¡Muchas gracias a todos por leer! Un saludo enorme para todos :) Este es uno de los capítulos que más me ha gustado hacer, ojalá os guste también.

Monoceros: todos son entrañables sí :D Qué bien lo has dicho, Elsa con su altivez tan magnética de siempre jaja. Espero que te la historia te siga agradando ahora que has terminado las vacaciones. Muchas gracias por comentar de nuevo :)

20. La Reina del Hielo.

- ¡Aquí parece que hay algo! – Gritó Sei observando un pequeño sendero que se metía hacia la parte más frondosa del bosque, abandonando el camino principal.

Kristoff se acercó a toda prisa y se agachó junto a ella.

- ¿Qué has visto?

- Hay muchas hojas esparcidas por el camino, escachadas, lo que significa que los arbustos de alrededor han sido sacudidos por gente al pasar. – Tocó con el dedo unas cuantas ramitas rotas del arbusto que tenía al lado. – Y esa gente no es muy fina que digamos, no iban uno detrás de otro precisamente.

- Seguiremos por aquí, entonces. – Kristoff resopló y se pasó una mano por la frente.

Sei lo miró y le puso una mano en el hombro.

- Creo que es hora de descansar. Si los encontramos, será mejor que nos queden fuerzas para enfrentarnos a ellos. Estás agotado.

El chico asintió apesadumbrado. Elsa los esperaba cerca montada en el caballo con Olaf, esperando a que volviesen para continuar el viaje. Sei se acercó y la miró desde abajo.

- Hemos pensado que nos vendría bien parar a descansar un rato, aunque sólo sea para recuperar fuerzas. – Esperó la respuesta negativa de la reina, que permanecía recta en su montura.

- No creo que sea lo más apropiado, cada segundo es importante.

- Sabes tan bien como nosotros que necesitamos un descanso, te recuerdo que tú también eres humana, de vez en cuando se te olvida.

Elsa le lanzó una mirada despectiva y gruñó.

- Está bien. Comeremos algo y retomaremos la marcha. – Dijo la reina desmontando y ayudando a Olaf a bajar.

Llevaban muchas horas sin parar a descansar. Habían partido de la cabaña la noche anterior y apenas se habían permitido el lujo de dar un trago de agua. Comían sobre el caballo y el reno, y sólo bajaban de ellos para buscar algún rastro de los raptores. Elsa, siempre por delante de los otros con su imponente caballo blanco, parecía no haber perdido la concentración en ningún momento, estaba tan erguida y atenta como cuando habían emprendido el viaje. En contraste con ella, a Kristoff parecían haberle consumido parte de las fuerzas los nervios, con los que estaba lidiando desde que Olaf les alertara de que Anna había sido raptada. Pero el cansancio empezaba a mermar sus sentidos y su cuerpo les pedía parar. Kristoff fue el primero en tomar asiento en una pequeña roca bajo un árbol. Sacó los fardos de comida que habían traído de Arendelle y repartió comida para los tres. Queso, frutos secos, un poco de miel…si querían comer algo más consistente se las tendrían que ingeniar.

Sei acercó otra pequeña roca y se sentó junto a Kristoff, observando apenada el escaso sustento que tenían para recobrar sus fuerzas.

- Yo me ocupo de esto.

Se levantó, desapareció entre la maleza y volvió en un minuto con dos conejos carbonizados en la mano.

- Es todo lo que he podido conseguir, pero no es mal banquete, no os podéis quejar. – Dijo divertida.

Elsa, que seguía de pie caminando intranquila alrededor de Kristoff, la miró horrorizada.

- ¿De dónde has sacado eso?

- De la naturaleza, como corresponde. ¿De qué te asustas? ¿Crees que los animales que comes en tu palacio nacen asados y con salsa? Esto lleva un proceso, y el primer paso es matarlos.

Elsa no le reprochó nada, ella también tenía hambre. Se sentaron y comieron. Era llamativo ver a la reina de Arendelle, con su estilo y su finura, sentada sobre una roca comiendo conejo con la mano, pero aun así, a Sei le pareció que estaba indiscutiblemente espléndida.

