Siento haber tardado tanto ¡lo siento, de verdad! Se ha liado la cosa…además, este capítulo es el más largo hasta ahora, espero que no os importe leer un poquito más :3 Supongo que es porque el final se acerca y estos últimos capítulos necesitan ser más largos.
¡Gracias a todos por leer y todavía más por comentar! Me encanta leeros :)
21. No tengo prisa
"Es cómodo, muy cómodo. Un lugar asombrosamente agradable, mullido, blando, esponjoso, incluso cálido. Tal vez sea… ¿una cama? Sí, una cama increíblemente placentera, lo mejor será no despegarse de ella nunca jamás. Pero posiblemente haya vida más allá de la cama, me estoy perdiendo algo. Ooooh, esto es una manta gruesa y absorbente…no me dejes salir de aquí, manta, estoy demasiado bien. Pero ese olor…ese olor me turba, es muy…muy…fresco, muy familiar. Cama, manta, oléis sumamente bien, ¿de dónde habéis salido? Creo que ya nos conocemos."
Su conciencia trató de asentarse. Palpó lentamente el colchón, concediendo por fin algo de movimiento a sus miembros. Trató de estirar las piernas, pero notó un crujido general de su cuerpo, le dolía cada centímetro de carne. Abrió los ojos una rendija, lo justo para poder distinguir vagamente las formas que le rodeaban, pero la luz de la ventana entró de lleno en su aturdida pupila, obligándola a volver a cerrarlos a toda prisa.
"¿Dónde demonios estoy? Es cómodo pero…aggg ¡me duele todo!"
Notó movimiento a su alrededor, una escoba arrastrándose incansable.
- ¡Has despertado, querida! No, no, no intentes moverte mucho todavía, hazlo poco a poco. – Le recomendó la voz de Gerda.
Sei intentó incorporarse un poco y abrió como pudo los ojos, parpadeando decenas de veces antes de conseguir mantenerlos abiertos durante tres segundos seguidos.
"Es la habitación de Elsa". No tardó nada en reconocerla. De ahí el olor tan familiar que había inundado su olfato momentos antes, ya había dormido en esa cama una vez. "Elsa…"
- ¿Por qué estoy aquí? ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Dónde está Elsa?
- No corras tanto, Sei. Vayamos por partes. Dime, ¿puedes recordar algo? – Preguntó la mujer con paciencia.
- Pues…recuerdo algo frío, muy frío, dentro de mí. Y recuerdo ir con Elsa en un caballo, y sus manos, también frías, y su cuello…
- ¿Disculpa, querida? – Gerda parecía algo confusa con esos recuerdos tan concretos y extraños de la joven.
Sei reaccionó enseguida, no era momento de escandalizar a Gerda.
- Elsa me trató muy bien…- carraspeó - y bien, dime cuánto tiempo llevo aquí.
- Llevas tres días postrada en esa cama sin mover un músculo. La reina ha tenido el detalle de dormir a tu lado para vigilarte, ha estado muy pendiente de ti, deberías agradecérselo. – Gerda compuso una dulce sonrisa. – Te ha cogido mucho cariño, sospecho.
Sei sonrió abiertamente, satisfecha con la labor de protección de su querida Elsa.
- Sí, yo también creo que nos tenemos mucho cariño mutuamente…emm, ¿puedo saber dónde está ahora mismo? – Empezó a desplazarse hasta un lado de la cama lentamente. – Tengo muchas cosas que preguntarle.
- Ni hablar. No vas a ningún sitio. Debes guardar reposo, no hay necesidad de que deambules por todo el castillo pudiendo esperar aquí. Cuando la reina termine sus responsabilidades de hoy le haré saber que has despertado y vendrá a verte.
- ¿Y cuánto falta para eso? – Preguntó la joven, impaciente.
- No hace mucho que ha vuelto a su despacho, todavía quedan varias horas hasta la hora de la cena y para que la reina termine sus compromisos.
Sei frunció el entrecejo. Volvió a intentar acercarse al borde de la cama, se incorporó e intentó echar los pies al suelo.
- No voy a quedarme aquí esperando, seguro que no le importa si le hago una visita fugaz.
- ¿Dónde crees que vas, jovencita? – Gerda se acercó, la agarró del hombro y la empujó con suavidad para volver a tumbarla en la cama. – Necesitas reposo absoluto, ¡absoluto! ¿Tienes idea de lo que es eso? Significa que no te vas a mover de aquí. ¡Eres una impaciente! Voy a ir a por algo caliente para ti, tendrás hambre seguro, y de paso avisaré a algún guardia para que vigile que no sales por esa puerta.
