Capítulo 1
La tormenta que rugía en el exterior cancelaba la señal. Bella emitió una maldición tensa mientras con dedos trémulos apretaba la tecla de «re-llamada» antes de llevarse el móvil al oído.
El miedo reptaba por su piel como un enjambre de arañas. No podía dejar de temblar. Necesitaba establecer la llamada.
-Vamos... -rezó cuando no sucedió nada.
Cinco minutos atrás, iba de un taxi a su apartamento sin otra preocupación que escapar de la lluvia. Había tenido un día infernal desde el momento en que aquella mañana se había quedado dormida. En su prisa por alcanzar el vuelo a París, había dejado el apartamento sin recoger el móvil, sin el cual se había sentido desnuda todo el día.
Y para colmo, la reunión no había valido el tiempo que había perdido para celebrarla. Había descubierto que las supermodelos temperamentales y las diseñadoras gráficas dotadas no casaban, en particular cuando la supermodelo en cuestión le echaba un vistazo a la figura esbelta de piernas largas de la diseñadora gráfica y al instante la consideraba una amenaza. No tenía ni idea de por qué demonios la idiota había llegado a pensar que una castaña de un metro setenta podía competir con una rubia de un metro ochenta con unos pómulos que eran la envidia de cualquiera. Pero toda esperanza de que le permitiera diseñar su página web de autopromoción se había desvanecido en el aire.
Bella había regresado a Londres con el peor tiempo imaginable, luchado por conseguir un taxi y se había empapado en el trayecto. Lo primero que vio al cruzar la puerta del apartamento fue el móvil en la mesilla del pasillo.
Había recibido más de una docena de llamadas, casi todas de su socio, Jacob, que quería saber por qué no contestaba.
Pero fue otro mensaje el que la había sumido en ese estado. «Bella», decía. «Llámame a este número en cuanto puedas. Ha habido un... accidente».
Un accidente... le costó tragar saliva. No había dejado ningún nombre, pero a través de la estática, su voz suave, profunda, con acento, le había resultado lo bastante familiar como para llevarla a un estado de pánico. Adivinó que la llamada era del marido de su hermana, Emmett... y si le había dejado un mensaje de ese tipo, sólo podía ser porque involucraba a Rosalie.
-Maldita sea -musitó al no conseguir conectar, y volvió a darle a la tecla de re-llamada cuando sonó el timbre.
Con dedos nerviosos, se alisó el pelo mojado por la lluvia antes de llevar la mano al picaporte. Abrió, demasiado preocupada como para preguntarse quién podría haber del otro lado. Por eso fue una conmoción encontrar allí a la última persona en la tierra a la que habría podido esperar.
Medía más de un metro ochenta y cinco y llevaba puesta una gabardina negra. Era tan ancho de hombros, que casi abarcaba la puerta entera.
Durante unos pocos e incómodos momentos, se sintió lo suficientemente mareada como para sujetarse a la puerta mientras él llenaba el espacio como una fuerza oscura y gélida.
-Edward -susurró.
Él no pronunció ninguna palabra, pero alargó el brazo para quitarle el teléfono de los dedos entumecidos, luego comenzó a conducirla al interior del apartamento.
Como la danza de dos polos opuestos, entraron en el vestíbulo sin invadir el espacio defensivo de cada uno, hasta que ella quedó con la espalda contra la pared, los ojos muy abiertos y la mirada clavada en él, mientras Edward le daba la espalda y con un silencio pesado cerraba la puerta.
El tamaño del vestíbulo de pronto encogió, y extrañamente ella sintió que también se encogía en un esfuerzo por alejarse de lo que tenía que encarar.
Ese hombre era cabeza visible del vasto imperio Cullen. Edward Cullen, de Florencia, un hombre de poder y de pasión sin igual. Ex amante de Bella Swan, mujer de pecado y hermana de la esposa de su hermano.
