Capítulo 5
Edward se detuvo en el umbral de la puerta. Llegaba demasiado tarde. Ella lo había llamado demasiado tarde. Y en ese momento tenía que permanecer allí y ser testigo de lo sola que debía de haberse sentido.
Los médicos le habían aconsejado que se la llevara, pero, ¿cómo podía separar esos delicados dedos blancos de los de su hermana por última vez?
Sintió que las lágrimas le quemaban como ácido, pero no dejó que cayeran.
Deseó volver a golpear algo, atravesar con el puño una ventana o una pared.
El dolor que le causaría sería más soportable que lo que sufría en ese instante. Avanzó lentamente, sintiéndose vacío, y se agachó junto a la silla de Bella. Ella ni siquiera lo notó, pero al tomarle la mano libre, parpadeó y lo miró.
-Se acabó -susurró.
-Sí -repuso él con voz débil-. Lo sé.
Los ojos de ella volvieron a posarse en la cara serena de su hermana y durante un rato olvidó que él estaba allí, hasta que el sonido de un sollozo ahogado se oyó en alguna parte detrás de ellos; Edward giró la cabeza y vio que había llegado el resto de la familia.
Se había marchado sin ellos, con Seth conduciendo como un loco. En ese momento avanzaron y rodearon la cama. El instinto le dijo que Bella no iba a soportar el estilo italiano de manifestar tan abiertamente los sentimientos.
Apretó la mandíbula con fuerza, buscó la otra mano de ella y con suavidad comenzó a separarla de los dedos de Rosalie.
Bella jadeó y le lanzó una protesta dolida. Pero él movió la cabeza.
-Es hora de dejarlo, cara -indicó con delicadeza.
Unos segundos más tarde, le permitió completar la separación, pasarle un brazo por la cintura y ayudarla a incorporarse. Bella aceptó los abrazos y las palabras de condolencia de la familia Cullen en pleno con un aire de desconcierto aturdido, y en ningún momento, se soltó de la mano de Edward.
Rosalie se había ido. Emmett y Rosalie. Permitió que él la guiara hacia la puerta, dejando a su hermana rodeada de gente que siempre la había querido de forma desinteresada.
De algún modo, en eso existía un consuelo.
-El bebé -musitó al llegar a la quietud del pasillo.
-Ahora no -informó Edward, y la instó a continuar hacia los ascensores, luego por el vestíbulo hasta salir al sol de la tarde.
Hacía frío y tembló. Vio que Seth tenía un aire solemne mientras sostenía abierta la puerta trasera de un coche grande y plateado. En cuanto se cerró, Edward la tomó en brazos.
Permanecieron de esa manera durante todo el trayecto hasta el piso, con Bella apoyada contra él, perdida en alguna parte de la niebla de la conmoción mientras Edward le proporcionaba lo que instintivamente sabía que necesitaba: su fuerza silenciosa.
La protegió en sus brazos mientras atravesaban el vestíbulo y subían en el ascensor. Al llegar al piso, de pronto ella se soltó y fue directamente al dormitorio. Edward necesitó unos momentos para contener lo que amenazaba con liberarse en su interior, luego la siguió con la intención de cerciorarse de que se hallaba bien antes de dejarla a solas con el dolor que la embargaba.
Pero no salió así. Un vistazo a la figura acurrucada en el centro de la cama hizo que se quitara los zapatos, la chaqueta y la corbata y se uniera a ella.
Fue muy triste cuando ella aceptó sus brazos y casi imposible no derramar lágrimas cuando Bella comenzó a llorar.
En el momento en que volvió a reinar el silencio, él levantó el edredón y los cubrió a los dos.
-No... -protestó ella.
-Tienes tanto frío que tiemblas -cortó con voz ronca-. Quédate así conmigo un rato -instó-. En cuanto hayas entrado en calor, me marcharé y te dejaré en paz.
-No quiero que te vayas.
Lo dijo tan bajo, que casi no lo oyó. Cerró los ojos y deseó que no fuera tan agradable necesitarlo de esa manera.