Sei refunfuñó mientras Gerda la volvía a tapar con la manta. La mujer mayor se dirigió a la puerta, y antes de salir se giró hacia Sei con mirada inquisitiva.
- No te muevas, enseguida vuelvo.
Sei asintió. Esperó a que la mujer se alejase, dejó de oír sus pasos por el pasillo, ya estaba descendiendo por las escaleras. "Es el momento". Se incorporó de nuevo haciendo un esfuerzo sobrehumano y apoyó los pies en el suelo. Iba a ser difícil mantener las fuerzas y la coordinación del cuerpo hasta llegar al despacho de Elsa, pero lo iba a hacer. Se dio cuenta de que apenas llevaba ropa, sólo un camisón blanco que le caía hasta las rodillas y con el que estaba muy cómoda, pero no eran maneras de pasear por los rincones del castillo ni de presentarse ante la mismísima reina. Se acercó al armario de Elsa y rebuscó entre su ropa. Vio vestidos y más vestidos. De todos los colores y para todas las ocasiones, pero ninguno de esos vestidos era tan ardientemente elegante como los vestidos de virutas de hielo que la propia reina creaba. Aun así, cogió uno al azar, verde con las mangas negras, incluso había una capa púrpura que lo acompañaba, pero no la necesitaría. Se embutió como pudo en ese vestido tan ceñido. "¿Cómo puedes respirar estando dentro de esta cosa, Elsa?" El único trozo de piel del cuerpo que dejaba al descubierto eran las manos, lo cual le pareció increíblemente raro. "Con lo que disfrutas mostrando tu cuello y tus hombros al mundo, me extraña que tú hayas disfrutado alguna vez de ponerte esta prenda, aunque supongo que viviste una época en la que esta ropa iba acorde a tus sentimientos." Sei suspiró, se dispuso a salir a buscar a Elsa.
Caminó con cuidado por los pasillos, alerta por si Gerda aparecía por alguna esquina y tenía que huir y volver corriendo a la habitación. Llegó a la puerta del despacho, custodiada por unos guardias. Los dos hombres la miraron de arriba abajo, escrutando su indumentaria, supuso que les pareció raro verla con la ropa de la reina.
- Buenos días, señores. ¿Sabéis si Els…la reina va a tardar mucho en salir de su reunión?
- Hoy va a tener una tarde dura, por lo que nos ha pedido que nadie le moleste. Ahora mismo está reunida con el Consejo. – Respondió amablemente uno de ellos.
- Oh…ya veo. Es una pena porque disfrutaría más con mi compañía. – Soltó Sei con una suficiencia fingida.
Los hombres la miraron divertidos, sabían que era una persona muy cercana a la reina y que no era una visita cualquiera.
- Podemos avisarle de que está aquí si lo desea, señorita Sei. – Se ofreció el otro hombre, sonriente.
- Sería un gran detalle. Muchas gracias, caballeros. – Contestó la chica, agradecida.
Entró el último que había hablado, no tardó apenas unos segundos en volver a salir al pasillo.
- Me temo que la reina está muy ocupada…no podrá recibir a nadie hasta la hora de la cena. – Se lamentó el guardia.
- ¿Ni siquiera un minuto? ¿Ni un saludo ni nada? Creo que no has hablado suficientemente bien, voy a entrar yo. – Sei se dispuso a girar el pomo de la puerta cuando los guardias la detuvieron.
- No podemos dejarle pasar, órdenes de la reina.
Sei hinchó los mofletes como una niña pequeña a la que no le dan su caramelo.
"No ha cambiado nada…puedo haber estado al borde de la muerte que la rectitud de Elsa jamás disminuirá…"
- Está bien, esperaré lo que haya que esperar, ¡qué remedio!
En ese momento aparecieron Anna y Olaf por allí, correteando por el pasillo.
- ¡Has despertado! ¡Por fin! – Gritó Anna yendo a toda prisa a abrazar a Sei. – Creía que te quedarías para siempre durmiendo en esa cama.
- No me hubiese importado, es realmente cómoda. – Bromeó la chica mientras recibía con los brazos abiertos a la pelirroja. – Seguiría allí tumbada de por vida si fuese por Gerda, ¡quería retenerme ahí!
- Entonces espero que no te encuentre, puede llevarte arrastrando si hace falta, ¡la conozco!
