Capítulo 4

Un calambre. Supo lo que era en el momento en que la sacaba con un grito de dolor del oscuro pozo de agotamiento en el que se hallaba. Se retorció en la cama, se destapó con los pies y bajó la mano para cubrir el nudo que había aparecido en su pantorrilla izquierda.

Una necesidad agitada de hacer algo antes de que el dolor la desgarrara la impulsó a buscar algo, cualquier cosa, en la habitación a oscuras.

Pero entonces el músculo contraído se cerró un poco más y cayó por el lado de la cama como un fardo sobre el parqué duro; gimió como un animal herido.

Nunca en la vida había experimentado un calambre, de modo que no tenía idea de cómo aliviarlo. Intentó sacudir la pierna, luego frotarla, pero eso le causó aún más dolor. Desesperada, trató de ponerse de pie, con la aturdida idea de que, si lograba llegar al cuarto de baño, podría darse un poco de agua templada sobre el músculo con la esperanza de que el calor la ayudara a superar el espasmo. Pero no lo consiguió, porque en cuanto apoyó peso en la pierna, el dolor se volvió tan insoportable que aterrizó en el suelo con un grito agudo.

De pronto, la puerta de la habitación se abrió y entró luz del vestíbulo.

-¿Qué diablos...? -demandó una voz dura.

Impotente, contempló la figura oscura perfilada contra la luz.

-Un calambre -gimió.

Él no necesitó oír nada más. Con un par de zancadas llegó a su lado y aferró la pierna con dedos implacables, luego comenzó a manipular el músculo contraído de un modo que la obligó a apretar los dientes por el dolor.

-Debí de imaginar que pasaría algo así -soltó entre las exclamaciones contenidas de protesta de Bella-. ¿Cuándo fue la última vez que te molestaste en beber algo? ¡Debes de estar deshidratada, tonta!

Tonta o no, empezaba a ver las estrellas y las lágrimas le caían por las mejillas.

-Duele -gritó una y otra vez, golpeando el suelo con un puño mientras él continuaba con la manipulación.

Pero, milagrosamente, esa forma de tortura comenzó a mitigar la otra. El alivio del dolor le causó un sudor frío.

-¡Aah! -jadeó con voz temblorosa-. Ha sido el dolor más agudo que he experimentado en toda la vida.

Sin decir una palabra, la alzó en brazos y se incorporó para llevarla por el pasillo hasta la cocina, donde la dejó sobre una silla junto a la mesa.

La dejó allí, fue a la nevera y unos segundos más tarde plantaba ante ella un vaso y una botella de agua.

-Bebe -ordenó.

Obediente, Bella destapó la botella y prescindió del vaso. Helada, el agua fue como néctar para su boca reseca y garganta ardiente. Después de beberse media botella, se reclinó y cerró los ojos. Sentía como si alguien le hubiera pateado la pierna; el dolor la había dejado sacudida y débil. La tensión le había provocado dolor de cabeza y se sentía tan cansada, que habría podido quedarse dormida allí mismo.

Un sonido junto a ella la obligó a abrir los ojos. Edward se apoyaba en la mesa a su lado. Estaba pálido y cansado; la tensión del largo día reflejada en el rostro.

-Lamento haberte despertado -musitó.

-No dormía -repuso.

El corazón de Bella se abrió a él. Quiso alargar la mano y tocarlo con suavidad, ofrecerle palabras que pudieran mitigar su dolor. Pero esas palabras no existían y no se atrevió mencionar el nombre de Emmett, porque cada vez que lo hacía, Edward se enfadaba.

-Bebe.

Al alzar la vista descubrió que la miraba. Apartó los ojos de inmediato, antes de que los sentidos que empezaban a despertar dieran un giro peligroso. Levantó la botella y bebió un poco más, con la esperanza de que pudiera enfriar el calor que empezaba a experimentar. No quería desear a Edward, no quería recordar cosas de él. Era su pasado. Desde entonces, había seguido adelante.