Esa necesidad continuó durante los siguientes días oscuros, cuando Bella apenas era consciente de nada si Edward no se hallaba presente para ayudarla.
«Come», decía él, y ella comía. «Duerme», y se acurrucaba en la cama como una niña para cerrar los ojos obediente.
Por las mañanas compartirían el desayuno, luego Edward la llevaba al hospital para que estuviera con el bebé mientras él iba a ocuparse de otras cosas.
Por las tardes se presentaba en el hospital para pasar un rato en la sala de los recién nacidos antes de llevarse a Bella al piso, donde compartían la cena y la hacía hablar de su trabajo, de su vida en Londres, de Rosalie y Emmett... de cualquier cosa que la impulsara a usar el cerebro.
Ella se movía como envuelta en una niebla, aunque no le importaba. Le gustaba. La familia Cullen se mostraba amable. Lograba hacer a un lado el resentimiento en esos días de dolor compartido. La señora Cullen la invitó a que se instalara con ella, pero Bella rechazó el ofrecimiento.
«Quiero quedarme con Edward», explicó, demasiado perdida en su bruma como para darse cuenta de que la intención de la invitación era alejarla de Edward.
El único momento en que la niebla se aclaraba era cuando estaba con el bebé. De hecho, su mundo comenzó a girar en torno a la diminuta y dulce huérfana, hija de Rosalie y Emmett.
Bella sabía exactamente lo que era quedarse sin padres al nacer. Rosalie y ella habían sido criadas por una tía soltera que se había presentado en Dublín para llevarse a las dos niñas con ella a Inglaterra. Sabía todo eso porque se lo había contado Rosalie. Esta apenas le sacaba tres años, pero lo había recordado todo con claridad.
La tía Merrill los sorprendió a todos al casarse e irse a vivir con su marido a Sudamérica semanas después de la boda de Rosalie y cuando Bella se encontraba en el primer año de universidad. A ninguna de las hermanas se le había ocurrido que la mujer de quien habían llegado a depender quizá había estado esperando que su responsabilidad hacia ellas concluyera para poder continuar con su propia vida.
Con Rosalie en Florencia, Bella había tenido que cuidar de sí misma mientras terminaba los estudios. Esos años de autosuficiencia habían dado como resultado una mujer joven, brillante y muy segura de sí misma, a rebosar de ganas de vivir.
Su tía sabía lo que les había sucedido a Rosalie y Emmett porque la había llamado para transmitirle la noticia de la desgracia.
Merrill le ofreció sus condolencias, pero había dicho que no podría presentarse para los funerales porque tenía demasiados compromisos. Una vez que la tía Merrill había finalizado con la responsabilidad asumida hacia las hijas de su hermana, las había descartado de su vida.
Observó al pequeño bebé acunado en sus brazos.
-Entre tú y yo jamás será así -juró con suavidad-. Tú, mi pequeña, tendrás mi amor eterno.
Al rato apareció Edward con aspecto extenuado. Pero la expresión del rostro se le suavizó al ver a Bella con la niña en los brazos.
-La han sacado de la incubadora -exclamó con suave sorpresa al ponerse en cuclillas y acariciar con un dedo la mejilla delicada del bebé.
-Hace media hora -también ella sonrió-. Lé quitaron todos los tubos y cables y me la entregaron.
-¿Puedo tenerla? -pidió, y sin vacilación la recibió en el hueco de su brazo.
Se puso de pie y se dirigió a la ventana, con la cabeza cobriza inclinada mientras contemplaba a la hija de su hermano. Era exquisita. Una niña preciosa de la que Emmett se habría enamorado al instante.
«Yo lo he hecho por él», pensó con adoración. Se juró que la hija de Emmett jamás iba a echar en falta el amor de su padre. Selló el juramento dándole un beso en la mejilla delicada como un pétalo.