- Podríamos ir a los jardi…
De repente Anna miró por encima del hombro de Sei y la soltó.
- ¡Viene Gerda, escóndete! Parece que tiene cara de pocos amigos… - Dijo Anna con nerviosismo.
- ¡¿Gerda?! ¡Tengo que esconderme! – Exclamó Sei con la voz tan baja como pudo.
Sei se metió detrás de la armadura más cercana que había. Anna no pudo evitar soltar una gran carcajada.
- ¡Disimula, Anna! – Le dijo Sei desde detrás de la armadura.
Los guardas se quedaron perplejos mirando el espectáculo. Gerda llegó con los labios apretados.
- Buenos días, princesa. Buenos días, Olaf, y buenos días, guardias. ¿No habréis visto por aquí a Sei? Se ha escapado de la habitación, y no me cabe duda de que este sería su primer destino para visitar.
Los guardias se miraron inquietos y negaron con la cabeza.
- Pues la verdad es que no, no tengo ni la más remota idea de dónde puede estar. – Comentó Anna con voz distraída sin mirar a Gerda. – Pero a mí también me gustaría encontrarla para verla.
Olaf abrió la boca para decir algo pero Anna fue más rápida, y sin pensar, le dio tal golpe en la cabeza que salió rodando por el pasillo.
- ¡Lo siento, lo siento, lo siento, Olaf! Ha sido…un acto reflejo, a veces pasa. – Rió Anna con nerviosismo mientras iba a por la cabeza y se la ponía en su sitio.
- Entonces, ¿no la habéis visto? – La mujer analizó el sonrosado rostro de la princesa, tratando de buscar cualquier atisbo de mentira en él.
Nadie respondió.
- Volveré por aquí. – Dijo la mujer, dudando todavía, y se fue por el pasillo.
Sei salió despacio de detrás de la armadura ahora que había pasado el peligro, pero todavía estaba torpe y descoordinada y, sin querer, le dio un leve empujón que la tiró al suelo, descuartizando a la pesada armadura y provocando un sonoro estruendo que recorrió todos los pasillos del castillo. La puerta del despacho se abrió de golpe y una deslumbrante figura salió de él, erguida, seria, imponente. Elsa observó la situación en silencio, haciendo uso de ese otro poder que tenía para asustar sin siquiera moverse ni alzar la voz, solamente con su mera presencia. Sei la miró hipnotizada, no le importaba lo que le pudiese decir Elsa por estar fuera de la cama o por montar semejante escándalo, sólo quería permanecer allí para contemplarla el resto del día. Al despertarse, lo único que había echado en falta su cuerpo era a Elsa, verla, estar cerca de ella, saber que está ahí. Ahora que la estaba mirando no podía apartar sus ojos de ella.
- ¿Qué está pasando aquí? – Preguntó Elsa con voz pausada.
Al fin posó sus ojos azules en los de Sei. Y los contempló con una mirada penetrante, una mirada que retenía tras de sí muchas palabras silenciadas y muchos sentimientos agolpados sin poder salir.
- No pasa nada. He tirado la armadura mientras me escondía de Gerda. – Respondió la morena sin desviar la mirada ni un ápice.
- Entonces será mejor que la recompongas.
Sei asintió.
- Te buscaré en cuanto acabe. – Elsa alzó la comisura de sus labios ligeramente, esbozando una tenue sonrisa.
Volvió al despacho y dejó a Sei embobada mirando a la puerta. Era tan arrebatadoramente sensual esa forma fría que tenía Elsa de controlar sus emociones y dejar a la gente tratando de descifrar qué es lo que siente que a Sei le daban ganas de lanzarse a ella y sacárselas todas de golpe como fuese.
- Hey, ¡espabila! No te quedes ahí todo el día. – La reprendió Anna haciendo rodar sus ojos por el techo. – Vamos a dar un paseo.
Salieron los tres a los jardines y pasearon despacio entre los árboles y el césped. Tras ese pequeño letargo en el que había estado los últimos días, Sei disfrutó sobremanera de la tibia luz del sol sobre su piel. Era muy agradable sentir el calor de la vida y el aire de la tierra de nuevo, tras vivir momentos tan críticos. Anna y Olaf también estaban disfrutando del momento.
- Y…¿cómo te encuentras? Te notas…¿diferente? – Preguntó Anna con prudencia.
- Mmm no, ¿debería? – Anna negó enérgicamente con la cabeza. – Me siento débil, pero creo que iré mejorando.