Volvió a beber. La única iluminación procedía de unas luces tenues empotradas en las paredes, que apenas llegaban hasta la mesa central, aunque proyectaban un resplandor cálido y seductor. Y reinaba un silencio tan profundo, que creía ser capaz de oír los latidos del corazón de Edward.

¿O era el suyo?

Él se hallaba demasiado cerca y Bella deseó que no fuera así. Mantuvo los ojos cuidadosamente apartados y trató de fingir que eran completos desconocidos.

Pero apartar los ojos sólo sirvió para avivar su imaginación. Conocía la sensación maravillosa que producía la piel satinada y el contraste del vello que le cubría el torso. Sabía lo firme que era el estómago, lo duros que estaban los músculos del trasero. Podía trazar un dibujo con cada detalle de él, desde los dedos de los pies hasta las manos finas.

«¡Para ya!», se reprendió a medida que experimentaba una sensación muy familiar. «¡Aléjate de mí!», tuvo ganas de gritarle, pero bebió otro trago de agua, porque hablar significaría una confesión de lo que pasaba por su cabeza, y antes preferiría cortarse la lengua que dejarlo ver lo que pasaba por su mente.

Un suspiro la sacudió e intensificó la tensión en lugar de aliviarla. Quiso huir, pero permaneció pegada a la silla. Deseó que esas piernas no estuvieran justo en su campo de visión, aunque no logró forzarse a mirar hacia otro lado.

-¿Qué hora es? -preguntó con un toque de desesperación.

-Las tres y media -repuso él con voz baja y ronca.

Bella gimió para sus adentros. Se preguntó si alguna vez lograría olvidarlo. Era el síndrome del primer amor. «Jamás te recuperas del primer amor verdadero».

-¿Cómo va el músculo?

Como una muñeca de madera, apoyó la mano en la pantorrilla. Aún la sentía tensa, pero ya no estaba contraída.

-Bien -respondió antes de beber más agua. Sorprendida, se dio cuenta de que casi la había acabado-. ¿Cuántas quieres que beba antes de dejarme ir a la cama?

Lo dijo en un esfuerzo por aliviar la tensión y él la ayudó riendo. Pero el sonido sólo sirvió para provocarle un intenso hormigueo en la piel.

-Sigue hasta que te diga que pares -respondió.

Entonces regresó el silencio. El corazón comenzó a latirle con fuerza y se movió incómoda en el asiento. La acción hizo que se le cayera una de las tiras finas de la parte superior del pijama. Con el peligro real de revelar un pezón, alzó la mano para volver a acomodarse la tira... pero chocó con unos dedos largos que se acercaron con la misma intención.

Los dos se quedaron absolutamente quietos mientras los dedos se tocaban y la piel se encendía. Alzó la vista. Fue algo instintivo.

Él le miraba el cuerpo. Percibió que anhelaba tocarla.

-No -musitó Bella con trémulo rechazo.

De los ojos de Edward, emanaba un calor oscuro que la mantenía atrapada, y el aguijón del deseo le recorrió la sangre, activando interruptores sensuales a su paso.

La deseaba, pero no quería desearla. El sentimiento era recíproco.

Los dedos comenzaron a abrir un sendero por sus hombros. Se movieron con una lentitud tentadora hasta llegar a la columna larga del cuello, para luego desviarse a un costado y apartarle el cabello de la nuca. Bella dejó de respirar. Edward hizo lo opuesto. Respiró hondo y se inclinó para posar unos labios rojos en la piel blanca que acababa de dejar al descubierto.

La atravesaron unas sensaciones como mil agujas; jadeó, tembló, luego frotó la mejilla contra la cara de él. Eran animales... ella la gata ronroneante que respondía a su exigente compañero. Las manos de Edward se deslizaron bajo sus brazos y la puso de pie. La boca pasó de la nuca a los labios, y ambos se entregaron al calor de ese beso que los consumió.

