Disclaimer:Los personajes de Twilight son propiedad de Stephanie Meyer, yo solo los ocupo para jugar un poco con ellos, esperando que les guste. La historia es de Michelle Reid
Capítulo 2
A solas en la cocina, Edward clavó la vista en la taza de café y pensó que Bella estaba más hermosa que nunca. Pero se dijo que todo era mentira.
Esos ojos demasiado cafés habían convertido mentir en un arte. Lo mismo sucedía con la boca sensual y apetecible y el modo en que levantaba la barbilla siempre que se permitía mirarlo.
Desafío y desprecio. Había observado ambas cosas en el rostro de ella antes de darle la noticia. ¿Qué derecho creía tener para mirarlo de esa manera cuando había sido ella la que había llevado a otro amante a su cama?
Soltó la taza y se puso de pie con una explosión de furia y disgusto, mezclada con una sensación no deseada de pesar.
Había sido su mujer.
Y en todos los sentidos en que lo había analizado, él había sido su hombre... su amor, suyo para siempre. Lo había visto en sus ojos, en su sonrisa, en el modo en que lo había introducido en su cuerpo... entonces, ¿por qué... por qué lo había tirado todo por la borda?
Suspiró y se plantó ante la ventana de la cocina. En el exterior aún caía la lluvia. La noche tormentosa prometía que el vuelo a Italia sería brusco.
Se preguntó por qué se había presentado allí.
Ojalá supiera qué era lo que lo había impulsado a hacerlo. ¿Realmente había creído que sería lo bastante hombre como para enterrar el pasado en ese momento de tragedia y encarar la situación con comprensión y compasión?
¿O lo había motivado algo más básico, como la necesidad de aplacar el dolor que hervía en su interior si contemplara algo de remordimiento en la cara de Bella?
Sabía que era un tonto por presentarse en persona. Era un tonto por esperar remordimiento de una mujer que no había mostrado ninguno al descubrirse que lo engañaba. Debería haberse quedado en Florencia, junto a su madre y sus hermanas. Debería haberle dejado un mensaje en el buzón de voz, tal como ella le había sugerido... «Ha habido un accidente de coche, tu hermana se está muriendo y mi hermano está muerto».
-Diablos -maldijo.
Emmett... muerto.
El corazón comenzó a palpitarle como la lluvia en la ventana. Vio su propio y duro reflejo bañado con unas lágrimas que no podía derramar.
Le dio la espalda y la violencia en su interior creció como un globo enorme que hizo que deseara golpear algo... ¡cualquier cosa que contrarrestara su terrible dolor!
Se obligó a pensar en Rosalie y el bebé. Porque con ellos todavía había vida y, por ende, debería de haber esperanza.
Sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta y marcó un número. Descubrir que la tormenta hacía que no hubiera cobertura no lo ayudó a mejorar de humor.
Guardó el aparato y regresó al salón para utilizar el teléfono fijo de Bella, con la esperanza de no tener que quedarse atrapados allí hasta que acabara la tormenta. Cuanto antes se marcharan a Florencia, antes podría alejarse de ella.
Lo sorprendió descubrir lo mucho que necesitaba hacer eso.
Mientras hablaba por teléfono, oyó a Bella por el pasillo. Mantuvo la espalda hacia la puerta al tiempo que hablaba con su madre en italiano; percibió la quietud de ella en el umbral como una descarga eléctrica en la columna.
Al colgar, se volvió. Notó que había logrado darse una ducha rápida y cambiarse de ropa. La falda sexy había sido reemplazada por unos vaqueros viejos y un jersey que casi se fundía con su piel cremosa. Llevaba el pelo recogido. Pero lo que quitaba el peinado severo lo devolvía al resaltar la forma delicada del rostro pequeño y ovalado, los increíbles ojos cafés y la boca suave, que podrían parecer de una madonna de no ser en realidad armas de pecado.
-No ha habido cambios -respondió a la pregunta que flotaba en los labios de Bella.
«Ningún cambio», se repitió ella, sin saber si era algo bueno o malo. Eso indicaba que Rosalie aún resistía, pero también afirmaba que seguía en coma, lo cual no representaba ninguna tranquilidad. Quería saber más... necesitaba saber más, y hasta llegó a abrir la boca para exigir que él le contara todo.
Pero cambió de parecer al aceptar que el conocimiento probablemente haría que volviera a derrumbarse, y necesitaba mantener la compostura si quería sobrevivir a las largas horas de viaje que la esperaban.
-Tengo que llamar por teléfono si tú ya has terminado -fue lo que dijo-. He de comunicarle a algunas personas que estaré ausente un tiempo.