- ¿No notas como si te faltase algo? – Ayudó Olaf con su impulsividad de costumbre.
- ¿Cómo si me faltase algo? - Sei lo miró extrañada.
Anna le dio un empujón disimulado que de disimulado tuvo poco, mientras trataba de mantener una gran y postiza sonrisa en su cara.
- Sí, eso, como si…¡como si te faltasen fuerzas! Como si te faltase energía y esas cosas, eso querías decir, ¿verdad, Olaf?
- Am, pues, sí, algo así… - Afirmó Sei mirándolos con recelo. - ¿Qué os pasa?
- ¡Nada! Nada en absoluto. – Dijo Anna jugueteando con una de sus trenzas pelirrojas.
- No habrá más fuegos artificiales…¿verdad? – Le susurró Olaf a Anna en un tono de voz más alto de lo que pretendía.
- ¿Fuegos artificiales? ¿De qué hablas, Olaf? – El escepticismo de Sei aumentó. – Estáis muy raros.
Anna abrió los ojos de par en par y miró al suelo en busca de alguna respuesta coherente.
- ¡No es nada importante! Tonterías que te has perdido estos días que has estado durmiendo… imagínate…mmm, fue raro, ¿sabes? Verte ahí moribunda y eso. Tuvo que ser muy doloroso para Elsa hacerte algo así. Porque eso lo recuerdas, ¿no es así?
Sei la miró todavía con cautela, pero prefirió no indagar más sobre el asunto.
- Lo recuerdo, sí. Me congeló el corazón sin querer, lo que no recuerdo es qué pasó después, sé que iba con ella en el caballo y llegamos a algún sitio pero…tengo un vacío en los recuerdos.
- Los trolls te ayudaron, tuviste mucha suerte.
- Supongo…
Se sentaron en el césped bajo un gran sauce verde y resplandeciente que los cobijaba de los rayos del sol. Respiraron el aroma de las coloridas flores y del inminente verano. "Arendelle es muy agradable" Pensó Sei.
- ¿Y cómo ves las cosas con mi hermana? – Anna rompió el silencio con descaro. - ¿Crees que podréis estar juntas? Espero que no estés pensando en escaparte otra vez, si lo haces, Elsa no tendrá compasión contigo, estoy segura.
Ambas se rieron del comentario de Anna. Sei se detuvo a pensarlo un momento. ¿Qué iba a pasar con Elsa? Hacía tiempo que su razón le dictaba que sería un camino arduo el que la llevaba a estar con la reina. Ella no terminaba de tener control total sobre sus poderes y podría ser peligroso. Si ya le había congelado el corazón una vez podría hacerlo otra, aunque fuese sin querer, y no sabía si habría salvación. Pero esos pensamientos organizados y coherentes se veían eclipsados de vez en cuando por algo escondido en las profundidades de su ser, algo inmaterial, atemporal, y sin ningún tipo de estructura, algo que la empujaba a los brazos de Elsa sin remedio. Tal vez sólo fuese cuestión de arriesgarse y darle el poder a esa fuerza interior tan poderosa e inexplicable…
- No tengo ni idea de qué hacer con tu hermana. – Confesó Sei con total sinceridad. - Es complicado…ella…ella tiene esos poderes, que supuestamente sabía controlar, o eso dicen por ahí. Pero ahora parece que vuelve a tener problemas, e imagino que puede tener algo que ver conmigo…
Olaf se acercó un poco más a ella y se sentó justo a su lado.
- Porque ahora está conociendo el amor. – Explicó el muñeco de nieve con sorprendente condescendencia.
- Pero eso ya lo descubrió con Anna, con ella aprendió a controlarlo y derretir y…
-Pero este es un tipo de amor nuevo para ella. – Aclaró Olaf. – Son sensaciones nuevas, todo es nuevo, y no sabe manejarlo todavía. Pero dale tiempo, aprenderá.
Olaf sonrió con benevolencia. Sei le devolvió la sonrisa y le dio un cariñoso golpecito en la cabeza nevada.
- Eres un ser inteligente, bola de nieve.
- Prepárale un detalle para cuando venga a buscarte, ¿voy a buscar flores? – Se ofreció Olaf con mucho entusiasmo.
- Por supuesto que no. Todavía ni se ha dignado a venir a verme, para variar. – Se quejó Sei, enfurruñada. – Ya es hora de que me ponga seria en este asunto.
Alzó la cabeza con orgullo exagerado.