Lo que había amenazado con arder desde el momento en que se vieron en el apartamento de ella en Londres se convirtió en una espectacular conflagración de energía. Se besaron como solían hacerlo en el pasado, larga y hondamente, sin reservarse nada. Él aún seguía apoyado contra la mesa, pero la bata se le había abierto a la altura de la cintura. Bella sintió su calor, la poderosa presión de su sexo contra el vientre y supo que no iba a ser ella quien pusiera el freno.

¿Lo haría él? Gimió sobre su boca por el miedo de que así pudiera suceder.

Él tomó el gemido por otra cosa.

-Ni lo sueñes -musitó, y le explicó lo que significaba para él moviendo las manos.

Los pantalones del pijama bajaron para enrollarse alrededor de sus rodillas.

Ella aceptó la fuerza del embate de la erección entre los muslos y lo sostuvo allí mientras el beso continuaba y continuaba y él le separaba la parte superior del pijama para revelar sus pechos. La tocó y Bella enloqueció.

Cerró los dedos en el pelo de Edward y sus muslos se tomaron posesivos en su presión. La levantó con un gemido gutural y comenzó a caminar con ella sin quebrar el beso hasta que la soltó en el centro de una cama deshecha.

Se desprendió de la bata y se reunió con ella en la cama. Le quitó la parte superior del pijama, se situó encima y reanudó el beso apasionado.

Se tocaron con las manos y con el movimiento sensual de los cuerpos; cuando necesitaron más, él la penetró con una única y sedosa embestida. Bella gritó contra su boca; él respondió con un gruñido. Lo rodeó con las piernas.

Edward se movió a un ritmo primitivo, con el torso frotándole los pechos.

¿Animales? Sí, eran animales. Una unión hambrienta de dos criaturas salvajes que no querían pensar en el pasado, el presente o el futuro. Sólo querían... necesitaban eso.

Eso tenía el poder de hacerle perder el contacto con la realidad. Jadeos, gemidos y escalofríos se produjeron al unísono. El sudor y el calor corporal se mezclaron y, al final, los fluidos corporales, que los dejaron extenuados y aturdidos.

Él se puso de pie en el instante en que físicamente pudo hacerlo. Recogió la bata y salió de la habitación. Bella lo observó irse con el corazón en un puño, luego se acurrucó y lloró hasta quedarse vacía.

La odiaba... se despreciaba por tocarla.

Cuando llegó el día, abrió los ojos a un sol pálido que entraba por la ventana; el cuerpo le dolía y el corazón estaba embotado. Permaneció en la cama un rato, reacia a moverse cuando ello significaba tener que enfrentarse a Edward.

Entonces recordó a Rosalie, y de inmediato se quitó a Edward de la cabeza y se dirigió al cuarto de baño.

Se puso lo primero que tenía a mano, unos vaqueros y una camiseta, luego volvió a hacer la maleta. No pensaba quedarse en el piso otra noche.

Al abrir la puerta del dormitorio, sus sentidos se vieron cautivados por el aroma seductor del café recién hecho. La idea de que él estaba en la cocina le atenazó las entrañas. No quería verlo.

No quería volver a verlo nunca más.

Pero ahí estaba, sombrío y civilizado con unos pantalones negros de seda y una almidonada camisa blanca. Dejó las maletas junto a la puerta.

-Siéntate -invitó-. No tardará ni un minuto -indicó la cafetera que hervía a su lado.

Pero al hablar no se volvió para mirarla, lo que resultó muy revelador. ¿Se sentía avergonzado? En ese caso, no era el único.

-¿Has llamado al hospital? -le preguntó.

-No ha habido ningún cambio -informó.

-Entonces, creo que será mejor que vaya para allá.

-Después de que hayamos desayunado -expuso-. Ninguno de los dos dispuso de la oportunidad de comer mucho ayer.

«Nos comimos el uno al otro», pensó ella con amargura.

-Yo...

-Ya hemos interpretado esta escena en tu cocina, Bella. No tiene sentido que la repitamos.

«En otras palabras, cállate». Juntó los labios, fue a la mesa y se sentó.