-He de registrar pronto y de forma oficial su nacimiento -comentó. Ya se había convertido en un experto en asuntos burocráticos de nacimientos y muertes-. Este pequeño ángel necesita un nombre.
-Ya tiene uno -indicó ella, para ruborizarse cuando él la miró con expresión sarcástica.
-Vaya, es interesante -miró otra vez al bebé-. Parece que tienes un nombre que nadie más conoce, mia dolce piccola. Quizá tu tía Bella quiera compartirlo con nosotros.
La tía Bella de pronto se puso claramente a la defensiva.
-Yo la llamo Lily. Es... es el segundo nombre de Rosalie.
-Lo sé -dijo él-. Sólo me preguntaba si hubo algún momento en que consideraste darnos a los demás la oportunidad de ofrecer nuestras propias sugerencias.
-No lo he hecho oficial. Sólo es mi nombre para ella -repuso incómoda-. Si tienes alguna objeción, entonces...
-Me gusta -cortó, aunque entrecerró los ojos ante una súbita sospecha que comenzó a germinar en su mente.
Si Bella había decidido el nombre del bebé sin consultarlo con nadie más, ¿existía la posibilidad de que albergara una noción de posesión que tampoco incluyera a nadie más?
La miró. Apenas comía y empezaba a notarse. Casi no dormía. Era hermosa pero estaba herida, perdida en su propio mundo de dolor que la aislaba del resto de la humanidad.
Pero él tenía planes para el bebé. Y también para su tía. Como era consciente de que no era el momento de manifestarlos, continuó con tono amable:
-Me gustaría hacer una pequeña adición... por mi madre. Podríamos bautizarla Lilian, y emplear Lily como nuestro nombre para ella. Y ponerle Angelina en memoria de Emmett... ¿qué te parece?
Le pareció tan hermosamente apropiado, que la hizo llorar.
-Sí, me encantaría -murmuró, tan inmersa en la pérdida que no se dio cuenta de que el bebé acababa de italianizarse por completo.
-Toma... -dijo Edward, devolviéndole a la pequeña-. Despídete de ella, hemos de irnos...
Al día siguiente debían pasar por la dura experiencia de un funeral doble y Bella necesitaba algo de ropa. Ella lo sabía porque lo habían hablado durante el desayuno esa mañana y a regañadientes había aceptado que la llevara de compras.
Extrañamente, se divirtieron. Edward la llevó de regreso al piso para darse una ducha rápida antes de ir a la ciudad. Bella se puso el único vestido que había llevado a Florencia, de un profundo tono azul zafiro que se ceñía a su figura esbelta y resaltaba el color de sus ojos. Por primera vez en una semana, se dio un poco de maquillaje, se cepilló el pelo y, siguiendo un impulso, decidió dejárselo suelto. Se puso unos zapatos de tacón fino y salió a buscar a Edward. Lo encontró en el salón leyendo una revista en un sofá.
Cuando dejó la revista a un lado y se incorporó con la agilidad de un felino, supo que se había metido en problemas, porque todo lo atraía hacia él, como aquella antigua atracción magnética que solían compartir. Se había quitado el traje oscuro y se había puesto unos pantalones grises y una cazadora suave de piel sobre una camisa rojo burdeos. Cuando iba vestido de esa manera, se convertía en un hombre peligroso.
-Una transformación exquisita -murmuró al caminar hacia ella-. Hermosa - musitó, luego se inclinó para rozarle la boca con los labios y mantener el contacto hasta que la sintió temblar-. ¿Lista para irnos? -preguntó con sutil inocencia.
Fueron al centro de Florencia y aparcaron el coche junto a una zona peatonal. La temperatura era más cálida que cuando llegó a Italia y el sol brillaba, de modo que dejó el abrigo en el coche y se pusieron a caminar.
Edward apoyó una mano en su cintura, como si tuviera todo el derecho de hacerlo. Bella sentía que la hipnotizaba, pero parecía que no había nada que pudiera hacer al respecto.