- Bienvenida al Reino de Arendelle, esa es su reina. – Bromeó Anna. – Te recomiendo que te acostumbres, aunque sea un poquito, a ser ignorada de vez en cuando…
- Ni hablar. Tiene que empezar a tratar a las personas como personas con sentimientos, no puede…
Elsa apareció por detrás del sauce, apartando como una cortina las hojas verdes que caían como lágrimas hacia el césped. Dio un paso con su pierna semi descubierta y su majestuosa capa se arrastró tras ella. Sei dejó de hablar radicalmente. Sus palabras dejaron de sostenerse en su cabeza, ya no tenían sentido. Sus emociones tomaron el mando y la razón se doblegó y cedió, obediente, sabiendo que tenía la batalla perdida.
- Intuyo que hablabais de mí. – Captó Elsa.
- Puede… - Sei alzó una ceja, petulante.
Anna tosió aparatosamente como toda respuesta.
- No está bien hablar a las espaldas. – Elsa se llevó una mano a la cintura.
- Sólo comentaba que se te da muy bien ignorar a la gente, y eso tampoco está bien…
Anna se puso de pie en un enérgico brinco.
- Olaf, creo que es el momento de que volvamos al castillo. Estas dos tienen muchas cosas de las que hablar… - Lanzó una mirada significativa a su hermana, que arrugó la frente, y luego se giró hacia Sei. – Es el momento, despeja tus dudas.
La pelirroja le guiñó un ojo y volvió al castillo con Olaf. Las dos chicas miraron a la peculiar pareja alejarse, en silencio. Sei se puso de pie y miró a Elsa con prudencia. Pero por más que la miraba y se obligaba a sacar conclusiones racionales de la situación, no pudo hacer otra cosa que sonreír. Una franca y tentadora sonrisa que Elsa admiró con veneración. Sin dudarlo y sin decir una palabra, ambas se acercaron y se abrazaron. Se estrecharon fuerte, como si pudiesen llegar a fundirse en una, como si todo lo que se habían echado de menos pudiese expresarse así, como si ese abrazo representase una conversación que necesitaban tener desde hacía tiempo. Sei le acarició la espalda a Elsa y clavó sus labios en el hombro de esta, saboreando la suave y nítida piel de la reina y aspirando su aroma característico. Sintió la calma y la paz penetrar en su cuerpo como el aire entra con urgencia en los pulmones. Necesitaba aquello, necesitaba tocar a Elsa, necesitaba estar con ella y dejarse envolver por su entereza y su sosiego. ¿Qué había estado haciendo toda su vida yendo de un lado a otro sin pisar ese reino? Un reino en el que de verdad había algo que quería encontrar. Elsa se estremeció ante aquella efusividad y pasión. Era tan gratificante volver a estar junto a ese ser tan sereno y natural que no pudo evitar perder una pequeña sonrisa entre el pelo medio desordenado de la morena. La rodeó fuertemente y cerró los ojos, rememorando las últimas semanas de sufrimiento y pasándolas a un segundo plano, donde quedasen limpias y saneadas por estos nuevos momentos que estaba viviendo y que algún día pasarían a ser unos agradables recuerdos.
- ¿Cómo te encuentras? – Susurró Elsa contra el cuello de Sei.
- Ahora mismo en la gloria…
Elsa rio.
- Sabes a qué me refiero.
- Me siento un poco débil, ¡pero creo que saldré de esta!
Elsa se preguntó si Sei recordaría que alguna vez en su vida tuvo poderes, pero no parecía dar muestras de recordarlo, no había hecho ni siquiera una voluta de humo. Pero el indicio más llamativo era la falta de resplandor en su piel, ya no brillaba nada en absoluto, estaba totalmente apagada, como una piel normal, y eso era tremendamente triste.
- Esta vez no voy a permitir que te marches. – Dijo Elsa.
- Ni se te ocurra dejarme. Todavía tenemos demasiadas cosas que hacer tú y yo. – Sei aprovechó la cercanía para darle un suave cabezazo a Elsa en la cabeza.
- Sí. Y la primera de esas cosas es llevarte de vuelta a la cama.
Sei despegó la cara del hombro de Elsa y la miró con terror.
- No. ¿Tú también? Por favor, Elsa, sólo un paseo, venga, un paseo sólo… - Suplicó la joven.
Elsa se mordió el labio inferior y miró su cara de imploración.
- Sólo un paseo corto. – Suspiró pesadamente. – Eres como una niña.
Sei soltó una carcajada.
