Capítulo 9

Dejó a un lado el móvil y fue a tomarla en brazos.

-A veces no puedo creer lo que haces -apretó los dientes mientras se dirigía con ella hacia la puerta-. Supongo que hiciste todo el viaje hasta aquí sin comer nada, ¿verdad? ¿Cuándo vas a aprender a ser sensata?

Cuando todo terminó, ella sólo pudo pensar en apoyarse débilmente en él. La cabeza le daba vueltas; los juramentos de Edward aún reverberaban en su mente. Temblaba después de haber vomitado, tenía la piel fría y lo último que necesitaba en ese momento era que la moviera. La levantó en vilo, tiró de la cisterna y bajó la tapa, para poder sentarse allí con ella pegada al pecho.

Al rato todo se quedó quieto. Su mundo se estabilizó. Sentía los latidos del corazón de Edward contra la sien. A pesar de que no debían de haber pasado más de cinco minutos, era como si hubiera ascendido el Everest. Suspiró.

-Te sientes un poco mejor?

-Mmmm -fue consciente de que tenía el pelo pegado al pecho de él. Levantó la mano para apartar los mechones, pero Edward se la tomó y llevó a los labios.

-Perdóname -murmuró.

-¿Por qué?

-Por no escucharte y creer en ti cuando debí hacerlo. Debí haberte prestado atención. No tendría que...

-Prometiste que no removerías el pasado, Edward -se soltó y encontró las fuerzas para ponerse de pie.

-Cuando lo hice, no sabía lo que sé ahora.

-Pero yo sí -buscó la pasta dentífrica y el cepillo de dientes-. ¿Qué ha cambiado para mí aparte de que tú sepas la verdad?

-Para mí ha cambiado todo -se puso de pie, inquieto, enfadado y tenso.

-¿Y no puedes vivir con ello?

-Ahora no -respondió antes de salir del cuarto de baño.

Bella permaneció quieta con el cepillo de dientes levantado, atenta a que pudiera abandonar la habitación. «Si se va, he terminado con él», se prometió con pasión. « ¡Si se va, me marcharé a un hotel! »

Mientras se lavaba los dientes, se miró en el espejo. Tenía el pelo hecho un desastre.

Todavía no había oído la puerta del dormitorio al cerrarse. Y la tensión de esperar que sucediera hacía que temblara. Furiosa, abrió el agua fría, lavó el cepillo y luego se agachó para enjuagarse la boca. En cuanto lo hizo, experimentó una oleada renovada de mareo. Se sujetó al lavabo para no caer.

-Oh -sollozó con frustración. ¡No era justo!

Un brazo fuerte le rodeó la cintura para sostenerla otra vez. Le quitó el cepillo de dientes; en esa ocasión, ni siquiera maldijo al inclinarse para pasarle el otro brazo por detrás de las rodillas y sacarla del cuarto de baño.

-Estás haciendo demasiado ejercicio para estar borracho -comentó con sarcasmo.

-Descubrir que mi mujer está embarazada me ha puesto sobrio -la depositó en el borde de la cama.

-Oh -había olvidado que se lo había contado-. ¿Te molesta? -preguntó con cautela.

-¿Si me molesta? -soltó una carcajada y se puso en cuclillas antes de comenzar a desabotonarle los botones de la chaqueta-. Descubres que estás embarazada. Te asustas tanto, que ni siquiera eres capaz de contármelo. Pero yo sentí tu miedo -le acarició el pelo-. Debiste haberme contado qué te preocupaba y habría volado directamente a Londres para estar contigo –se centró en sus botas.

-Lo sé.

-Entonces, ¿por qué no lo hiciste?

-Porque no es algo que se diga por teléfono -respondió a la defensiva-. Quería contártelo bien... cara a cara.

-Pero también te estropeé eso.

La miró y se dijo que no tenía derecho a estar tan hermosa. A parecer tan delicada y frágil. Estaba embarazada de su hijo. Lo recorrió una sensación extraña que se centró en su entrepierna. Quería envolverla en sus brazos y prometerle que se encargaría de que todo fuera bien para ella. Quería demostrarle la intensidad de sus palabras y sentimientos, pero...

¿Era seguro hacer el amor en su estado?

¿Era seguro que Bella tuviera al bebé?

Esa extraña sensación en la entrepierna se disipó y reagrupó para transformarse en aguijonazos de culpabilidad. Era inocente de todas las acusaciones que le había lanzado dos años atrás. Se había casado con él sabiendo que aún la consideraba culpable de haberlo engañado. ¿Por qué lo había hecho? ¿Qué sentía esa hermosa mujer, que estaba dispuesta a arrojar su vida por la borda por un cínico como él, ¡no una, sino dos veces!

-Tengo hambre -musitó ella con voz ronca, tocándole el pecho.

-Si hubieras vuelto mañana, según lo planeado, tendríamos la despensa bien aprovisionada -respondió.