Asimismo, era el hombre con el que iba a casarse. El hombre con el que había vivido como esposa durante seis meses maravillosos antes de que todo se derrumbara. Lo había amado con todo su ardor; en ese momento, apenas soportaba que la mirara sin que el corazón se le encogiera.
Se volvió lentamente para mirarla. Después, desvió la vista para posarla en la bolsa que había en el suelo.
-Has estado fuera -murmuró.
-En Pa... París -repuso.
Él asintió como si acabara de confirmarle algo. Bella temblaba, sacudida por demasiados conflictos encontrados, consciente de que debería pensar en su hermana, pero sólo capaz de pensar en él.
Rosalie... experimentó una oleada de angustia. Alzó unos ansiosos ojos cafés hacia las líneas duras y tensas de su perfil, entreabrió los labios para exigir que le contara lo que le había sucedido a Rosalie, pero Edward se adelantó.
-¿Estamos solos? -inquirió, y cuando ella lo miró boquiabierta, incapaz de creer que hubiera formulado esa pregunta, decidió averiguarlo por sí mismo.
Pasó por encima de la bolsa y comenzó a abrir puertas.
La sorpresa se vio sustituida por la consternación cuando comprendió lo que él hacía. Dos años atrás, Edward se había presentado en su apartamento de Florencia y la descubrió tratando de ocultar la prueba de lo que había estado haciendo durante su ausencia. Lo que siguió había sido una atroz demostración de lo que llegaba a pasar cuando querías engañar a un Cullen.
En aquel entonces, la había arrastrado de habitación a habitación mientras comprobaba todos los sitios en los que podría haber escondido a un amante.
En esa ocasión, pensaba realizar la búsqueda solo, aunque no tuviera ningún derecho a ello.
Con piernas temblorosas, entró en el salón y encendió una luz, antes de dirigirse a la ventana para cerrar las cortinas a la lluvia que golpeaba contra el cristal.
Al volverse, lo vio de pie en el umbral de la puerta, mirándola con sus ojos verdes entrecerrados, en un rostro que exhibía el orgulloso sello de su linaje florentino. Era atractivo pero duro y frío; se podía esculpir una estatua con su imagen y se obtendría el reflejo de un dios moderno.
«Pero este hombre no es un dios», se recordó con presteza. Tal vez tuviera el cuerpo y la cara de uno, quizá poseyera la clase de poder y arrogancia que a los dioses antiguos les gustaba blandir, pero por dentro era tan mortal como cualquiera. «Con defectos y caprichoso», concluyó mientras esperaba que la sorpresa se desvaneciera para poder dejar paso a las antiguas y amargas emociones.
Como el dolor y la ira por un amor que le había sido arrancado de forma dolorosa.
Y al verlo allí de pie, inspeccionándola, descubrió con gran alivio que ya no la afectaba, que lo había superado y dejado atrás para siempre.
-¿Satisfecho con la búsqueda? -preguntó con sarcasmo ácido-. ¿O también quieres mirar detrás de las cortinas?
Frunció el ceño antes de aceptar el comentario con una leve mueca.
-No -fue lo único que dijo mientras observaba los suaves tonos pastel de la decoración y los muebles modernos en marcado contraste con el lujo de los muebles antiguos con los que él tenía decorado su hogar.
Ella cruzó la habitación para activar otro interruptor, que elevó llamas por encima de los leños prefabricados que reposaban sobre un lecho de piedras pálidas en la chimenea abierta.
Al girar, descubrió que la atención de él había vuelto a centrarse en ella.
Tontamente, se preguntó si le gustarían sus piernas. «Claro que le gustan». Solía adorárselas con las manos y la lengua mientras subía hacia... «¡Para ya!», se ordenó. Él alzó la vista de golpe, como si hubiera oído las palabras. Sus ojos conectaron. La tensión estalló. El conocimiento íntimo y mutuo jamás desaparecería por mucho que lo desearan los dos.