«Ese es el problema con la tragedia y el dolor», excusó su propia conducta débil, «te deja sin fuerzas para luchar».
Al llegar a la gran catedral y caminar bajo su poderosa sombra, Bella hizo lo que había anhelado hacer en todo momento y pasó un brazo por la cintura fina de Edward.
Éste no quería que se terminara. No quería llevarla a una de las tiendas exclusivas de la Via dei Tornabuoni y desterrar su sonrisa enfundándola en ropa negra de luto. De modo que lo retrasó y entraron en el elegante café Giacosa para tomar unos capuchinos y unas pastas. Con paciencia, hizo que comenzara a hablar de su vida en Londres y de su empresa de diseño gráfico, hasta que recuperó toda la vitalidad y el entusiasmo de antaño.
Sabía que era una locura. Dejar que volviera a hechizarlo era una necedad.
Pero tenía planes para Bella, y si dichos planes eran una pobre excusa para dejar que volviera a entrar en su vida, estaba preparado para engañarse y creer que tenía el control.
Después de comprar el traje, unos zapatos y un bolso, se trasladaron a la Via dei Pecori para elegir el resto de artículos necesarios. En cuanto una dependienta colocó el primer velo negro sobre la cabeza de Bella, Edward vio el cambio en su rostro y supo que recordaba el motivo de esas compras, de modo ,que la distrajo con una extravagante cantidad de lencería cara que primero hizo que se ruborizara y luego que sonriera.
Llevaron las compras hasta el coche y después Edward sugirió que pasearan hasta el río para contemplar la puesta de sol. Bella aceptó, consciente de que estaba eliminando los años hasta regresar a una época diferente en que todo había sido maravilloso y cuando habían hecho a menudo esas cosas.
Edward era tan irresistible como lo había sido entonces. Sonriendo y charlando de forma natural, tomados de la mano mientras paseaban para ir a mirar el crepúsculo sobre el Amo, se sentía como si hubiera introducido la mano en agua muy caliente... y hubiera descubierto que le gustaba.
-Oh, mira, Edward... -instó con suavidad cuando el río se transformó en una cinta de fuego que se reflejó en el Ponte Vecchio-. ¿Cómo llegas a acostumbrarte a algo así?
Se hallaban apoyados en el puente mirando el río, pero al oír sus palabras se volvió para ver el rostro teñido de oro por el sol y el cabello entrelazado con llamas.
-No lo haces.
De pronto ella experimentó un escalofrío por el frío que subió del agua y le tocó la piel. Y un aleteo en el estómago, ya que sabía que él se refería a ella y no a la vista.
Se apartó del puente y comenzó a caminar por donde habían ido, consciente de que había dejado a Edward en la barandilla, asimilando aún el cambio de ánimo.
Él la alcanzó y le pasó la cazadora de piel por los hombros, al tiempo que la sujetaba con el brazo.
-Gracias -murmuró Bella con cierta rigidez.
-Prego -soslayó la transformación y dejó el brazo donde estaba, en un gesto de intimidad casual y posesión-. ¿Dónde cenamos? -inquirió al rato.
-Es demasiado pronto para cenar.
-¿Prefieres volver al piso?
No, no quería. Regresar significaba tomar una decisión acerca de lo que sucedería una vez que llegaran y sabía que aún no estaba preparada para eso.
-Vayamos a algún lugar pequeño e informal -pidió, conociendo sus gustos de frecuentar los lugares de la alta sociedad florentina.
Él sonrió.
-Estaba pensando en aquel pequeño lugar al que solíamos ir cerca de la Via Delle Belle Donne... si no recuerdo mal, te encantaba la panzanella que preparaban...
Su atmósfera acogedora y cálida era justo lo que Bella necesitaba.
Volvió a relajarse. La comida era deliciosa y el hombre con quien la compartía era... perfecto.
Cuando ella hablaba, él bajaba los ojos para ver cómo se movía su boca, la besaba con ellos hasta que sus labios temblaban, luego la miraba a los ojos para transmitirle que sabía lo que le sucedía.
