N/A: antes de que nada me gustaría responder a un comentario que me hizo Pera it, antes que nada por tus palabras se me lees continuamente y te lo agradezco, por otro lado se que tienes razón en lo que me dices y lo entiendo digamos que por un lado me gusta hacer un tipo de chantaje emocional y por el otro no es que me guste dejar las cosas a la mitad y la pregunta que hice fue porque bueno si no les gusta estoy en la mejor disposición de cambiar de historia tengo otras mas que tal vez le podría ofrecer sin ningún problema.
Pero bueno las dejo a que lean.
Capítulo 3
Fue el punto en que su control la abandonó. Había creído que estaba preparada para enfrentarse a lo que fuera que hubiera en esa habitación.
Pero descubrió que no era capaz de encarar la visión de su hermana allí acostada, tan pálida y quieta como si la esencia de la vida la abandonara lentamente.
Se llevó un puño a la boca para contener un sollozo ahogado y dio un paso atrás, hasta quedar pegada contra la figura musculosa de Edward, quien actuó como una pared para su retirada cobarde.
Era terrible. Necesitó un esfuerzo intenso para forzarse a avanzar con piernas flojas. Al llegar al lado de la cama, tomó una de las manos laxas de Rosalie. La sintió cálida y eso la consoló. El calor significaba vida.
-¿Rosalie? -musitó-. Rose... soy Bella. ¿Puede oírme? -le preguntó a la enfermera, pero antes de que pudiera contestarle, volvió a clavar la vista en el rostro blanco-. Oh, Rose -se lamentó con pesar-. ¡Despierta y háblame! ¿Es... es profundo su coma? -preguntó con un hilo de voz.
-Parte está inducido -aportó Edward.
La enfermera se había marchado sin que Bella lo notara.
-¿Ha despertado en algún momento desde el accidente?
-No.
-¿Eso significa que ni siquiera sabe que ha dado a luz?
-Sí -contestó.
Bella sintió que las entrañas le ardían con emociones desbocadas. ¿Cuántos embarazos fallidos había tenido que soportar la pobre Rosalie a lo largo de los años antes de haber podido conseguirlo? Cinco o seis desde que se casó con Emmett. Ya no lo sabía.
Con la vida pendiéndole de un hilo, ¿se rendiría su hermana en la obsesión por darle a Emmett un heredero varón?
Emmett... ¿en qué estaba pensando? Emmett ya no estaba.
-Oh, Rosalie -musitó llena de dolor. ¿Cómo iba a poder seguir adelante sin su amado Emmett?
Entonces, comenzaron las largas horas de tormento. Nada a su alrededor parecía real. Permanecía sentada junto a la cama y le hablaba. Cuando el personal médico se la llevaba con gentileza para poder examinar a Rosalie, se quedaba en el pasillo. De vez en cuando, aparecía Edward, o la madre o una de las hermanas. No cayó en la cuenta de que en ningún momento la dejaron por completo sola ni de que la actitud de la familia hacia ella había cambiado por completo. Rara vez hablaba, salvo con Rosalie, con quien no dejaba de conversar sin recordar luego una sola palabra.
En un punto, alguien le preguntó con suavidad si querría ver al bebé. Pensó que debería hacerlo, al menos por su hermana, pero eso fue todo. Aceptó y quedó completamente desarmada con esa diminuta vida humana que libraba una batalla propia.
La hija de Rosalie... de Rosalie y Emmett.
Estalló en lágrimas. Al regresar al lado de su hermana, reanudó la incesante conversación.
-Ya has tenido suficiente...
El leve contacto en su hombro hizo que levantara la cabeza de la sábana, donde no sabía que la había apoyado. Parpadeó con ojos somnolientos y se encontró con una mirada con destellos dorados.
-Esta noche ya no puedes hacer nada más aquí, Bella -indicó Edward-. Es hora de irnos para descansar un poco.
-Yo... -«puedo estar aquí», iba a insistir, pero él la silenció con un movimiento de la cabeza.
