Los personajes son de Meyer.

Pretty Baby

Capítulo 12


Los ojos de mi padre me observan críticamente, son azules, fríos y calculados, su carrera política está terminando y tiene fe que su legado continuará conmigo.

Su gesto es acusatorio, está en ese punto donde espera que yo lo decepcione para así lanzarse sobre mí y hablarme de cien años de tradición política que comienza con su abuelo.

No vayas por ese camino, padre… los esqueletos de nuestro armario familiar podrían llenar un campo de fútbol. Tu abuelo fue un viejo corrupto de Chicago y fueron sus nexos mafiosos los que instalaron su persona en un sillón de Washington, tu padre estuvo relacionado con los peores escándalos de droga y sexo en la época de oro de Hollywood y, tú… ¡ay, padre! Los jueces dijeron que eras inocente… pero, tres chicas murieron por culpa tuya y de tus amigos cuando tenías veinte años.

Ni se te ocurra criticar mi irresponsabilidad invocando los valores familiares… el dinero y los buenos matrimonios tendieron mantos de olvido sobre esos escabrosos hechos del pasado. La hija de un banquero alemán a punto de la ruina por la depresión salvó a tu abuelo, una millonaria texana enamorada hasta el tuétano salvó a tu papá y tú… mamá —una criatura dulce y de cristal, emparentada con la monarquía española— aportó, con sus palabras insustanciales y con su elegancia, el halo mágico que acrecentó el mito de los aristocráticos Cullen, de California.

¡No te atrevas a decirme algo! Faltar a una reunión con el cabrón del partido, en el Capitolio, no se compara en nada con la historia del pater familias.

— Edward, organicé una cena con el senador Carrington, debes ir, tienes que disculparte personalmente por no haber asistido a la reunión.

— Padre, tengo demasiado cosas que hacer.

— ¿Un refugio para inmigrantes, Edward? ¿cómo te va a reditar en votos si ni los mismos connacionales los quieren en el Estado? ¡los ilegales no tienen derecho a voto!

— No pienso en los votos.

Miraba nerviosamente la puerta, y el reloj, contaba con que la pequeña niña de mis delirios no apareciera vestida con sus diminutos atuendos porque entonces mi padre me descubriría, sabría que no estaba por ayudar inocentemente a la nenita dulce y Pepsi Cola que cruzaba sus piernas y bebía con lujuria traviesa litros y litros de gaseosa.

— No te apegues a esta ciudad, Edward.

— Es tu ciudad.

— No, es mi caudal de votos.

Levanté la ceja, la hipocresía flagrante de mi padre estaba en coherencia con su trabajo como político. Odiaba Hollywood y a la comunidad de actores que trataban de tener una voz en la política… consideraba que la gente que ganaba veinte millones en dos semanas luciendo su cuerpo en la pantalla no tenía cerebro suficiente para opinar y que trabajar un medio con tanto alcance masivo, los hacía peligrosos porque manipulaban a la gente con su discurso liberal que tenía al país al borde de la decadencia total.

— ¿Te asquea, padre? ¿te asquea la ciudad que con los votos te mantiene como el decano en el Senado? Actúas como el perro que muerde la mano de quien lo alimenta.

Mi padre se para furioso de la silla, camina hacia mí, entiendo ese movimiento de león celoso de su territorio, él va a intimidarme.

—No eres un jovencito Edward, es hora de aprovechar tu popularidad y comenzar a generar opinión, polémica, debes hacer que todos hablen de ti con el proyecto político de Carrington ¡olvídate de los inmigrantes!

Y sigue, y continúa y yo como siempre, después de años y años de soportar sus delirios y su moral, me escapo hacia otra parte, mantengo mis ojos sobre él, pero mi mente está en otra parte.

No he dormido, vivo en esta ruleta rusa… estoy apostándolo todo por un deseo, por esta sensación quemante que me consume.

He comenzado a vivir en un mundo onírico donde estoy libre de todo y puedo amar a una niña sin que el miedo, el asco y todo un mundo que aborrecería de mi, me señala.

Mi olfato ya ha decidido que el único olor que deseo es el de ella, he decidido con todos mis sentidos que cada una de las sensaciones y apetitos que tengo comiencen con un nombre atado a una piel y terminen con un nombre atado a mi cuerpo.

He decido que si he de envejecer al menos no voy a negar este deseo que hace que todo lo gris, aburrido y planeado de mi vida tenga ese color rojo bermellón que hace que todo tenga sentido.

He decidido que voy a vivir por esta obsesión, y que cada paso de ahora en adelante será para rendirle culto a aquella niñez que hace de mi pulcro devenir un incendio y una hoguera.

Decido que ella es mi flor, mi sueño, mi hambre, mi locura.

— ¡Edward Cullen! —el rostro de mi padre me confronta, resopla y sus arrugas son profundas, muestran un hombre seco que no ha tenido nada en su vida, sólo este destino impuesto que le ha quitado todo, hasta la capacidad de entender que su único hijo está muriendo por dentro— ¡No me escuchas!

