Capítulo 7

Si supiera lo que pasa por mi cabeza, pensó Bella.

-No he visto señal de que tu fachada fuera a agrietarse -replicó ella con tono distante.

-Por dentro está agrietada... sangrando -la sorprendió con esa hosca admisión-. Toma, bebe esto -le puso una copa en la mano.

-¿Qué es?

-Brandy. Te ayudará a entrar en calor. Corres el peligro de convertirte en una escultura de hielo -alzó la mano y le apartó unos mechones de pelo de la cara.

Alguien apareció en la periferia de su campo de visión. Era Renata; al ver la intimidad en la que se hallaban, se puso tensa. La hermana mayor de Edward era una de las personas más agradables que se podían llegar a conocer, pero se esforzó por mirar a Bella sin revelar su desaprobación.

-Mamá ha bajado y pregunta por ti, Edward -le informó a su hermano con rigidez.

-Iré en un momento -aceptó sin apartar la vista de Bella.

-Mamá ha dicho...

-En un momento, Renata -interrumpió con voz tajante.

Ésta dio media vuelta y se marchó, dejando un silencio incómodo a su espalda.

-No has sido muy amable -lo reprendió.

-No me siento con ganas de serlo -explicó-. Durante todo este terrible día, has parecido una solitaria y frágil pieza de porcelana que alguien dejó y olvidó recoger. Yo quiero recogerte y no dejarte nunca.

-No -dijo ella con voz trémula. No tenía derecho a decirle cosas como ésa... y menos después del modo en que la había utilizado la noche anterior.

-Necesitamos hablar. Lo de anoche no debería haber terminado como lo hizo.

-No quiero hablar del tema -intentó seguir los pasos de Renata. Edward le bloqueó la salida.

-Tenemos que hablar de ello -insistió-. Hay cosas que anoche debería haberte dicho. Pero como no van a surgir por arte de magia, necesito que las escuches.

-¿Escuchar qué... más insultos?

-No -rechazó con impaciencia-. Lo del matrimonio -explicó-. Has dicho que no te casarías conmigo por el bien de nuestro hijo, pero...

-¡No hay ningún hijo! -intervino.

-Edward... -en esa ocasión los interrumpió la voz más suave de Alice-. Lamento molestaros, pero ha llegado el signor Lorenzo. Quiere...

-Voy -soltó con creciente impaciencia.

Alice no pensaba insistir, porque se marchó sin decir otra palabra.

-Ve junto a tu madre o con el señor... - Pero Edward no iba a ninguna parte.

-Escucha -instruyó-, porque no tengo tiempo para ello pero sé que ha de decirse -respiró hondo-. Quiero que pienses en Lily. Quiero que hagas a un lado tus propios sentimientos, y también los míos, y que pienses en ella y en lo que es mejor para el bebé.

-Lily se irá a casa conmigo. Pienso...

-¡No! -espetó. La sujetó por los hombros y a punto estuvo de tirarle la copa de brandy-. Sabía que planeabas algo así -soltó como si se tratara de una maldición-, pero no puede ser.

-¿Por qué no?

-Porque...

-Edward...

Reconoció al instante esa voz. Pertenecía a la señora Cullen. Bella sintió un profundo alivio cuando Edward le soltó los hombros con un suspiro de rendición y se volvió hacia su madre.

-El padre Michael tiene que irse ahora, pero dice que querías hablar algo con él antes de... Oh, Bella -se interrumpió-. No te vi ahí de pie.

Lo cual era una manifiesta mentira, estaba segura de que aquello era parte de una conspiración para detener lo que fuera que la familia creía que hacían en ese rincón.

-Edward me ha traído una copa -explicó.

-Muy considerado por tu parte, Edward -la señora Cullen asintió con aprobación-. Parece que ha funcionado, Bella, ya que te ha devuelto algo de color a las mejillas. Lo necesitabas, querida -añadió con voz trémula-. El día de hoy ha sido una prueba para todos nosotros.