-Rosalie se halla estable -afirmó-. El personal del hospital sabe dónde localizamos si fuera necesario. Es hora de irnos.
Reconoció autoridad en la voz. No pensaba aceptar un no por respuesta, y si quería ser sincera, sabía que él tenía razón. Pero al levantarse, sintió como si abandonara a su hermana. Alzó una de las manos inertes y le dio un beso suave antes de inclinarse y darle otro en la mejilla.
-Te quiero -murmuró, luego se marchó seguida de Edward, las lágrimas quemándole los ojos-. Oh, Edward -musitó y un impulso la hizo dar un paso hacia él.
-Toma, ponte esto...
Alargó el abrigo de ella. Bella lo miró, consciente de que había vuelto a cerrarle una puerta en la cara. «¿Y por qué no?», se preguntó débilmente mientras se tragaba las palabras de consuelo. Rosalie estaba viva pero su hermano había muerto. Aceptar consuelo de la ex amante convertida en enemiga sería un golpe a su dignidad.
Dejó que la ayudara a ponerse el abrigo sin pronunciar una sílaba más. Luego metió las manos en los bolsillos hondos y comenzó a andar hacia los ascensores. Las sillas del recibidor ya se hallaban vacías; hacía rato que el resto de la familia Cullen se había ido.
El silencio entre ambos se prolongó hasta que salieron a la noche fresca. Un vistazo al reloj iluminado del salpicadero le indicó que era la una de la mañana. Le daba la impresión de que había transcurrido una semana desde que el día anterior se levantó a las seis de la mañana para subirse al avión que la llevaría a París. Desde entonces habían pasado tantas cosas.
Demasiadas. Apoyó la cabeza en el respaldo de piel y cerró los ojos cansados.
Edward la miró mientras se sumía en un sueño exhausto. Conocía la impresión que le había causado en el hospital, pero estaba equivocada acerca de los motivos que lo impulsaban. Sin embargo, recibir consuelo de una Bella cálida y receptiva habría destrozado el leve control al que se aferraba.
Y aún no había terminado... aunque Bella no era consciente de ello.
Estaba seguro de que librarían una batalla cuando ella descubriera dónde iba a alojarse. Como permitiera que sus defensas bajaran antes de ganar la batalla, se convertiría en un blanco fácil para alguien de naturaleza tan obstinadamente independiente como Bella.
«Dio», pensó cansinamente mientras conducía por las calles silenciosas de
Florencia. Ni siquiera estaba seguro de no ser ya ese blanco. Un simple vistazo a esa figura sentada a su lado con las piernas largas estiradas, el rostro tan exquisito en reposo, le bastó para experimentar ese aguijonazo del hombre al acecho.
Siempre había podido llegar hasta él. La amara o la odiara, siempre la deseaba. Recordó que su hermano había dicho que los dos eran blancos fáciles para que un par de brujas irlandesas los hechizaran a voluntad.
Emmett... sintió un nudo en el pecho. Era una sensación con la que se había familiarizado durante ese prolongado y triste día. Echaba de menos a su hermano. Quería que volviera. Las lágrimas le aguijonearon los ojos y sintió que la piel de los pómulos se le tensaba.
Pisó el acelerador en un intento por liberar la tensión del pecho. Bella se movió; la miró y, con los dientes apretados y un acto supremo de voluntad, se obligó a aminorar la velocidad. Pasado el momento de locura, la sensación permanecía, quemándole las entrañas como ácido, ira ante la pérdida inútil de la vida de su hermano. Iba a necesitar alivio y tenía la sospecha de que sabía de qué fuente lo obtendría.
Al sentir la pendiente por la que se movía el coche, Bella despertó. Abrió unos ojos enrojecidos y se irguió para observar la hilera de coches en el aparcamiento del sótano mientras Edward introducía el vehículo en su plaza reservada y esperaba que ella reconociera el lugar.