— ¿No crees que estoy demasiado viejo para que me sermonees? Ya no soy un niño padre.

No. Soy. Un. Niño.

La afirmación no es un reproche contra él, es un cuchillo que me entierro en el pecho que me ahoga y me hace sangrar, repetirme que no soy un niño es la cadena que ata y me cohíbe de salir corriendo y desgarrar las braguitas de algodón de una nena de quince y de no follarla en mi auto como si el mañana no existiera.

— Te comportas como tal.

— Ojalá fuera uno.

Su gesto cambio, su enorme y largo cuerpo de robusto roble viejo, se encorvo un poco más, puso sus manos sobre los codos de la silla.

— Eres mi hijo, Edward ¡mi único hijo!

Respiro.

Siempre fui su hijo, siempre tuve su sombra sobre mí, siempre tuve a este hombre protegiéndome de todo, a pesar de que me rebelé ante su asfixiante presencia siempre él estaba ahí diciéndome que yo no podía escapar.

— Nunca me llevaste a comer un helado, fueron otros quienes me enseñaron a montar la bicicleta, fue mi madre quien iba a mi escuela, lo único que tuve de ti fue tu presencia implacable recordándome que no me era posible fallar.

Él parpadea.

Sus manos aprietan la silla, y las veo por encima de mi hombro y parecen de madera vieja.

— ¿Quieres fallar, Edward?

— Quiero tener la libertad para hacerlo, papá… pero tú no me lo perdonarías ¿verdad, papá?

— No naciste para fallar.

— A veces —me acerqué a su cara, ojala no estuviese tan solo en este lugar donde no puedo hablar y mi mundo interior es un monologo de un demente enfermo de amor— quisiera, papá, que me lo permitieras.

— Solo quiero protegerte.

— ¡Tengo casi cuarenta años!... ¡no debo preguntarte lo que debo hacer!... ¡no quiero que me protejas!... solo déjame ser, Carlisle, déjame gritar, déjame decir no, déjame un día, ser.

Sus manos de roca se desprenden y liberan el encierro que infligió con su cuerpo, me mira extrañado, desde que volví de Nueva Zelandia me acomodé a su autoridad y al deber ser sin provocarle conflictos… recién, ahora, se está enterando de lo que quiero.

Sé que estoy diferente, estoy en proceso de mutación, mi sangre me lo dice en cada doloroso recorrido, en cada diástole y sístole de mi corazón bombeando descubro que soy otro. Esta máquina se mueve, me lleva hacia una transformación que terminará en fracaso.

Fracaso.

Una palabra que en el vocabulario de mi padre no existe.

— Llamaré al senador Carrington y le diré que lo invitas a cenar. Encubre tu proyecto de los inmigrantes como una inversión social que pondrá a los liberales de Hollywood de nuestro lado y asegurará el voto de esos nuevos intelectuales que buscan profundos cambios sociales sin ceder nada de su vida cómoda.

Él me escuchó, pero no entiende mi razón, no tiene porque entenderla, no quiero que la entienda.

Isabella Swan es mía y así… dolorosamente, se debe quedar.

— Quiero que almuerces con tu madre.

Y ese quiero es una orden.

— Mañana.

Pero Carlisle no entiende.

Es una enorme montaña que no se mueve de su lugar… acepto ir hoy y queda satisfecho cuando comprueba que todavía tiene poder sobre mí.

Me río cínicamente. No, padre, ya no tienes ese poder nunca más.

La niña lollipop es mi sueño particular al cual nunca tendrás acceso… ella es sólo para mí.

Y entiendo que debo protegerme, debo proteger mi sucio y vulgar secreto, debo hacerlo y así ser libre para complacerme en él.

Salgo y con voz ronca le digo a mi secretaria que cancele mi cita con Isabella Swan, que la programe para mañana, que hoy me es imposible verla.

Aquella negación me desgarra por dentro y mis entrañas se retuercen ante el hecho que no beberé de Bella por veinticuatro horas.

Veinticuatro… para ella, es un día en que puede olvidarme… un tiempo que, para su mundo rápido y urgente, le baste para borrar mi nombre… en cambio, para mí son eones

¿Y si ya no me quiere ver?

La posibilidad me aterra.

Mientras ella se grava en mi alma hasta el día en que muera, yo seré una imagen borrosa que viene y va en su mente de niña.

Ella me olvidara… tarde o temprano.

¿No es así como debe ser?

Al final… no soy nada, soy la imagen de la luna sobre el agua, estoy destinado a la fragilidad de su memoria.

Pero, incluso así, aunque sea un poco… yo, Edward Cullen, amé… y seré pleno y total en mi secreto… justificaré mi existencia por ese segundo de amor libre y verdadero que siento por esa chica deditos de lirios y braguitas de algodón.


Editado por XBronte.