«Como me ponga una tostada delante, probablemente se la tire», decidió con espíritu rebelde. Entonces experimentó una oleada de pánico al ver que se daba la vuelta, como si la hubiera oído.

Se quedó muy quieto al ver las maletas junto a la puerta y una nueva tensión imperó en la cocina. «Va a decir algo sobre lo sucedido anoche. Como lo haga, me largaré aunque tenga que saltar por la ventana».

-En cuanto a lo de anoche...

Se puso de pie como una bala.

-Quiero disculparme por...

Con piernas trémulas, fue a la puerta.

-Bella...

-¡No! -giró y se enfrentó a él-. ¡No te atrevas a decirme lo mucho que lo sientes! No te atrevas, ¿me oyes, Edward? ¡No te atrevas!

-Te he oído -musitó.

Entonces lo miró, lo miró de verdad y vio exactamente lo que había esperado ver... un gesto de auto desprecio y pesar. Un sollozo se ahogó en su garganta. Quería esconder su vergüenza. ¡Quería que la tierra se la tragara!

-Rosalie es lo único que ha de importar aquí -expuso con voz insegura-. Tú... yo... nosotros no importamos. ¡No dejaré que esta vez me obligues a huir!

-No quiero que huyas -afirmó con irritación.

La pregunta flotó en el silencio. «Entonces, ¿qué quieres de mí?»

No la formuló.

-Debo trasladarme a un hotel... hoy -le dijo.

Un destello de furia apareció en los ojos de Edward. -¡Y hoy yo tengo que reclamar el cuerpo de mi hermano! -soltó con aspereza-. ¿Qué crees que es más importante en este momento?

Conmocionada, retrocedió un paso.

-Lo siento -susurró con pesar-. No lo sabía.

-Lo sé -espetó-. Los dos vamos a tener que hacerle frente a una situación difícil -explicó con voz tensa-. Las necesidades se cruzan, las emociones se descontrolan. Es de esperar que nuestras prioridades choquen.

Tuvo que reconocer que eran palabras racionales y que ella se había permitido el lujo de olvidar la situación.

Que Edward la hubiera dejado nada más acabar no significaba que pudiera culparlo exclusivamente a él. De hecho, si quería ser sincera... de no haberse ido, lo más probable era que lo hubiera hecho ella.

El nuevo silencio tensó la atmósfera. Deseó poder decir algo que los hiciera sentir mejor a los dos, pero no se le ocurría nada.

-Siéntate -dijo él.

Sin pronunciar palabra, recogió sus cosas del suelo, dio media vuelta y abandonó la cocina. Se dirigió al dormitorio, dejó las maletas junto a la cama y regresó por donde había ido. Respiró hondo antes de abrir la puerta de la cocina y pasar.

Edward seguía de pie en el mismo sitio. Quiso ir a su lado, abrazarlo y demostrarle lo mal que se sentía por haber olvidado lo que de verdad importaba. Pero fue a la mesa y se sentó.

Y el silencio palpitó en sus oídos, en su estómago y en el rostro tenso.

«¡Muévete!», quiso gritarle. «Di algo... cualquier cosa. He dicho que lo sentía. He dado el primer paso. No sé qué más puedo hacer».

Quizá le había leído los pensamientos... siempre había sido capaz de adivinárselos. Se volvió y fue hacia la mesa. Ante ella, dejó un plato con tostadas.

-Te reservaré una suite -anunció con sequedad, luego la dejó sola.

Una hora más tarde, estaba junto a su hermana.

Edward, después de comprobar el estado de Rosalie, volvió a irse; el rostro sombrío reflejaba la tarea dura que le aguardaba.

Lo que siguió fue un día largo y nervioso en el que dividió su tiempo entre la habitación de su hermana y la sala de los recién nacidos.

A las dos empezó a sentirse vacía de energía emocional y se alegró de que un equipo médico apareciera para darle un descanso.