Pero no sucedió. Probablemente estuviera demasiado cansada para notar su entorno. Bostezó, abrió la puerta y bajó. El hizo lo mismo y la miró con atención mientras sacaba sus cosas del maletero.
Se dirigieron al ascensor y entraron juntos. Mientras él empleaba una tarjeta plástica de seguridad para activarlo, ella se apoyó en una de las paredes metálicas, metió las manos en los bolsillos del abrigo y clavó la vista en sus botas.
-Veo que tienes acceso -comentó Bella, ahogando otro bostezo.
-Sí, lo tengo.
-Han sido previsores.
-¿Quiénes?
-Emmett y Rosalie. Está bien que te confíen un acceso de seguridad a su piso.
No respondió y mantuvo la expresión en blanco, mientras se preguntaba si era consciente de que había empleado el nombre de su hermano como si Emmett aún viviera.
Esa ira volvió a agitarse en su interior. El ascensor comenzó a subir. Quería golpear algo y deseó no sentir eso.
-Aunque eso no es nada nuevo -añadió ella con súbita amargura en la voz-. El acceso a los hogares de la familia siempre ha sido lo normal en los Cullen.
-¿Y eso te parece mal?
-Me parece una estupidez -respondió-. Sé que a las familias italianas les gusta estar cerca, pero tener el derecho de entrar y salir de la casa de los otros miembros cuando apetece es llevar la unidad familiar a un extremo.
-¿Quizá porque en una ocasión te viste atrapada por ese... extremo?
La provocación dio en el blanco. Ella alzó el mentón y lo miró con frialdad. Él contrarrestó el gesto con una leve sonrisa. La antipatía mutua comenzó a manifestarse de nuevo. El ascensor se detuvo. Bella se hallaba tan ocupada desafiándolo para que llevara el comentario más allá, que cuando las puertas del ascensor se abrieron, siguió sin percatarse de dónde se hallaba.
Edward no dijo nada y, con un gesto burlón de la mano, le indicó que saliera. Con la cabeza erguida, los ojos como hielo, ella avanzó y se agachó para recoger sus cosas antes de decir:
-Buenas noches, Edward. Estoy segura de que sabrás encontrar la salida.
Con andar resuelto, ella salió; era una pena que la realidad fuera a estropearle el momento.
Había avanzado unos pasos antes de empezar a asimilar la decoración de tonalidad crema de las paredes y los suelos de madera, en los que había pesadas antigüedades que jamás habría relacionado con los gustos más caseros de Rosalie.
Edward observó cómo se quedaba parada y contenía el aliento antes de darse media vuelta para mirarlo, mientras él se guardaba la tarjeta de plástico en la cartera de piel y las puertas del ascensor se cerraban a su espalda.
-No -musitó en protesta consternada-. No pienso quedarme aquí contigo, Edward. Bajo ningún concepto.
Podía tranquilizarla diciéndole que no tenía nada siniestro en mente, que debía alojarse en alguna parte y que ni siquiera él era tan cruel como para llevarla a la casa de un hombre muerto y dejarla sola allí... pero no sería la verdad. Algo le había sucedido durante el trayecto a su casa y en ese momento la deseaba con tanta intensidad, que sentía que las entrañas le quemaban. Quería alzarla en brazos y echársela al hombro, buscar la cama más próxima, tirarla sobre ella y dedicarse a practicar un buen sexo. Sin preámbulos amorosos, un acto rápido y ardiente para olvidarse de todas las cosas que lo atribulaban: su hermano, la hermana de ella, Bella otra vez a su alcance. Había hecho que los dos últimos años fueran un infierno, ¡lo mínimo que podía hacer era compensarle por ese dolor!
Bella sabía lo que pasaba por la mente de Edward... vibraba a su alrededor como una fuerza oscura y magnética. El deseo, la vieja atracción, la punzante percepción sexual que la obligó a humedecerse los labios súbitamente resecos.
-No -susurró en ronca negativa.
-¿Por qué no? -le sonrió-. Por los viejos tiempos.