Bella sabía que era el juego inicial de una larga seducción, ya que se había visto atrapada en su hechizo otras muchas veces antes. Le hacía el amor con los ojos, con la voz, con cada arma íntima de la que disponía en su arsenal sensual.
-¿Por qué? -le preguntó de repente.
-Porque te deseo -respondió, sin siquiera tratar de malinterpretar la pregunta. Y antes de que ella pudiera hablar, le tapó los labios con un dedo-. No discutas conmigo... pregúntate qué deseas tú.
Tuvo que reconocer que lo deseaba. Siempre lo había deseado. Quería que esa noche se prolongara para siempre, que el pasado desapareciera y que jamás llegara la tristeza del mañana.
De modo que cuando la besó al salir del restaurante, lo dejó, y el ligero roce de los cuerpos fue un anticipo de lo que iba a llegar.
Siguieron caminando hacia el Duomo dominados por la expectación. Subieron al coche y realizaron el trayecto sin decir una palabra; el silencio desbocó aún más sus corazones. Después de salir del coche, se dirigieron al ascensor del garaje; con una mano, Edward apretó el botón de llamada mientras con la otra la acercaba.
-Estás temblando -musitó.
Ella intentó reír, aunque sin mucho éxito, luego la boca de él capturó la suya y comenzaron a besarse con tanta profundidad, que no se percató de que el ascensor había llegado hasta que él se separó y la condujo al interior.
Entonces la pegó a la pared con el cuerpo mientras introducía la tarjeta de seguridad para ir a su planta. Realizaron la subida con las manos de Edward en sus caderas mientras le llenaba la cara de besos.
No lo apartó. No dijo no, pero no supo por qué comenzaba a sentirse ansiosa a medida que se acercaba al punto más allá del cual era imposible la negativa.
Las puertas del ascensor se abrieron; sus cuerpos se separaron al salir.
Todo era lo mismo... todo. Las paredes de color crema, el parqué, Apolo a un lado de la arcada.
Se movía con piernas que parecían de goma, con el corazón martilleándole el pecho.
¿Quería eso?
Edward se hallaba detrás de ella... cercano. Las puertas del ascensor se cerraron y él le dio la vuelta. Le quitó la cazadora de los hombros y la tiró a una silla. Cerró las manos sobre la piel delicada, luego las bajó por los brazos antes de trasladarlas a la espalda para arquearla hacia su cuerpo y volver a tomarle la boca en un beso profundo que desterró toda duda.
Se trasladaron al dormitorio y la puerta los encerró en su mundo cuidadosamente construido, donde no se permitía la entrada a ninguna fuerza exterior. Ella le rodeó el cuello con los brazos y ladeó la cabeza mientras buscaba su boca, con los labios entreabiertos, cálidos y palpitantes con la invitación. Edward la aceptó.
Se besaron de esa manera una eternidad, sumergiéndose en una niebla profunda, oscura, sensual. Él le acarició los brazos, el cuerpo, deslizó las manos por debajo de su cabello y lentamente tiró de la cremallera del vestido. Ella suspiró por la caricia placentera de los dedos sobre la piel de su espalda, que se arqueaba en perfecta sintonía con las exigencias de Edward.
Después de quitarle el vestido, le alzó las muñecas para besárselas.
El vestido resbaló al suelo y Edward siguió el recorrido con los ojos mientras las manos se movían para soltarle el sujetador. Unas bonitas copas de encaje azul se apartaron dejando ver dos pálidos senos con unas crestas sobresalientes y compactas de color rosa. Lamió una de ellas y Bella emitió un gemido de placer, cerrando los ojos a cualquier intromisión ajena a ese momento. Echó los hombros hacia atrás junto con la cabeza con el fin de elevar los pechos hacia la boca.
Edward rió; un sonido bajo y suave de reconocimiento. Siempre había sido una amante deliciosamente receptiva. Trasladó la lengua al otro pecho y obtuvo la misma respuesta.
