Capítulo 6
-¿Cosa? -preguntó Edward con sorpresa en los ojos.-Te odio -repitió Bella al salir del cuarto de baño-. ¡Tenías y ni te molestaste en ponértelos!
Él se sentó con el ceño fruncido.
-¿De qué estás hablando?
-De preservativos -aclaró-. Tienes una caja en el cuarto de baño.
-Sí -confirmó, sin ver el problema-. La última vez tentamos al destino - reconoció-. No iba a correr los mismos riesgos esta vez... ¿por qué me miras de esa manera?
Porque las cosas empeoraban por segundos. Le tiró el paquete al regazo.
-Nunca te perdonaré -espetó furiosa-. ¿Cómo has podido hacerme correr esos riesgos a mí, Edward? ¡Cómo has podido! -gritó.
La miró unos momentos, luego su propio estado de ánimo se alteró.
-Los dos corrimos los riesgos, cara -señaló con tono sombrío-. Por si lo has olvidado, nos lanzamos el uno sobre el otro sin pensar demasiado. No fue uno solo el que sació su apetito.
-¡No me refería a eso!
-Entonces, ¿por qué estás tan furiosa? -espetó, levantándose de la cama.
La furia casi le impedía hablar.
-Aquí estoy con la posibilidad real de quedarme embarazada, ¿y tú te preguntas por qué me enfado? -soltó.
-¿Embarazada? ¿Qué es esto? -exigió-. Tomas la píldora -afirmó con suprema seguridad-. Estas bromas no son graciosas.
-Puedes apostar que no lo son -confirmó con tono acalorado-. Porque no tomo la píldora... ¿por qué diablos crees que me siento tan enfadada?
Un silencio denso los paralizó durante unos segundos.
-Madre de Dio -murmuró él después-. Hemos estado hablando de riesgos diferentes.
-¿Qué riesgos diferentes? -espetó desconcertada. -¿Por qué no tomas la píldora? -contrarrestó. -¿Por qué compraste preservativos si creías que la tomaba?
No contestó. Se llevó la mano a la nuca y le dio la espalda, dejando que sacara sus propias conclusiones, lo que ella hizo con un desolador jadeo de consternación.
-¿Lo que no estás diciendo es que te has dedicado a practicar sexo inseguro con otras mujeres y aún así no pensaste en proteger mi salud? -expuso con suma lentitud.
-Me cuesta creer que esta conversación tenga lugar -replicó enfadado-. ¡No me dedico a practicar sexo inseguro y estoy perfectamente sano!
-¡Qué seguro estás! -exclamó.
-¡Sí! -declaró.
-Si eso es así y evidentemente creías que tomaba la píldora, ¿entonces por qué te molestaste en comprar...?
La respuesta llegó incluso antes de terminar la pregunta. La súbita tensión en la cara de él fue como una bofetada física de confirmación. Había comprado los preservativos para su propia protección. Creía que era él quien corría riesgos con ella.
-Sal de mi habitación -dio media vuelta, entró en el cuarto de baño y cerró la puerta con el pie.
Antes de que llegara a cerrarse por completo, una mano furiosa la abrió.
-No me refería a lo que creías que me refería -espetó un Edward todavía desnudo.
-Sí que lo hiciste -recogió un albornoz de detrás de la puerta y se lo puso.
-Negué tu acusación -definió airado-, lo que no significa que te echara la culpa a ti.
«No», pensó con amargura, «lo hizo tu silencio». -¡Pero llevábamos separados dos años y nadie, ni hombre ni mujer en su sano juicio, corre riesgos innecesarios en estos tiempos!
-Tú sí... ¡por dos veces! -exclamó. -Igual que tú, mia cara -replicó.
Eso no tenía respuesta, de modo que no le ofreció ninguna; a cambio, recogió una toalla y se la tiró. -Tápate -manifestó con desprecio y quiso pasar a su lado, pero él se lo impidió.
-Quédate donde estás -ordenó-. Tenemos un problema y necesitamos hablarlo.
-Creo que ya hemos hablado demasiado –intentó soltarse, pero él no se lo permitió.
-Hace dos años te largaste sin decir nada -manifestó con dureza-. ¡Y ahora quieres repetirlo! -¡Acabas de soltarme el peor insulto que puede hacerle un hombre a una mujer con la que acaba de acostarse!