La indignación casi la ahogó. ¡No podía creer que se comportara de esa manera! ¿Es que no le importaba que hubiera muerto una persona y que otras dos libraran una batalla contra la muerte?
-Deberías sentirte avergonzado de ti mismo -le dijo antes de dar media vuelta y cruzar el suntuoso recibidor. Atravesó la arcada que daba acceso al resto del piso, sabiendo exactamente adónde quería ir.
La cocina, que daba a la entrada de servicio, cuya puerta a su vez estaba cerrada. El corazón se le hundió... pero no la determinación. Soltó la maleta y el bolso, giró y lo miró con tal dureza, que habría podido convertirlo en piedra donde estaba, en el umbral de la puerta.
-Saldré -advirtió-, aunque tenga que romper una ventana.
-Es un cuarto piso -le recordó.
-Las ventanas rotas despiertan a la gente -explicó imperturbable-. Lo que a su vez hace que llamen a la policía cuando los fragmentos de cristal caen encima de ellos.
Él esbozó una sonrisa burlona.
-Bueno, eso podría haber sido divertido -contrarrestó-, si los cristales no fueran irrompibles.
Ella hundió los hombros; la situación empezaba a tornarse estúpida.
-Escucha -espetó-, es tarde, estoy cansada... tú también. ¡Los dos hemos tenido un día terrible! ¿No podemos parar ya? -intentó un tono de súplica-. Deja que me vaya, Edward... ¡por favor!
-Ojalá fuera tan sencillo -hizo una mueca.
-¡Lo es! -insistió.
-No -aseveró con absoluta seriedad, olvidada la actitud burlona-. Así que dejemos un par de cosas claras. Te vas a quedar aquí en mi piso, porque se halla tan cerca del hospital que...
-Preferiría quedarme en la casa de Emmett y Rosalie.
Él se puso rígido y sus ojos reflejaron una furia intensa.
-¡Emmett está muerto! -exclamó-. Por el amor del cielo, ¿quieres dejar de mencionar su nombre cada vez que abres la boca?
Bella parpadeó sorprendida y se puso blanca como la tiza. ¿Había estado haciendo lo que él decía? No había sido consciente de ello. Cuando pensaba en su hermana, automáticamente incorporaba a Emmett. Emmett y Rosalie... siempre había sido así.
-Lo... lo sien... siento -tartamudeó, sin saber qué más decir.
Edward frunció el ceño.
-Olvida que lo he mencionado -replicó, luego respiró hondo-. La cuestión es que Emmett y Rosalie se habían mudado desde la última vez que viniste. Su nuevo hogar ahora está a más de una hora de la ciudad. Mi madre no está preparada para permanecer sola en este momento, de modo que ha ido a quedarse con Alice, lo que te deja una elección, Bella -ofreció al final-. Te quedas aquí conmigo, te vas con Renata o te vas con mi madre a la casa de Alice.
Lo cual la dejaba sin elección. Su madre la odiaba. Lo mismo pasaba con sus hermanas. Quedarse con ellas representaría otra clase de infierno. Además, su familia tenía derecho a sufrir en la intimidad sin la presencia de una intrusa.
-Existen hoteles, ¿sabías? -señaló con obstinación.
-¿Eres tan egoísta que te marcharías a un hotel a sabiendas de que semejante elección no sólo ofendería a mi madre, sino que heriría a Rosalie cuando lo descubra? -le lanzó una mirada penetrante-. Culpará a la familia, me culpará a mí por no ser lo suficientemente hombre como para no olvidar lo que siento por ti por el bien de ella.
-¡Pero no estás olvidando tus sentimientos! -gritó.
-Lo haré si tú quieres.
-Mentiroso -musitó. Pero en lo demás, tenía tanta razón, que su capacidad para mantenerse erguida se desvaneció y se apoyó cansinamente contra la pared que tenía a la espalda al tiempo que hundía la cara entre las manos.
