Capítulo 8
Se casaron una semana más tarde. El padre Michael realizó la ceremonia.
Edward insistió en que se pusiera el traje de novia más llamativo que pudiera encontrar.
La familia estuvo presente para brindarles su apoyo. La sorprendió descubrir que el marido de Renata, Felix, se había ofrecido a acompañarla por el pasillo y que Alice quería ser su madrina mientras Jasper hacía los honores con Edward.
Tras la boda, volaron a Londres. Bella tenía que trasladar una vida entera a Florencia, incluido un trabajo que no tenía intención de dejar. Lo había hablado con Edward y habían acordado que podía trabajar desde el piso y viajar a Londres cuando los compromisos lo hicieran necesario. También habían acordado contratar a una enfermera que ayudara con el cuidado de Lily, e incluso encontraron a la candidata ideal en el hospital en que la habían cuidado desde su nacimiento. La pequeña aún debía permanecer en su entorno seguro hasta que hubiera alcanzado su fecha de nacimiento natural, lo que significaba que Bella disponía de un tiempo para acostumbrarse a su nuevo régimen de trabajo y organizar todo antes de que Lily y la enfermera se unieran a ellos.
Su socio, Jacob, pensó que estaba loca por dejarlo todo para convertirse en una mártir con los Cullen. Pero Jacob era un ambicioso joven de veinticuatro años para el que no había nada peor que atarse a cualquier cosa que no fuera su deseo de triunfar. Entonces Edward señaló que, con el conocimiento que tenía Bella de la lengua italiana y sus propios e influyentes contactos, que se estableciera en Florencia sólo podía llegar a ser bueno para el negocio.
Tras lo cual, Jacob la ayudó a recogerlo todo. Pero en un plano personal, era el mejor amigo que tenía Bella y le preocupaba que resultara herida otra vez si no tenía cuidado.
Sabía que tenía razón, pero era feliz de un modo extraño y sereno. Se estaba permitiendo amar a Edward y él se mostraba solidario con todos sus planes, aunque no creía que el amor tuviera nada que ver en el esfuerzo que él realizaba para que el matrimonio funcionara.
Sin embargo, y sin importar lo mucho que se esforzara, no podía desterrar la sensación de que la burbuja iba a estallar en cualquier momento. Pero, a pesar de ello, no estuvo preparada para la velocidad con que estalló.
Comenzó cinco días después de casarse. Edward recibió una llamada de su secretario que hizo que tuviera que regresar de inmediato a Florencia.
Bella no había terminado de recoger el apartamento, lo que significaba que tendría que marcharse sin ella. La idea no les gustó a ninguno de los dos.
El matrimonio era demasiado nuevo y frágil como para arriesgarse a una separación tan temprana. Antes de irse, hicieron el amor como si nunca más fueran a estar juntos.
Los días siguientes parecieron extenderse ante ella como un desierto vacío.
Llenó el tiempo visitando a sus clientes para tranquilizarlos sobre el cambio de lugar.
Edward la llamaba todas las noches... y durante el día si podía encontrar el tiempo. Lo echaba de menos. Echaba de menos a Lily y estaba impaciente por volver con ellos.
Envió todas sus cosas a Florencia por barco. Estaba a punto de reservar un billete de avión para ella cuando la supermodelo con la que se había reunido en París llamó para informarle de que dos días más tarde estaría en Londres y que quería otra reunión. Era una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar, de modo que decidió quedarse. Edward soltó un torrente de juramentos, y cuando se calmó, la informó de que sus cosas habían llegado y que más le valía seguirlas pronto si no quería que fuera a buscarla.
Le gustó el modo posesivo en que lo dijo. De pronto, se dio cuenta de que no había hecho nada para tomar medidas anticonceptivas, de manera que pidió una cita con su médico con la feliz idea de que podría sorprender a Edward con la noticia de que no tendría que seguir utilizando los molestos preservativos que tanto odiaba.
El ginecólogo estaba rellenando una receta cuando a Bella se le ocurrió preguntarle si era seguro empezar a tomar las píldoras al existir una remota posibilidad de estar embarazada.
-Bueno, averigüémoslo -dijo.
Edward llamó esa noche mientras ella se encontraba de pie en el dormitorio, contemplando en el espejo el reflejo pálido que apenas era capaz de reconocer como su propia cara. Tenía el teléfono a mano.
