Los personajes le pertenecen a Meyer.
Pretty Baby
Capítulo 11
Estamos llegando al Club, tengo una reunión de trabajo con mis asesores y voy a mostrarle a mi chica como es el trabajo de un político.
¡Dios! ¡Mi chica!... estoy en el infierno y lo disfruto.
Una de mis asistentes abre la puerta del coche y otra recoge mis cosas y su bolso.
— ¡Hola! soy Isabella Swan y por unos días, seré la sombra de Mr. Cullen… así que cuando lo llame ¡me lo pasan! —sonríe pícara y besa las mejillas de las secretarias.
Con el descaro que le da ser una consentida y con la impunidad de sus años, camina libremente haciendo cimbrar su falda hasta el límite peligroso. Desvío la mirada y me concentro en mi gente.
— Es la hija de Charlie Swan y me comprometí a ayudarla con una tarea.
Doy las instrucciones y voy tras de ella, hasta la piscina.
Los ojos azules de la chica se quedan mirándome de arriba abajo —Rosalie creo que se llama— tiene el tipo de la niña californiana, rubia, bronceada e increíblemente hermosa, su rostro me dice que conoce más de lo que una nena de su edad debe conocer.
Me repasa y presiento que su clínica observación sobre mi es perversa.
Está tomando el sol, al borde de la piscina con un bikini que no deja nada a la imaginación —fumaba un cigarrillo pero cuando me vio, lo tiró al agua—, su malicia retorcida me dice que ella puede oler mi excitación por su amiga Bella.
— Te he visto en tv, eres realmente hermoso, Mr. EC.
Tuerce su boca, no sonríe y sigue allí mirándome fijamente.
Rosalie es una de aquellas chicas que decidieron un día dejar de ser niñas para ser adultas; quizás, que viva solo con sus sirvientes tenga algo que ver… tiene dos tatuajes en su trasero y uno en el vientre, es evidente que para ella, la adolescencia es algo que se debía saltar —con una madre sexsymbol y un padre súper héroe del deporte— era demasiado aburrido ser un pajarillo expectante… con esos genes, ella siente que nació para ser una devoradora.
Le devuelvo la mirada, la enfrento, somos dos almas viejas que conocen de vicios y obsesiones, con ella no importaría tener treinta y ocho cuando ella bordea los dieciséis… pero no me inquieta, ni siquiera me lo puedo imaginar, para mí solo existe ella… mi chica.
— ¿Viste que era verdad, Rosalie? Él nos ayudará con la tarea ¿no es excitante?
Isabella se quita sus zapatos, las medias las tira cerca de la piscina, mete unos de sus pequeños pies al agua, disimulo no mirar sus pequeños deditos, gordos y rosados que parecen mínimos pétalos de lirio, coronados con sus uñas pintadas de negro. Isabella —a diferencia de Rosalie— tiene otra estrategia, entiende que el poder no está en poner la artillería en primera línea, ella se esconde y desde allí comanda las huestes de su hambre de vivir.
— ¿Va ayudar a nuestra Bella, Mr. EC?
Sus palabras son llenas de dobleces, me ve mirando los pies de su amiga y un fuego burlón despide desde su mirada.
— Así es.
Isabella hace remolinos con sus dedos en la piscina, estoy atrapado en aquellos círculos hipnóticos, hay algo en las figuras en el agua, son leves, se deshacen y luego no hay nada, esa es mi vida, una serie de actos que se disuelven en el agua.
— Nuestra Bella siempre consigue lo que quiere ¡siempre lo hace, Mr. EC!... papi Charlie le cree todo —Rosalie voltea, se zambulle en el centro de la piscina— ¿nos quedaremos a cenar? —tira agua con su boca—podemos hablar de muchas cosas, nos divertiremos y conoceremos mejor de su trabajo, señor próximo senador del Estado de California.
Isabella se ha recostado en los bordes de la piscina, su cabello cae alargado, el sol bebe avaricioso su color y lo hace relucir entre rojo y naranja.
Tengo celos del sol porque puede, con su refulgencia caliente, penetrar los pequeños misterios de aquella pequeña avecilla que le permite ser acariciada obscenamente… y me veo como un árbol seco que tiene vida cuando su suave ala se apoya en mis ramas.
Me estremezco, frente a estas dos sílfides devoradoras, hay algo absorbente y loco en ambas.
Mi boca sabe a infierno y veneno dulce.
— Vamos Mr. Cullen, di que si —su pierna en arco se mueve divertida, de pronto se alarga hacia mí y con sus deditos pellizca mi pantalón— ¿no tienes calor?... —deja expuesta su braguitas— ¡toda esa ropa que llevas!... —le veo su entrepierna— ¡y tan serio, que asustas!
Mi cuerpo late en todas partes, me pongo mis lentes, muerdo la parte interior de mi mejilla, levanto mi rostro y me enfrento a la tarde calurosa… maldigo el sol.
Las palabras de atávica moralidad son eco de lo que soy.
El dedo inquisidor que me señala resulta ser el mío.
Maldigo todo ¡herencia y religión!... ¡miedos y tabúes!
Reconozco que soy el resultado de un proceso llamado buena educación… y eso es lo que ahora actúa.
— ¡Lo siento! Tengo una reunión impostergable… se quedan con mi equipo, ellos le darán todo lo que necesitan.
