Los personajes le pertenecen a Meyer.
Pretty Baby
Capítulo 7
Me rehago. Dejo a mis colaboradores en la mesa de trabajo y me voy a enfrentarla.
La sílfide sin alas que me tiene al borde de todo está en mi oficina; como gran jugador de póker, mantengo el control y me impongo resistir…
Siento sus ojos marrones que me observan con una perversa curiosidad… esa niña me desnuda con su mirada, me recorre de arriba abajo como tratando de relacionar la imagen del hombre que conoció en la piscina con el que ahora viste traje.
¿Qué verá?
¿Un hombre viejo con un aburrido traje gris?
¿Un hombre que no puede leer si no usa gafas ópticas?
Creerá que estoy ciego y que soy muy circunspecto para disfrutar la vida.
Ella me dice —con su recorrido— que ya he perdido mi juventud, que su mundo y el mío son diferentes y que no soy capaz de reír.
Ella tiene todo el derecho de juzgarme, tiene todo el derecho de burlarse ¿no es ese el derecho soberbio que siempre se otorga la juventud? ¿por qué no lo podría hacer?
Yo lo hice. En ella reconozco el cómo miraba a los adultos cuando tenía su misma edad y entiendo lo cruel que fui.
¿No te gusto, mi niña? ¿te asusta mi edad?
Quisiera decir que aún puedo reír, quisiera decirle que no siempre visto de gris, quisiera decirle que todas esas cosas que ella hará y probará yo ya las hice… y, quizás, mejor. Pero eso no basta, mi experiencia muere, pues… aunque Edward Cullen de diecisiete años fue algo para recordar, él ya no existe… no tengo el alma, la inocencia perversa y la fuerza que, a ella y a sus amigos, les sobra.
Fui… joven y esas tres letras del FUI, hacen la diferencia.
— Hola —me acerco hacia ella, cada paso es como si llevara mil toneladas amarradas a mis tobillos— ¿I… saabella?
Finjo no recordar su nombre… ¡menudo hipócrita! si desde que la conocí es la única palabra que pronuncio en mi cabeza.
Lo rezo como un mantra.
Isabella… sol de ciudad.
Isabella… niña traviesa con ojos de gatita malvada.
Isabella… piel de manzana, beso de rosa y fresa.
Dos sonrisas… la mía, controlada… la de ella, fresca, descarada, luminosa.
La chupeta sale de su boca, dejando un hilillo de saliva… gimo ante la imagen, mi mente cochambrosa está en agonía.
Ella muerde sus labios.
Y el sátiro grita dentro de mí.
— Sí —ella salta y su cabello se mueve como una ola que me impregna con olor a jazmín— pensé que no lo iba a encontrar, usted es un hombre muy importante… se lo dije a mi amiga Alice ¿la recuerda?
Si, la niña fea que parece pegada a tu piel como si fuese una babosa… ¡mierda! la odio… odio a Alice y odio a todos los que la rodean porque pueden estar cerca de la maravilla que mis treinta y ocho años y mi vida pública me niegan.
— Brevemente.
— ¡Disculpe, Mr. Cullen! Ella fue más lista que yo, me engañó y entró a pesar que le dije que no lo hiciera.
Los ojos de todos me observan, la observan a ella.
Ninguno se imagina lo que ocurre, nadie puede decir que esta niña —con una mini falda de colegiala que hace que todos los fetiches del mundo sean vacíos— ha vuelto mi cabeza a la adolescencia y me masturbo día y noche como si fuera un chico frente a su primera película porno… que la personita que desobedeció a mi secretaria me tenga caliente, absorto, y que en este momento soy un hombre que hierve.
Mi culpa hace que me sienta frente a un pelotón de fusilamiento y que crea que la gente que me observa, escucha mis pensamientos.
Ajena a mis temores, camina hacia mí.
Ella no es tímida.
Cada paso es una orgía para mis sentidos, mis piernas tiemblan al pensar que braguitas debe tener, como huele ese punto en que dos delirios convergen en un punto rosa, suave y jugoso.
— Mr. Cullen —se acomoda su maletín y da una chupada lenta en su paleta— es urgente, muy importante… usted puede quitarme un gran problema.
Y mi mente funciona a mil por hora… mantengo mi compostura, hago señas para que los demás abandonen mi oficina.
— ¿Un problema?
Carraspeó y cada palabra es una promesa sucia y hermosa.
¡Dios! ¡ya me veo en San Quintín, por pedofilia!