-Hola -respondió con voz débil.
-Hola -saludó él-. ¿Qué haces?
«Desmoronarme», pensó.
-Nada -respondió-. Acabo de llegar. ¿Y tú?
-Sigo en la oficina. He de terminar unas cosas antes de poder irme. Pero no hacer nada suena tentador -bajó la voz y continuó con tono seductor-. Quizá podríamos hacerlo juntos. ¿Te atrae un descanso sexual por teléfono?
-Ahora no -rechazó-. Estoy... a punto de darme una ducha -improvisó.
-Bueno, si esa imagen no fomenta sexo telefónico, entonces me encuentro en peor estado del que imaginaba -rió-. ¿Ya te has desvestido? Si es así, vas a tener que esperar mientras me pongo como tú.
-No... no -parpadeó-. Acabo de entrar.
-Ya me lo has dicho -hubo un momento de silencio, una insinuación de tensión súbita, luego-: ¿Estás bien, cara? -preguntó.
-Perfectamente.
-No suenas así.
La voz ya había dejado de ser seductora. Bella se obligó a darle la espalda al espejo para poder concentrarse.
-Lo siento -dijo-. He tenido un día... duro.
-¿Haciendo qué?
No sabía si contárselo a través de la frialdad de la línea telefónica.
-Yo... -se llevó una mano a la frente-. He ido de compras, he comprado muchas cosas y luego... -no podía contárselo así-... luego no pude recordar dónde había aparcado.
-Vendiste tu coche la semana pasada -le recordó con suavidad carente de gentileza. Empezaba a enfadarse y a sospechar de toda esa conversación.
«¡Recóbrate!», se ordenó. Respiró hondo y logró que sonara como una risa al expulsar el aire por la boca.
-Lo sé. ¿No es una estupidez? ¡Compré hasta quedar rendida y luego fui en busca de un coche que ya ni siquiera tengo! -con piernas temblorosas, se dirigió a la cama-. ¿Ves lo que me has hecho? -dijo al sentarse-. Pierdo la cabeza, y ha de ser por tu culpa, porque estaba perfectamente bien antes de que regresaras a mi vida.
-De modo que te hago perder la cabeza... está bien. Puedo vivir con eso - aceptó-. Y ahora cuéntame qué es lo que realmente va mal.
Sintió que las lágrimas se asomaban a sus ojos.
-Me duele la cabeza -repuso con sinceridad.
-Ah. El clásico dolor de cabeza -se burló-. No me extraña que no quieras sexo telefónico conmigo.
La distracción había funcionado... su voz volvía a sonar ronca.
-Te echo de menos -añadió-. Y también a Lily. ¿La has visto hoy?
-Pasamos la tarde juntos, y nosotros también te hemos echado de menos - respondió, aún con el ceño fruncido, porque el instinto que siempre afloraba con Bella le decía que aún no le había contado lo que de verdad le pasaba-. Ha cambiado tanto en una semana, que te aseguro que no la conocerás. Tiene los ojos de su madre y... -calló al captar el sonido de movimiento-. ¿Preferirías que te llamara luego, después de que te hayas duchado y te sientas...?
-¡No! -protestó-. Me... me gusta oír tu voz.
-¿Mientras haces qué? -inquirió-. Te oigo moverte.
-Me estoy poniendo cómoda en la cama -le informó mientras se tumbaba y se acurrucaba.
-¿No preferirías que cortara para que pudieras...?
-¡No! -repitió-. Háblame más de Lily -instó.
Él lo hizo con su voz baja de acento italiano mientras Bella escuchaba con el aparato entre la almohada y la oreja.
Mientras hablaba, Edward se preguntaba qué podía estar atribulándola, porque desde luego algo lo hacía.
¿La habría llamado en un momento en que estaba pensando en su hermana?
El mismo había experimentado angustia al pensar en Emmett.
-Te has quedado callada -musitó al darse cuenta de que las respuestas apagadas se habían desvanecido-. ¿Te has dormido?
-Casi -murmuró con voz similar a la caricia de un amante.
Él se incorporó, recogió las llaves que tenía sobre el escritorio y decidió que ya era hora de entrar en el despacho de su hermano para limpiarlo.
-De acuerdo, entonces te dejaré dormir -murmuró.