Le acarició la piel satinada y con delicadeza moldeó las caderas esbeltas contra la erección gruesa que la esperaba. Ella sintió la embestida del pene y se movió contra él, instintiva y sin reservas cuando se trataba del placer de los sentidos.
-Desvísteme -pidió él.
Bella abrió los ojos y esbozó una sensual sonrisa. Alargó las manos para soltar botones y revelar el pecho poderoso. Le pasó las uñas por el fino vello que cubría la piel dorada. La camisa cayó al suelo y ella se inclinó para darle besos húmedos y cálidos de un musculoso pectoral al otro, mientras los dedos continuaban para bajarle la cremallera de los pantalones y poder explorar en el interior.
Era un contacto que no se parecía a ninguno. Edward cerró los ojos a medida que lo recorría una oleada de placer. Ella susurró algo incoherente. Al abrirlos, vio que la lengua de Bella trazaba un círculo húmedo alrededor de sus labios y supo por qué lo hacía.
Ella no podía ocultar nada... nunca había podido. Con un gruñido, Edward la alzó y la llevó a la cama, se inclinó para apartar el edredón y depositarla sobre la sábana fresca.
Bella siguió con la vista sus movimientos, imitándolos al desprenderse de las medias y las braguitas azules y ofrecerle una visión tentadora de pliegues femeninos ocultos entre una nube de chocolate.
Al tenderse junto a ella, deslizó la mano entre esos muslos inquietos. Se besaron, se tocaron, rodaron juntos; y cuando le introdujo unos dedos en el interior, ella gimió con temblor delicioso. Él sabía dónde tocar y qué hacer para lanzarla al espacio.
-Te necesito -no paraba de decir una y otra vez-. Te necesito... te necesito... -hasta que Edward quedó mareado de oírlo.
Ella no dejaba quietas las manos. También sabía dónde acariciarlo para hacer que sus sentidos se desbocaran; cómo atormentarlo y obtener una reacción igual de encendida. Y cuando él la dejó guiarlo a su interior, estuvo perdido a todo menos a ella y a ese placer furioso.
Bella arqueó las caderas en ansiosa bienvenida; él la embistió profundamente. La cabalgó como un hombre que perseguía algo que jamás debería haber perdido. El calor de ella le electrizaba los sentidos y su estrechez envolvía toda la extensión de su erección. Tenían las bocas fundidas, los corazones les martilleaban y la piel estaba bañada en sudor.
Bella alcanzó primero el éxtasis y lo arrastró con ella, en un orgasmo tan intenso y excitante como el suyo. Gimió y no dejó de hacerlo con cada embestida que liberaba su simiente entre los músculos palpitantes.
Al final la liberó de su peso y se tumbó de espaldas con los ojos cerrados, a la espera de que esa marea de profunda saciedad se convirtiera en una marea menguante.
Pasado un rato, encontró la energía para mirarla. Ella no se había movido. Se apoyó en el codo, la observó y descubrió que aún tenía los ojos cerrados y estaba muy pálida. Se preguntó si le habría hecho daño. La ansiedad le tensó los hombros por lo que habría podido hacer; hubo ocasiones en que había quedado perdido en una negrura que rugía en su cabeza.
-¿Estás bien? -preguntó y le dio un beso suave mientras le apartaba mechones de pelo de la cara. El «mmmm» perezoso que oyó lo llenó de alivio-. Entonces abre los ojos y mírame -ordenó-. No me gusta cuando te quedas quieta.
Abrió los ojos y sonrió.
-Eres maravilloso, ¿lo sabías? -le dijo con suavidad.
Él estuvo de acuerdo con una sonrisa, luego le dio otro beso. Acababa de disfrutar de la experiencia más asombrosa de su vida y conseguido que esa mujer lo acompañara. Se sentía extasiado.
Lo prometido es deuda y espero que les haya gustado.
mil gracias por sus rr, alrtas y favoritos. Nos leemos la proxim semana.
Besos Ana Lau