El asintió y se apartó a un lado. Parecía proyectar una sombra pesada sobre su salón. Al alzar el auricular y sentir el calor que había dejado la mano de él, experimentó una extraña intimidad. Le costó marcar el número de su socio en la empresa de diseño gráfico que Jacob Black y ella habían construido juntos.
-Hola, Jake, soy yo... -murmuró. Notó que Edward daba media vuelta y abandonaba la habitación. Pero su sombra permaneció. Respiró hondo ante el torrente de simpatía y preocupación que en ese momento no quería recibir y se puso a explicarle lo sucedido.
Edward reapareció cuando realizaba la segunda llamada para confirmar que su vecina aún tenía la llave de su apartamento.
-Gracias, Alex, te debo una -murmuró agradecida-. ¿Si cenamos cuando vuelva? Desde luego; invito yo. Será algo agradable.
El tenso silencio regresó en cuanto colgó. Edward se ponía la gabardina y su perfil podría haber estado moldeado en hierro.
-¿Alguien más? -preguntó antes de dedicarle una sonrisa dura-. ¿Sólo a los dos hombres de tu vida? He de reconocer que eres consistente, Bella.
Su reacción fue la de marcharse sin otorgarle la satisfacción de una respuesta. Los motivos que tuviera para estar amargado, imaginarios o no, eran prerrogativa de Edward, pero el derecho de lanzarle ataques gratuitos cuando otras cosas resultaban tan importantes hizo que sintiera un desprecio renovado. No pensaba explicarle que Alex era una mujer y que Jake era el hombre que le había salvado la vida cuando él se había esmerado en destrozársela.
Se hallaba ante la puerta de entrada cuando ella salió del dormitorio con un abrigo negro de lana y un gorro que le cubría las orejas.
-¿Es todo? -preguntó sin mirarla a los ojos. En una mano sostenía una maleta y en la otra el maletín acolchado que contenía el ordenador portátil.
-Sí -respondió, colgándose el bolso en el hombro-. ¿Tienes coche o usamos el mío?
-He alquilado uno.
Dio la vuelta, abrió la puerta y salió al rellano, luego fue a llamar el ascensor mientras Bella cerraba el apartamento. Bajaron como dos desconocidos y salieron a la lluvia. Por suerte, el coche se hallaba a unos metros. Utilizó un mando a distancia para desbloquear los cierres y abrió la puerta de Bella antes de ir al maletero, guardar sus cosas y finalmente ponerse al volante.
Cuando el coche arrancó, ella giró la cara hacia la ventanilla.
Estaba enfadado consigo mismo por hacer ese comentario sobre su vida personal. Lo había situado en la posición de parecer duro y desagradable, y podría haber dado la impresión de que le importaba, cuando no era así. Podía tener a todos los Alex que le apeteciera esperando turno ante su cama.
Jacob Black era un asunto diferente. Edward conocía todo sobre su amigo íntimo y socio, porque Rosalie jamás cesaba de hablar de lo bien que había funcionado la empresa de diseño gráfico que habían montado. Los dos socios habían sido amigos desde los tiempos de la universidad, ambos sobresaliendo en diseño por ordenador. Ya por entonces Edward había escuchado las palabras de orgullo de Rosalie acerca de Bella. Esta le había gustado porque, a pesar de toda su torpeza de adolescente, era muy ingeniosa, lo cual lo había divertido a través del largo almuerzo de la boda de Rosalie y Emmett.
No hacía falta mencionar que se trataba de la imagen con que la había invocado cada vez que Rosalie mencionaba a su hermana menor. De manera que cuando, cuatro años más tarde, se había presentado en su primera visita a Florencia y había tenido ante sí una versión adulta de aquella adolescente, había quedado completamente cautivado.
Tuvo que aferrar el volante con fuerza al pensar en su hermosura. Una belleza asombrosa y fascinante. Las pecas se habían desvanecido y el cuerpo se había llenado hasta cobrar una forma verdaderamente espectacular. Y en vez de esa torpeza de adolescente, había contemplado a una universitaria con mucha confianza en sí misma, con ganas de vivir y un don para la seducción. Le había hablado de sus planes para montar su propia empresa de diseño con Jacob Black conquistar el mundo.
Mayor, más sabio y cínico acerca de las personas con ideales tan elevados, la había escuchado con paciencia, respondido todas sus preguntas ansiosas sobre asuntos financieros y descubierto que era él quien había resultado conquistado.
La primera vez que se besaron, su intención había sido darle un saludo fraternal para poner fin a la velada que habían pasado juntos escuchando a Puccini. Ella había deseado ir a la ópera y a él le había encantado complacerla. Luego compartieron una cena a la luz de las velas en su restaurante favorito, y hasta el beso, había creído con arrogancia que aún controlaba la situación.