Era una rendición. Los dos lo sabían. Pero Bella no pudo resistir soltar un último comentario en el silencio palpitante que siguió.
-Te odio -susurró, oculta tras el escudo de su cabello.
-No, no me odias -negó Edward-. Aún me deseas mucho, y eso, cara, es lo que odias.
-¡Mentira! -bajó las manos para poder escupir las palabras.
-¿Sí? -los ojos estaban fríos, endurecidos por la arrogante afirmación que hacía-. Recuerda el beso que nos dimos en el vuelo que nos trajo a Florencia -sugirió-. Si yo no me hubiera detenido, te habrías deshecho en mis brazos.
-Dios mío jadeó-. ¡Taimado demonio!
-Quizá -se encogió de hombros-. Pero sé lo que sé.
-¡Tú me besaste!
-Y tú te entregaste como lo hacías siempre -declaró con desprecio.
-¿Y tú no...?
-Va a ser realmente interesante comprobar si ambos seremos capaces de sobrevivir los próximos días sin volver a caer, ¿no te parece?
-¡Eres asqueroso!
Él enarcó una ceja negra y la miró de arriba abajo.
-¿No sientes los pezones duros, Bella? -inquirió con suavidad. ¿Ese punto entre tus piernas no está encendido y palpitante por nuestro tema de conversación?
Se acercó a él, dominada por la necesidad de abofetearlo.
-Sexo en el cuarto de la plancha es excitante -continuó él-. Aunque hay que reconocer que jamás tuviste inhibiciones con el dónde y el quién, siempre que pudieras hacerlo.
Cada palabra iba destinada a la yugular. Se detuvo a treinta centímetros de él, tratando de contener la furia que bullía en su interior, ya que una parte de ella era consciente de que la provocaba adrede.
Con los ojos prácticamente le suplicaba que lo golpeara.
-No entiendo por, qué haces esto -musitó casi sin aire.
Él rió; no fue un sonido agradable.
-Quizá sienta curiosidad por descubrir lo mucho que has aprendido con otros hombres.
-Para -susurró.
Pero no iba a parar nada.
-¿Lo tentaste igual que solías tentarme a mí, Bella? -quiso saber-. ¿Lo provocaste para que te enseñara otra forma de alcanzar la cumbre final?
Alzó el brazo y soltó la mano. Él la atrapó antes de que pudiera dar el golpe, los dedos duros cerrándose sobre la muñeca fina para mantenerla suspendida a centímetros de su cara.
-Los dos sabemos que lo único que siempre quisiste de mí fue esa excitación -prosiguió implacable-. Pero, ¿pensaste que habías agotado todas mis posibilidades? Te equivocas, encanto -le besó las puntas de los dedos tensos-. Ni siquiera hemos arañado más allá de la superficie. No tienes ni idea de los placeres que te has perdido.
-¡Cállate! -soltó. Desvirtuaba la verdad para que encajara en su propia versión de lo que creía, y se sentía tan dolida, que comenzó a temblar de la cabeza a los pies.
Esos ojos impasibles la mantenían prisionera y su mano tiró de ella para pegarla a su cuerpo sólido.
-Todavía no puedo mirar tu boca sin recordar lo que es tenerla pegada a una parte íntima de mi anatomía -murmuró con voz ronca-. Recuerdo cada roce de tus labios, cada movimiento de tu lengua. Vamos -añadió-, ¿no te hace sentir mejor saber que sigo tan obsesionado contigo como tú conmigo, Bella?
-No estoy obsesionada contigo... ¡te desprecio! -siseó-. ¿O se supone que tengo que olvidar cómo te saciaste conmigo después de afirmar que mi otro amante habría estado conmigo antes que tú, o cómo saliste de mi cuerpo, aun palpitando por toda la experiencia, sólo para revolverte contra mí como un animal? ¡Me insultaste con palabras que yo jamás emplearía contra otra mujer!
Se puso pálido y el corazón de Bella latió con una ira que había estado fermentando durante dos años.
-Me disculpé -espetó Edward.