Me alejo, me despido varias veces, al final mis pasos me llevan hasta mi auto, miro hacia atrás, aquellas dos niñas que ya se han olvidado de mí y juegan con el agua al igual como juegan con la vida: despreocupadamente, con un dejo de nada importa y con aquel pernicioso deseo de destrucción y curiosidad infame.
Mientras que para mi Bella Swan es el sueño, mis suspiros, mi primer amor —el único, quizás— para ella soy ese hombre de vestir oscuro que le teme al sol.
Loco corro por las playas, dejo mi auto en los malecones, me quito mis serios y aburridos zapatos y miro mis pies que ya no tienen esa limpia y clara característica de la juventud… me hago a la ilusión de poder caminar en la playa sin que me incomode la arena bajo mis pies.
Me incomoda.
Soy un hombre que ya mucho ha caminado y no soporto el acto fresco y franco de no pensar en nada mientras mira el oleaje, caminando por la playa.
Porque yo… yo estoy pensando en ella.
Cada segundo.
Bebo unas cervezas y me dejo ir con el sol del atardecer.
Repaso a Isabella y me deleito en su cuerpo. Apenas he visto sus bragas de algodón, su piel de manzana, sus pequeños vellos que parecen hilillos de oro, su boca rosa llena del chupetín de fresa, sus ojos de chocolate y pestañas largas y oblicuas donde pende una ilusión la mía.
¿Cómo me verá ella?
Con sus ojos pícaros y niñez desenfadada, ella se burla de mi vejez, de mi mundo cuadriculado, de ser aquel que ha tomado el mismo tren a vapor, que lo lleva a la misma y rutinaria parte.
Me arrastro medio ebrio a mi loft, tengo esta sensación de vacío en mi estómago, de vacío en mi vida… la pulcritud y el orden me parece patética, todo a mí alrededor es limpio, bien puesto, matemáticamente predecible; no hay caos ni locura en mi realidad… todo eso se quedó en mi adolescencia.
Y ¿ahora, qué hago?
Una niña hermosa cantando destemplada en mi oído.
Un lata de gaseosa tirada en mi suelo.
Cuadernos y lápices regados en mis escritorios.
Medias y mocasines con olor a talco floral bajo mi cama.
¡Necesito anarquía!
Me arrastra la tentación.
Estoy loco, me desnudo y en el lugar que como de hijo de Carlisle Cullen planifico mi vida heredada, le hago el honor…
Y me masturbo.
Y grito.
Y la loción corre por mi sexo enardecido.
Y veo su lengua jugando en mi eje.
Y la veo tomándome con su amorosa, tierna y socarrona boca… me chupa y me absorbe… hasta el sonido erótico de su mamada me lo puedo imaginar.
Te gusta mi chupeta hermosa niña azucarada… ¡dilo! ¡dilo!
Oh si…
Si…
Si…
Me gusta su miel, Mr. Cullen... mucho.
¿Mucho mejor que burbujitas chistosas de tu Pepsi?
Grito, rujo. El eco de mis gemidos estremece mi cuerpo… ¿podrán estremecer en algo todo lo inerte que me rodea?
El orgasmo me toma en mi cama y me dejo ir… me dejo ir hacia otro mundo, hacia otra dimensión y en ella está Isabella Swan que trepa por mi cuerpo y besa mi boca con gentil ternura y yo la beso con agónica desesperación.
Apenas respiro.
Floto en el aire.
Libre de mi destino y atrapado en las redes de aquella pequeña.
Soy el preso de un carcelero indiferente y ruego que mi verdugo —que viste inocentes braguitas— pose sus ojos sobre mí.
Me quedo dormido, la humedad de mi semen se queda en mis manos, todo es oscuro y pesado en el aire que respiro. Mi sueño tiene más de pesadilla porque lo ensombrece una fatalidad solitaria.
Mi pequeña tragedia corre por mis sueños y hace malabares en las orillas de mi cordura.
Algo me saca de mi oscuro limbo.
Despierto.
Miles de ladrillos pesan sobre mi pecho, es el teléfono que descansa en mi cómoda.
Alargo mi mano, un número que no conozco, pero por inercia contesto. Al otro lado de la línea, una risa de niña despierta todo mi cuerpo y lo deja en alerta.
— Hola, Mr. Cullen.
¡Dios! ¿qué me haces?
¿Quieres que arranque de tu cielo, ángel? ¿quieres que te quite, una a una, las plumas de tus alas?
¿Eso quieres?
¡No eres un ángel!
Eres el diablo y pones, frente a mí una tentación que me dice: El infierno o el infierno, porque contigo, yo no tengo escapatoria.
¡El infierno!
¡El infierno!
— ¿Isabella? —y recuerdo que tengo rezagos de mi sexo por ella en las manos— ¿Cómo has conseguido mi teléfono?
— Tengo mis métodos.
Escucho risas, son Rosalie perversa y quizás, el feo lazarillo de Alice.
— Me das miedo.
Lo digo, lo vocalizo, ella me asusta.
— No tenga miedo de mí, soy una niña.
Me dice que irá a mi oficina mañana y me veo ardiendo y envejeciendo hasta que la vuelva a ver.
Y odio el tiempo, ella llegará más joven y yo seguiré siendo un anciano a sus ojos.
Odio el tiempo.
Editado por XBronte.
A mis lindas lectoras, a las que comentan, a las chicas que suman esta historia a sus lecturas y a sus favoritos y alertas un besote de aquí hasta el infinito y más allá.