-De acuerdo -aceptó, aunque no sonó muy feliz.
-Te llamaré por la mañana.
-Temprano -le pidió-. Te... echo de menos -añadió.
La sonrisa en la cara de Edward desapareció, porque eso no le parecía suficiente. Quería oír un: «te amo, Edward», con el mismo tono suave y serio que había empleado para decir las otras palabras.
-Yo también te echo de menos -las llaves le mordieron la palma de la mano al apretarlas, porque sabía que tampoco él podía pronunciarlas, aunque lo anhelaba.
¿Cómo reconocía un hombre que seguía enamorado de la misma mujer que lo había traicionado dos años atrás?
La respuesta fácil era que no podía hacerlo. Desconectó el teléfono.
Enfadado, harto y frustrado consigo mismo, se puso de pie y centró la mirada en las llaves. Maldijo, rodeó el escritorio y se dirigió a la puerta que unía el despacho de su hermano con el suyo.
No la llamó.
Después de pasar una noche en vela, dando vueltas en la cama, contando los minutos y las horas hasta volver a oír otra vez su voz, Bella no sabía si estaba dolida o airada porque no se hubiera molestado en cumplir con la promesa hecha de llamarla por la mañana.
De modo que intentó llamarlo ella, pero descubrió que tenía el teléfono desconectado. ¿Había dejado que se le agotara la batería?
A las doce de la mañana, echaba humo porque seguía sin llamarla, y cuando volvió a intentarlo ella, recibió el mismo mensaje automatizado de que el número con el que trataba de ponerse en contacto no se hallaba disponible.
Una oleada de pánico hizo que llamara al hospital de Florencia por las dudas de que a Lily le hubiera pasado algo. Con el corazón desbocado, escuchó cómo una enfermera la tranquilizaba asegurándole que el bebé se encontraba bien, pero que el signor Cullen aún no había realizado su visita del día.
A las dos, se presentó a su cita con la supermodelo. Una hora más tarde, se encontraba en la calle, con un contrato nuevo asegurado y a punto de reunirse con Jacob en la oficina para ponerlo al corriente de todo y después ir a celebrarlo a su pub favorito.
Pero no hizo nada de eso. Permaneció en la fría calle y volvió a marcar el número de Edward. Al no obtener respuesta, comenzó a marcar todos los números que tenía de él en Florencia con el fin de tratar de localizarlo.
Nadie parecía saber dónde estaba ni por qué no se lo podía encontrar. Todos se sentían tan desconcertados como ella.
¡Necesitaba hablar con él!
Antes de darse cuenta de la decisión tomada, se subió a un taxi y fue directamente al aeropuerto de Heathrow.
Logró conseguir un billete en un vuelo que salía hacia Pisa en una hora, y sólo entonces tuvo el sentido común de comprobar si llevaba encima el pasaporte; se sintió aliviada al ver que seguía en el mismo sitio del bolso donde lo había guardado la última vez que lo había usado.
-¿Qué quieres decir con que te vas a Florencia? -gritó Jacob por teléfono-. ¡Te estamos esperando con una fiesta sorpresa de despedida!
-Lo... lo siento -se disculpó-. Dile a todo el mundo que lo lamento. Pero he de irme, Jake, es importante.
-Quieres decir que él es importante.
«Oh, sí», pensó. «No lo he sabido hasta que no he podido dar con él».
-No logro ponerme en contacto con él y estoy... asustada.
-¿Cuándo hablaste con él por última vez? -preguntó Jacob, acallando su furia al captar el temblor ansioso en la voz de su amiga.
-Anoche.
-¿Anoche? -se atragantó-. Por el amor del cielo, Bella, ¿cuántas veces se supone que un hombre ocupado como Edward debe llamar a su esposa para mantenerla feliz? -soltó sin rodeos-. Respira hondo y serénate, luego recuérdame que no caiga en la trampa del matrimonio si esto es lo que me espera.
Rió. Jake tenía razón. Obedeció y respiró hondo y comenzó a calmarse.
-Gracias -dijo.
-De nada. Y ahora, ¿vas a volver a tu plan' original de irte mañana a Florencia y venir a tu fiesta de despedida?
-No -dejó que la ansiedad se renovara-. Tengo que contarle algo que no puede esperar.