Necesitaba algo de aire fresco que no oliera a hospital. Compró un sándwich en la cafetería de abajo y se fue a comerlo afuera. El sol brillaba y el aire estaba fresco, limpio. Encontró un banco en los jardines cercanos y se sentó, abrió el sándwich y trató de vaciar su cabeza de todo pensamiento, al menos para poder comer.

Edward la localizó diez minutos más tarde y deseó no tener que mirarla a través de los ojos de un amante reciente. Pero así era.

Ceder a sus instintos más básicos quizá había sido un error estúpido, pero ya no podía eludir los resultados. La noche anterior se había vuelto un poco loco. Había perdido el control. Dos años atrás ella lo había dejado, llevándose consigo su masculinidad. La noche anterior se la había devuelto.

Debería sentirse complacido. Debería sentir el triunfo de la venganza y poder alejarse y continuar con su vida, pero lo único que sentía era... Necesidad, codicia... tenía muchos nombres, pero se reducía a lo mismo.

Quería más, y por mucho que se despreciara por ello, no iba a poder cambiarlo.

Rodeó el banco y le detuvo un momento a estudiar la tensión en la cara de Bella. Aunque el cabello aparecían destellos de fuego a la luz del sol, tenía las mejillas pálidas, los ojos hundidos y una leve expresión de dolor en la boca.

Con un suspiro, recordó por qué había ido a buscarla. Se sentó junto a ella.

-Lamento que no hubiera nadie contigo -murmuró-. Me temo que ha sido una... mañana difícil para todos. Creía que había sido duro hace cinco años cuando murió mi padre, pero... -calló unos momentos-. Mi madre se ha derrumbado y ha habido que sedarla. A Renata le cuesta asimilarlo. Y Alice se ofreció a venir a acompañarte, pero tuvo que quedarse junto a mi madre.

-Lo entiendo.

-¿Sí? -él mismo deseaba poder hacerlo. Era como si toda la familia se hubiera visto involucrada en el accidente de coche, Bella y él incluidos-. Hay que ocuparse de los formulismos, aparte de que tengo una empresa que se niega a parar sólo porque yo lo desee. Los teléfonos no dejan de sonar.

Nos agobian con un mar de simpatía que, si he de serte sincero, me gustaría no recibir -se dio cuenta de que la voz se le tornaba cada vez más ronca-. La cuestión es, Bella, que querría pedirte un favor.

Vio que se ponía tensa. Continuó:

-Necesito estar seguro de que te encuentras bien. Pensar en ti sola en alguna habitación de hotel impersonal cuando no estés en el hospital, no me ayudará -giró la cabeza para mirarla. Ni el sol conseguía darle un poco de color a sus mejillas-. Me gustaría retirar mi oferta de buscarte un hotel.

Quiero que sigas en mi casa. Si lo prefieres, me iré yo -indicó, atento a cualquier tipo de reacción, pero sin éxito-. Aunque yo también preferiría quedarme en casa. De ese modo sabré que no estarás sola si...

-No lo digas.

-No -aceptó, bajando la vista a sus manos.

Iba a decir «si lo peor sucede por la noche». Después de haber estado con Rosalie y el bebé, sabía que lo «peor» no se hallaba muy lejos.

-En cuanto a lo que pasó anoche -añadió súbitamente. Vio que ella contenía el aliento-. Me volví un poco loco –reconoció-. Me avergüenzo por haber descargado mis... sentimientos sobre ti.

-Los dos nos volvimos un poco locos -se movió tensa.

-No volverá a pasar -prometió.

-No -corroboró ella.

-Entonces, ¿te quedarás en mi piso?

Bajó la vista al regazo, donde el resto del sándwich estaba en su caja de plástico, que se tomó borrosa por el amago de las lágrimas.

-Rosalie no va a despertar nunca, ¿verdad? -susurró.

Edward guardó silencio unos momentos, luego movió la cabeza.

-No lo creo -respondió.

-Me quedaré -aceptó con un nudo en la garganta. Él depositó una tarjeta amarilla de plástico en su regazo, junto al sándwich.