-Discúlpame.
-No es suficiente -volvió a tirar de su brazo.
Él apretó con más fuerza.
-Entonces, ¿qué quieres que haga?
-¡Nada! -sentía hielo por las venas-. Sólo quiero que te vayas de aquí.
-No puedo hacerlo. Podrías estar embarazada...
-Oh... ¡no digas eso! -lo encaró con furia en los ojos-. ¡No quiero tener un hijo tuyo!
-¡Es posible que no tengas el lujo de la elección! -se puso pálido.
Esa declaración consiguió poner fin a la situación. Ella soltó un sollozo estrangulado y él respondió con un juramento contenido, luego la soltó y se apartó, pasándose la toalla alrededor de los glúteos compactos mientras se iba.
Se frotó la nuca para aliviar la tensión que empezaba a acumularse allí. Una parte buscaba palabras que corrigieran el momento desagradable que acababan de vivir, pero otra parte, la que estaba airada, le decía que lo dejara porque la verdad era la verdad, a pesar de su amargura.
Había estado pensando en sí mismo en el asunto del riesgo. Ella poseía un historial sexual que no podía permitirse el lujo de olvidar. ¿Cuántos nombres diferentes de «amigos» había mencionado Rosalie en su obstinada determinación por mantener el recuerdo de Bella vivo en la cabeza de él? ¿Es que había pensado que lo hacía sentir bien que Bella continuara adelante mientras él se estancaba?
Rosalie... se había permitido el lujo de olvidarse de Rosalie y Emmett en esa locura. Habían dejado atrás una familia destrozada, un bebé huérfano y a Bella, que ya se había visto lo suficientemente sacudida por esa tragedia como para que encima él siguiera perturbándola.
«Dio», pensó. No se suponía que terminara así. Herir a Bella no había formado parte de su plan. Su único objetivo al salir de compras aquella tarde había sido el de recordarle lo buena que había sido la relación entre ellos, no lo desagradable que podía llegar a ser. Quería que estuviera receptiva ante lo que podían volver a tener si ambos lo deseaban con fuerza... antes de sorprenderla con su gran proposición.
Bajó la mano de la nuca y se volvió. Ella seguía de pie en el umbral del cuarto de baño, tan receptiva a mostrarse razonable como un gato con un ratón entre los dientes.
Se preguntó si él sería el ratón. «Y un cuerno», se animó, preparándose para lo que iba a decir a continuación.
-Cásate conmigo -anunció, reduciendo el discurso ensayado a lo básico-. Entonces todo esto dejará de representar un problema.
Siguió un silencio pesado. Ella no dejó de mirarlo, hasta que se movió, provocándole una sensación erótica que se aglutinó en torno a su sexo.
-Debió dolerte decir eso -desdeñó.
-No -negó Edward.
Era ridículo después del intercambio de insultos. Él aún la odiaba debajo de todo ese deseo palpitante.
-No creo que esté embarazada -afirmó con rotundidad, rechazando la proposición-. Y aunque tuviera la mala suerte de estarlo, sólo tengo que pensar en Rosalie para sopesar mis posibilidades de llevar a término el embarazo.
-No digas oso -frunció el ceño-. Tú no eres tu hermana. Tú...
-De modo que tomar en consideración el matrimonio por la remota posibilidad de que esté embarazada es realmente estúpido -lo interrumpió-. Pero, aunque lo estuviera, ¡no me casaría con un hombre que no sólo me considera promiscua, sino que lo soy de forma irresponsable!
-¡No creo que seas promiscua! -la contradijo-. Y no vamos a volver a eso.
Por lo que a Bella concernía, en ningún momento lo habían dejado.
-¡Entonces, no confías en que pueda ser fiel!
-Puedo confiar en ti -adelantó la barbilla con decisión.
-Entonces -desafió-, ¿con quién pensaba pasar la noche cuando te presentaste en mi apartamento de Londres?
-¿Y cómo voy a saberlo? -frunció el ceño.