- ¿Y por qué han secuestrado a Anna? Ella no ha hecho nada. – Pregunto Olaf, preocupado.

- Anna sólo es un medio para conseguir un fin, no es a ella a quien quieren. – Explicó Sei.

- Me quieren a mí. – Concluyó Elsa solemnemente.

- Ya que no pueden volver a burlar las defensas de Arendelle, tienen que hacer que su reina vaya hasta ellos, y raptando a un ser tan querido como Anna no dudan que la reina acudirá en persona a su rescate.

- Pero ellos te buscaban a ti. – Dijo Olaf.

Sei mordió un trocito de queso y miró de reojo a Elsa.

- Los pobres ingenuos pensaron que la propia reina iría en mi rescate. No les culpo, yo también creo que lo haría. – Sonrió.

Elsa arqueó una ceja y no dijo nada.

- ¿No deberíamos volver a Arendelle a por un grupo de soldados? – Opinó Kristoff. - Esto puede ser peligroso para sólo tres personas y un muñeco de nieve… - Sven se acercó y le golpeó la cabeza con el morro. - ¡Y un reno! Y un reno…

- Seguramente Hans pensará que estoy en Arendelle y habrá enviado un aviso allí para comunicarme el secuestro de Anna y dónde se encuentra. Confío en que lo hayan leído y preparen un grupo de rescate. Pero ese grupo tardará en llegar varios días y no tenemos tiempo que perder. – Aclaró Elsa con decisión.

- Sólo tenemos a nuestro favor el factor sorpresa. – Apuntó Sei tumbándose en la hierba. – Creo que puede ser muy entretenido.

Kristoff suspiró.

- A por ellos, entonces, amigo. – Acarició el morro de Sven.

- Esto no es un juego, Sei. – Le regañó la rubia. – Por una vez en tu vida deberías tomártelo en serio.

- Elsa, yo también quiero encontrar a Anna, pero ya que nos encaminamos a una horrible trampa segura por lo menos déjame que me lo tome con un poco de alegría. ¡Anna lo haría!

Elsa sabía que tenía razón, Anna hubiese sacado la parte divertida de todo aquello de haber estado ahí con ellos. ¿Dónde estaría ahora? Recogieron todo y se pusieron en marcha de nuevo, introduciéndose en el bosque por donde habían encontrado el rastro.

Estaba anocheciendo cuando vieron luces de hogueras a lo lejos. El rastro conducía hasta una pequeña colina en la que había un solitario torreón de piedra, vigilando los alrededores. Se acercaron un poco más, con sigilo, reptando entre la maleza para evitar ser vistos por los vigías del torreón. Varias hogueras rodeaban la torre, y un círculo de leña rodeaba la zona, haciendo las veces de muralla improvisada. Se acercaron hasta la última fila de árboles que los ocultaban antes del claro en el que se encontraba la torre rodeada por la leña.

- Eso es muy rudimentario para ser Hans quien dirige esto, ¿no os parece? – Observó Kristoff.

- Tienes razón. Esto no es propio de Hans si lo miras así. – Concedió Elsa con una media sonrisa. – Pero sí lo es si de quien Hans se quiere proteger es de la Reina del Hielo.

El rubio la miró extrañado.

- Aun así, no veo cómo vamos a poder acercarnos sin que nos vean, hay vigilantes por todo, y dudo mucho que consigamos cruzar su barrera de troncos sin que se fijen en nosotros…

- La culpa es de Elsa, que es demasiado llamativa… - rio Sei, que estaba apoyada en el tronco de un árbol.

Elsa la miró con odio.

- Vuelve a hacer otro comentario así y verás lo llamativa que puedo ser para torturarte.

- Ya me torturas por las noches… - murmuró Sei para sí misma.

Elsa se acercó a ella y la miró a los ojos.

- ¿Has dicho algo?

- Que ya empiezas con reproches. – Corrigió la morena en el último momento, guardándose sus torturas.

- Lo que tenemos que hacer es dejar de perder el tiempo y trazar un plan. – Dijo Elsa con frustración, arrugando la frente.