-Es verdad -corroboró. Para su sorpresa, la señora Cullen la rodeó con los brazos y le dio un beso en cada mejilla.

-Echaré mucho de menos a Rosalie -confesó.

¡En inglés!

Bella tuvo que contener las lágrimas, y sólo pudo asentir y devolverle los besos, porque sabía que no era capaz de hablar. La madre de Edward pareció entenderlo, porque le palmeó la cara con suavidad antes de soltarla y de centrar su atención en su hijo.

-No entiendo por qué necesitas hablar con el padre Michael, pero no creo que debas hacerlo esperar.

-No -convino él. Bella aprovechó el momento.

-Disculpadme -murmuró, y estaba a punto de alejarse cuando Edward la detuvo con el contacto de sus dedos largos en el brazo.

-Reflexiona en lo que te he dicho -murmuró. «No si puedo evitarlo», pensó ella. Pero asintió, porque la madre de él estaba escuchando. Luego se liberó y se marchó.

Parecía tan frágil, que Edward sabía que no tardaría en derrumbarse.

-Espero que sepas lo que haces -comentó su madre.

Miró el rostro pálido y ansioso de esa mujer que lo quería sin ninguna condición y deseó poder querer a Bella otra vez de esa manera.

-Sé exactamente lo que hago -aseguró.

-No obstante... es mejor no tomar ninguna decisión precipitada mientras te sientas tan vulnerable.

El comentario lo divirtió y lo hizo enarcar una ceja.

-Ojalá supiera de qué estás hablando.

-De Bella y de ti -le informó-. Sólo hace falta un par de ojos para ver que os estáis acostando juntos.

-¡Madre! -la reprendió.

-¿Por qué otro motivo ibas a insistir en que se quedara en tu piso? ¿Por qué otro motivo Bella iba a rechazar la invitación a quedarse conmigo? Entre vosotros hay electricidad e hicieron falta tres... ¡tres!... personas para sacaros de aquí.

-Quizá fue porque no queríamos salir de aquí -sugirió con sequedad.

Su madre no se mostró impresionada.

-Es un hecho que la vida se aferra a la vida en momentos de tragedia - insistió con obstinación-. Puedo entenderlo... No me imagino otra situación en que los dos podáis estar unidos con tanta intensidad. Pero ahora te espera el padre Michael, y luego aguarda su turno el abogado de Emmett. Me preocupa lo que planeas hacer.

Alzó las manos para cubrir las de su madre, luego se las llevó a los labios antes de bajarlas con firmeza a los costados.

-Te quiero -le dijo con gentileza-. Me parte el corazón que te preocupes por mí. Pero vamos a tener que concluir esta conversación más tarde...

Bella había abierto la puerta de la biblioteca de los Cullen para esconderse entre sus hermosos frisos e hileras de valiosos libros. Ahí reinaba la quietud y se sentía tan libre de la presencia de otras personas, que hundió los hombros aliviada. Edward la había obligado a pensar cuando no deseaba hacerlo.

Se dirigió al ventanal para contemplar los jardines. Hubo un momento en que deseó abrir un cristal para respirar aire fresco. Pero las nubes le advirtieron de que hacía frío, así que giró y fue hacia la gran chimenea de mármol blanco, donde unos troncos encendidos elevaban dedos de fuego con un calor que la invitaba a acercarse.

Estaba a punto de sentarse en uno de los sillones que flanqueaban la chimenea cuando vio una serie de marcos de plata sobre la repisa.

Ahí estaban todos con sus ropas de gala y bajo el mismo arco de piedra de la misma iglesia que habían visitado ese día. Renata con Felix, Alice con Jasper... hasta la señora Cullen con su atractivo marido, a quien Bella nunca había tenido la fortuna de conocer; aunque Edward se parecía mucho a él.