-Me oíste hacer dos llamadas de teléfono, ambas a hombres, ¡y sacaste unas conclusiones precipitadas de que eran amantes míos! Eso me convierte en una mujer bastante poco fiable, ¿no te parece? Suma esos dos amantes a mi actitud irresponsable acerca del sexo, ¡y cualquiera de ellos podría ser el padre de este hijo ficticio!
Con un movimiento impaciente de una mano, descartó esa línea de razonamiento.
-Una de esas llamadas fue a una mujer.
-¿Quién te dijo eso? -inquirió con exagerada sorpresa.
-Jacob Black -respondió-. El otro día llamó aquí mientras estabas en el hospital. Se lo pregunté y él lo aclaró todo.
¿Había llegado a sonsacarle información a su socio acerca de Alex?
-¿Y a eso llamas confiar en mí?
-Para ya -frunció más el ceño-. ¿Me consideras idiota? Si no tomas la píldora, quiere decir que no mantienes ninguna relación. Y no vuelvas a sacar el tema de la promiscuidad -cortó cuando amagó con hablar-. Es un tema muy serio como para nos dediquemos a insultamos. Si estás embarazada, será porque yo te dejé en ese estado, en cuyo caso quiero estar a tu lado. Si tienes que pasar por todo lo que tuvo que soportar Rosalie, entonces quiero ofrecerte mi apoyo, del modo en que Emmett apoyaba a Rosalie. De manera que te ofrezco un compromiso serio -se acercó a ella-. Te ofrezco matrimonio... ahora, antes de que el momento de la concepción pueda convertirse en un problema. Te lo ofrezco sin prejuicio alguno de que el pasado pueda interferir en el presente. Y agradecería una respuesta sincera y sin prejuicios en vez de un sarcasmo afilado.
Bella escuchó cómo la oferta resaltaba todo lo positivo del matrimonio y soslayaba las cosas negativas, como la ausencia de amor, de respeto, de compromiso emocional, de la reacción horrorizada de su familia.
Sintió como si se tratara de un negocio que él quería adquirir. Se mostraba ecuánime y práctico, y hasta un poco arrogante. ¿Cuáles eran sus motivos ulteriores? Por el momento, no se le ocurría ninguno.
Tuvo que reconocer que tenía un gran poder de persuasión. Pero ya había pensado qué motivo ulterior tenía para esa proposición. El sexo.
Quizá pudiera mantener la máscara de su rostro bajo control, pero no tenía la misma suerte con el resto de su cuerpo. Lo que eran capaces de hacer el uno por el otro aún le alteraba los sentidos con el deseo de repetirlo una y otra vez.
Estaba enganchado a ella porque siempre había poseído la destreza sensual instintiva de volverlo del revés. Entonces, la típica reacción masculina a un problema molesto era: ¿por qué no casarse con ella? Si dos años atrás no lo hubiera traicionado con otro hombre, se habría entregado a ella en cuerpo y alma. Todavía estaba preparado para hacerlo, porque a pesar de todo lo sucedido, el sexo seguía siendo extraordinariamente bueno.
En algún momento durante la última hora, la había elevado a la idea que tenía de la mujer perfecta. En otras palabras, una mujer que sería magnífico tener como algo permanente en su cama, pero que no esperaría ni obtendría nada más de él en cuanto se hallaran fuera de esa cama.
«El muy canalla», pensó. No se había molestado en mencionar a su querida familia ni el hecho de que todos acababan de pasar por los peores días de sus vidas. Era una oportunidad perfecta que él no pensaba dejar pasar.
Se sintió helada por su espíritu calculador, por la velocidad con la que era capaz de evaluar una situación y tomar una decisión. Ya se lo había hecho dos años atrás, en ese mismo piso, cuando entró para encontrar una escena francamente sospechosa, que había evaluado a la velocidad de la luz. Ese había sido el instante en que se había convertido en una zorra a sus ojos, y nada de lo que dijo con posterioridad pudo cambiar esa creencia.
Tembló. Sentía tanto frío... por dentro, por fuera. Libró una batalla consigo misma en su anhelo de contar la verdad. Se preguntó qué haría Edward si volviera a sacar el tema. ¿Respondería como la última vez, acusándola de atreverse a mancillar a su hermana con sus propios pecados?