-No me lo digas, deja que lo adivine -suspiró-. Vas a recorrer un millón de kilómetros sólo para decirle: «Te amo, Edward».
-Algún día vas a enamorarte, Jacob, y cuando eso suceda, quiero un asiento en primera fila -respondió a su sarcasmo.
-¿Tengo razón?
-No -miró el reloj. Faltaba poco para que anunciaran su vuelo.- Voy a decirle que estoy embarazada.
Cortó antes de que Jacob pudiera ofrecer una respuesta a ese anuncio, luego se quedó mirando las oleadas de personas que fluían por el aeropuerto, aturdida por lo que sentía una vez que había dicho las palabras.
Pasó por el control de aduana antes de que las piernas le cedieran y ocupó su asiento en el avión.
Estaba oscuro cuando aterrizaron en Pisa. Desde allí tuvo que tomar un tren a Florencia, después parar un taxi para que la llevara el resto del trayecto.
Y durante todo ese tiempo, Edward no había intentado ponerse en contacto con ella. Se sentía enfadada, dolida, indignada... ofendida era lo que mejor describía lo que bullía en su interior al subir por el ascensor privado hacia el piso de Edward.
Lo primero que vio al salir fueron sus cosas apiladas contra una pared. La tarea pesada de tener que volver a desembalarlas la abrumó unos segundos mientras se permitía un gemido silencioso.
Luego, fue en busca de Edward, aunque no esperaba encontrarlo allí, ya que había llamado infinidad de veces, y siempre había saltado el contestador automático.
Por eso se sintió sacudida al abrir la puerta del salón y ver la habitación como si hubiera caído una bomba; por doquier había diseminados papeles y documentos. Pero lo que la paralizó fue la visión de Edward tendido en uno de los sofás. Estaba descalzo, y al mismo tiempo que el olor de alcohol fuerte invadía sus fosas nasales, vio una copa a medio llenar junto con una botella de whisky sobre la mesita de centro, al alcance de la mano de él.
Estaba dormido, sospechaba que perdido en un estupor ebrio. Mientras ella había estado sometida a la angustia y los nervios de no saber qué podía pasarle,
Edward había estado disfrutando de su propia fiesta.
Sus ojos adquirieron un brillo asesino. Entró y alzó la mano para cerrar con un sonoro portazo.
Edward se sacudió como un hombre que acabara de recibir un tiro, abrió los ojos y, a través de una bruma de alcohol, la vio allí de pie. Durante diez segundos, no fue capaz de mover ni un solo músculo, sin saber si la había invocado de la peor y más negra pesadilla que había tenido en la vida.
-¡Es por esto por lo que nadie puede dar contigo! -espetó.
-Madre de Dio -gimió él, sentándose-. ¿Qué haces aquí? -demandó-. ¿He perdido un día entero?
-Intenta activar tu teléfono, y entonces lo sabrás. Y creo que es más importante que expliques qué diablos crees que haces aquí.
-No grites -suplicó, llevándose una mano a la dolorida cabeza.
-¿Que no grite? -repitió, alzando la voz-. Acabo de atravesar media Europa preocupada por no poder ponerme en contacto contigo y te encuentro felizmente tumbado y borracho. ¿Por qué no debería gritar?
-No te esperaba... ¿de acuerdo?
-¿Y eso lo explica todo? -no estaba impresionada-. Me he casado con un borracho solitario, ¿es eso? ¿Y qué hacen todos estos papeles tirados por...?
Calló de repente. Edward sintió que su sangre pasaba de ser whisky a ser hielo.
Bajó la mano de los ojos a tiempo de verla agacharse para recoger un trozo de papel.
-No -pidió-. No... -se levantó de un salto.
Pero era demasiado tarde. Bella ya tenía el papel en la mano temblorosa.
El corazón le latió de forma irregular. Intentó respirar hondo y descubrió que no podía. Conocía ese papel. Se le resecó la boca y miró alrededor para ver más papeles similares.
-¿Qué has hecho? -comenzó a recogerlos a medida que la agonía crecía en su pecho-. ¿Qué hacen en tu poder? -eran las cartas que Rosalie le había escrito a ella... ¡cartas privadas! Incluidas sus respuestas-. Has estado revisando mis papeles personales -no quería creerlo-. ¡También has tenido que leer los de mi hermana! -lo miró y palideció al ver la expresión de su rostro. Ni siquiera se mostraba culpable, sino duro y enfadado-. ¿Cómo has podido?