No había tenido intención de que fuera un beso apasionado, sólo uno de esos intercambios ligeros que se compartían con alguien con quien se había pasado una velada agradable. Pero Bella se había entregado con el mismo entusiasmo que mostraba en la vida. Lo había excitado como nadie lo había hecho nunca.
Al detener el coche ante un cruce, comprobó la calle en ambos sentidos y aprovechó la oportunidad para mirarla. Sintió que algo caliente salía disparado de su corazón a su entrepierna. Sólo ella tenía la capacidad de convertirlo en una masa de hormonas desbocadas sin siquiera intentarlo.
Diez años más joven, se había apoderado de él con ese cabello asombroso, ese rostro deslumbrante, un cuerpo fantástico y unos deseos insaciables que lo hicieron temer que pudiera decidir buscar satisfacción en otra parte.
Y ese temor se había cumplido. Debería haberse sentido aliviado de haberlo descubierto antes de ponerle en el dedo el anillo de compromiso. Sin embargo, lo único que había sentido entonces había sido pesar, porque un anillo le habría proporcionado un motivo para ir tras ella, retenerla y hacerle pagar por atreverse a traicionarlo.
A cambio, había vivido dos años preguntándose qué habría podido ser. Y en ese tiempo, la amargura había agriado tanto la visión que tenía de las mujeres, que desde entonces no había sido capaz de tocar a ninguna.
«Como me lance otra mirada de esas, me volveré y le daré una bofetada», decidió Bella mientras observaba el perfil de Edward a través del reflejo de la ventanilla. Siempre había sido un esclavo de su libido desbordada. Lo único que conocía él era el sexo. No el amor, sino el sexo... «Dame, necesito, deseo, he de tener». Físico, insaciable, inventivo y tan bueno, que no le extrañaba que su reputación lo precediera.
Pero, ¿amor? Desconocía el concepto como no fuera aparejado a un acto físico. Aunque había sabido utilizar las palabras que lo ayudaban a conseguir las reacciones adecuadas. «Te amo». Ti amo mio per sempre l'innamorato.
Palabras susurradas en un italiano sensual, que podían derretir a una mujer.
Y entonces se convertía en una mujerzuela y una libertina, en una mujer que la dignidad de él no le permitiría conocer. Un error, y ni siquiera propio, había bastado para que la desterrara de su vida con tanta celeridad, que aún trataba de asimilarlo dos años después.
-No podremos despegar con este tiempo -soltó él.
Esperó que Dios la perdonara por haberse concentrado en Edward en vez de pensar en su hermana. Buscó en el bolso un pañuelo de papel.
-¿Te encuentras bien? -inquirió él.
-Perfectamente -repuso, odiándolo con todas las fibras de su ser.
-Queda poco para el aeropuerto.
Sabía que estaba llorando... aunque no le extrañó, ya que la conocía muy bien.
Por dentro, por fuera, de todos los modos en que un hombre podía conocer a una mujer con la que había vivido y se había acostado durante medio año antes de echarla de su lado.
Con los dientes apretados, Edward siguió conduciendo, con los ojos clavados en la lluvia en su afán por llegar al aeropuerto y quebrar el contacto íntimo con esa mujer. Nunca se sintió tan aliviado como cuando vio las luces del aeropuerto privado donde los esperaba su avión. Necesitaba algo de espacio... aire para respirar que no estuviera mancillado con la fragancia de esa mujer.
El aparcamiento estaba techado. Al bajar, le señaló a Bella la terminal de salida, luego se marchó en la otra dirección para entregar las llaves del coche. Cuando regresó a buscarla, ella se había quitado el gorro y el abrigo y se hallaba ante el ventanal con la vista clavada en la lluvia que caía del cielo.
Con un metro setenta era alta para una mujer, pero junto a él, parecía pequeña, frágil, delicada. Decidió brindarle espacio suficiente. Se dirigió al bar y pidió una copa; permaneció allí contemplándola sin beber, ajeno al hecho de que Bella había observado su reflejo en el cristal.
Ella se concentró en la lluvia que azotaba las luces del aeropuerto mientras el viento lo golpeaba todo. Rezó para que el tiempo mejorara y pudieran partir.
Rosalie, su querida Rosalie, y el bebé recién llegado al mundo... y el pobre, pobre Emmett.
Quizá el destino decidió apiadarse de ellos, porque media hora más tarde
Edward apareció junto a ella.