Con dolor pensó en lo que había hecho Rosalie. Su hermana le había suplicado que no dijera nada. Que comprendiera por qué nunca podría confesarle la verdad a Edward. «Se lo contará a Emmett. ¿Cómo no iba a hacerlo? ¡Si fuera a la inversa, yo tendría que contártelo»
Tenía esas palabras marcadas a fuego en el corazón. Porque, a pesar de todo lo que Rosalie había dicho, ella se lo había contado a Edward, había intentado salvarse a costa del matrimonio de su hermana con Emmett.
Pero Edward se había negado a creer.
Rosalie había sido la imagen que tenía todo el mundo de la mujer perfecta, por lo tanto, la pecadora tenía que ser Bella.
Y no iba a cambiar de parecer por descubrir que era incapaz de no tocarla.
Nunca confiaría en ella y probablemente emplearía el sexo como una forma de castigo por haberlo traicionado.
-Mi respuesta es no -contestó, luego dio media vuelta y regresó al cuarto de baño, teniendo el sentido común de echar el cerrojo antes de sentarse en el inodoro para enterrar la cara en las manos y llorar en silencio.
Porque sabía que, a pesar de todo, había estado a punto de manchar la imagen de su pobre hermana insistiendo en que escuchara la verdad. Incluso tenía pruebas que respaldaban su historia, aunque en Londres.
El sonido del cerrojo reverberó en la mente de Edward. ¿Quién se creía que era para rechazar esa oferta francamente generosa? Era afortunada de recibirla. ¿Acaso creía que quería unirse a una mujerzuela?
Pero estaba embarazada. En su mente ya era una certeza... tenía que serlo o sus argumentos se desmoronarían. Si la bruja pensaba que iba a permitir que se marchara con su hijo, entonces le aguardaba una buena sorpresa.
Dio media vuelta y salió de la habitación para ir a darse una ducha mientras planeaba la siguiente línea de ataque.
Cuando su furia se calmó y volvió a pensar como un hombre racional, cuestionó qué diablos trataba de hacerse a sí mismo uniéndose otra vez a ella.
¿De verdad quería un futuro en el que constantemente se preguntara con quién estaría cuando no se encontrara con él?
En absoluto.
Por supuesto que no podía confiar en ella. Así como no podía atreverse a confiar en su propio juicio en lo referente a Bella, porque, si alguien le hubiera sugerido dos años atrás que lo traicionaba a sus espaldas, se habría reído... antes de darle un puñetazo.
Metió la cabeza bajo el chorro de la ducha para enjuagarse el champú y vio imágenes de aquella tarde en que inesperadamente había vuelto a casa y se había encontrado a Bella de pie en la puerta del dormitorio, tratando de impedir que viera la verdad.
¡Y qué verdad!
-¿Qué haces aquí?
No podría haber parecido más horrorizada de haberlo visto.
-Yo podría preguntarte lo mismo. Se suponía que ibas a estar en Londres hasta mañana.
-He vuelto antes -intentó cerrar la puerta a su espalda.
-Yo también -respondió, distraído-. Necesitaba algunos papeles de mi caja... -el instinto hizo que pasara a su lado y abriera la puerta.
-Maldición -musitó cuando le entró jabón en los ojos. Cerró la ducha, alargó la mano hacia una toalla y trató de que su mente no lo llevara de vuelta a esa habitación.
El dormitorio estaba desordenado. El edredón echado a medias sobre el suelo. Captó la fragancia de colonia masculina. No la suya, tampoco eran suyos los calzoncillos rojos de seda que recogió con calma de entre las sábanas. Él nunca usaba ropa interior de seda; nunca de color rojo. Prefería el algodón, negro, blanco, gris... cualquier condenado color menos el rojo.
-¿De quién son? -giró justo a tiempo para verla meter algo en el cajón de la mesilla de noche.
-Volví y en... encontré todo así. No sé qué... qué...
Había alargado la mano para abrir ese cajón. Vio que ella se ponía rígida y que comenzaba a temblar, para luego bajar los ojos cuando él extrajo una caja de preservativos.
Faltaba uno. Ello no los usaban. Y esa fragancia... esa maldita y fuerte fragancia masculina se había pegado a sus fosas nasales mientras permanecía allí tratando de reconciliarse con lo que se veía forzado a encarar.