-Es para entrar -explicó-. Quizá la necesites sino puedo venir a recogerte.

Ella asintió.

-En ese caso, Seth, mi chófer, vendría a buscarte. ¿Te acuerdas de él?

-Sí -Seth era un hombre pequeño y fibroso de asombrosa paciencia, que necesitaba por las horas que tenía que esperar a Edward.

-Bien. Entonces no tendré que preocuparme de que te subas a la parte de atrás del coche de algún desconocido.

Era una broma. Bella no la había esperado. La sorprendió lo suficiente como para provocarle una pequeña risa. También Edward rió. Pero resultaba tan extraño hacerlo, que no tardaron en volver a quedarse en silencio y quietos.

-No tienes que preocuparte por mí -indicó ella.

-Preocuparme no es la palabra que me viene a la cabeza -respondió-. Alguien debería estar contigo apoyándote. Toma -puso el teléfono móvil de ella en su regazo-. Estaba en el bolsillo de mi gabardina. Lo encontré esta mañana - explicó-. Aquí tienes mi número privado. Introdúcelo en la memoria del teléfono. No dudes en llamarme si me necesitas, Bella.

Sonó más a amenaza que a invitación cortés.

Entonces se puso de pie con tanta brusquedad, que tuvo que parpadear.

Grande, delgado y oscuro, le bloqueaba la luz del sol. Sintió frío... abandono.

Iba a marcharse y lo único que deseaba era arrojarse a sus brazos para suplicarle que se quedara.

-He de irme -afirmó lo evidente y la tensión atravesó el aire como electricidad estática-. Usa el teléfono, ¿me oyes?

Bella apretó los labios y asintió. Edward dio la vuelta y se fue sin mirar atrás.

Nunca se había sentido más torpe o inútil en toda la vida como al marcharse de esa manera. Pero tenía que ocuparse de otras cosas que no se podían postergar.

Sin embargo, su mente tenía una obsesión con Bella... ¿o era su corazón?

No lo sabía. Lo que sí sabía era que ella podía haberlo traicionado hacía dos años, pero era él quien en ese momento la traicionaba al no permanecer a su lado. Y tenía que ser él. Esa era la otra parte del conflicto interior que lo mataba. No quería que a su lado hubiera otra persona. Ni siquiera quería pensar que pudiera apoyarse en otro.

-¡Dio, dejadnos en paz! -exclamó cuando contestó el teléfono del escritorio.

Un periodista que buscaba una declaración. No era el primero al que había tenido que colgarle ese día y probablemente no sería el último. Mientras dejaba el auricular en su sitio, Renata se asomó por la puerta para mirarlo con ojos inquisitivos. Había ganado diez años en veinticuatro horas. Todos los habían ganado.

-No -explicó-, era la prensa, no del hospital -su hermana permaneció en la puerta y supo que quería que la abrazara. Cruzó el despacho y la tomó en sus brazos para que se desahogara sobre su hombro-. ¿Cómo se encuentra mamá? -preguntó cuándo se calmó.

-Ya está despierta y parece un poco más fuerte -respondió. Después añadió con cautela-: Edward, con respecto a Bella...

-No vayas por ahí, Renata -advirtió, y cuando volvió a sonar el teléfono, agradeció la excusa para apartarse.

Su hermana permaneció unos segundos más, silenciada por la censura, pero a la espera de averiguar quién llamaba antes de marcharse una vez que supo que se trataba de negocios.

Era una consulta de su secretario personal que requería toda su atención.

Pero en medio de una frase seca comenzó a sonar el teléfono privado.

Bella. No tuvo ninguna duda. Soltó el otro teléfono como si fuera un ladrillo al rojo vivo.

Le temblaron los dedos al descolgar. Lo único que ella pudo decir fue:

-Por favor... ¿puedes venir?

Hola siento mucho la tardanza, pero aquí les dejo la actualizacióny hoy tengo doble actualización.

Mil gracias por sus alertas, rr y favoritos.

Besos Ana Lau