Habían sido amantes... magníficos, codiciosos, sensuales amantes. Conocían cada centímetro de sus cuerpos, lo que hacía que el otro suspirara de placer y lo que conseguía que saltaran al abismo. Pero esos pensamientos estaban fuera de lugar... ¡él estaba fuera de lugar allí!
«¡Di algo, maldita sea!», quiso gritarle. Pero siempre había sido un maestro en utilizar el silencio para destrozar los nervios de las personas; seguía allí de pie mirándola, como si esperara que fuera ella quien dijera algo. ¿Qué? ¿Esperaba acaso que lo invitara a sentarse?
Lo primero que se le pasó por la cabeza era que podía arder en el infierno. Lo vio girar la cabeza y clavó la vista en un objeto.
Bella no necesitó mirar para saber qué había captado su atención. Tenía que ser la foto de bodas enmarcada que mostraba el dulce y sonriente rostro de Rosalie mirando con adoración a Emmett, su hermano y marido de ella.
Detrás de la feliz pareja, y por suerte desenfocado, se hallaba Edward, haciendo de sofisticado padrino del novio mientras ella, joven y tímida, era la madrina de la novia. En ese momento Edward había tenido veintiocho años y ella, dieciocho, aunque aquel día habían disfrutado con la compañía del otro.
-Creo que sería mejor si te sentaras.
Todos sus sentidos se pusieron en estado de alerta. Cuando alguien te decía que te sentaras, sólo podía significar que iban a contarte algo que haría que las piernas se aflojaran. Y el único modo en que ese hombre podía tener ese efecto en ella era dándole malas noticias sobre...
-¿Qué le sucede a Rose? -soltó.
Una mano delgada y de dedos largos indicó uno de los sofás.
-Cuando te sientes -replicó.
-¡Oh, deja de mostrarte tan condenadamente sensible con mis sentimientos, Edward, y dime qué le ha pasado a mi hermana! -exclamó-. ¡Lo único que entendí a través de la estática era que había habido un accidente y que llamara a un estúpido número de móvil que no existía!
-Existe -murmuró él.
Y de pronto comprendió el terrible error que había cometido.
-Era tu número de móvil, ¿verdad? -soltó con tono acusador, condenándose por haber confundido el tono seco y cortante de su voz por la más cálida de su hermano Emmett-. Pobre Edward -se mofó con súbita amargura-, haberte visto obligado a darle a la bruja mala tu nuevo número y arriesgarte a una segunda tanda de llamadas no deseadas.
La mueca de él le reconoció el derecho que tenía a soltarle ese comentario.
Dos años atrás, había intentado todo lo que había tenido a su alcance para conseguir que hablara con ella. Lo había llamado al móvil noche y día, hasta que de repente el número había dejado de existir. De forma implacable, la había aislado de todo lo demás que había sido importante para ella.
-Habla, maldito seas -instó con voz ronca.
Entonces, él se movió, y con un temor interior, vio que la expresión le cambiaba. Apartó la vista y respiró hondo antes de comenzar a hablar.
-Ha habido un accidente... un choque de vehículos esta mañana -le informó-. Ha habido heridos...
-¿Rose...? -musitó el nombre de su hermana.
-Sí -asintió-. Y aquí necesito que seas fuerte, Bella -advirtió-, porque el pronóstico no es bueno y necesitamos... ¡Diablos, condenada y terca tonta!
Bella no se había dado cuenta de que se había tambaleado hasta que las manos de él se posaron en sus hombros y la obligó a ir al sofá más próximo.
Aterrizó con los ojos muy abiertos y la mirada perdida.
-¿Por qué nunca has sido capaz de aceptar un buen consejo cuando se te ofrece? -soltó al ponerse en cuclillas y tomarle las manos frías-. Eres tu peor enemigo, ¿lo sabías? No puedo creer que sigas siendo...
Se soltó las manos. La acción silenció la perorata enfadada, haciendo que tensara los músculos del rostro. En el nuevo silencio, Bella intentó calmarse. El corazón le martilleaba y la respiración era entrecortada. Rosalie era la única persona que quedaba en el mundo que de verdad le importaba.