-Puedo explicarte... -había dicho ella, con la voz de alguien que sufriera una insoportable ansiedad y tensión.
Sin decir una palabra, él volvió a poner la caja en el cajón. Lo cerró y la miró.
-Antes de que saques tus terribles conclusiones... no he sido yo, Edward, ¡no he sido yo!
-¿Quién, entonces? -había desafiado.
La cara de ella estaba blanca, los ojos eran oscuros estanques de tormento; las lágrimas caían por sus mejillas.
-Rosalie -susurró.
Rosalie. De todas las excusas que habría podido inventarse, tuvo que elegir proyectar la culpa sobre la única persona que jamás traicionaría a su marido... jamás. ,
Su disposición a hacerle eso a su hermana quebró su serenidad. Lo que siguió había sido otra pesadilla que desde entonces había vivido dentro de él.
En alguna parte comenzó a sonar un teléfono, sacándolo de la negrura de esa segunda pesadilla y descubriendo que se hallaba en el cuarto de baño, mirando el suelo de cerámica donde su cuerpo chorreaba agua alrededor de sus pies. Alzó la cabeza y captó su cara en el espejo. No era él. Era como mirar a un extraño.
Sólo Bella podía hacerle eso.
¿Y había vuelto a pedirle que se casara con él?
Se puso un albornoz y se obligó a caminar con piernas súbitamente cansadas, como si acabara de correr una maratón. Y quizá lo hubiera hecho... quizá hubiera corrido una maratón de agonía, mentiras y engaños.
Había dejado la cazadora en la silla que había junto al ascensor. En uno de los bolsillos estaba su móvil; cruzó el piso para ir a contestar. Era una llamada de Marco, su secretario. Frunció el ceño al comprobar lo tarde que era y sintió una profunda irritación, porque si Marco aún seguía en la oficina, se debía a que estaba ahogado de trabajo por tratar de paliar su ausencia.
Iba a ponerle fin a la conversación cuando vio que Bella aparecía en la arcada. Llevaba el escueto pijama azul debajo de una fina bata de algodón azul, abierta en la parte frontal. Tenía el rostro limpio y despejado, el cabello recogido, que le dejaba el cuello esbelto al descubierto. Los ojos eran como dos estanques oscuros en un fondo de porcelana blanca.
El deseo creció en su interior como un monstruo descontrolado. Lleno de desprecio hacia sí mismo, le dio la espalda para escuchar lo que fuera que Marco quería preguntarle. El pobre parecía extenuado. Pero él seguía siendo consciente de la presencia de Bella allí, sin saber qué podría querer.
-Déjalo por esta noche, Marco -ordenó con suavidad-. La empresa no se irá a pique si te vas a casa a dormir.
Cortó la comunicación y guardó el teléfono otra vez en la cazadora. Luego tuvo que flexionar los hombros antes de poder mirar de nuevo a Bella.
-Lamento molestarte -parpadeó al ver la furia que le endurecía las facciones-. Pero dejamos las compras en el coche y necesito colgar el traje...
Suspiró por el estúpido descuido. Ella malinterpretó la causa y avanzó con la mano extendida.
-Si me dejas las llaves, iré yo a recogerlas.
¿Dejarla sola en el sótano a esas horas... vestida de esa manera?
-No mientras respire -siseó-. Iré yo -afirmó y se volvió para recoger la cartera y las llaves de la mesita de la entrada, donde las había puesto.
Ella esperaba ante la puerta del dormitorio cuando regresó con las bolsas.
-Gracias -se las quitó de las manos. -Prego.
Dio un paso atrás y le cerró la puerta en la cara.
El sentido común lo contuvo de abrirla. Dominado por la frustración, regresó a su habitación para sufrir en silencio.
Mientras Bella se arrojaba sobre la cama para llorar desconsoladamente.
Lo odiaba, pero lo amaba, y ahí radicaba su principal problema... ¡amaba, amaba, amaba a ese bruto!
El día siguiente fue un día por el que Bella esperó no tener que volver a pasar jamás. Desde el instante en que se puso el traje negro, el peso de lo que iba a suceder se asentó en ella.
Se encontró con Edward en el recibidor. Un vistazo fugaz a su figura enfundada en un traje negro, una camisa blanca y una corbata negra, con las facciones tensas, le reveló que sentía lo mismo que ella.