-Ha sido una lectura reveladora -indicó con amargura.
-No... no debiste leerlas -temblaba tanto, que apenas pudo pronunciar las palabras-. No tenías derecho.
-Te refieres a esa en que te suplica que no me cuentes lo que había hecho por miedo a que yo se lo contara a Emmett? -replicó-. ¿O a esa en que te promete que jamás volverá a hacer algo así?
Bella tragó saliva.
-Te... temía perderlo.
-¿Al imbécil de mi hermano? ¡La habría perdonado aunque hubiera llevado a su amante a la misma cama conyugal! Blancos perfectos -musitó.
-¿Perdona? -preguntó, aún aturdida.
-Emmett y yo -le explicó-. Hemos sido blancos perfectos de unas hechiceras letales -soltó una risa dura.
-Aguarda un momento -protestó-. No emplees ese tono despectivo conmigo, porque no recuerdo que tú me perdonaras por mis así llamados pecados, Edward.
-Deberías haberme contado la verdad.
-¡Lo intenté, pero tú te negaste a creerme!
-No entonces... ¡ahora! -soltó-. ¡En esta ocasión!
-¿Por qué iba a querer mancillar el recuerdo de una persona hermosa cuya única falta fue que necesitaba ser querida demasiado por demasiadas personas?
Él se puso pálido.
-¿Quieres decir que el hombre que llevó a nuestra cama no fue el único?
-¡Claro que fue el único! -respondió furiosa-. Adoraba a Emmett... ¡sabes que es así! Pero su matrimonio pasaba por problemas -continuó a regañadientes y comenzó a caminar por el salón mientras miraba los papeles en el suelo-. Emmett estaba harto de tener que ceñirse a calendarios y ciclos menstruales, de modo que dejó de ir a casa todas las noches. Rosalie llegó a la conclusión de que ya no la amaba, de manera que cuando apareció un hombre que le demostró que aún era atractiva, cayó cautivada como una colegiala.
-¿Cómo sabes todo eso? Nada de lo que has dicho aparece en las cartas.
-Sucedía mientras yo vivía aquí contigo -lo miró y lo vio borroso; supo que estaba a punto de ponerse a llorar-. ¿No notaste que esos seis meses fueron los únicos en los que mi hermana no estuvo en alguna fase de embarazo? - interrogó-. ¿O que Emmett trabajaba demasiadas horas al día?
-Estábamos inmersos en cambios importantes en la empresa -explicó con impaciencia.
-Pero, a pesar de ello, tú volvías a casa todas las noches.
-¿Sugieres que Emmett veía a otra mujer? -espetó con furia.
-¡No tengo ni idea! -exclamó-. ¡Lo que importa aquí es que Rosalie así lo creía!
-¿Y sabiendo eso no te molestaste en exponerme sus temores?
Bella notó que volvían al punto de partida; alzó la barbilla con gesto desafiante.
-Si Emmett hubiera tenido una aventura y tú hubieras estado al tanto de ella, ¿me lo habrías contado?
La observó unos momentos, luego se volvió y el silencio fue su única respuesta.
-Seré sincera. Fui egoísta. Estaba loca, locamente enamorada y era tan feliz, que no quería pensar en nadie más salvo en ti y en mí. De modo que le dije a Rosalie que no fuera tonta y, más o menos, la dejé sin nadie a quien recurrir... -se le quebró la voz y luchó por recuperarla-. ¿Por qué has tenido que sacar todo esto otra vez? -espetó-. ¡Y encima no hizo nada! ¿Puedes creértelo? Yo me había ido a Londres para embalar mis cosas, pero te eché tanto de menos, que regresé antes... como ahora -sintió un nudo en la garganta-. Se suponía que tú tenías que estar en... -no pudo recordarlo.
-Milán.
Asintió.
-Volví a tu piso y me encontré con un desconocido en nuestra cama y a una Rosalie con poca ropa de pie junto a ella, tirando de las sábanas y pidiéndole entre sollozos que se levantara y vistiera porque no podía hacerlo -la escena aún la paralizaba-. En... entonces me vio y corrió a encerrarse en el cuarto de baño, dejándome a mí para echar a ese hombre. Cuando tú llegaste, ya me había contado toda la historia y yo la había mandado a casa con la promesa de que no se lo contaría a nadie, siempre y cuando jamás repitiera una estupidez semejante.