Reinó un silencio renovado. Sintió que se ponía rígida; abrió los ojos y vio cómo las uñas de Bella se clavaban en su piel.

-Un hombre más grande se apiadaría de mí y lo solucionaría ahora –le informó.

Un hombre más grande no tendría que cerrar los dedos en los bolsillos para ocultarle la creciente erección.

Y un hombre más grande la tomaría en brazos y le diría lo mucho que la amaba... sin incorporar el sexo en la escena. Pero la oportunidad de pronunciar esas palabras había surgido y desaparecido la noche anterior, durante una larga conversación telefónica, cuando palabras como «te amo» habrían significado algo, porque entonces no había sabido lo que conocía en ese momento.

¿Qué tenía que hacer? ¿Mantener su primera promesa y tumbarla en la cama o decir las malditas palabras de una vez y ver qué diablos recibía?

Bella sentía la tensión en cada uno de los músculos de Edward como una barrera. Y él no dijo ni una sola palabra.

Era un rechazo de la peor clase. Un rechazo que no había previsto, de modo que tuvo la capacidad de herirla más. En ese momento no sabía qué hacer, no sabía cómo alejarse de él y mantener la dignidad al mismo tiempo.

«Simplemente, hazlo», pensó. Apartó las manos de él y se puso de pie.

En cuanto ella se alejó, Edward se dio cuenta de que había dejado pasar demasiado tiempo sin responderle. Cuando tuvo el sentido común de girar y mirarla, ella ya atravesaba la puerta.

-Vuelve aquí -gruñó con impaciencia-. Estaba a punto de sugerir que pidiéramos algo para comer del restaurante que hay en la esquina.

-Prepararé un sándwich -dijo sin dejar de andar.

-No seas obstinada, maldita sea -estalló-. ¡Dime qué te apetece y lo pediré!

Se detuvo en la puerta para mirarlo. La luz de la lámpara capturaba el brillo de su pelo y su piel había recuperado parte del resplandor dorado. «Es tan atractivo», pensó con añoranza. El hombre idóneo para ella... tanto que incluso cuando interpretaba el papel de canalla arrogante, todavía lo amaba más de lo que se merecía.

-Quiero una pizza, entonces -repuso-. Gracias -antes de volverse, pudo ver la mueca de disgusto de él. Los Edward Cullen de ese mundo jamás comían pizza. Para ellos era un insulto a la gastronomía italiana.

Se dirigió a la cocina con una mueca divertida en la boca.

Edward la siguió y continuó hasta la despensa, donde guardaba el vino.

-¿Tinto o blanco? -preguntó.

¿Podía tomar vino?

Estaba embarazada. Cada vez que pensaba en ello, se sentía asustada y fascinada al mismo tiempo...

No contestó.

Él apareció y se apoyó en el marco de la puerta con una mueca sarcástica en la boca. Bella se negó a mirarlo.

-Creo que me conformaré con agua -alargó la mano hacia la hogaza de crujiente pan italiano que había en la encimera y comenzó a cortar unas rebanadas.

El silencio volvió a apoderarse de la atmósfera. Empezaban a ser expertos en prolongar la tensión sin pronunciar una sola palabra.

Entonces, él se movió con gran rapidez y le arrebató el cuchillo, como si temiera lo peor.

-Muy bien -la hizo girar en redondo-. Aclaremos esto.

-¿Aclarar qué? -lo miró con ojos centelleantes-. Yo no quiero aclarar nada.

-Pues yo sí -afirmó él-. Y quiero empezar disculpándome por haberme comportado antes como un patán testarudo -el encogimiento de hombros indiferente de ella hizo que respirara hondo-. También me disculpó por haberte juzgado mal hace dos años. Lamento haber leído tus cartas y lamento haberte empujado a creer que me casaba contigo por el bien de Lily y para mantener el control de la herencia de Emmett.

Ella alzó el mentón.

-¿Me estás diciendo que no te casaste conmigo por esos motivos?

Edward volvió a respirar hondo.

-Digo que lamento si te di esa impresión -insistió-. ¡Y deja de tratar de convertir esto en otra pelea!

-No es mi intención -negó con expresión combativa en los ojos cafés.

Abrió la boca para contestar, luego volvió a cerrarla al tomar la dura decisión de no morder el anzuelo.

-Ciñámonos a lo que nos ocupa ahora -soltó con los dientes apretados-. Lo importante ahora es que hemos de tomar en consideración dos bebés y tu salud, lo que significa que debemos parar de pelearnos en todo momento y organizar nuestras vidas para satisfacer las necesidades de todos. Así que mañana iremos a ver a un médico para tratar de desterrar todos tus temores acerca del embarazo. Luego vamos a necesitar otro sitio donde vivir, que esté fuera de la ciudad. Un lugar donde Lily y tú respiréis aire fresco y lo bastante grande como para que nos brinde a todos nuestro propio espacio. También es importante que nos traslademos pronto, porque es posible que a Lily le den de alta del hospital la semana próxima. Vamos a necesitar personal completo...