El monstruo que ruje dentro de mí sonríe con guasona ironía y me dice que no importa… que «hacer el favor» o «solucionarle el problema» bien mereciera una temporada en el infierno.
¿Y mi carrera política?... ¡a quien mierda le importa mi puta carrera política!
— Si, Mr. Cullen… ¿puedo decirle Edward? — se inclina hacia mí.
Es ella la gata que me rodea y yo soy el indefenso ratoncillo que no sabe hacia dónde ir.
Tengo la leve impresión que estoy siendo cazado.
Yo quiero ser el cazador y devorar la carne tierna de esta niñita, ella es caperucita roja y yo soy el degenerado lobo del bosque.
Finalmente entiendo la maldita fábula.
— ¿Puedo? —da otra lamida al caramelo e insiste con la pregunta.
Puedes llamarme como quieras, bebé… puedes llamarme tuyo para siempre, puedes llamarme amor y seré tu esclavo… dame un nombre ¡reinvéntame!... hazme nacer de nuevo.
— Soy Edward, Isabella.
Ella parpadea, frunce su boquita como recordando un pecado, mueve su naricilla en señal que algo hizo mal y niega su cabeza de un lado a otro, un insoportable rubor tiñe sus mejillas y cada gesto y movimiento es absorbido por mí con brutal avaricia.
— ¡No! —levanta su dedo y apunta hacia arriba— usted es un señor importante, un señor mayor y mi mami siempre dice que a los hombres viejos debo decirles «señor» —me desgarra cuando me dice eso, se detiene y sus ojillos me miran directamente— usted no es tan viejo, Mr. Cullen.
Juega conmigo.
— ¿No lo soy?
— ¡Nop! —mira su chupetín con curiosidad científica— parece de la misma edad que mi papá.
Y algo se marchita dentro de mí.
— ¿No deberías estar en la escuela?
— ¡Me escapé!
Y esa pequeña rebeldía me dice que ella es mucho más.
— Eres una niña traviesa —digo con voz ronca.
Rueda los ojos, levanta las cejas y me hace saber que si lo es y no puedo respirar.
— ¿Yo? —sus pupilas se dilatan, está a milímetros de mi, mis casi dos metros de estatura la sobrepasan, está ella de puntillas y el cuadro objetivo que aquella imagen pinta a mi mente es la imagen misma de erotismo y sensualidad que jamás había sido capaz de captar— sólo soy una niña.
Quiero su cuerpo desnudo, pero esta inocencia perversa que no tiene conciencia de su poder es más excitante que el de una mujer desnuda con su coño abierto frente a mí.
Es una posibilidad de… ¿para qué me engaño? Ella es una fantasía vedada… tengo treinta y ocho años y mucha responsabilidad familiar… es una niña… es una niña.
Sí.
Un algo prohibido que me saca del aletargamiento de los días de mi vida programada.
Pero…
Esta niña pequeña, mirándome desde su mínima estatura, es la lujuria embotellada en un diminuto recipiente que me promete que al abrirla, saldrá un genio capaz de darme algo que desconozco… ¡Uf! ¡Qué mariconada!... llorar por lo que no tengo.
— ¿Qué puedo hacer por ti?
— Mucho.
No se aleja, descaradamente, me roba el aire… y todo desaparece.
— Mr. Cullen —su voz baja y se acerca hasta mi rostro alargando su cuerpo— es importante… así mi papi no me castigará por haberme escapado del colegio para venir a verlo ¿quiere ayudarme?
Seis sílabas y estoy dispuesto a explotarlo todo tan sólo por complacerla.
Puedo caminar sobre roca ardiente si eso le gusta, es más… no me importa, nado en lava desde ayer en la tarde y, un poco más de calor no me haría daño ¡ya estoy jodidamente frito!
Yo soy el rey del infierno.
Editado por XBronte.
A todas las lectoras que me acompañan un millón de gracias, a las fantasmas mil abrazos. No soy amiga de contar cómo va ir la historia, muchas me preguntan si voy a contar la historia de ambos cuando ella tenga 22 años, no, lo siento chicas, esta historia está pensada para ser el recorrido de este hombre durante la época en que él se enamora de la pequeña niña, saben muy bien que esta historia será muy corta, no descarto contar un pequeño bocadillo de lo que pasará después del encuentro de ella como becaria, pero no será para mí lo importante. Me divierte escribir esta tortura deliciosa y trágica de un hombre mayor enamorado de alguien niño. Será perversión mental….una fiebre, una locura. Si deciden seguir aquí después de esto, les estaré agradecida.