-Dime qué ha pasado -murmuró. Tuvo que apartar la vista porque no podía mirarlo mientras contaba lo que debía contar.
-Iban por el carril veloz de la autopista principal a Florencia cuando comenzó a llover con fuerza -explicó-. Un camión derrapó sobre la superficie mojada justo delante de ellos, cruzándose en la carretera. No tuvieron ni una oportunidad -musitó con voz ronca-. Sin espacio ni tiempo para esquivarlo, chocaron...
Las palabras se detuvieron al verse obligado a tragar saliva. Volvió el silencio, y por la mente de ella todo pasó como una macabra película de acción.
-¿Ella está...?
-No -cortó con rapidez.
La inundó el alivio, pero de inmediato se puso tensa otra vez al pensar en la siguiente idea terrible.
-Ellos. Has dicho ellos -instó con voz trémula y por primera vez vio la tensión reflejada en las facciones de Edward, y el dolor en la profundidad de sus ojos-. Oh, no, Edward... no -soltó casi sin poder hablar-. Por favor -suplicó-, dime que Emmett no...
Pero la respuesta que quería oír no surgió. Se llevó unos dedos helados a la boca. Edward musitó algo en italiano y luego bajó la cabeza para enterrarla en las manos.
Los envolvió una bruma densa de conmoción y dolor. Durante lo que pareció una eternidad, Bella fue incapaz de moverse, de pensar o de sentir.
Emmett y Rosalie, Rosalie y Emmett... los dos preciados nombres daban vueltas en su cabeza en una espiral cada vez más veloz mientras la lluvia golpeaba contra la ventana y Edward permanecía en cuclillas ante ella, el rostro cubierto y los hombros tensos al tiempo que libraba una batalla propia contra el dolor.
Edward y su hermano estaban muy unidos. Trabajaban juntos, jugaban juntos, reían y charlaban juntos todo el tiempo. Pensar en uno sin pensar en el otro era...
-Oh, Edward... -alzó la mano con dedos temblorosos y le tocó con suavidad el pelo mojado por la lluvia-. Estoy tan...
Al primer contacto de los dedos de ella, se apartó con tanta violencia, que la dejó aturdida. Le dio la espalda y se alejó varios pasos.
Cuando volvió a mirarla, había recuperado el control, o al menos todo lo que podía un hombre que acababa de perder a un hermano querido. Bella no se había movido, y cuando la mirada de Edward se posó sobre ella, vio el hielo, el odio frío, y supo lo que pensaba. Pensaba que no merecía perder a ese hermano y que ella siguiera teniendo a su hermana.
«Sí», pensó. «Me odia lo suficiente como para pensar de esa manera».
Regresó la amargura y con ella una bienvenida sensación de brumosa serenidad. Se puso de pie, deseó con todo su atribulado corazón poder alejarse de él, pero aún había cosas que necesitaba saber.
-Has... has dicho que el pronóstico para Rosalie no era bueno -sintió el temblor en la voz-. ¿Por qué?
-Ha sufrido heridas graves. Sacarla del coche fue algo laborioso. Cuando al fin lograron liberarla, había perdido mucha sangre -explicó con un tono frío-. Por suerte estuvo inconsciente durante todo el proceso, de modo que no se dio cuenta de... nada...
Bella se preguntó si Emmett habría tenido esa suerte.
Emmett. Experimentó un nudo en el estómago. Nunca más volvería a ver su sonrisa perezosa ni el brillo burlón de sus hermosos ojos...
-Oh -musitó, y las piernas se le aflojaron y la obligaron a sentarse otra vez al tiempo que se cubría el rostro con las manos.
-Hubo problemas -prosiguió Edward de manera implacable, decidido a contarlo todo una vez que había comenzado-. Los médicos pudieron solucionar algunos, otros... no...
Fue durante la siguiente pausa que Edward hizo, quizá para darle tiempo a asimilar sus palabras, cuando Bella de repente recordó algo que no debería haber olvidado: en esa terrible tragedia había otro ser involucrado.