-Lo que me hiciste estaba más allá de cualquier disculpa -le informó-. ¿Y sabes qué lo empeoró? No te importaba lo suficiente como para que escucharas lo que tenía que decir antes de castigarme. ¡Me juzgaste y me encontraste culpable sin dejarme disfrutar del derecho de un juicio justo!
Bueno, pues te diré una cosa... -los pechos se movían agitados por la furia que la embargaba-. Puedes estar tranquilo porque acepto la culpa. Lo hice.
Me llevé a otro hombre a tu cama, Edward, ¡y no sabes lo mucho que disfruté de la experiencia!
-¡Ya es suficiente! -ladró.
Tenía razón. Con una oleada de consternación, Bella se liberó la muñeca y retrocedió aturdida. Había mentido... todo era mentira. ¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué siempre tenía que contarle lo que él quería oír?
Su corazón lloraba lleno de amargura, y en su cabeza se sentía tan fea, que no quería volver a mirarse en un espejo.
-¿Me he ganado ya el pase de salida? -preguntó con voz monótona.
La respuesta de él fue dar media vuelta y marcharse.
Bella aguardó con una mezcla de horror por lo que se habían dicho y una creciente sensación de alivio porque al fin había conseguido convencerlo de que la dejara marchar. Respiró hondo y lo siguió para recoger sus cosas.
En cuanto regresó a la cocina, supo que no había ganado nada. Edward volvía a interpretar el papel de hombre hogareño y preparaba una tetera. Ya no llevaba la gabardina, ni la chaqueta ni la corbata.
-Quítate el abrigo y suelta la maleta -dijo sin volverse.
-Edward... por el amor del cielo... -volvió a -suplicar-. Deja que me vaya de aquí para poder ir a buscar un hotel en alguna parte.
-¿Té o café? -preguntó.
-Oh -gimió, llevándose una mano trémula a los ojos ya hinchados-. ¿No lo entiendes? -gritó en un último intento por tratar de hacerlo entrar en razón-. ¡No puedo quedarme en este piso contigo! -fue inútil, ya que vio que él se quedaba a la espera de que hirviera el agua-. Eres un monstruo insensible -manifestó cuando su cuerpo cansado cedía ante esa estúpida pelea.
-Té o café -repitió.
-Lo que tú quieras -suspiró, y en un acto de rendición, se dejó caer en una de las sillas de la cocina, soltó la bolsa y la maleta en el suelo, apoyó los codos sobre la mesa y volvió a enterrar la cabeza en las manos.
Al observar la postura cansina de ella, Edward apretó los dientes y con enfado se preguntó qué diablos creía estar haciendo al orquestar esa pequeña escena. ¿Desde cuándo un hombre razonablemente sofisticado de treinta y cuatro años provocaba a una ex amante con los comentarios que acababa de realizar?
«Uno que necesita una vía de escape del dolor que le quema las entrañas», reconoció con pesar.
Bella no era sólo una ex amante. Era la mujer a la que había amado. La mujer con la que había creído que podría pasar el resto de su vida. Entrar en su casa y ver lo que había visto iba a permanecer en su cerebro para siempre.
-No logré descubrir quién era el otro hombre.
-¿Qué...? -alzó el rostro de entre las manos y lo miró con ojos rojos como si acabara de hablarle en griego-. Te convierte en un hombre triste que incluso lo hayas intentado descubrir -repuso con desprecio-. Olvida el té -añadió, levantándose-. Me iré a la cama.
Recogió el equipaje y abandonó la cocina.
La dejó irse, enfadado consigo mismo por decir otra cosa que no había querido decir. Esbozó una sonrisa sombría al ver que ella abría la puerta de un dormitorio que tomaba por una habitación de invitados. Lo había elegido adrede porque sabía que el antiguo cuarto de ambos se hallaba del otro lado del pasillo.