-Creen que la tormenta amainará un rato -informó-. Si podemos subir a bordo y prepararnos, quizá dispongamos de la oportunidad de salir de aquí.
Le sonó tan bien, que al instante fue a recoger sus cosas de la silla donde las había dejado. Se puso el abrigo y el gorro mientras Edward hacía lo mismo.
Cinco minutos más tarde, caminaban lado a lado, pero distanciados en espíritu.
Mágicamente, a mitad de camino hacia el jet, la lluvia y el viento pararon de repente y, al alzar la vista, Bella vio las estrellas a través de un hueco entre las nubes.
-Elige un asiento y abróchate el cinturón -instruyó él en cuanto entraron en el aparato-. Voy a hablar con el piloto.
Cuando desapareció más allá de la puerta que conducía a la cabina, apareció un ayudante de vuelo que se llevó sus cosas. En cuanto le sugirió el mejor asiento que podía ocupar del lujoso interior, se marchó.
Dos minutos después, el avión despegaba con rumbo hacia el agujero entre las nubes que conducía al cielo estrellado. Y una hora después, Edward aún no había vuelto. Al llegar a la conclusión de que se mantenía adrede apartado de ella, tal como había hecho en el aeropuerto, fue capaz de relajar la guardia, y casi en el acto sintió que los párpados se le cerraban.
Se dejó ir y soñó con la risa familiar de Rosalie y con bebés regordetes. Y en el sueño todos estaban bien, sin que ninguna fuerza oscura apareciera para perturbar la belleza.
Edward la observó un rato, extrañamente afectado por la paz en que parecía estar. Recordó que solía dormir de esa manera. Tan quieta a su lado, que en ocasiones había tenido que controlar el impulso de inclinarse para comprobar si aún respiraba. Una idea idiota, ya que la había tenido en brazos y sentido la calidez que emanaba de ella.
«Deja de pensar en eso», se dijo al reclinar la cabeza sobre el respaldo y cerrar los ojos. Pero unas escenas desagradables lo obligaron a abrirlos otra vez.
Emmett... Emmett...
Se movió inquieto. Los hombres no lloraban. Él quería llorar. Quería que su hermano regresara para poder transmitirle una vez más lo mucho que significaba para él.
Las lágrimas comenzaron a quemarle como ácido. Se puso de pie y empezó a caminar por el avión. Ese había sido el peor día de su vida y todavía no había terminado. Sentía como si hubiera ido por el mundo transmitiendo malas noticias. Le había comunicado la noticia a su madre, a sus hermanas Renata y Alice. A pesar de la desaprobación de ellas, había volado a Londres a darle la noticia a Bella. Y en ese instante regresaba a casa otra vez con una pasajera, que evidentemente consideraba la evasión a través del sueño una opción mejor que permanecer despierta para hablar con él.
Aunque él tampoco quería hablar con Bella. Tampoco quería despertarla.
Con expresión lóbrega, regresó junto a ella. Aún no había movido ni una pestaña. Tenía el rostro relajado pero pálido, y respiraba de forma pausada, con los labios cerrados.
Bella despertó de su refugio de sueño y vio a Edward de pie ante ella. Se hallaba tan cerca, que podía sentir su aliento en la cara. Sus ojos se encontraron y, en los de él, vio ira, desprecio y consternación. Una vez más, experimentó el impacto pleno del dolor.
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
-Te odio -sollozó y, con un impulso ciego, le lanzó un puño tembloroso.
-¿Odio? -repitió y le capturó la mano antes de que pudiera golpearlo-. Desconoces el significado de la palabra -espetó con dureza-. Esto, cara, es odio...
Con un tirón, la alzó para pegarla contra él; acalló el grito de protesta con su boca y una embestida de la lengua. La besó con furia, con castigo, pero fue el calor de su pasión lo que la impulsó a luchar para liberarse. Un brazo le ciñó la cintura y se encontró pegada a su cuerpo. Él le soltó el puño con el fin de poder reclamarle la nuca y mantener la presión del beso.
Saqueó su boca mientras emitía maldiciones roncas. La besó y la besó hasta que dejó de oponerse y comenzó a temblar. Dos años de abstinencia y los motivos que habían conducido a ello dejaron de importar, porque volvían adonde lo habían dejado, a una guerra en la que usaban el sexo como arma.
Sus labios se movieron en un festín sensual y hambriento... y entonces, de pronto, terminó tal como había empezado.
Edward la apartó con tal violencia, que ella aterrizó en el asiento. Mareada y desorientada. Lo observó dar media vuelta y marcharse. Al llegar al otro extremo, recogió lo que parecía una botella de whisky, se sirvió una copa y se la bebió de un trago.