- Tú también deberías portarte como una de vez en cuando, funciona, ¿sabes?
- Ya lo veo… - Elsa le dio un pequeño beso en la mejilla y la soltó.
Sei se sonrojó ligeramente ante esa pequeña muestra de cariño, pero lo intentó ocultar por todos los medios, no quería escuchar a Elsa reírse de ella nada más despertar. Emprendieron su paseo por el jardín, por el que tantas veces había paseado Elsa en sus días solitarios antes de mostrar al mundo su habilidad con el hielo. Esta vez lo pudo apreciar de otra forma, con unos ojos ilusionados y llenos de esperanza. Compartir ese paseo con alguien era algo inusual y maravillosamente confortable, y más si ese alguien era la persona que había conseguido derretir las barreras heladas que flanqueaban su corazón endurecido.
- ¿Y qué pasó con Hans y el resto? – Preguntó Sei.
- No sé hasta dónde recuerdas, pero quedaron atrapados por una tormenta en el fuerte en el que estuvimos luchando, hasta que llegó un grupo de soldados de Arendelle y los arrestó. Algunos de ellos están aquí en nuestras mazmorras, entre ellos Hans, Gorrot, Riuna y Rásgar, tal vez te apetezca bajar en algún momento a hablar con ellos. Otros, como el Duque de Weselton, han sido enviados a sus respectivos territorios con una orden de arresto, también. Allí aplicarán las leyes correspondientes a cada territorio.
- Vaya, una se queda medio dormida unos días y ya está todo solucionado, esto es perfecto. Siempre le he dicho a Kandy que todo se arregla durmiendo.
- Desde luego que no. – Protestó Elsa. – Eso sólo es evadir los problemas y no es eso lo qu...
- Ya, ya. Cálmate…gruñona. Era una broma. – Sei sonrió fanfarronamente. Sabía que Elsa reaccionaría así ante ese comentario de mínima responsabilidad.
Elsa se cruzó de brazos con indignación. Subieron a la muralla y pasearon por ella, dejando a un lado el puerto y al otro el castillo bañado por el sol de la tarde.
- Algún día escarmentarás. – Le advirtió Elsa.
- Supongo que sí. – Sei se detuvo y contempló el castillo desde allí, dejando descansar a sus agotadas extremidades. – Ahora tendré tiempo de escarmentar y de todo lo demás, la Compañía ya no existe, tendré que pensar en otra cosa…
Elsa observó la cara apesadumbrada de su acompañante y le acarició el brazo.
- Bueno, Sei de Ningunaparte, creo que a Arendelle no le vendría mal tu ayuda. Hay un reino que vigilar y una reina que proteger. Puede que algún día necesiten algo de ti ¿Crees que podrás hacer algo con tus habilidades?
Sei la miró de reojo con escepticismo.
- ¿Dejarías que tu reino fuese vigilado por una irresponsable que todavía tiene que escarmentar…? Porque si es así, me parece una decisión muy acertada. – Curvó enigmáticamente los labios.
- Si me he equivocado o no al escogerte lo tendrás que demostrar tú con tu esfuerzo, y el tiempo nos lo dirá.
- Piensas más y mejor que yo. – Admitió Sei.
De repente oyeron un alarido agudo bajo la muralla
- ¡Ahí estás! ¡Sabía que estarías rondando por aquí! – Gerda gritaba desde abajo con un dedo en alto apuntando peligrosamente hacia Sei. – ¡Voy a subir a por ti y te voy a llevar como sea de vuelta a la cama!
Gerda se dispuso a subir las escaleras.
- ¡Oh, no, ya viene! – Sei lamentó su falta de energía para echar a correr y pensó en un plan B. – ¡Elsa, haz algo!
Pero no había tiempo, Gerda ya estaba casi arriba. Sei se escondió detrás de Elsa como los niños cuando se esconden cuando se han metido en un lío. La reina, por su parte, no podía esconder sus carcajadas ante semejante situación.
- Te voy a llevar aunque sea de la oreja, y no me importa que te escondas tras la capa de la reina.
- Gerda, yo le he prometido este breve paseo. – Confesó Elsa con solemnidad, interponiéndose entre ellas. - Pero no te preocupes, me encargaré de llevarla a la cama ahora mismo, ¿de acuerdo? Estará bien.
- Oh, reina Elsa. Si es así yo me retiro a retomar mis labores.