-No necesitas continuar -indicó con voz ronca.
-No -coincidió y comenzó a temblar con tanta intensidad, que se vio forzada a cruzar los brazos-. Dime tú qué se suponía que debía hacer a continuación, Edward -exigió saber—. ¡Porque yo aún carezco de respuesta!
-No obstante, deberías habérmelo contado.
-¡Lo hice! -soltó frustrada-. ¡Tú te negaste a creerme!
-¡Sólo mencionaste su nombre una vez antes de retirarlo con presteza!
-¡Porque estuviste a punto de arrancarme la cabeza!
-Creo que voy a hacerlo ahora -apretó los dientes-. Esto no nos lleva a ninguna parte -manifestó.
Tenía razón. Se sentía asqueada, dolida, indignada y amargada, y él parecía el desconocido frío y sombrío que había entrado en su apartamento semanas atrás. ¿Adónde había ido a parar la nueva calidez? ¿por qué siempre eran los problemas de otras personas los que destrozaban su relación? Quizá era la manera que tenía el destino de comunicarles que no estaban hechos el uno para el otro.
En última instancia, ¿qué era lo que tenían que pudiera mantenerlos juntos?
-Un sexo estupendo -susurró. Eso era todo.
-¿Cosa?
-Tú y yo no vamos a ninguna parte -expuso-. En realidad, sólo nos une un sexo estupendo, nada más.
-En esta relación hay más que lo que sucede entre las sábanas -insistió.
¿Lo había? Bajó la vista a las cartas que sostenía en las manos trémulas.
-Te casaste conmigo porque creías no tener otra opción -le informó-. Lo hiciste por Lily, ¡y por el sexo! Pero, por encima de todo, Edward, pienso que te casaste conmigo porque necesitabas estar seguro de que mantenías un control sobre mí; al fin y al cabo voy a tener cierto poder en la importante parte de Emmett del imperio Cullen.
-Tonterías -descartó.
-¿Sí? Entonces, ¿por qué consideraste que tenías que revisar mis papeles privados? -desafió-. ¿Esperabas encontrar algo que poder emplear en mi contra en el tribunal si este estúpido matrimonio no funcionaba? ¿Quizá alguna prueba de mi depravada vida, algo que demostrara que no era una buena madre para Lily y que no estaba capacitada para tutelar la mitad del fideicomiso de su herencia?
-Madre de Dio -musitó-. No puedo creerlo. ¡Jamás podrías estar más equivocada! -acusó.
Pero Bella no escuchaba. De pronto, vio otra carta medio oculta bajo una silla y se lanzó por ella. Era una de las que le había escrito a su hermana. Las lágrimas le inundaron los ojos.
-¿Cómo has podido? -se arrodilló en el suelo en un intento por ordenar todas las cartas-. ¿Cómo has podido ir a su casa a hurgar entre los papeles personales de Rosalie como un...
-No lo hice -suspiró.
-Entonces, ¿cómo llegaron estas cartas a tu poder? -demandó.
Edward se cubrió la cara con las manos y deseó que el alcohol le hubiera embotado por completo el cerebro. No quería pensar; no quería ver lo que había hecho la noche anterior ni lo que iba a representar el futuro a partir de ese momento.
-Limpiaba el despacho de Emmett -le informó-. Las cartas estaban escondidas en la parte de atrás de un cajón.
-Santo cielo.
-No sé durante cuánto tiempo Emmett conoció su existencia ni si Rosalie sabía que él las tenía -continuó-. El hecho es que mi hermano conocía la verdad sobre lo sucedido dos años atrás, pero no fue capaz de venir a contármelo.
Esa era la causa de que las cartas se hallaran desperdigadas por el suelo. No sólo había descubierto la verdad de lo acontecido dos años atrás entre ellos, sino que también había comprendido que el hermano al que quería, le había ocultado lo único que realmente Emmett, de entre todas las personas, había sabido que era importante para él.
La inocencia de Bella.
-He pasado los dos últimos años creyendo que tenía derecho a odiarte - manifestó-. Qué broma. ¡Fui yo quien te fallé, y ni mi propio hermano fue capaz de contármelo!
-Protegía a Rosalie.
