Los personajes le pertenecen a Meyer.
PRETTY BABY
Capítulo 6
Los Ángeles —desde las colinas y de noche— se ve enorme y se muestra ante mí chabacana y aburrida, con su eterno verano. La conozco mejor que nadie, repleta de luces, incapaces de ocultar su miseria moral y decadencia que todo lo justifica a partir de cánones imposibles de belleza.
Aquí nací y crecí, para mi madre nunca fue buena: demasiado superficial e inculta. Para mí, un parque de diversiones del cual me mantengo a distancia debido a mis aspiraciones política… ¿política?... ¡Oh, Dios! ¿qué hago aquí? Medio borracho y acechando a una niña de quince años, olvidándome de todo… una pequeña duda sobre mi ética y todo se va a la mierda… ¡Qué poder le otorgo a esta niña!... años de mi vida, mi aristocrática educación como abogado en Yale y el legado impuesto por mi apellido, desde la primera vez que la vi, me pesan en mi estómago y quieren ser un enorme vómito que no soy capaz de aguantar… Pero, si vomito… ¡todo se va al infierno!
En Los Ángeles —ciudad de sueños, constelaciones de estrellas falsas, todas ellas con sus huellas en el Hollywood Bulevar y de mundo de mentiras— la gente se ahoga entre lentejuelas, come poco, no duerme y se esfuerza en borrar su imagen esencial frente al espejo, aparece ella… vibrante, emocional, excitante…
Era la ciudad de Charlie Swan, de gente que por dinero perdía el alma, era la ciudad donde la clase media —sin dinero, apellido o pasado— labraba su futuro con talento, belleza y trabajo... limpiando baños, lavando platos, atendiendo mesas o sudando en la cama de un extraño… para la ambición, todos son caminos viables para el éxito.
Era la ciudad de hombres como yo.
La ciudad de niñas como ella.
. .
Isabella Swan, alegre, desenfadada, bailas en una playa con tus amigos, repartes besos de chicle a todos los niños que se mueren por ti y yo me muero de celos.
Niñas terribles, nacidas en un mundo terrible, en una ciudad terrible.
Bella Swan crecerás aquí y, con el tiempo, serás parte del ejército de mujeres tontas, de pieles naranja, con senos de silicona. Perderás todo lo bello que hay en ti y te convertirás en un cascaron vacío que su único objetivo de vida será contar cuantas calorías consumes al día.
¿Me volverás loco todavía? o ¿será que tu imagen de ninfa desató un fauno en mí?
¡No! no quiero a esa Bella del futuro.
Quien me vuelve loco hasta la inmoralidad es esta niña que camina en los límites de la niñez y de la curiosidad perversa.
La quiero a ella, quince años de edad, tenis rojos, short cortos y bebiendo litros de gaseosa. Fumando cigarrillos, probando algo de hierba y creyendo que la vida es una fiesta en la playa o una tarde en piscina.
Me arrastro hacia mi auto, llevo mis manos a mi nariz y huelo a nada… ¿eso soy?
¿Qué pasó con aquel que creía haber vivido mucho?... ¡reconócelo Cullen! solo has hecho el papel de rebelde frente a tu padre… ¡Y, tampoco lo engañaste! Te concedió todo porque sabía que su niñito necesitaba aquel pequeño país llamado anarquía para así enfilarse por los caminos de los buenos hijos de América.
¡Santo Dios!
Conozco a una preciosa niña y descubro que soy un fraude.
Isabella, hija de Charlie Swan, despiertas a la bestia en mí y no me importa… ahora estoy consciente de ello.
Llego a mi cama, huele a mi sexo con Tania pero no me molesto en quitar las sabanas, dilato el sueño, no quiero dormirme, quiero retozarme en mi deliro por esa niña, entre el sueño y la vigilia es cuando Isabella Swan me pertenece.
Me llamo loco por permitir que una hora de mi vida devaluara treinta.
Me llamo enfermo porque reconozco que sus ojos y su piel desnuda me hicieron ver que mi vida es una sucesión de deseos rotos y de traiciones veladas.
Soy un hombre que ha sido iluminado… iluminado salvajemente.
Finalmente el cansancio se cobra su factura sobre mis músculos y, antes de rendirme, digo un nombre.
Lo tengo en la punta de mi lengua.
Bella…
Y me lo bebo lentamente hasta que dejo que su esencia sea la que me lleve a un mundo donde me libero del tiempo y camino, con aquella niña, por la playa, de su mano.
Las letras bailan ante mí, todos hablan y víctima de mi extraña resaca de vida escucho las voces de todos quienes parecen modular y gritar desde una lejana playa.
Leo las ideas de mis asistentes, tengo la entrevista en unas horas y asiento como un autómata, espero que los días pasen y lo único que me conecta con la realidad es el enorme reloj de pared donde veo como se deslizan los minutos.
— Confirma a la señora Swan que iré el viernes a la cena.
Es lo único que me importa.
Leo sin leer, sentado en mi escritorio, en el edificio de la gobernación, intento ser la imagen de aquel hombre que para muchos es la esperanza de una nueva manera de hacer política, hablo de derechos, de mantener la dignidad de América, hablo de familia y buenos valores, de tolerancia y rectitud. Mi cabeza hierve como caldero, estoy alerta como animal en celo y repaso mi huida hacia la casa Swan, hoy es la noche.
Pongo los papeles sobre mi cara, finjo interés, finjo que soy la respuesta a todas las preguntas. Finjo que soy alguien de alta moral preocupado por los intereses de la democracia y que espera hacerle bien al país.
Siento una corriente helada, mi corazón se agita… ¿miedo?... la piel se me pone de gallina… debería salir… deslizo mi mirada hacia el suelo.
Me topo con unas zapatillas negras y unas medias blancas, no quiero seguir, mis manos tiemblan e intento recomponerme, fijo mis lentes y trato de respirar.
El olor a flores, a sol y a mar se instala en mi nariz.
Elevo mi mirada.
Mis tripas se revuelven y el corazón me duele.
Falda corta de cuadros escoceses, blusa blanca repleta de pequeños botoncillos, chaqueta roja pequeña sobre su torso, un maletín que cae al lado derecho de su cuerpo y ahí está: ella, olor de vainilla y madera, chupando una pequeña paleta.
Si en algún momento perdí mi fe en Dios, ahora la recupero… rezo como un demente esperando que lo que veo no sea cierto, para que me diga que no tengo frente a mí la razón de mi delirio.
Rastrillo mis dientes, aprieto el papel que cede ante mi fuerza contenida y trato de respirar lento.
Me detengo en su cara bronceada y llena de pequeñas pequillas.
Ella me sonríe y su risa va hasta sus ojos de increíbles y largas pestañas, tiene algo de escarcha en sus ojos y un tímido labial rosa, se mueve sobre su eje con timidez procaz, con aquella seducción que me pierde.
¿Qué pasará conmigo si ella descubre el poder que tiene sobre mí?
Una leve inclinación suya hacia adelante y caeré de rodillas.
— Espero no molestar, Mr. Cullen.
¡Dios!
Yo espero no morirme.
Editado por XBronte.