Unas náuseas súbitas la forzaron a tragar saliva. Se apartó las manos de la cara y lo miró con ojos oscuros y atribulados.
-Oh, Dios, Edward -murmuró con voz frágil-. ¿Qué ha pasado con el bebé?
Su hermana estaba embarazada de siete meses y medio... el período más largo que Rosalie había sido capaz de llevar un bebé, uno de los muchos, muchos intentos de darle un hijo a Emmett.
-Tuvieron que hacerle una cesárea -informó Edward-. Rosalie sufría una fuerte hemorragia y cobró urgencia que trajeran al bebé al mundo lo más rápidamente posible...
Las palabras abruptas volvieron a detenerse. Parecía que sólo era capaz de aportar información en tandas breves antes de verse obligado a parar para recobrarse. Todo era tan espantoso y doloroso.
-¿Y..? -necesitó coraje para instarlo a continuar.
-Una niña -anunció-. Es muy pequeña y está en la incubadora, pero, por lo demás, los médicos nos aseguran que está perfectamente formada y sana.
Es... es su madre la que plantea serias preocupaciones. Rosalie ahora está en coma y me temo que el resultado final no es prometedor.
En el silencio frío que siguió, Bella supo que entraba en una profunda conmoción. Emmett estaba muerto, su hermana se moría, la hija de ambos necesitaba ayuda para respirar. No podía empeorar.
Descubrió que se equivocaba.
-Lo siento -dijo él con tono hosco.
Pero no lo sentía, al menos no por ella. Era demasiado tarde para que murmurara palabras educadas de simpatía cuando unos minutos atrás la había mirado de esa manera. Le producía un gran resentimiento haber perdido a su querido hermano mientras que ella, la indigna, todavía podía aferrarse a una pequeña dosis de esperanza.
-Excúsame -pidió-, pero voy a vomitar -se levantó y fue a toda velocidad al cuarto de baño.
No la siguió ni ella esperó que lo hiciera, aunque tenía que oírla porque no había dispuesto de tiempo para cerrar la puerta. Pero podía sentir la presencia de él como una cicatriz en su cuerpo convulso, porque era una escena que ya habían interpretado, aunque en circunstancias muy distintas.
Entonces pensó en Rosalie, tendida en la cama de algún hospital, y aunque la familia de él sufría por Emmett, supo que su hermana estaría rodeada de ese compacto círculo de protección. La imagen debería de haberla confortado, pero experimentó otra arcada.
¿Por qué? Porque ella no estaba incluida. Era la proscrita enviada al exilio por sus así llamados pecados. Y la idea de tener que abrirse paso entre la guardia de los Cullen para estar al lado de su hermana le causó la misma angustia que la había mantenido lejos de Florencia los últimos dos años.
-Oh, Rosalie... -gimió con un sollozo de angustia. Entonces pensó en el pobre Emmett y supo que ese sollozo contenido no sería suficiente. Abrió el grifo y lloró mientras el chorro de agua ahogaba el sonido.
Edward no se hallaba en el salón cuando al fin regresó para encararlo. Fue en su búsqueda y vio su gabardina apoyada en una silla, y el recuerdo de los tiempos pasados la hizo llorar otra vez.
No supo cómo se había atrevido a pensar que ya lo había superado.
Algo le había sucedido en el cuarto de baño. Una puerta en su interior se había abierto y dejado que demasiados recuerdos suprimidos emergieran en toda su fuerza. Recuerdos de amor y pasión y una promesa de felicidad perfecta convirtiéndose en polvo a sus pies. Y otros recuerdos de una hermana a la que había querido más que a nadie. No obstante, al dejar a Edward también le había dado la espalda a Rosalie.
La culpabilidad azotó su conciencia, pero luchó con resentimiento y una profunda e intensa sensación de traición que aún le dolía dos años después.
