Los personajes son de Meyer.
Pretty Baby
CAPÍTULO 19
Sus ojos perdidos y yo, en este beso mal habido, defino mi vida.
Sus pupilas dilatados me indican que ella no sabrá de este momento y, sin embargo, para mi será eterno.
Me quedo con su sabor en mi lengua, con la sensación de haberla tocado, con su respiración en mi cara, con su cuerpo frio en este abrazo que es para mí el regalo que ni siquiera sabía que había estado esperando.
La levanto en mis brazos, una explosión ilumina la noche, gritos de chicos se pierden en el ululante viento. Isabella se agita, pero mientras camino con ella en brazos, se arrellana como un gatito asustado, contra mi cuerpo.
— Riley ha muerto, lo sé.
Esas palabras y nada más. El timbre suave de su voz queda en mi oído, adormilada, gime un poco, y con sus manos, lucha para aferrase a mi camisa.
Alice y Emmett también lo han hecho…
¿Ves lo que has hecho, preciosa niña ansiosa y despreocupada?… ahora, madurarás a golpes de muerte. Pobre de ti, Isabella Swan, pobre de tus amigos, viviendo la vida como si en no existiera mañana, niños y niñas prepotentes que creen que han adivinado la fórmula mágica de detener el mundo en el preciso instante cuando son jóvenes. Debieron decírtelo, eso es imposible… a tu edad, todos nosotros ya lo intentamos. Debes resignarte, pequeña, solo queda no hacerte amarga y vivir. Duerme, mi amada niña que cuando despiertes ya no podrás ser la misma.
Tomo mi celular.
Contacto a mi equipo de asesores, llamo a mi padre y le explico… no le parece, me grita a través del teléfono:
— ¿Qué haces ahí, futuro senador? ¿Qué haces con una pandilla de delincuentes juveniles? ¿Qué explicación darás a la prensa? ¡Maldición, Edward! ¿Qué haces con un montón de niños?
Lo dejo que grite… ¿es mi padre o mi conciencia? No importa, son los mismos gritos…
Desoigo todo y me quedo.
Las sirenas de la policía y de los equipos de rescate se acercan, Isabella apenas se ve en el asiento de atrás de mi coche, me arde la garganta, tengo seca la boca, en algún lugar tenía una botella de agua pero no la busco, me quedo viéndola a ella… su herida en el rostro es superficial, pero dejara huella… hubiese sido tan fácil Isabella, que hubieses sido menos tú, menos caprichosa y egoísta, menos monstruosa en tu adolescencia venenosa. Todo el sexo del mundo te hubiese dejado agotada, pero sobrevivirías, un poco de cocaína y yerba te hubiese dado la experiencia para vivir y entender que eso no vale la pena… quizás, irte con tus novios a la playa, pasar tu primer año de universidad ebria hubiesen sido tus errores y que ya no existirían con la edad, pero no… tendrás esa cicatriz en tu cara. Seguramente, tu papi la quitará, pero ella seguirá allí, solo para tus ojos porque, viéndote en el espejo, la sentirás y si ahora no sientes nada, en algún momento el tacto de ella te recordará que fuiste joven y que, estrellarte y ver la muerte hizo que serlo solo fuera una cuestión de días.
Las sirenas se escuchan, los autos de la policía rodean el lugar, los gritos de los paramédicos son agudos, camino hacia ellos, mi camiseta tiene las huellas de la sangre de Isabella, de Rosalie y de otros chicos más que ayudé. La otra amiga de Isabella, Alice, permanece quieta en su lugar, con un aspecto de polilla atrapada entre los fierros y el cinturón de seguridad.
El auto que estalló fue el de Emmett, su cuerpo sin vida está a unos pocos metros de la carretera, los paramédicos lo levantan y lo colocan en una camilla, la imagen es triste y vacía.
— Malditos niños idiotas —un policía despotrica.
Las voces vienen y van, la policía me sigue por todas partes, me interrogan y yo contesto… estoy en varias partes al mismo tiempo.
Brazos para ayudar.
Manos llamando a padres y familia.
Ojos y corazón en la niña que duerme lejos de todo, sí, lo sé… es mi amor por ella que le permite el terrible acto de la indiferencia.
— ¿Encontraron al chico? —la voz de una mujer quien asumo es la jefe de la primera ambulancia grita al vacio.
Nada se escucha.
