la cama con los ojos cerrados, tratando de apaciguar su mareo y su llanto. Pero sus poderes tomaron el mando de su cuerpo y materializaron las lágrimas como mejor pudieron, en forma de nieve. Anna miró por la ventana y vio el cielo nublarse sobre ellos, unos copos empezaban a caer, melancólicos. Luego miró a su hermana, completamente hundida en su cama. Tenía que hacer algo, no podía ver a Elsa así. Suspiró y volvió junto a la cama.
- Elsa, eres la reina de Arendelle, vas a afrontar esto, vamos a afrontar esto. Y lo vamos a conseguir. - Anna habló decidida, mientras su cabeza empezaba a pensar a to da prisa.