Había demasiadas maneras de romper el corazón de alguien. Edward y Rosalie le habían roto el corazón de diferente manera cada uno.
Lo encontró de pie en la cocina. Estaba echando agua hirviendo en una pequeña cafetera de cristal y acero, pero al oírla entrar, giró la cabeza.
Durante un breve instante, lo vio tal como lo había visto dos años atrás, colérico, pálido por el disgusto, el desprecio y el terrible conocimiento de lo que acababa de hacer.
Entonces la imagen se desvaneció y se vio sustituida por la de un hombre cansado, que vivía con la tensión del dolor encerrada en su interior.
Le ofreció una sonrisa breve antes de darle la espalda otra vez.
-Pensé que los dos necesitábamos esto -explicó, indicando el café ya preparado-. También te he preparado una tostada.
Al ver las dos tostadas de pan integral en la encimera el estómago se le contrajo, pero no por la idea de ingerir algo, sino porque resucitaba aún más recuerdos de los viejos tiempos. Tiempos en que ese hombre rico, muy sofisticado y consentido, la había sorprendido con momentos como ése.
Tenía casas en muchos lugares de prestigio, aviones y helicópteros y un hermoso yate que podía dejarte sin aliento. Dirigía una enorme empresa multinacional que empleaba a miles de personas por todo el globo, pero no le gustaba que los criados irrumpieran en su intimidad, y aceptaba esos servicios como una necesidad en su vida ocupada mientras desempeñaran las tareas cuando él no se hallara presente. Sabía cocinar, lavar y era capaz de preparar el mejor café que Bella jamás había probado.
Pero verlo en su cocina, actuando como si ella le importara de verdad, le provocó una amargura renovada por tanta hipocresía.
-Preferiría que nos marcháramos ya -indicó con tanta serenidad como pudo exhibir-. Dando por hecho que has arreglado mi traslado a Florencia, claro.
-Por supuesto -confirmó él-. Pero todavía disponemos de una hora. Mi avión necesita repostar y llevar a cabo las revisiones habituales, y luego esperar permiso para despegar.
-¿Quieres decir que has llegado hoy desde Florencia? -preguntó aturdida.
-Alguien tenía que darte la noticia.
Se encogió de hombros con el fin de querer transmitir indiferencia, pero ambos sabían que era mentira. Su hermano acababa de morir en circunstancias trágicas. Su cuñada estaba ingresada de gravedad en un hospital. Su madre y sus dos hermanas debían necesitarlo con desesperación, ¿y estaba en su pequeña cocina, preparándole café y tostadas?
-¿No habría sido más sencillo dejar un mensaje en mi contestador automático?
-¿Sí?
Bastó una mirada para que Bella comprendiera lo que quería decir. Se había presentado en persona porque la conocía. Había esperado que se desmoronara, tal como había sucedido.
Depositó la cafetera junto a las tostadas, luego miró su reloj de oro. Su complexión mostraba el poder que emanaba de él; sin embargo, por algún designio inescrutable, lograba parecer contradictoriamente delgado y fibroso.
Llevaba un traje oscuro, una camisa azul cielo y una corbata de seda azul marino. Unos hombros anchos se estrechaban hasta llegar a unas caderas finas. Podría alzarla con una mano... lo sabía porque en una ocasión, después de que lo desafiara, lo había hecho. Luego habían caído sobre la cama entre carcajadas, porque era difícil mantener en equilibrio por el trasero a una mujer que acababa de bañarse, resbaladiza aún por el agua y que no dejaba de contonearse.
-Ven a comerte la tostada.
Clavó la vista en el plato y experimentó el deseo súbito de decirle a dónde podía irse con su demostración de preocupación, de dejarle claro que entre ellos sólo había una relación de cuñados. ¡Por el amor de Dios, sus cuerpos habían llegado a fundirse! Él era apasionadamente italiano y ella apasionadamente irlandesa. El simple hecho de verlo moverse por su cocina bastaba para encenderla. Pero el sentido común le dictaba callarse si no quería que se declarara una guerra abierta, porque conocía a Edward.