Volvía a interpretar el papel de solucionador de todos los problemas, planificándolo todo como si fueran a embarcarse en un negocio nuevo.

-A ti no te gusta que haya criados por la casa -le dijo.

-¿Tengo elección? -repuso-. Estás embarazada y a punto de convertirte en madre, lo que debe adquirir prioridad sobre lo que me gusta o no.

-Muy bien -alabó.

-No intentaba ser un buen chico, Bella -suspiró con impaciencia-. Intento ser práctico. Me gustaría pensar que tú vas a ser sensata y aceptar que no puedes trabajar a tiempo completo junto con todo lo demás, aunque no albergo muchas esperanzas de convencerte de ello.

-Exacto -acordó-. ¿Hay algo más que hayas decidido unilateralmente acerca de nuestro futuro?

Aún buscaba guerra. Edward entrecerró los ojos. Estaba decidiendo a dejar que se saliera con la suya cuando el timbre del ascensor le indicó que había llegado la comida.

«Problema solucionado», concluyó aliviado al salir de la cocina, deseando saber adónde iban a partir de ahí, porque una cosa era segura... no habían resuelto nada y, en todo caso, la hostilidad se había intensificado.

Permitió que el ascensor subiera y se quedó esperando, dominado por una indignación contenida. Al abrirse la puerta, vio a un chico de reparto con una caja sobre el brazo. Le entregó dinero y volvió a enviar el ascensor abajo. El dueño del restaurante debía de pensar que estaba loco al pedir pizza. ¡Hacía tiempo que había perdido la cabeza por una bruja castaña de ojos cafés y una naturaleza más terca que la suya!

Regresó a la cocina. Bella había puesto la mesa. Colocó la caja con la pizza en el centro y luego abrió la tapa. En cuanto ella la vio, pudo darse cuenta de que ya no la quería. Se la quedó mirando como si fuera lo peor que pudieran ofrecerle.

-¿Y ahora qué? -preguntó él con voz ronca, sin saber por qué.

-Tiene queso.

-Por lo general, la pizza lleva queso.

-Lo olvidé -murmuró, luego apretó los labios y, para sorpresa de Edward, se puso a temblar-. No creo que pueda comer queso. No creo que pueda comer huevos, leche, café o... ¡nada, por si es malo para el bebé!

Él se quedó momentáneamente aturdido. Nunca se le había ocurrido que hubiera alimentos que no pudieran tomar las embarazadas. ¿Tendría razón ella? Diablos, no lo sabía. Todo eso era tan nuevo para él como para Bella.

Ella lo miró con la cabeza ladeada. Era sorprendente cómo una mujer tan dura podía convertirse en alguien débil y vulnerable en un abrir y cerrar de ojos.

-No, no llores -pidió con voz espesa-. Seguro que una porción de pizza no puede ser peligrosa.

-No lo sé. Esa es la cuestión. Sólo la pedí para molestarte -reconoció-. Pero pensaba comérmela.

-Tonta -suspiró-. ¿Quieres que pida otra cosa? Nos lo pueden subir en...

-No, no quiero nada más.

Terminó de desconcertarlo cuando huyó entre sollozos de la cocina.

Bella entró en el dormitorio y se tiró sobre la cama. Desearía saber qué le pasaba. ¡Nunca en la vida se había sentido más desconcertada! Quería una cosa, luego justo lo opuesto.

La cama se hundió más y Edward se tumbó a su lado.

-Para -le dijo-. O volverás a vomitar.

-¡Estoy asustada! -golpeó la almohada.

-Lo sé -suspiró y la abrazó.

-¡Estoy tan harta de que todo nos salga siempre mal, Edward! Creía que lo teníamos aclarado, pero la situación se ha vuelto a enredar y...

-Escúchame -cortó-. No eres tu hermana y tienes que dejar de pensar que podrías serlo, ¿me oyes?

Lo miró con ojos enormes y llenos de súplica y... «Al cuerno», pensó él y cedió a lo que había anhelado hacer en todo momento. Bajó la cabeza y le tomó la boca temblorosa. Sólo hicieron falta unos dos segundos para que los sollozos disminuyeran. Un segundo más tarde, ella le devolvía el beso.

«Y si no vale la pena luchar por esto», pensó él, «la vida no tiene sentido».

Hicieron el amor con fuego y pasión. Llegado el momento de la unión, mostraron una cautela tan tierna, que resultó una experiencia completamente nueva y cautivadora.

Después, se quedaron dormidos el uno en los brazos del otro mientras la pizza se enfriaba en la cocina; despertaron a la mañana siguiente fingiendo que no se sentían culpables ni preocupados por haber tentado al destino.

Hola buenas noches ando por estos lares dejandoles la actualizacióndel penúltimo capitulo de esta historia que espero y les haya gustado y me gustaría invitarles a que se den una vuelta por mi pequeña minific.

Tambiénme gustaría decirles que ahora actualizare los días sábados para que se me facilite.