Y luego estaba la foto de Emmett y Rosalie. Alzó unos dedos temblorosos y los dejó a milímetros de las caras de esas dos personas felices a las que nunca más vería sonreír de esa manera. Entonces, un sollozo siguió a otro, cayó de rodillas donde estaba y con los brazos cruzados se meció adelante y atrás, soltando todo lo que había estado conteniendo con voluntad inquebrantable.

La puerta se abrió y un grupo de personas se detuvo asombrado en el umbral.

No sabía que Edward había hecho una escena porque no podía encontrarla. Tampoco supo que la había localizado hasta que se arrodilló delante de ella y la pegó a su pecho.

-No puedo soportarlo, no puedo -se oyó sollozar cuando él bajó la cabeza oscura para apoyarla sobre la suya.

Alguien más articuló un sollozo quebrado y otra mano se posó en su espalda.

Era de la madre de Edward. En la puerta, otras personas lucharon por contener las lágrimas.

Pero era Edward quien la abrazaba.

-Tonta -musitó-. ¡Te quito los ojos de encima unos segundos y desapareces para hacer esto! ¿Por qué eres tan obstinada? -quiso saber-. ¿Por qué insistes en creer que puedes soportar todo tu dolor sin mi ayuda? Cuando nos casemos, voy a atarte a mi lado, entonces no necesitaré...

-No voy a casarme contigo -lloró sobre su cuello mientras un coro de jadeos recorría la biblioteca. Ella no los oyó.

Edward no prestó atención; le soltó el pelo y pasó los dedos por esa tupida masa de color chocolate.

-Sí, lo harás -soltó-. Es tu destino... mi destino.

-¿Qué estás diciendo? -preguntó Renata escandalizada.

-Nada que no hubieras oído al finalizar el día -repuso mientras Bella lloraba con más fuerza.

-¡Entonces eres un necio!

-Sí -reconoció-. Felix, pídele a Seth que traiga el coche a la puerta, por favor -solicitó-. Me llevo a Bella a casa -se puso bruscamente de pie con Bella aún pegada a él-. ¿Puedes incorporarte o te llevo? -le preguntó.

-No voy a casarme contigo -la consternación de Renata le proporcionó fuerza para alzar la cara bañada por las lágrimas para mirarlo-. Mira esas fotos, Edward.. ¡mira! -insistió con un gesto hacia la repisa-. Se los ve felices de casarse. ¿Somos felices nosotros? ¿Son felices ellos de que pienses en casarte conmigo?

Edward no miró las fotos ni a las personas allí presentes; clavó la vista en ella.

-Emmett y Rosalie estarán felices por nosotros -afirmó-. Su hija será feliz por nosotros cuando la adoptemos. Y tú...

-¡No te atrevas a decirlo! -exclamó con un nudo en la garganta-. No estoy...

-¿Ya embarazada de nuestro hijo?

El siguiente jadeo colectivo fue seguido por un silencio absoluto. La mano de la señora Cullen aún permanecía en su espalda, pero se apartó con gesto tembloroso.

-¿Cómo has podido? -murmuró Bella.

-Ha sido sorprendentemente fácil -la provocó con la mirada-. ¿Vas a hacer verdad los deseos de Renata y dejarme otra vez como un tonto?

«¿Lo harás?», se preguntó ella. Miró la cara de ese hombre al que había amado durante tanto tiempo que ya no recordaba cuándo había empezado a hacerlo, y pensó... «No, no volveré a hacerlo».

Se humedeció los labios trémulos, se volvió en el círculo de sus brazos y se enfrentó a su familia.

-Edward y yo nos vamos a casar -anunció con voz que se negaba a no temblar-. Lo siento si no os gusta, pero es lo que... lo que los dos queremos.

-Así que planeamos hacerlo la semana próxima, en una ceremonia íntima por respeto a nuestra reciente pérdida -continuó Edward-. Estáis invitados, pero no es una obligación que espero que asumáis si no sois capaces de desearnos lo mejor.

Nadie habló... nadie. Reinó un silencio asfixiante hasta...