Sei asintió formalmente detrás del hombro de Elsa, pero no pudo evitar lanzar una sonrisa de victoria a Gerda. Esta refunfuñó y se dio media vuelta.
- Gracias, Elsa, ¡esa intervención ha sido magistral! Se nota quién manda en este lugar… - Le dio un beso en el hombro.
- No tenías salvación…pero ahora cumplamos nuestra parte del trato, vayamos al castillo.
Ya se respiraba el olor de la cena dentro de las paredes del castillo. Subieron hasta el cuarto de Elsa y cerraron la puerta.
- Me han dicho que has "tenido el detalle de dormir a mi lado, para vigilarme" – Dijo Sei parafraseando a Gerda mientras se desvestía y se ponía más cómoda para meterse en la cama.
- Así ha sido, y te has portado bastante bien, salvo algún momento en el que movías bruscamente las piernas o los brazos.
- Eres una quejica…yo también tengo algo que objetar. La última vez que me desperté en esta cama sin saber lo que había pasado tenía mejores vistas…hoy estaba Gerda barriendo a mi lado. - Comentó la joven despreocupadamente con una socarrona sonrisa.
Elsa alzó una ceja y la miró.
- Aquella vez no cuenta. – Dijo Elsa refiriéndose a la mañana en la que despertaron las dos aturdidas sin recordar nada de lo que había pasado.
- Entonces tenemos que hacer que empiece a contar. – Sei se acercó peligrosamente a Elsa y la besó.
Su intención era darle un beso rápido, pero al entrar en contacto con los sabrosos labios de Elsa no pudo resistir el impulso ardiente de seguir pegada a ellos y aprisionarlos entre los suyos. Elsa supo responder a la perfección ante aquella repentina arremetida, devolviendo con pasión el embate. La falta de contacto en las últimas semanas había provocado unas ganas colosales de vincularse la una a la otra, como si hubiese que recuperar el tiempo perdido y reparar las heridas que se habían causado accidentalmente. Elsa se separó un segundo, miró hacia abajo y observó el cuerpo todavía semidesnudo de la morena. Un rubor colorado se concentró en sus mejillas, hablando por su boca. Se dio cuenta de las ganas que tenía de hacerse con ese cuerpo, de envolverlo y disfrutarlo como si de un regalo se tratase. Sei se percató de este deseo ferviente en los ojos de Elsa, le cogió la mano con cuidado y se la llevó hasta su propio abdomen.
- No tengas miedo. – Musitó Sei intentando infundir confianza a la reina para que no perdiese los estribos. – Puedes tocar todo lo que quieras y no pasa nada, ¿ves?
Elsa cerró los ojos e intentó concentrarse en el contacto con la tersa piel de la joven. Le costaba muchísimo trabajo mantener la mente centrada en eso y no permitir que sus poderes reventasen y destruyesen todo lo que allí había. Acarició el vientre plano con la mano temblorosa hasta que empezó a relajarse. Entonces Sei cogió el brazo de Elsa y lo pasó por detrás de su cintura hasta que la mano de la rubia tocó su espalda descubierta. Elsa siguió deleitándose con ese contacto tan placentero, poco a poco cogió confianza y prolongó el recorrido de su mano hasta el hombro de la morena, y de allí le recorrió los brazos hasta las manos.
- Acércate más… - pidió Elsa en un susurro anhelante.
Sei creyó leer entre líneas el creciente deseo de Elsa y obedeció. Le dio un sugestivo beso en el cuello y arrastró los labios hasta detrás de su oreja, provocando un estremecimiento general en el cuerpo de Elsa que la recorrió de arriba abajo como un relámpago atravesando el cielo. Su delirio escapó repentinamente por sus manos en forma de escarcha que cayó por los hombros de Sei.
- Oh, lo siento. – Se lamentó Elsa mirándose las manos con terror. – Me ha sorprendido…
- Tranquila. – La joven sonrió conciliadoramente y le acarició el cuello con ternura.
Elsa respiró profundamente varias veces para calmarse. Notaba cómo su deseo y su libido se entremezclaban por sus venas abruptamente con sus poderes, otorgándole a estos más potencia y descontrol e impidiendo a su dueña tomar el mando de la situación. Si había soltado escarcha con un simple roce no quería imaginar qué pasaría si llegaban a más…
- No estoy preparada para esto, Sei… - Elsa arrugó la frente con profunda preocupación y agachó la cabeza, evitando la mirada de la otra chica.
- No pasa absolutamente nada, Elsa, ¿me oyes? Mírame. – Elsa alzó la cabeza de nuevo. – Quizá es demasiado pronto.