- Lo primero es estar preparados para atacar y defendernos. – Sei se despegó del tronco y se quitó el arco y el carcaj de la espalda. - Kristoff, toma mi arco. Elsa espero que tengas el hielo a punto. Podrías disparar un bloque de hielo que abra un camino entre la muralla de leña para que podamos pasar.

- No es tan fácil. De todas formas, aunque consigamos abrir un hueco en la leña, ellos nos superan en número por mucho, no vamos a llegar muy lejos. – Elsa posó un dedo en su barbilla.

Pensaron un momento en silencio, cada uno sopesando las posibilidades de victoria o derrota que había en esa situación.

- Iré yo sola. – La voz de Elsa sonó decidida, al igual que su semblante firme y poderoso.

- No, tú no vas a ninguna parte. – Sei rompió su silencio drásticamente para oponerse a la rubia. – Me parece que todavía no has captado el asunto: ¡Te esperan a ti!

- Debo ir yo. No quiero poneos en peligro a ninguno de vosotros.

- Di lo que quieras pero no voy a dejar que vayas. – Sei se cruzó de brazos y alzó la barbilla con superioridad. – Además, no tiene sentido que vayas sola. ¿Qué hacemos Kristoff y yo mientras tanto, mirar cómo vas hacia ellos contoneándote y haciendo gala de tu diplomacia y tu diálogo?

- No digas estupideces…¿contoneándome? ¡Pero cómo te atreves! – Elsa tensó los brazos y se encaró a Sei.

No tardaron mucho en notar un ligero descenso de temperatura en el ambiente. Elsa se llevó una mano a la boca, asustada, y trató de controlarse. Pero cuanto más intentaba calmar sus nervios más aumentaban, y más descendía la temperatura.

- Lo siento… - Susurró.

- Sólo espero que no lo hayan notado en la torre… - Suplicó Sei acariciando el brazo de Elsa para calmarla. – Eres como un animalito al que hay que domesticar, ¿sabes?

Por fin, apareció una figura en lo más alto de la torre, por su elegancia dedujeron que era el príncipe Hans. Les pareció oír que se aclaraba ruidosamente la garganta.

- Tengo la corazonada de que tenemos a una reina cerca, muy cerca…y está inquieta. – Hans proyectó la voz para hacerse oír en los alrededores. – Saca a Anna, Duque, que contemple el espectáculo con nosotros.

Los tres jóvenes vieron horrorizados cómo sacaban a Anna a lo alto de la torre, atada y amordazada.

- ¿Dónde estás, querida reina de Arendelle? Ven a por tu premio. – Las provocaciones de Hans eran exasperantes.

Sei se giró a Elsa y Kristoff.

- Está bien, no podemos delatar nuestra posición. Tal vez deberíamos separarnos y disparar cada uno desde una posición, eso los despistará y será más fácil deshacerse de ellos.

- Es buena idea. – Apoyó Kristoff.

Y entonces Olaf, que había estado escuchándolos mientras perseguía a una mariposa, vio a Anna en la torre.

- ¡Anna! – Su grito agudo recorrió la zona. No había duda de que la sorpresa y la espontaneidad de Olaf habían llegado a los oídos de los captores.

- Estupendo, Olaf… - Kristoff se llevó una mano a la cabeza.

- Maldito muñeco de nieve te voy a hervir y a meter en un caldero para siempre. – Refunfuñó Sei con los ojos entrecerrados amenazando a Olaf.

- Oops… ha sido sin querer.

- ¡Ya no tenéis escapatoria! – La voz de Hans resonó en el claro. - ¡Prended el fuego, camaradas, y a por ellos!

Un grupo de los enemigos se abrió camino entre los troncos amontonados y luego les prendieron fuego por varios puntos, alzando rápidamente una muralla de fuego.

- Ahora no hay tiempo que perder. – Sentenció Elsa con temple. – Seguidme.