-¿Y eso lo justifica?
-No -reconoció-. Pero Emmett y Rosalie ya no están aquí para defenderse, de modo que no veo qué sentido tiene darle más vueltas al asunto.
-¡Me negué a creerte... hazme defender eso! Ella suspiró y se puso de pie. - ¿Puedes defenderlo?
-Deberías habérmelo contado... haberme mostrado esas cartas. Me lo debías.
-Ah, de modo que es culpa mía. Buena defensa -alabó.
-No quería decir eso.
-Entonces, ¿qué querías decir?
-¡No lo sé, maldita sea! -exclamó, alzando la copa.
-Como sigas bebiendo, la próxima vez que te levantes te caerás -comenzó a dirigirse hacia la puerta. Plantó la copa en la mesa. Era sorprendente la velocidad a la que podía moverse un hombre del tamaño de Edward cuando se lo provocaba. Rodeó el sofá y se plantó ante ella en un abrir y cerrar de ojos.
La aferró de los hombros y la pegó a la pared.
-Muy macho -murmuró, pero volvía a temblar. -No dejaré que me abandones -musitó.
-No dije que fuera a hacerlo -frunció el ceño. -Puedes odiarme el resto de nuestras vidas, pero lo harás aquí, donde pueda verte.
-Muy bien -convino aturdida.
La frustración se reflejó en las facciones de Edward. -Tómame en serio - bramó.
-¡Si acabo de llegar! -replicó indignada-. ¿Por qué diablos esperas que vuelva a irme?
-Ibas hacia la puerta -replicó temblando.
-¡Para guardar estas cartas con el resto de mis cosas! -exclamó.
-¡Deberías hacer que me las comiera!
Hizo algo mejor. Se mordió el labio y lo abofeteó. No supo por qué, pero por alguna causa estúpida, volvía a llorar.
-Eso es por revisar mis cosas personales -suspiró al ver la marca de los dedos en su mejilla-. ¡Y si me quedara al... algo de fuerza, te abofetearía otra vez por trastornarme cuando ya estaba trastornada antes de llegar aquí!
-¿Por qué estabas así?
-Estoy... embarazada -susurró, y vio cómo la revelación lo dejaba petrificado. Ni siquiera tragó saliva. No hizo nada-. Di al... algo -tartamudeó, y la visión se le tomó borrosa. Cerró los ojos y supo que iba a desmayarse.
-¿Bella...?
Fue lo último que oyó antes de que todo se volviera negro.
Edward maldijo y la pegó a su cuerpo cuando comenzó a deslizarse pared abajo.
Siguió maldiciendo al tomarla en brazos y llevarla a uno de los sofás.
Embarazada...
Durante unos segundos, pensó que se iba a unir a ella. Luego lo dominó la preocupación.
Se odió. Era la peor clase de hombre que una mujer podía querer en su vida... ¡uno que no creía ni confiaba en ella y que la dejaba embarazada cuando era lo que ella más temía!
-Bella... -pero no obtuvo respuesta.
Se volvió, metió los dedos en la copa con whisky y luego le humedeció los labios. Se hallaba tan laxa y sin vida, que sintió un hormigueo en la piel. Se levantó y fue a buscar el móvil a la cazadora. En cuanto lo activó, en la pantalla apareció una serie de mensajes. Pensaba llamar a un médico, pero, por algún motivo extraño, se puso a abrir mensajes de texto.
«Necesito hablar contigo. Bella».
«¿Dónde estás? Bella». «Voy a Florencia. Bella».
«Estoy asustada. Por favor, llámame. Bella». «¿Por qué no me quieres hablar? Bella». Ni siquiera pudo tragar saliva. «¡Necesito oír tu voz, Edward!» «Edward...»
Su atención volvió a la persona que le había enviado esos mensajes desesperados. Tendida en el sofá, se había llevado una mano a la boca. –Creo que voy a vomitar -susurró ella.
Hola antes que nada les pido una disculpa ya que prometíactualizar el día de ayer, pero saliendo del trabajo la verdad es que me puse a ver una serie que tenia muchas ganas de ver, pero en fin.
Espero que les aya gustado el capitulo y rectifico la vez pasada dije que faltaban dos capítulospero ahora si faltan dos capítulos ya que la historia cuenta con diez.
Hasta la próxima.
Besos Ana Lau