Sei le sonrió con ternura y la llevó a la cama, donde se metieron las dos y se taparon con las mantas.
- No sé si podré aprender a controlarlo en…este tipo de situaciones, ya sabes. – Se quejó Elsa con incomodidad.
- Yo no tengo prisa, puedo esperar el tiempo que haga falta. Pero eso no va a hacer que me separe de ti.
Elsa sonrió y arrimó su frente a la de Sei, mirándola con cariño.
- Gracias. A veces no sé si tener poderes es un regalo o una maldición. El hielo es muy complicado.
- Yo me lo tomaría como un regalo. De todas formas…- Sei pensó un momento y entrecerró los ojos mirando a Elsa con perspicacia. - yo soy muy cálida, ¿sabes? Podría ayudarte a derretir tu hielo…
Elsa se alarmó ante ese comentario, ¿lo había dicho sin ninguna intención o realmente recordaba algo de sus poderes? Alzó una ceja y tanteó la expresión de Sei.
- Sí…no me cabe duda. Pero de momento no lo necesito, mira.
Elsa evaporó su vestido en un segundo con un solo barrido de su mano. Así, quedó más cómoda para permanecer en la cama recostada. Sei se quedó boquiabierta ante la nueva imagen de Elsa con apenas algo de ropa.
- Eres mala…
- No te hagas ilusiones, sólo lo he hecho para estar más cómoda y quedarme aquí un rato contigo mientras te quedas dormida.
Sei bufó y murmuró algo entre dientes. Pero sus quejas se vieron interrumpidas por el sonoro golpe de la puerta de la habitación al abrirse de golpe. Anna apareció ante ellas.
- ¡Elsa, es hora de cen…AAAAHHH LO SIENTO! ¡PERDÓN, PERDÓN!
- ¡Anna! ¡¿Es que no sabes llamar antes de entrar?! – Le reprendió Elsa totalmente avergonzada mientras se cubría con la manta con rapidez.
- Lo sé, ¡lo siento! - Anna se dio media vuelta con torpeza y siguió hablando de espaldas a ellas. – Decía que es hora de cenar, pero bueno, igual no es hora realmente, tal vez sea un poco pronto…sí, ya volveré más tarde…
En ese momento irrumpió Olaf en la habitación sin ningún reparo, saltando felizmente y dirigiéndose a la cama.
- ¡Hola, estáis aquí las dos! No sabía que compartíais habitación, pero…oh, ¿qué hacéis sin vestir?
- Lo que faltaba… - Masculló Elsa llevándose una mano a la frente.
Sei rompió a reír a carcajada limpia, observando la pintoresca situación. Anna se giró y vio a Olaf subirse a la cama sin ningún tipo de corte, ella no podía quedarse atrás. Corrió hacia ellas y se lanzó a la cama, cayendo en medio y uniéndose a las risas de Sei.
- ¡¿Qué creéis que hacéis?! – Gritó Elsa, pero su voz fue amortiguada por las risas de las otras dos.
- Hacerte compañía, Elsa, no está mal hacer un poco de vida familiar. – Contestó Anna acomodándose en medio. – La culpa es vuestra, tenéis que avisar de que no se puede entrar por ciertas razones y blablabla, ya me entendéis.
- No ha pasado nada de eso que imaginas.
- Claro, ahora duermes medio desnuda, muy propio de ti, sí… - Dijo Anna con tono irónico.
- No duermo medio desnuda pero no hemos hecho…
- No insistas, Elsa, deja a Anna que piense lo que quiera. – Intervino Sei. – Aunque es un poco joven para hablar de ciertos temas.
Anna le sacó la lengua ante ese comentario burlón. En ese momento se asomó Kristoff por la puerta, y según las miró, se giró entero y tosió varias veces tratando de recuperar la calma.
- Pero ¿qué… - Empezó a decir mientras se echaba las manos a la cabeza.
- No preguntes. – Zanjó Anna. – Elsa te va a contar una versión distorsionada de la realidad.
Todos empezaron a reír con alegría.
¿Cómo había podido Sei plantearse alguna vez moverse de ese lugar? Algo le decía que allí lo tenía todo, que ese era su sitio en el mundo y no hacía falta que buscase más. Ahora todo lo que tenía que hacer era disfrutar.
Ha sido un capítulo más tranquilito que algunos de los anteriores, ¡pero creo que ya lo necesitaban! Nos vemos pronto :D