Alzó los brazos y de ellos emergió el principio de una bella escalera. Empezó a caminar por ella a medida que la creaba en dirección a lo más alto de la torre. Kristoff, Sei y Olaf la siguieron sin vacilar. Se alzaron sobre la muralla de fuego y sobre los enemigos, que los atacaban con arcos y ballestas desde abajo. Sei quemaba todas las flechas que podía antes de que llegasen hasta ellos, atenta a todos los ángulos que estaban a su alcance, y Kristoff disparaba con el arco de Sei a los objetivos que más claros veía, aunque desde arriba y en plena carrera era realmente difícil darle a algún blanco. Estaban cerca de lo alto de la torre cuando vieron a Riuna y a Rásgar apuntarles con sendos arcos desde allí, para impedir que llegasen. Sei se puso junto a Elsa y defendió la vanguardia del grupo de las flechas, mientras, Kristoff defendía la retaguardia.

Por desgracia, vieron que en la torre les esperaba un nutrido grupo de ellos, dispuestos a capturarlos o cosas peores. Saltaron a la fría piedra y empezó la lucha. Kristoff se lanzó a ellos con sus potentes puños y su imponente cuerpo, Elsa hacía lo propio con sus impecables disparos de hielo, sin apenas inmutarse. Sei trataba de quitárselos de encima con la espada y con algún fogonazo. Gracias al esfuerzo que estaban haciendo sus dos compañeros consiguió abrirse camino hasta donde estaba Anna, arrinconada bajo una almena. La desató y la liberó.

- ¡Estáis aquí! No puedo creerlo…gracias. – Anna la abrazó con lágrimas en los ojos.

- No podíamos dejarte aquí sola, te echaríamos de menos. – Dijo Sei con una sonrisa. – Vamos a ayudarles, estoy segura de que se mueren de ganas de darte un abrazo.

Elsa las miró desde el otro lado de la torre. La cosa se estaba poniendo fea, llegaban refuerzos desde abajo. Decidió que necesitaban paralizar todo ese alboroto un momento para tomar aire, así que congeló el suelo. Inmediatamente cayeron todos de bruces, incluidos Kristoff, Sei y Anna. Sólo Elsa y Olaf permanecieron de pie. Sei intentó levantarse y levantar a Anna, pero notó un brazo que la agarraba por el cuello y la levantaba bruscamente.

- No des un paso, reina Elsa, o tu amiguita morirá. – Hans apretó el filo de su espada contra el cuello de Sei.

Sei pudo ver a Elsa debatirse mientras analizaba la situación a unos metros de ellos.

- No hagas tonterías, príncipe Hans, no hay necesidad de malgastar vidas.

- Por suerte, sé que esta vida especialmente te remueve las entrañas, sería un golpe duro, ¿verdad? La chica que le ha robado el corazón a la reina de Arendelle… me temo que Arendelle necesita un cambio, y yo puedo ofrecerle ese cambio sin ningún problema, sólo tengo que eliminarte.

En ese momento, Anna, que estaba en el suelo helado, se lanzó a por Hans sin pensar para que soltara a Sei. Hubo un momento de confusión y movimiento. Sei consiguió zafarse de Hans, vio a Elsa preparada para disparar un chorro helado hacia Hans en cualquier momento, Anna también se había apartado, era el momento.

Tal vez, Elsa no fue lo suficientemente rápida, o fue Hans el que hizo un movimiento extraordinariamente veloz, pero consiguió arrastrar a Sei hasta él en cuestión de un par de segundos.

Lo primero que notó fue un golpe helado y suave que le empujó el pecho. Seguido, ese golpe penetró como una brisa de aire en sus pulmones, envolviendo esa zona como un halo ligero y frío. Sei se quedó quieta un momento, intentando comprender lo que acababa de pasar. Todos estaban en silencio, mirándole. Miró a Elsa, buscando una explicación, pero Elsa no podía hablar, apenas podía ni respirar. Meneó la cabeza lentamente de lado a lado mientras se acercaba a la morena tapándose la boca con las manos. A Sei le flaquearon las piernas y cayó de rodillas en el frío suelo. Se llevó una mano al pecho. "Me cuesta respirar". Volvió a mirar a Elsa y se dio cuenta de lo que había pasado: Elsa le había congelado el corazón. Los ojos de Elsa brillaban por la culpa. Se arrodilló delante de Sei sin saber qué hacer, estaba bloqueada. Acercó una mano temblorosa al pecho de la morena, luego la subió hasta su mejilla.