De pie allí, tenso, con las manos sobre la encimera, esperó que descubriera el error que había cometido. Y unos segundos más tarde, la puerta se cerró y las pisadas continuaron hasta la habitación siguiente. No había vuelto a acostarse en su antiguo dormitorio desde el día en que ella había llevado allí a otro hombre. Habría abandonado el piso para no volver jamás de no haber representado un gran paso para su orgullo.
Tenía que estar loco para dejar que lo afectara de esa manera. Lo que había pasado debería quedar olvidado. Quería olvidar; entonces, ¿qué hacía allí de pie, sintiéndose tan mal como dos años atrás?
Conocía la respuesta, pero el infierno se helaría antes de que lo admitiera.
El agua hirvió. Se quedó mirando la tetera eléctrica hasta que se apagó automáticamente y el vapor se esfumó. Entonces siguió el ejemplo de Bella y se fue a su dormitorio.
Se juró que a partir de ese momento iba a mantener las distancias. Al día siguiente, la instalaría en un hotel. Y si volvían a coincidir mientras ella estuviera en Florencia, sería por error, ya que no permitiría que sucediera.
Tomada esa decisión, se quitó la ropa y se dirigió al cuarto de baño contiguo, abrió la ducha y se metió bajo el agua. Mientras el chorro fuerte y caliente lo golpeaba, no pudo evitar darse cuenta de lo que sucedía en sus regiones más bajas. Tuvo ganas de dar un puñetazo en la pared, porque si Bella era la única mujer capaz de producirle semejante reacción, entonces tenía razón y era un hombre muy triste.
Bella abrió la maleta y sacó un pijama, luego sostuvo la suave prenda de seda azul con dedos temblorosos. Lo despreciaba, de verdad... entonces, ¿por qué lloraba? ¿Por qué se sentía tan increíblemente dolida porque se hubiera atrevido a comentar algo que ya no debería importarle a ninguno de los dos?
Dos años atrás, había intentado ofrecerle la verdad, sólo para recibir una incredulidad airada. Para Edward, había sido sorprendida con las manos en la masa tratando de destruir la prueba de la presencia reciente de otro hombre en el dormitorio de los dos. La cama deshecha resultaba elocuente.
La caja de preservativos había sido incluso más reveladora. El hecho de que hubiera tratado de echarle la culpa a otra persona había sido el elemento que terminó por condenarla ante los ojos de él.
Si el amor tenía que ser juzgado con unos métodos tan dolorosos, entonces su amor había sido juzgado aquel día y quedado claro que carecía de fortaleza.
Y cuanto antes se alejara de la órbita de Edward, sería mejor para ambos, porque era evidente que no sobrellevaba esa situación mejor que ella.
Y entonces comprendió los motivos para el comportamiento tan demencial de Edward. El remordimiento la sacudió por no descubrirlo antes. Emmett estaba muerto. Todo el mundo quería a Emmett, pero nadie como Edward. La invadió una oleada de simpatía y el deseo de ir a consolarlo.
Pero suspiró con gesto cansado, sabiendo que lo último que quería de ella era simpatía.
Sexo... sí. Aceptaría el sexo como una forma de alivio. ¡Se lo había dejado bien claro!
Con eso en mente, dejó el pijama en la cama, se quitó la ropa y fue al cuarto de baño adjunto para darse una ducha. Lo primero que oyó, fue el sonido del agua al correr en el cuarto de baño de al lado. Invocó la imagen de un hombre desnudo con un cuerpo perfecto. Los pezones se le endurecieron.
Abrió el grifo y con determinación sombría se obligó a evitar pensar en lo que sucedía al otro lado de la pared.
Fue una bendición meterse entre las sábanas frescas y apoyar la cabeza en la almohada. Lo último que pensó antes de sumirse en un sueño profundo fue que al día siguiente buscaría un hotel.
Hola soy yo de nuevo, se que me tarde pero a mi defensa solo les puedo decir que me quede sin internet y no saben lo frustante que puede llegar a ser.
Mil gracias y nos leemos el próximoviernes.
Besos Ana Lau