Las linternas apuntan hacia los dos hombres que penden sus cuerdos de fuertes poleas, todos esperan.
Uno de ellos contesta al fin.
La respuesta no me sorprende, cierro los ojos y volteo hacia mi auto, estoy seguro que antes de morir Riley tenía atrapado en sus pupilas la imagen de Isabella Swan haciéndole el amor y así, como una novela que leí hace años, también sé que tiene en su piel y en su sangre la esencia de ella, que sigue con él en la muerte.
Así, odiando libros y a niños tontos, descubro que en medio de su pubertad desordenada e imprudente, incluso en la muerte, son capaces de poesía.
No lo saben, pero la respiran… los viejos ya perdimos todo en el acto de crecer y nos sentimos orgullosos de ser toda racionalidad y fastidio.
Si, llamé al 911…
Una de las chicas me llamó, estaba muy asustada…
Soy amigo de la familia…
Trate de ayudar, pero no soy médico, sé que cualquier imprudencia hubiese sido peor…
Estaban en una carrera…
No, no sé porqué…
Mi nombre es…
En ese momento, Jasper aparece, sonríe con su mejor y más estudiado gesto de amabilidad, y hace su trabajo.
— ¿Cómo te metiste en este lio?
Jasper me interroga, las ambulancias se van yendo una a una con sus sonidos de miedo y de angustia, ya está amaneciendo.
— Contesté, eso fue todo.
— Hubiese sido más fácil que llamaras al 911 desde tu casa o alguno de nosotros, no venir hasta aquí y hacerte el héroe y joder tu carrera —sus ojos azules hielo me traspasaron el cerebro.
No me provoques, Jasper, que puedo decirte algo que no te guste.
— Contesté…
A mi destino, por primera vez me importó alguien que no fuese yo, de alguna manera, siendo testigo de la sangre y la muerte de estos chicos fui un ser humano.
No me critiques, Jasper, que tus juzgamientos de abogado me importan tanto como el barro bajo mis uñas.
Aquí, jodido, quizás estoy caminando por otro sendero que no sea el que mi adorado padre me ha marcado.
— ¡Hay que curarla! —la voz del paramédico es seca, está furioso con todos, ha visto en los carros y en los semblantes de todos los chicos la droga, el alcohol y el maldito deseo de estar más allá de la mortalidad, me saca de mis cavilaciones. Va hacia los ojos de Bella y levanta uno de sus parpados— está drogada ¿Es su hija?
Quiero golpearlo por imbécil, doy un paso hacia él y gruño de frente.
— No, no es mi hija y si va a juzgarla e insultarla en vez de curarla ¡váyase a la porra! —lo tomo de su hombro y de un empujón lo alejo a medio metro de ella.
— ¡Hey, cálmese, amigo! Estoy harto de ver chicos como esta todos los días ¿cree que no me fastidia ver que estos nenitos ricos mueren de semejante manera?
Jasper niega con la cabeza y su boca se cierra en un rictus furioso.
— Hay que llevarla en la ambulancia.
Quiero gritar que no, pero sé, que si no permito que se la lleven, todo será peor.
Jasper ha llamado a sus padres y no han contestado.
Una razón más para que mi rabia hacia esas dos anguilas crezca.
— Hay que llevarla al hospital, la policía le hará preguntas y no es bueno para ella —sé que la niña le importa un rábano, Jasper es de la misma calaña que Charlie, es igual a mi sin toda la poesía desgraciada de un amor imposible— ni bueno para ti Edward, ha ocurrido una tragedia, dos chicos muertos, una niña agonizando y diez adolescentes heridos y drogados ¡esto es alimento para los buitres Edward! ¡Sé coherente, por todos los demonios!
Bufo por lo bajo.
Si fuera un loco, me la llevaría lejos… pero la despedazarían, harían con ella una carnicería, sería el show del año y romperían sus alas.
—Bella —tomo su mano— Bella estás herida, hay que ir al hospital.
— No, es sábado… no tengo que ir a la escuela.
Una mueca amarga aparece en mi rostro.
— Tienes que despertar, nena.
Siento la mirada de Jasper en mi espalda
— Riley y Emmett murieron.
Mi voz debe ir hacia su cabeza como un eco bajo el agua, abre sus ojos que están inyectados en sangre pero que siguen siendo dos pozos profundos y místicos para mí. Pestañea e intenta decir algo pero solo salen pequeñas onomatopeyas y palabras dichas a medias.