-Bravo -comentó una suave voz masculina y el padre Michael se separó del pequeño grupo. Se dirigió hacia ellos. Era un hombre alto y delgado, con el pelo plateado y el aspecto de un Cullen en el rostro enjuto. Se detuvo para apoyar unos dedos cálidos en la mejilla aturdida de la señora Cullen y luego continuó hasta detenerse delante de ellos-. Ahora entiendo tu deseo de que prepare este precipitado servicio nupcial, Edward -sonrió al estrecharle la mano-. Esto debería haber tenido lugar hace dos años, desde luego, pero la semana próxima está bien. Me siento muy contento por vosotros dos.

Había tantos mensajes ocultos en lo que había dicho, que provocó una oleada de incomodidad entre los allí presentes. Bella no pudo soportarlo. Unas lágrimas nuevas amenazaban con resbalar por sus mejillas y sabía que corría el peligro de volver a desmoronarse.

Desde luego, no necesitaba que el sacerdote llamara la atención sobre ella, pero fue exactamente lo que hizo.

-Bienvenida a la familia Cullen, Bella -apoyó las manos en sus hombros-. Después de llegar a conocer bien a tu hermana a lo largo de los años, sé lo mucho que rezó para que esto sucediera -le dio un beso en cada mejilla-. Ahora ya puede descansar en paz, cara -murmuró sólo para sus oídos-. Por su bien, intenta estar en paz con tu decisión.

Fue entonces cuando supo que el padre Michael estaba al corriente de todo.

Rosalie debía de habérselo confesado al sacerdote. Le temblaron los hombros y tuvo que sentarse en un sillón cercano.

El padre Michael cruzó la estancia, tomó el brazo de la madre de Edward a su paso y guió a su aturdida congregación por delante de él.

-Llévate a Bella, Edward. Yo me ocuparé de las otras cosas pendientes que tienes aquí -fueron las últimas palabras antes de que se cerrara la puerta de la biblioteca.

-No puedo creer que lo hicieras -las palabras de Bella rompieron el silencio.

-A mí me cuesta creer que me respaldaras -fue la respuesta de Edward-. Toma... -volvió a colocarle entre los dedos la copa de brandy-. Bebe -ordenó.

Durante unos segundos, ella jugó con la idea de echarle la bebida a la cara.

-¿Qué te dijo el padre Michael que estuvo a punto de hacer que volvieras a derrumbarte?

De pronto se dio cuenta de que necesitaba beber un trago de brandy.

-Nada -musitó-. ¿A qué otros asuntos se refería al marcharse?

-La última voluntad y los testamentos -explicó-. Emilio Lorenzo es el abogado de Emmett. Ha venido para leer el testamento conjunto de Emmett y Rosalie. Pero hay una cláusula específica que se ocupa del improbable suceso de que mueran al mismo tiempo. Esa es la parte que nos concierne a nosotros dos.

-¿A qué te refieres? -lo miró. Tenía una expresión sombría y la vista clavada en las llamas.

-Pone que, en el caso de que murieran juntos, sus propiedades pasarían a un fideicomiso a favor de cualquier hijo superviviente que pudieran tener. Ese fideicomiso estaría administrado por ti y por mí -la observó asimilar la noticia-. También se nos concede la tutela conjunta de sus hijos -añadió-. Entonces, aunque quisieras adoptar tú sola a Lily, no podrías hacerlo sin mi consentimiento, igual que yo tampoco podría hacerlo sin el tuyo.

Entonces Bella lo comprendió. Si no se casaba con ella, tendría la libertad de casarse con cualquier otro hombre... alguien que podría meter sus narices en los negocios de los Cullen. Rió; de pronto todo estuvo claro.

-Has planeado el matrimonio desde el momento en que murió Rosalie, ¿verdad? -murmuró.

-Sí -ni siquiera se molestó en mentir.

-Y el paseo de ayer por la avenida de los recuerdos, culminando en la gran escena de seducción, fue el precursor de una proposición matrimonial.

-Primero pensaba explicarte lo del testamento -declaró en su propia defensa.