Una vez más contuvo la amargura que nacía en su interior y con mano insegura acercó uno de los dos taburetes altos que había ante la encimera.
Quizá obsesionarse con Edward era el modo que tenía su mente de distraerla de lo que realmente amenazaba con desgarrarla.
-¿Cómo se están enfrentando tu madre y tus hermanas a la situación? - preguntó al acercar el plato con la tostada.
-No lo hacen -respondió con economía de palabras. Luego cedió un poco, suspiró y añadió-: Se mantienen ocupadas en el hospital, turnándose para sentarse junto a Rosalie y el bebé. Estar... estar allí las ayuda.
-Sí -convino Bella.
Edward aprovechó ese momento para acercar el otro taburete y sentarse a su lado. De forma accidental, le rozó el muslo con la pierna cuando se inclinó para servirle café. A ella se le puso la mente en blanco y no fue capaz de describir la sensación ardiente que brotó en su estómago ni las imágenes de lo que era estar desnuda con él mientras se acariciaban y exploraban.
En un esfuerzo por fingir que no sucedía nada, alargó la mano para tomar una tostada y llevársela a la boca. Mordió pero no la saboreó, y supo que le costaría tragarse el bocado. Tenía la boca demasiado reseca y necesitaba beber café.
Necesitaba que se apartara de ella para no tener que sentirlo de esa manera. ¡Necesitaba recordar el motivo por el que se encontraba allí! Se sintió avergonzada... podía olerlo, sentirlo, ¡incluso probarlo!
¿Qué le sucedía que era incapaz de mantener a raya esos pensamientos horrendos?
Sintió un nudo en la garganta cuando intentó tragar. Se despreció; lo despreció por presentarse allí y hacerle eso... por mostrarle la mujer débil y superficial que tenía que ser por dejar que la afectara de esa manera en un momento en que...
-¿Leche? -preguntó él.
Sólo en dos ocasiones le había hecho daño: la primera vez que habían hecho el amor y la última. La primera vez Edward no había comprendido la clase de mujer con la que trataba y ella no se había molestado en comunicarle que sería su primer amante, por lo que había aceptado toda la culpa. Cuando al terminar lloró un poco, él la había envuelto en los brazos para mostrarle otra clase de afecto, por la necesidad de enmendar lo que consideraba un fracaso propio. Lo había hecho, desde luego, muchas veces y de muchas, muchas maneras.
-No -logró responder a la pregunta... mientras su mente se abstraía para recordar la segunda vez que le había hecho daño.
Había estado cegado por la furia, perdido en una aterradora ira provocada por los celos. La había llamado de todo, desde mujerzuela hasta zorra, y ella había quedado tan consternada al comprobar que podía verla de ese modo, que le había respondido con un sarcasmo hiriente hasta que él no aguantó más.
Y no había sido el bramido compulsivo del sexo que siguió lo que la había herido, sino el desprecio con el que la había apartado al terminar. Desde entonces... nada. Ni una palabra, ni un contacto... ni siquiera comunicarle que había recibido el anillo.
Se reiteró que había terminado con Edward Cullen. El simple acto de recordar esos momentos sombríos bastaba para acabar con cualquier cosa que hubiera sentido por él. Aunque en ese instante en que fingían ser seres civilizados surgiera la verdad, haciendo que se pusiera de rodillas para suplicarle perdón, no lo perdonaría.
Aunque sus sentidos respondieran a la proximidad, su estúpido corazón se desbocara y la carne débil vibrara, los malos tiempos siempre eclipsarían a los buenos.
-Voy a preparar una maleta.
Se puso de pie con una brusquedad que sorprendió a Edward, y se marchó sin dedicarle ni una sola mirada.
Hola tal y como se los prometíaquí les dejo el primer capitulo el cual espero que lo disfruten.
Gracias por su apoyo y nos leemos el próximoviernes.
Besos Ana Lau