Seth los llevó en una limusina negra que no pretendía ocultar lo que era.
Hasta el tiempo puso una nota triste.
No hablaron; los dos miraban por sus respectivas ventanillas, sumidos en sus propios pensamientos.
Llegaron a la casa de la madre de él y descubrieron que la numerosa y dispersa familia Cullen se había congregado allí. Todos se mostraron serenos y graves, aunque amables con Bella, lo cual era un detalle, dado que conocían la relación pasada que había mantenido con Edward... aunque salvo los más directos, desconocían los detalles de lo sucedido, sólo que se habían separado en circunstancias amargas.
Nada más salir de la casa, todo adquirió una cualidad desolada y onírica que los hizo avanzar con terrible lentitud durante las siguientes horas. La señora Cullen estaba devastada. Era conmovedor ver cómo se aferraba a su hijo vivo como si temiera soltarlo y, de esa manera, también perderlo a él.
Renata y Alice se sostenían en sus maridos, Felix y Jasper. Una hermana era mayor que el hermano superviviente y la otra estaba entre Edward y Emmett.
Las dos poseían una belleza deslumbrante, típica de los Cullen.
Bella no se apoyaba en nadie, aunque sabía que, de algún modo, Edward siempre lograba estar cerca por si llegaba a derrumbarse, aunque no lo hizo; mantuvo la cabeza gacha y sufrió en silencio debajo del velo negro.
Estuvo a punto de derrumbarse al ver los dos féretros cubiertos de flores.
Y después al entrar en la iglesia y ver cuánta gente se había congregado.
Supuso que serían amigos y compañeros de trabajo, casi todos desconocidos para ella.
No derramó ninguna lágrima durante el servicio. No hizo nada aparte de ir adonde le indicaban que fuera, se sentara, se pusiera de pie, se arrodillara, esperara... siguiera.
Al finalizar todo, se dirigieron a la villa de la familia Cullen, situada encima de Florencia a las afueras de Fiesole. Era un lugar hermoso que exhibía los fabulosos objetos reunidos a lo largo de siglos y rodeado por unos jardines exquisitos en los que uno podía perderse. Ese día se convirtió en un lugar de dolor, al que todos fueron a presentarle sus respetos a la familia.
La señora Cullen fue conducida a sus aposentos particulares para disponer de unos minutos en los que recobrarse. Edward, las dos hermanas y los maridos de éstas asumieron los papeles de anfitriones a medida que las diversas salas comenzaron a llenarse con personas vestidas de negro.
Bella jamás se había sentido más perdida y sola en toda su vida, mientras vagaba de estancia en estancia y sonreía con cortesía a todos los que le ofrecían una frase de condolencia. Pero por dentro se sentía rara, extrañamente fuera de lugar, y conocía la causa.
Acababa de enterrar a su hermana, pero sentía como si su derecho a la aflicción hubiera sido secuestrado por esa enorme ola de dolor de los Cullen.
Era una tontería que pensara de esa manera, egoísta e injusto, pero eso no bastó para desterrar la sensación. Todo el mundo hablaba en italiano y ella quería hablar en inglés. Quería recordar a su Rose en su propio idioma y gritar: «¡Devolvedme a mi hermana!»
Alguien la agarró del brazo cuando pasaba de un cuarto a otro y la trasladó a un rincón tranquilo debajo de la gran escalera.
-Veo que aún existe la arrogancia británica -comentó con sarcasmo.
Hola soy yo nuevo y pido mil disculpas por desaparecer así como así, pero el trabajo me tiene liada a un grado sorprendente hasta para mi misma y si me permiten desahogarme un poco les diré que odio las malditas auditorias y mas cuando te tienen toda alborotaday a la hora de la hora te dicen que no te tocaba a ti y como cereza del pastel el trabajo diario hasta el tope. Pero en fin.
Espero que les haya gustado el capitulo y para redimirme les diré que haré actualización doble de esta y la re-edición de El chico del departamento 512 y también actualizare (capitulo sencillo) de Seras mia aunque he de decir que no esta beteado.
En un momentito subiré los demás capítulos.
Besos Ana Lau