- Lo siento… - Susurró.

Sei le sonrió.

- Tranquila…Elsa. No pasa nada. – Le costaba hablar, pero quería tranquilizarla.

Anna, Kristoff y Olaf se acercaron a toda prisa.

- Esto…Elsa, esto no tiene muy buena pinta…creo que se está congelando más rápido de lo que lo hice yo, es muy raro… - Comentó la pelirroja arrodillándose con ellas. – Deberíamos buscar ayuda.

- Vayamos a ver a los trolls, ellos entienden estos temas mágicos y nos darán una solución. Pero tenemos que ir ya. – Dijo Kristoff con urgencia. – No están demasiado lejos de aquí.

Elsa seguía contemplando el rostro de Sei con cariño y malestar a la vez, ¿cómo había podido volver a hacerlo? ¡A la otra persona que más quería en el mundo!

- Esto no puede estar pasando…no puede ser.

- Ibas a defenderme…no te culpes. – Sei apretó la mano de Elsa contra su propia cara.

De repente Elsa se dio cuenta de que estaban rodeados por los conspiradores, se dio cuenta de que todo había sido por su culpa, por su avaricia, por su ambición, ellos ni si quiera deberían estar allí, ella no debería haber salido de su castillo, no debería haber dejado que Sei se fuese, debería estar cenando felizmente en el comedor de Arendelle con Anna a un lado y Sei a otro, y no allí, peleando contra un grupo de embaucadores empeñados en conseguir un reino. La corriente de pensamientos aversivos que fluía por su interior se arremolinaba como un huracán, y así lo reflejó su magia en el cielo, formando un remolino de nubes oscuras sobre ellos.

- Vámonos ya de aquí. – Elsa se puso en pie y ayudó a Sei a levantarse.

La tempestad se acercaba…Elsa creó otra escalera, ya que la otra la habían destrozado por todas partes, pero esta le salió mucho más sinuosa y estrecha, acorde con sus emociones. Bajaron a toda prisa, la ventisca empezaba a azotar el lugar. No sabían qué pasaría con Hans, el Duque y el resto, pero Elsa estaba segura de que quedarían encerrados en la torre, rodeados por una gran tormenta durante un tiempo. Ella se aseguraría de que así fuese, no podían permitirse que los siguiesen. Más tarde ya decidiría qué hacer con ellos. Anna, Kristoff y Olaf montaron en Sven, Elsa ayudó a subir a Sei a su caballo y luego subió ella justo detrás, para poder sujetarla por si se caía.

Corrieron y corrieron, como nunca antes lo habían hecho. Kristoff los dirigía, ni Sven ni el caballo se quejaron en ningún momento, parecían ser conscientes de la gravedad de la situación. Sei notaba cómo se entumecían sus miembros cada minuto que pasaba, empezó a temblar, aunque trataba de ocultárselo a Elsa para no alterarla. Sin embargo, su instinto le pedía acurrucarse contra la reina para buscar paz y calor. Era paradójico tratar de buscar calor en una persona que nunca está caliente y que puede manipular el hielo a su antojo, pero a Sei le parecía la persona más agradable y cálida del mundo, y no quería a otra a su lado. Se giró un poco de medio lado y apoyó la frente en el cuello de Elsa. Aspiró su olor y trató de mantener la calma, se sintió mucho mejor. Elsa la rodeó con un brazo y con el otro sujetó las riendas. Le dio un tierno beso en la frente.

- Aguanta Sei, vas a ponerte bien. – Trató de formar algo parecido a una sonrisa en su cara, pero le costaba mucho trabajo.

- Pues cla-claro. ¿No habrás pensado en ningún momento q-que voy a dejarte aquí sola para que vuelvan a v-venir un puñado de pretendientes a por ti?