-Fue una pena que el asunto de los preservativos se interpusiera en tu camino -ironizó.

-Nos peleamos como gatos salvajes, cara, siempre lo hemos hecho –le recordó con suavidad-. Ninguno de los dos tiene propensión a ceder.

Lo miró y se preguntó por qué no estaba enfadada con él. Comprendió que la razón era que ya se había rendido. Lo había hecho en el momento en que aceptó casarse con él.

¿Por qué? Porque amaba a ese demonio implacable. Porque tenía la oportunidad que nunca más volvería a presentársele. El padre Michael había tenido razón al decirle que ya era hora de estar en paz consigo misma.

Y él era suyo. Todo lo que hacía y decía le demostraba que era suyo. Hasta esa última manipulación había sido un acto de posesión programado para ocultar sus verdaderos sentimientos.

-Cuando sonríes de esa manera, se me eriza el vello de la nuca -murmuró él con tono seco-. Me recuerda unos dientes muy afilados.

-A tu familia no va a gustarle -le advirtió, soslayando su comentario-. En cuanto se recupere de la conmoción, te lanzará una andanada de objeciones.

-¿Te doy la impresión de que me importe? -enarcó una ceja.

-No aceptaré críticas sobre el pasado -declaró-. Si sacas el tema, me iré llevándome a Lily, y dejaré que dirimamos en los tribunales quién se la queda.

-¿Qué pasado? -repuso. Ella cruzó y descruzó las piernas lenta, sensualmente-. Eres una pequeña bruja provocativa -sabía lo que intentaba hacer.

-Sí -musitó.

Se movió como el relámpago. Le quitó la copa que sostenía y la ayudó a ponerse de pie rodeándole la cintura. La devoró con un beso... en él proyectó hambre, sed, castigo, deseo... todo.

-Vayamos a casa -gruñó al liberarle la boca.

La realidad irrumpió en el paraíso. «Ir a casa» significaba salir y enfrentarse a la desaprobación de su familia.

-Lo... siento -murmuró, retrocediendo un paso.

-¿Por qué?

-Por venirme abajo cuando estaba decidida a no hacerlo y por provocar esa escena horrible.

-Tonta -la acercó otra vez y la volvió a besar, aunque en esa ocasión de forma diferente.

El beso pareció sellar algo, aunque Bella no supo muy bien qué.

Y la desaprobación no fue ni la mitad de lo que había esperado, principalmente porque casi todo el mundo, salvo la familia inmediata, se había marchado, y en cuanto a lo demás... tuvo que dar por hecho que ya conocían el testamento de Emmett y Rosalie, porque irradiaban una actitud de aceptación, lo cual era algo mejor que la desaprobación.

La madre de Edward lo plasmó con palabras:

-Esta ha sido la peor semana que cualquiera de nosotros podría verse forzado a pasar. Empequeñece todo lo pasado. Tal como el padre Michael nos señaló, nuestros pensamientos han de estar con el bebé de Emmett y Rosalie, y no se me ocurre nadie que vaya a amar más a la pequeña que vosotros dos. Por favor, Bella... ¿podemos hacer de este día un comienzo nuevo para todos en vez de un final triste?

Era una rama de olivo que jamás había esperado. Podría haberle provocado lágrimas de no haber visto la expresión cínica de Renata.

-¿Por qué el padre Michael tiene tanta influencia en vuestra familia? –le preguntó a Edward mientras Seth los llevaba al piso.

-¿No lo sabías? -la miró sorprendido-. Es mi tío... el hermano de mi padre.

Toda la familia lo escucha... incluso yo, cuando es necesario.

Bueno en esta historia he cumplido con mi promesa, actualizacióndoble lista.

Espero que les haya gustado y tengo otra noticia mas que decirle...

Estamos llegando al final de la historia solo nos faltan dos capítulos mas y terminamos con esta historia que espero sea de su agrado.

Hasta la próxima. Besos Ana Lau