Un dolor la hace gritar, está sintiendo su cuerpo, su piel, su herida, debe venir a su nariz el olor de la gasolina, y debe escuchar el chirrido de los autos estrellar una y otra vez.
— ¡No! no, no, no —se lanza hasta mi— no quiero ir, no quiero ir… Mr. B no quiero —se aferra a mi camisa— ¿qué hace aquí? ¿qué hace aquí?
— Me llamaste, linda.
Con el corazón contrito entiendo que aquel beso en medio de la oscuridad no fue nada para ella…solo es mío, y solo a mi me pertenece.
— Me duele, me duele, me duele —intenta mirarse en el espejo, pero la arrastro afuera en mis brazos— te voy a llevar a la ambulancia, Bella.
— Ve conmigo, Mr. B… no quiero esta sola, no quiero estar sola —me gustaría que llorara, quisiera que entendiera que todo será diferente, quisiera que entendiera lo que ha ocurrido y tuviese conciencia de que su niñez ha muerto.
Jasper tensa su mandíbula y agita su cabeza de un lado a otro diciéndome tácitamente que deje a Isabella en manos de la policía y de la ambulancia, pero no puedo, la pequeña se aferra a mi camisa mientras sé que el dolor la enceguece.
— Voy contigo —la alzo y camino con ella hasta el carro de la ambulancia, soy el responsable de ella en este momento.
— Gracias, Edward, gracias —su manito se aferra a mi camisa— no soy mala, no soy mala, yo solo… solo…
Si, solo eres tan joven… y el mundo es un enorme pastel que hay que devorar… mañana sabrás, querida niña, que el dulce es amargo cuando entiendes que tras cada bocado de vida, el mundo te exige que debes pagar por ese momento en que creíste ser inmortal.
La ambulancia se cierra y me siento a su lado, mientras que el paramédico la ausculta, da una patada de dolor al sentir la gaza y el desinfectante, ella toma mi mano, la herida, ahora limpia se ve en su totalidad, es profunda, un milímetro más y hubiese perdido un ojo y su hermoso rostro desfigurado.
— ¿Te tiraste del auto, Bella?
Ella aprieta el borde de su short
— Él solo me decía que me amaba, quería que supiera que Lauren no le importaba, que solo me amaba a mí.
Por un segundo no dije una palabra, sin que ella me lo dijese entendí que Isabella había tomado los sueños de amor de Riley y que había jugado con ellos sin medir consecuencias, Lauren su enemiga escolar se vio compitiendo por el chico dorado y para Isabella solo fue presionar y logró así tomar el corazón del chico y jugar la partida, jugar y en el tablero de la partida estaban todos, yo también, ese era el mundo para ella, un pequeño tirano conocedor de cada jugada.
— No quería morir, yo no quería morir….
Los periódicos hacen lo suyo, los noticieros de todo el país hablan de la tragedia, la moral americana se sacude ante la verdad que no quieren ver: los niños del mundo juegan a la ruleta rusa en el patio trasero de sus casas.
Una a una las plumas de la inocencia de aquellos niños es arrancada para así dejarlos desnudos y solos… solos como siempre lo han estado, todos en un mundo los adultos siguen tratando de sobrevivir en su vidas de cartón.
Hay una ironía, la tragedia de aquellos niños, ha sido el tiquete que me ha subido a las encuestas de popularidad, mi padre viejo zorro y Jasper han hecho de mi imprudencia un impulso y me he convertido en héroe.
Yo salve a los niños.
Fui yo el que sostuvo sus manos.
Yo limpie sus heridas.
Me falto volver de la muerte a Emmett y a Riley y escupo sobre esta maldita pantomima, porque escondido en el hospital, todo me es indiferente.
Solo me importa ella.
Vago por los pasillos del hospital tratando tocarla.
Sostengo su mano mientras ella descansa en narcóticos.
En silencio y a solas en su cuarto cual criminal paso mis dedos por su boca, tratando de atrapar el calor de sus labios intentando revivir aquel beso que no se volverá a dar.
Mi padre quiere arrastrarme fuera, me amenaza, sus ojos son de furia y miedo, lo sabe, lo ha visto, sabe que me consume este deseo pecaminoso por esa niña, le asqueo, a un punto de que no me reconoce, y ese es mi triunfo, dejando ver mi obsesión, le digo que al fin he crecido, soy lo que soy… ya no soy su reflejo, he cortado las ataduras de la tradición.