Elsa rio ante el comentario.

- No dudo que vas a estar ahí para impedirlo. – Le acarició el pelo y se puso más seria. – Sabes que nunca podría encontrar a nadie que no seas tú.

La repentina sinceridad de Elsa provocó una avalancha de cariño en Sei. Se giró completamente sin ningún cuidado y abrazó a Elsa por la cintura.

- Te me-mereces una vida larga y feliz, E-Elsa. Ojalá la t-tengas.

- Hablas como si no lo fueses a ver. No se te ocurra pensar eso, ¿me oyes? Mi vida sólo será feliz si sigues a mi lado. Así que ocúpate de permanecer despierta, háblame, dime todo lo que se te ocurra, prueba a lanzar fuego.

Sei obedeció y levantó una mano hacia un lateral para disparar fuego, pero sólo salieron unas chispas.

- Me temo que t-tu hielo está apagando mi fuego. – Bromeó con resignación, sabiendo que por desgracia era así.

Cada vez le pesaba más el cuerpo y se le hacía más difícil hablar, pero Elsa seguía insistiendo en que hablase y se moviese. Pasaron muchas horas al galope y el temblor y el avance del hielo en su cuerpo eran ya evidentes. Elsa observó cómo se le estaba aclarando el pelo. Sei ya prácticamente no hablaba. Le cogió la cara y vio que estaba extremadamente pálida, los ojos hundidos y los labios temblorosos.

- Vamos cariño, aguanta un poco más… - Elsa empezó a sollozar de impotencia. – Eres fuerte, sé que eres fuerte.

Sei hizo un leve movimiento de cabeza en señal de que la había escuchado.

- N-no llores… - Murmuró.

Se aferró con la poca fuerza que le quedaba al cuerpo de Elsa. Pero Elsa simplemente no podía, su corazón se estremecía al ver cómo a la chica que tenía en sus brazos se le escapaban las fuerzas por momentos, se le escapaba la vida. "Aguanta, por favor, aguanta, no me abandones otra vez, esta vez no podré ir a buscarte allá donde estés…"

Ya estaban llegando. Kristoff bajó el primero para llamar a su familia y Anna ayudó a bajar a Sei. No podía andar, estaba extremadamente débil. Los trolls no se hicieron esperar. Pabbie se acercó con gravedad hasta Sei, que estaba tumbada en el suelo apoyada en el regazo de Elsa. Observó la situación un momento y habló.

- El hielo ha vuelto a actuar. – Dijo, solemne. Palpó el pecho de Sei. – Percibo magia en su interior, pero se está apagando, el hielo la ha debilitado. Prueba a usar tu magia.

Sei movió ligeramente la mano, pero sólo salió humo.

- Ya veo…me temo que no se puede hacer nada contra un corazón congelado. Y es demasiado tarde para un sacrificio de amor verdadero…siento no poder ayudaros.

Un murmullo colectivo recorrió las filas de los trolls. Elsa miró a Pabbie con incredulidad.

- Tienes que hacer algo, tiene que haber una manera, ¡no la podemos dejar así!

Vio cómo los ojos llenos de viveza de Sei se apagaban con cada segundo que pasaba. Pabbie también la miró y permaneció en silencio mientras paseaba y meditaba algo. Al fin volvió con ellas.

- Es posible que haya una opción, pero es peligroso, puede que salga bien, o puede que no. Puedo intentar usar el fuego que recorre su sangre para volverlo en contra del hielo que está acaparando su corazón. Es algo muy complejo, será costoso y…doloroso.

- Hazlo. – Dijo Elsa con desesperación.

- Esto tendrá un precio que habrá de pagar…

- Si es la única opción de que no pierda la vida, adelante. – Concluyó Elsa con una determinación inquebrantable.

- Bien. Quédate ahí con ella, voy a necesitar que la sujetes, no debe moverse mucho.

Elsa le agarró fuertemente la mano a Sei, la joven respondió con un intento de apretón, pero no tenía suficiente fuerza. Trató de concentrarse en contemplar al ser celestial que la sujetaba, como si fuese una divinidad que la acogía en sus brazos. Miró por última vez a Elsa, cerró los ojos y sonrió.