Al contemplar sus hombros rígidos, quiso decir algo... soltar un torrente de insultos por atreverse a besarla para probar su comentario. Pero sentía los labios ardientes y temblaba tanto por dentro, que no creyó poder expresar ningún pensamiento coherente puso la cara entre las manos y rezó para que hubiera estado demasiado ocupado le había castigándola como para notar que le había devuelto el beso.
El silencio que reinó después fue como una navaja que cortó cada segundo que les quedó de viaje. Hasta que aterrizaron bajo un claro cielo italiano.
Edward había dejado el coche en el aparcamiento del aeropuerto. Bella ocupó la plaza del acompañante y dejó que él guardara sus cosas. Fueron a Florencia en completo silencio. Cuanto más se acercaban a la ciudad, más ansiosa se sentía. Al final, el coche aminoró y entró en un edificio antiguo que hacía las veces de un hospital muy exclusivo.
Cuando Edward detuvo el coche, la piel comenzó a hormiguearle. Respiró hondo, se soltó el cinturón de seguridad y bajó. Al dirigirse hacia la entrada del hospital, las piernas empezaron a temblarle. Él se situó a su lado, pero no hizo intento alguno de tocarla.
Se dijo que no quería que lo hiciera. Pero en cuanto entró en el vestíbulo silencioso del hospital, lo puso en duda. Edward le indicó el camino hacia los ascensores.
Una vez dentro, él le dijo:
-No te alarmes por el equipo médico que la rodea. En casos como éste, es normal supervisar todo lo que...
Intentaba prepararla. El ascensor se detuvo. El corazón le palpitó de forma tan extraña, que le dificultó respirar.
Las puertas se abrieron a un recibidor similar al vestíbulo de abajo, y el valor de Bella se fue a pique, paralizándola.
Cerró los ojos e intentó tragar saliva; respiró de manera entrecortada, dominada por una sensación de pavor. Edward clavó la vista en ella. Tenía el rostro pálido y los labios entreabiertos. Parecía luchar por controlar el impulso de sujetarla.
-Estoy bien -susurró ella-. Dame un segundo para...
-Tómate tu tiempo -cortó con tono hosco-. No hay prisa.
«¿No?», se dijo ella para sus adentros. ¡Quizá ya hubiera llegado demasiado tarde!
Demasiado tarde... gimió en silenciosa agonía. Demasiado tarde se refería a los años que había evitado acercarse a Florencia, al modo en que había aislado a Rosalie de su vida durante meses...
Se obligó a moverse. La primera persona a la que vio fue a la madre de Edward.
Estaba agotada. El rostro hermosamente definido se veía consumido por la ansiedad y el dolor.
Las lágrimas volvieron a asomarse a sus ojos y la voz le tembló cuando tuvo que pronunciar las palabras obligadas:
-Siento mucho lo que le sucedió a Emmett, señora Cullen -murmuró en un italiano vacilante al tiempo que alargaba los brazos para atraer a la pobre mujer a su abrazo.
Tardó unos segundos en darse cuenta de que el abrazo no era bien recibido.
Rígida e inflexible, la señora Cullen aceptaba su contacto por simple cortesía. Al apartarse, conmocionada por el frío recordatorio de lo que sentía por ella la familia de Edward, vio en las otras caras el rastro del rechazo.
Entonces Edward se situó detrás de ella, apoyando las manos en sus hombros en lo que Bella sólo fue capaz de describir como una especie de declaración. No dijo una sola palabra, pero todos los ojos se alzaron hacia la cara de él, y luego se apartaron incómodos.
-A tu izquierda -instruyó en voz baja.
Con la boca reseca, se obligó a caminar otra vez. La mano de Edward no la abandonó al entrar en un pasillo que dejó a toda su familia atrás, algo que agradeció, porque no quería ningún testigo frío cuando se enfrentara a lo que se avecinaba.
Y llegó con rapidez... con demasiada rapidez. Edward se detuvo ante la primera puerta que apareció y ella lo imitó, viendo cómo la empujaba y la instaba con delicadeza a avanzar. Sentía el cuerpo pesado y una sensación de temor le dificultó el movimiento de las extremidades al entrar en una habitación bien iluminada, de paredes blancas, con una enfermera de pie junto a la cama.
Y acostada en ella vio a la mujer de cara pálida.
Buenas noches espero que este capitulo sea de su agrado, aunque no se si realmente sea de su total aceptación ya que no he visto una gran respuesta, me gustaría que me dijeran que si no les gusta y sin ningún problema yo la quito.
De todas formas muchas gracias y espero que nos leamos el próximo viernes.
Besos Ana Lau