Renée llora como una mala actriz de telenovela, sus gritos y alaridos se escuchan por todo el hospital, cree que haciendo la gran actuación por los niños muertos logrará sentir algo de pena por ellos.
Pero sé que está furiosa.
Sé que en su lado más oscuro se alegra de la tragedia, es una madre queriendo decirle a su hija que no merece la juventud por que no es la de ella. Esta borracha y cae desmayada por la ingesta de vino. Ronca en una esquina de la habitación.
Charlie observa a su hija, quiero creer que al observar la cicatriz tomará conciencia del padre que ha sido: no ha sabido poner límites, ha dicho siempre si para resarcir el hecho de que no ha sabido como amar realmente a su hija.
Lo entiendo.
No la ama.
Ella es solo una porcelana que Charlie Swan cuenta como parte de su colección.
¿No es hermosa, mi bebé, Edward?
Tener y tener para Charlie es una hija que pueda ser la extensión de su miseria de espíritu.
¡Dios!
Quizás Isabella lo sabe.
¡Qué terrible soledad! Fijo mi mirada hacia ella que duerme con la mitad de su rostro vendado ¿por eso eres tan cruel pequeña? No ser amada te hizo una indolente… nadie te enseñó… eres tan parecida a mí, amor mío… niños solos en un mundo prefabricado.
Ahora lo sé, no es tu tiempo de amor, no es tu momento, no me amarías ahora… así como yo que no amé a nadie a tú edad.
Nunca me amarías. No es tu momento.
Ni siquiera hay desencuentros Isabella Swan… solo hay uno que ama, solo hay alguien que entiende que es hora de abrir el corazón, solo yo que sabe que al enamorarse está listo a perder.
Sí, estoy creciendo, estoy envejeciendo.
No cruzo palabras con Charlie, me paró de la silla y salgo caminando por el pasillo, no me he bañado, mi ropa hiede y soy un desastre. Cierro los ojos y las imágenes de los chicos muertos y del hierro quemado me atormentan. Es hora de irme, cuando Isabella vuelva, los recuerdos se irán, ella ya ha dado los primeros pasos para olvidar… en dos días, una cirugía dejará de nuevo a su rostro perfecto… y ya escuché decir que ninguno de los chicos irá al funeral de los amigos.
Alice, que está en otro hospital, sobrevive, aislada por su familia.
Todo será bruma y olvido. No quiero irme pero debo hacerlo, cada vez lo tengo más claro, sobro en los espacios de Isabella Swan, sobro en su vida.
— Fiscal General Cullen.
Es Charlie.
Sigo caminando, es el último ser humano que quiero cerca, acelero mis pasos hacia el estacionamiento, lejos de los periodistas… lejos de la muerte y la indiferencia.
— ¡Edward!
La voz me increpa, volteó y me doy el lujo de no ser un hipócrita con aquel tiburón, lo miro con odio.
— ¿Qué quieres, Charlie? No necesito que me des las gracias.
El hombre se detiene, sonrío, entiendo que el maldito no pensaba dármelas.
— Gracias, Edward.
¡Hipócrita!
— Debo irme, Charlie, estoy agotado, cuida a tu hija—lo digo acentuando cada palabra.
Cuídala.
¡Sálvala!
— Es de ella que quiero hablar, amigo mío.
Huele mi sangre, hay un brillo en sus ojos… dejo de respirar, no sé porque pero presiento que en cada paso que Swan da hacia mí es la trampa mortal que ya cierra sus grilletes en mi cuello.
— No tengo nada de qué hablar, Charlie, solo hice lo que tenía que hacer, solo eso.
Está frente a mí, pisando casi la punta de mis pies, su bigote se mueve de un lado a otro y sus manos van hacia su correa, no sonríe como siempre, al contrario su mueca es adusta y maquiavélica.
— Su carrera política por mi hija, Cullen.
Escupe las palabras sin mediar compasión en ella.
— ¿Perdón?
— Solo tiene quince años.
— ¿Qué quieres decir, Charlie?
— Lo que acaba de escuchar, Cullen, su carrera política por mi hija, es un buen trato próximo presidente de los Estados Unidos.
Editado por XBronte.