- Allá vamos…

Pabbie puso sus manos a unos centímetros del pecho de Sei y las movió. El cuerpo de la joven empezó a sacudirse un poco, Pabbie estaba manipulando su magia dentro de ella para derretir lo que había congelado los poderes de Elsa. Una especie de destello empezó a salir de su pecho hacia las manos de Pabbie. Sei gritó. Se retorció. Se aferró al regazo de Elsa con todas sus fuerzas. La escena le estaba devorando el corazón a la reina, que ponía todo su empeño en sujetarla, aunque era prácticamente imposible.

- Podemos conseguirlo, chica de fuego. Resiste. – Murmuró Pabbie.

Sei seguía soltando alaridos aterradores. El vapor empezaba a salir por los poros de su piel sudorosa.

- Vamos, vamos…

Se estremeció una última vez y un gran destello salió de su pecho, como si algo hubiese sido arrancado de su alma. Se quedó completamente exhausta y afiebrada, tratando de recuperar una respiración constante, pero todo era demasiado confuso en su cabeza, sólo quería dormir…

- Duerme, valiente muchacha. – Pabbie le cerró los ojos con los dedos y Sei se quedó adormecida en los brazos de Elsa.

- ¿Ya está? – Preguntó Elsa, asustada.

- Ya está. Parece que ha salido bien. – Confirmó el troll. – Ha tenido suerte de albergar magia en su interior, de lo contrario no hubiese podido hacer nada.

El resto de los trolls, Anna, Kristoff y Olaf estallaron en aplausos al gran Pabbie. Él no les hizo caso y siguió hablando a Elsa.

- Cuando eras pequeña y tus padres te trajeron aquí por primera vez, después de herir a tu hermana, temí por la remota posibilidad de que otra persona mágica se cruzase en tu camino. ¡Sería muy peligroso! Pensé entonces. Ahora veo que no temí lo suficiente. Nunca imaginé que podrías acabar enamorándote de esa persona. Es tan aterrador como maravilloso. Dos seres descomunales unidos por el destino. Aunque…por esa misma razón, asumo que os está costando mucho adaptaros la una a la otra. ¿Me equivoco?

Elsa suspiró.

- No te equivocas. Pero soy yo la que no consigo controlar mis poderes cuando estoy con ella. Es difícil…

- El amor y sus innumerables pruebas. Si estás segura, las superarás.

Elsa asintió con vehemencia. Miró a Sei, que dormía tranquila.

- Has mencionado que tendría que pagar un precio, ¿a qué te referías?

- El gasto de magia de fuego que hemos hecho tiene un precio, un sacrificio. Tras haberla manipulado como lo he hecho podría corromperse, así que…la he eliminado por completo. Nunca volverá a poder usar su magia, ya no corre por sus venas.

Elsa, Anna y Kristoff se quedaron perplejos.

- ¿Cómo que sin magia? ¿Ya no podrá usarla nunca más? Es decir…adiós magia, así, de repente. – Dijo Anna arrugando la frente.

- Os advertí que tendría consecuencias. Pero le hemos salvado la vida, seguro que ella también lo agradece. Pero…hay otro detalle. – Todos lo miraron impacientes, con ojos desorbitados. – Es posible…que no recuerde que una vez tuvo poderes de fuego. Puede que pase por una fase de amnesia, o puede que no lo llegue a recordar jamás. Habrá que ver cómo evoluciona cuando se recupere.

Anna se acercó a Sei y le acarició el brazo. Kristoff también se acercó.

- Se acabaron los fuegos artificiales, amiga. – Susurró Kristoff con pesar.

Elsa se sentía afligida. Le habían salvado la vida, pero a un precio que a Sei le costaría mucho asimilar. Su vida iba a cambiar por completo a partir de ahora. Pero lo importante era que se recuperase. Ya era hora de volver al castillo y poner todo en orden.

A ver cómo se toma Sei todo esto, ¡será un gran impacto! A no ser que no lo recuerde… :)