Los personajes son de Meyer.
Pretty Baby
Capítulo 2
El camino a mi oficina está teñido de sonrisas y buenos días, tengo cuatro socios, siete secretarias, muchos asistentes y dos recepcionistas.
Además de las competencias profesionales deben cumplir con el perfil que exijo para mi empresa: sonrisas y belleza. Cada guiño y cada mueca les asegura su cheque o su mantenimiento en la firma, soy el socio mayoritario y fundador… puedo devolver las sonrisas y los buenos días. Es un acto mecánico de un buen hipócrita, en mi intentona política, aprendí a besar niños que olían a vómito, mujeres que destilaban perfumes rancios y a hombres corruptos sin moral así que mi comienzo monótono de cada día es un reflejo de la mentira aprendida del farsante profesional.
No puedo decir que me importa algo quienes son, no puedo decir que sus vidas y sus nombres me interesan tanto como la tierra bajo mis uñas, pero son mis trabajadores y los elijo como a mí me gustan.
— Señor Cullen.
Es mi secretaria Jessica, alarga su mano y me da mi vaso de agua con hielo, nuestra relación está basada en la reciprocidad: ella cumple lealmente con todo el trabajo y yo deposito en su cuenta una gran cantidad.
Ya superó su enamoramiento… cuando recién llegó —aunque sabía que en un bufet de abogado, las relaciones amorosas entre jefe y secretaria están prohibidas— perdía la respiración y se sonrojaba tan solo con verme, si sigue aquí es porque su calidad profesional supera a todas las que he tenido.
Mi oficina es el terreno de soledades y de mentiras sin daños colaterales, era el terreno de muchas simulaciones, personas que fingían caerse bien y se hablaban correctamente pero, cuando llegaba las cinco de la tarde, apenas ponían un pie en la calle, se sacaba su careta y se iban a vivir otra vida… quizás superficial… quizás monótona y estúpida… pero verdadera.
Tomé el agua, observé por lo bajo a Jessica quien se arreglaba su cabello rubio y esperaba que hasta la última gota fuese bebida. Era el ritual diario para comenzar con el orden del día.
Día de romper sueños.
Día de triunfos basados en la ruina de otros.
Otro día más en mi fracasada vida.
— Su esposa lo necesita.
Tanía —mi tabla de salvación en el intento por no perderme en la vida— mi ex esposa que, tres años después del divorcio es ahora mi mejor amiga.
Nos casamos por no perder y cuando nos separamos, entendimos que éramos buenos siendo como esas dos personas que después de versen desnudas saben que vienen de mundos diferentes y que sentados uno frente al otro —sin mentiras y con amor de por medio— pueden hablar de cosas reales, de alma a alma siendo los mejores amigos.
No amé a Tania en nuestro intento de hacer una familia, ahora la amo porque no tengo que besarla en la boca sintiendo que es la culpa, porque ya no le hago el amor escapando de la hoguera, la amo porque me dio libertad de no tener que fingir un sentimiento que jamás le perteneció porque su dueña era Ella.
El amor era una niñita fresa y azúcar, chupando unas Lollipops cerezas y bebiendo litros y litros de Pepsi… El amor era unas medias de lana hasta la rodilla y un cuaderno repleto de tontas canciones… El amor era una niña de alma traviesa que besaba a todos dejando en sus mejillas el brillo color rosa de su boca…
— ¿Le depositaste?
—Sí, Mr. Cullen, es por la niña, quiere saber si va a confirmar la asistencia al recital de ballet de la escuela.
Mi hija, el fruto del desencuentro. Una muñequita de ojos verdes y cabello rojo que me sigue mirando como el hombre que se desesperaba por no entender su retahíla de palabras sin sentido y su mundo de caricaturas y peluches. La amo, sólo que no soy capaz de decírselo.
Ella me hizo saber cómo mi padre me amó, en silencio, lleno de miedo, incapaz de decir una sola palabra de cariño. Mi padre, quien en su lecho de muerte me apretaba la mano intentando retener el aire y haciendo cuentas de todo los noes que se dio a sí mismo, antes de morir me dijo que me amaba. Me asusta pensar que cuando muera no pueda declararle mi amor a Kate, que tenga esa misma sensación de culpa que vi en los ojos de mi viejo, y que ella, al igual que yo, piense que ya es demasiado tarde.
— ¿Cuándo es?
— El viernes.
Sacó un cigarrillo y lo prendo frente a Jessica quien arruga su nariz por mi osadía, no llego a dar la segunda calada cuando me lo quita, lo apaga en el agua de un pocillo, tira ambientador y abre la puerta de mi oficina.
— ¿A qué hora?
— A las cinco de la tarde, a esa hora no tiene cita.
— Lo pensaré.
Doy tres pasos hacia mi oficina, quiero escapar del olor al ambientador y de su cara de desaprobación porque no me preocupo por Kate, mi hija.
¿De qué me preocupo yo? de todo lo insustancial… de la belleza, de la apariencia, de ganar y ganar… para mis clientes y para mi vida que no es vida… soy un no sé qué vacío, forrado de billetes… una construcción precisa y aburrida que comenzó en ese campo de golf una tarde pletórica de sol y con aroma suicida.
— Lo están esperando, Mr. Cullen, la nueva pasante llegó hace una hora.
Doy un bufido ¡otra pasante! no me gustan las chica recién graduada, con cabello perfecto, que utilizan mi bufet como peldaño en su carrera, pero relaciones públicas firmó convenio con la universidad y estoy obligado a recibir la mejor promoción para que pueda jugar ser la próxima gran abogada que escalará directamente a la suprema corte.
— Que esperé una hora más.
Cierro apresuradamente la puerta, corro hasta las ventanas y las abro de par en par, el sol cae perpendicular dentro de la oficina y enciendo otro cigarrillo… comienzo de nuevo y me siento estancado como siempre… soy un hombre que no puede parar, una máquina calibrada para hacer los mismos movimientos… un sin cesar de nada… una sucesión de tedio. Me siento institucionalizado.
Estoy viejo… me agobia mi corbata… termino de fumar el cigarro. Acomodo mi cabello —hoy le descubrí dos canas más— me siento en el gran sillón y me apresto a sonreír como el triunfador que no soy. Presionó el interruptor.
— Dile a la chica que pase, Jessica.
— Sí, Mr. Cullen.
Tamborileó con mis dedos la mesa, sólo es decirle bienvenida y darle a entender que es la primera y la última vez que hablaré con ella veinte palabras. Ya no estoy para ser íntimo, no quiero tener amigos y hoy no estoy para ser amable con quien no me interesa.
La puerta se abre tímidamente, una cascada de cabello castaño es lo que veo, un perfume conocido llega a mi nariz y el rostro de mi pesadilla se asoma. Con una sonrisa maliciosa me saluda, el fantasma que me atormenta ahora es real, el amor que no tuve vuelve a atormentarme.
— Hola, señor Cullen.
— ¿Isabella?
Ella agacha su cabeza por un segundo, la levanta al otro, sonríe y se muerde su boca y soy en este momento un hombre muerto que ha vuelto a nacer, soy de nuevo aquel que años atrás era un incendio viviente.
— ¿Me recuerda?
Editado por XBronte.
Wow, gracias chicas por tan lindo recibimiento, no actualicé ayer porque pues Ximena tiene las manos llenas con Sacha, y yo soy una linda esclavista y ella a veces se me rebela.
Gracias a todas.
